7.2.22

38/365 Bruce Springsteen

 


Roy Orbison está cantando para los solitarios. 

Esqueletos de Chevrolets quemados devoran las calles.

Muestra un poco de fe, hay magia en la noche. 

Mary puede no ser una belleza, pero hay besos eternos. 

La tierra prometida está al otro lado de la carretera. 

La ciudad la pueblan perdedores esta noche, pero en mi corazón 

siempre hay un estribillo con el que mecerte 

hasta que la oscuridad te robe el miedo 

y caigas en mis brazos. Mientras, estoy solo. 

Nunca he estado tan solo, nunca estaré tan solo.

No tengo dónde ir. Los amantes desesperados 

bailan en las playas de Stockton's Wing. 

Se ven desde aquí. se les oye gemir de tristeza.

Juramos que viviríamos siempre en estas calles. 

Wendy, Mary, qué mas da. Os quise tanto. 

Os quise como si todo estuviese escrito

en una canción del primer Elvis. 

Sólo soy un jinete asustado, un perdedor más.

Paseo las calles con mi cara de niño bonito

al que no salen bien las cosas.

Sólo soy un niño descarriado.

Uno que ha oído rechinar por el bulevar 

los cascos oscuros de los caballos del rock and roll. 

El parque de atracciones se alza desafiante. 

Los chicos saben hacerse los duros 

y las chicas se acicalan con prisa y beben a morro.

Hemos visto el pecado de cerca, lo hemos tuteado.

Nos miró el diablo y nos echó el brazo por encima.

Caminamos un buen rato por el filo de la navaja.

El cielo estaba a medio hacer y sonaba Roy Orbison.

Soy el hijo pródigo y estoy buscando el camino de vuelta a casa. 

Ahora estos recuerdos vienen y me hieren.

Los quiero apartar, pero escogen las palabras

y hablan por mí cuando abro la boca.

Ojalá despierta mañana en una ciudad de ángeles.

Caminaré por la carretera del trueno.

La pisaré con mi chupa nueva, tocaré una canción para ella.

6.2.22

37/365 Charles Simic

 


El poeta ve lo que el filósofo piensa

(Charles Simic) 

No hay manera de aplicar con tiento el oído y tratar de escuchar si de verdad las tijeras están haciendo su oficio. Quizá no haya evidencia de que las tijeras han hecho su trabajo y el escenario está lleno de cuerpos desmembrados o de árboles cortados. Charles Simic hace una poesía negrísima, las más de las veces. Sus poemas parecen tramas de un cuento de Lewis Carroll pasadas por la turmix de la CNN. Cuando se hace de noche la realidad contiene más trazas de ficción todavía. Y si uno lee las páginas de esa historia que él cuenta  pareciera que ha transcurrido en tinieblas con unas tijeras campando a sus anchas, abriendo surcos en la carne limpia, alfombrando con sangre los nobles campos de la luz sencilla de los buenos sentimientos. Hay días en que me viene a la cabeza  este poema de Simic (Juguetes aterradores / Frightening toys) y en las tijeras del azar escribiendo la editorial de los tiempos.


 La Historia hace sonar sus tijeras

en la oscuridad,

por lo que al final todo acaba

sin un brazo o una pierna.


Pero, en fin, si eso es todo 

lo que tienes para jugar...

¡Esta muñeca, al menos, tenía una cabeza,

y labios encarnados!


Calles desiertas, casas de madera, 

sucios escaparates:

sentada en los peldaños,

una niña en camisón le hablaba.


Parecía un asunto serio. 

tanto que la lluvia quiso oírla,

y cayó sobre sus pestañas,

y las hizo brillar.


Simic, que es un irónico o un metafísico de a pie o un escéptico metido a lírico o un surrealista que padece accesos de cordura, hace una poesía deslumbrante, dolorosa y acogedora, balsámica y punzante, esa rara habilidad posee. Una de esas poéticas que convienen en tiempos convulsos y en tiempos de bonanza, no sabemos cuándo habrá de ésos. En realidad es el poeta más útil que he leído recientemente, podemos retirar el adverbio. La poesía no tiene que contar la realidad, tiene que contarse a sí misma, pero no podemos soslayar que está hecha de palabras. Palabras humanas, palabras falibles. Eso contando con aquello de que la poesía es siempre un arma cargada de muchas cosas y ahí entra cada uno para investirlas con los dones que se precisen para que no pierda comba en la administración de la realidad, pero no puedo evitar la imagen purísima, incluso en su tosco principio de tragedia, de las tijeras en mitad de la noche, del mundo venido a pique, de las banderas ahogando la boca, de los juguetes rotos como constancia del aire muerto.


Abres un libro de Charles Simic y ves las tijeras, unas tijeras que cambian de forma, pero continúan ejerciendo su oficio de rotura y de daño, con su ruido patético, en su ir abriendo las carnes y el alma. No se sabe si el alma es al final la más dañada en estos juegos patrióticos, si las fronteras y los idiomas hacen de tijeras de podar y quien sale al final perjudicado es el jardín interior, la bienandanza (que decía un amigo mío), la bondad como un ingrediente y no como un recurso. Pero son malos tiempos y no se ve que vayan a ir a mejor. A veces las tijeras pueden ser un casco alemán lleno de piojos que el niño Charles arrebató a un soldado muerto y que fue mofa en la familia Simic durante meses. Piojos nazis. Es un buen título para un poema surrealista o para una letra de un grupo punk. Un monstruo ama su laberinto es un libro con el que precaverse de los días tranquilos en los que nunca sucede nada. Esos días son una trampa. Hay gente mala por todas partes. Están en la calle por la que paseas o en el parque donde los niños corretean hasta que se echa la noche. El mundo arde y uno pasea o ve las travesuras de la infancia o estudia violín ("El niño Nerón dándole al serrucho...", traduce Jordi Doce espléndidamente) o lee distraídamente los resultados del fútbol. Son, en el fondo, canciones alegres tocadas con tristeza (no he salido todavía de Un monstruo ama su laberinto, Vaso Roto, 2015) 


El mundo no se acaba, cómo va a hacerlo. Seguirá en pie, tambaleándose, haciendo un esfuerzo imperceptible por no venirse abajo o no ejerciendo disimulo alguno y balanceándose con estrépito. Espera el mundo a que nieve un poco y la blancura de la tierra apacigüe la ira que la ha cruzado de parte a parte. En Diciembre, dice un poema, los vagabundos cargan con sus pancartas. Unas proclaman el fin del mundo. Otras, los precios de una barbaría local. A veces las cosas más sencillas encierran las tragedias más grandes. Ves un niño en una calle que ha sido bombardeada acarrear el resto de un juguete de madera que milagrosamente no se ha desvencijado del todo. Lo hace con paciente compromiso. No sabe que lo que está salvando es al propio mundo. Lo lleva hacia un lugar seguro. Tal vez Simic sea ese niño todavía, todos deberíamos tener al menos la voluntad de que algún niño que tengamos dentro no se desvanezca del todo. Elegíaco, solemne, triste, pero también lúdico, surrealista y llano. La poesía de Simic se entiende tan bien. Leí una vez que era el tipo de poesía que agradaba a quien jamás había leído poesía, lo cual es un mérito no al alcance de cientos de poetas maravillosos que, conocidos por el neófito, causan cierto estupor, ese tipo de perplejidad ante lo que no se comprende, aunque sospechemos que sin duda será bueno y nos hará, caso de que entremos en su dialéctica, más felices. 


Simic nació en un país que ya no existe. Está Belgrado y estarán los recuerdos del asedio nazi a la ciudad. Los tendrá en préstamo. Alguien se los confiaría y él los ha ido manteniendo. Esos recuerdos suenan en inglés en su cabeza. No en serbio, la lengua madre. Las palabras se borrarán a su manera, cobrarán la condición de fantasma. Sentirá el poeta el sordo caer de las bombas en alguno de esos apagados destellos de memoria, pero será una guerra ajena, aunque ella causará la diáspora a los Estados Unidos. Su abuela no creía en Dios, pero albergaba la certeza de que el Diablo rondaba las calles y se colaba en las habitaciones. El nieto pasa los ochenta años y ha tenido tiempo de reírse del Diablo y de no confiar en Dios. Tantea la vida con la convicción del que no la entiende, con la ironía del que no se cree facultado para vislumbre siquiera un pequeño atisbo de entendimiento, con la distancia del que todavía padece el dolor que sintió en la infancia, pero no es Simic únicamente un poeta conjurado a contar los males de la guerra. Hay una divina elocuencia de lo sutil, permitidme el oxímoron: cosas que planean la circunstancia del poema, sin adentrarse en él, cercándolo y, al tiempo, dirigiendo la mirada, haciendo de brújula para que destelle al final su significado, el que cada uno convenga. No se sabe quién gana, quién pierde: el juego de las palabras depara la ilusión de que cuando concluye se reinicia la partida y que los contendientes olvidan si fueron agraciados con la victoria o se les concedió la derrota. Ser poeta es escuchar el ruido de una bandada de pájaros que nadie escucha o reconocer el temblor de un árbol que agita sus ramas y deja caer sus hojas sin que ningún viento lo toque. Trata de eso la poesía: de que te desvele un rumor de belleza, una inminencia o un aviso de claridad y te ocupe la entera extensión de tu asombro y veas y sientas de otro modo, con ese rumor y esa inminencia en la perseverancia precursora de tus manos, en la curiosidad absoluta de tus ojos. Seremos actores que no podrán  recordar las líneas que aprendieron cuando concluyó la tragedia, que es farsa si se piensa con calma la trama que la ocupa. Y estaremos obligados a memorizar de nuevo las líneas y a sentir otra vez el dolor. Lo que hace Simic es evitarnos el olvido. Cuando lees qué fue del hombre en el siglo XX en sus poemas, tienes un alivio inmediato, sabes que hay quien registra el roto de las tijeras y nos lo enseña. Por si vale para algo la visión de las ruinas. Por si es posible que el niño no tenga que cargar con su juguete roto sorteando los cadáveres. Hay que ser conciso en el decir, pero no omitir ninguna palabra. La de los entristecidos, la de los que tuvieron que irse, la de los que ni pudieron quedarse. Ahora Simic tiene dinero, probablemente más que nunca. Y fama. Es Pulitzer, poeta laureado, profesor insigne. Todo eso será cierto para alguien. Seguro que él sigue notando los piojos nazis en la cabeza. Seguro que escucha a los piojos relamerse con la sangre.


Adenda:

Charles Simic es además  el poeta que adora a Charlie Parker, al jazz en su vasta extensión. Una conmoción: eso fue lo que sintió cuando en su Belgrado sintonizaba emisoras locales que pinchaban discos de esa gente negra allende los mares que hacía música maravillosa, en palabras suyas. No se me va de la cabeza el Simic niño, enredado en el swing, oyendo el trenzar de los metales de una jam session para desobedecer el ruido de las bombas. 



5.2.22

36/365 Francis Bacon



I

Apropiarse del objeto y transgredirlo, pero primero hay que amarlo y, antes de que se produzca el amor, hay que temerlo, aceptar que debajo del lienzo, a la vez que los colores y las formas, al tiempo que las texturas y la tensión narrativa, existe algo que afuera, en ocasiones, no se encuentra con facilidad: vida. A Francis Bacon no le interesa la evidencia visible, el cuadro que cualquier pueda observar y del que extraer algo perdurable o irrelevante. Lo que hace es violentarlo, descomponerlo al modo en que el aire desbarata la belleza de una manzana cuando se la ha expuesto en demasía a la intemperie. Bacon se apropia del cuadro, lo transgrede, lo transgrede, lo pudre y lo convierte en otra cosa, radicalmente distinta de la que parte, pero con la que comparte más de lo que en apariencia percibimos. Está el Papa Inocencio X, que recuerda una barbaridad al gran actor Gene Hackman, al que Velázquez no suaviza los rasgos y está la autoridad moral que representa, toda la pompa y la terrible circunstancia de los prelados en los tiempos oscuros (todos lo son, de un modo u otro). Malraux dejó escrito que todo hombre se parece a su dolor. El refranero popular sostiene que la cara es el espejo del alma. La vida de la que se alimenta el artista declina morosamente en muerte. Estamos en lo de siempre: el mal es el argumento. El bien solo ofrece un amago de verdad. Lo que mueve el sol y las estrellas, como quería Dante, no es el amor, sino su reverso. 


2

Anoche, al encontrar de repente, enfrentadas, las dos caras del Papa, pensé en que el alma, por dentro, debe ser tóxica por naturaleza. Pensé en el Dorian Grey de Oscar Wilde y en los años, que no perdonan, estropeando hasta límites insoportables la cara de Iggy Pop. Incluso me acordé de Angel Cristo, al que vi en la cafetería del Carrefour, en Lucena, poco antes de que muriera, bebiendo un café en vaso largo, desganado, mal apoyado sobre una barra que le venía grande, mirando sin mirar, buscando la aprobación o la reprobación popular. Tenía la cara del Papa Inocencio X sin el estrago de la metafísica. Yo mismo, mirándome hoy al espejo, apreciando la barba blanca y los ojos con bolsas, meditando sobre el carpe diem, agradecí no tener que posar para ningún Bacon. No quiere uno verse por dentro. Hay días en los que uno desea no saber casi nada de lo que hay por ahí adentro. Sin razones. Instintivamente. 


3

El arte que más nos gusta es a veces el que más incomoda. Logra irritarnos; hace que todo lo malo del mundo se ofrezca y pida que se lo observe. Miras el abismo y el abismo te mira a ti, decían los poetas apocalípticos, todos los hijos de Nietzsche. De Francis Bacon, a él regreso, me quedo con su sensibilidad quebradiza, impura, sucia al punto de que uno sólo busca la posible limpieza que todavía quede debajo. Como un palimpsesto. No sé si el pintor, al airear su caos, al aplicar toda esa voluntad de apartarlo sólo hizo que se impregnara más de él. En todo caso me sigue fascinando esa función del arte, la de expulsar los demonios o la de hacerlos tuyos. A veces el demonio es el que escribe o el que pinta. Leemos páginas turbias. Las mejores páginas son ésas precisamente: las que evidencian el dolor de quien las escribe. Toda la literatura es una especie de volcado del mal o una búsqueda (invisible) del bien. Imagino que el que pinta, quien pinta de cierta manera, también maneja estos argumentos. Somos afortunados los que podemos (con más o menos fortuna) liberar el alma con estas estrategias nobles. Hay nobleza en la creación. Luego está el lector (o el que mira un cuadro o ve una película o una fotografía), el lector comprometido con lo leído, el que lo deja correr adentro, aunque duela.


4

En Francis Bacon admiro el desorden, el infierno privado del que extraía el material de su obra. Como si una parte suya se desgajara y ocupara la extensión del lienzo, pero no a la manera que comparten otros pintores, que vacían su alma y dejan que fluya afuera, sino el alma completa, no solo el contenido, lo que tutela y acarrea en el discurrir de los años. Cada obra de Bacon es un trozo de esa piel interior, un desgarro más orgánico que metafísico, aunque ambas consideraciones reconocieran que se necesitan y una recabe de la otra la sustancia de la que carece y, entre las dos, fuesen anulando al hombre y haciendo que aflorara el artista. Bacon fue menos persona que genio, menos Bacon que pintor, escuché una vez en una de esas tertulias radiofónicas en las que un catedrático de algo es invitado y se explaya en lo que puede, por si no lo llaman de nuevo y le quedara algo que decir. 


5

Ayer volví a ver imágenes del taller de Francis Bacon en Londres, luego mudado a Dublín cuando murió. Un poco Diógenes todo. Todos los artistas llevan un infierno dentro y el infierno es un lugar en el que no puede existir el orden, concluyó. Y en parte Francis Bacon fue un ser infernal, en el sentido topográfico de la palabra: un actor en eternas horas bajas, cuyo papel no precisa ser aprendido, ni recitado antes de que abra el telón; un atormentado también, comido por la apatía, consumido por las deudas, y también un excéntrico, un diletante, un pintor en constante estado de excitación creativa. No parar de crear es un infierno en sí mismo: no hay cielo al que acogerse, en el que pedir asilo. Las luces flaquean, la oscuridad cobra cuerpo conforme la cabeza va deshaciéndose y entrega su cuota de fiebre y de vértigo. 


6

El taller de Francis Bacon de la calle Reece Mews era una obra más en el catálogo del artista. Ese acúmulo de materiales de desecho son, en algún extraño modo, una extensión del propio Bacon. Ese informe inventario de latas de pinturas, brochas con colores resecos, lienzos a medio acabar y cualquier pequeño accesorio del oficio. Bacon insistía en que esa desorden le inspiraba. De haber podido persuadirle a que recondujera su existencia (esa ficción), tal vez no lo habría hecho, a pesar de prever a qué conduce el desquicio cuando lo contamina todo. Es una especulación: en cierta ocasión pensé en qué le hubiese contado a Borges, si se me hubiese permitido tratarle o si pudiese regresar de la eternidad (ahí está) y concediese que le hablara y escuchase la historia de los muertos que siempre poblaron (de una u otra forma) sus cuentos. Cuentan que un buen amigo de Bacon le pidió que adecentara el taller, habida cuenta de que un equipo de televisión iba a visitarlo y filmar un pequeño reportaje. Se negó en principio, pero le persuadió la suma de libras que iba a percibir por ese insignificante préstamo de tiempo. Era un habitante del averno, pero allí también funciona la Master Card. Lo que le atormentó días después es una absoluta falta de inspiración: era incapaz de dar dos brochazos buenos. Sólo recuperó el numen cuando el caos regresó, triunfal, al taller. La suciedad es el alimento: la pulcritud ahuyenta el numen, lo aparta como si esa limpieza suya apestara. 


7

Ignoro los materiales que inducen a que un escritor se sienta enteramente a gusto en su trabajo: que note el aliento del estilo, la cercanía de una inspiración doméstica, íntima, cercana al dominio total de su creación. Si precisa una biblioteca a su alcance o si, por el contrario, lo que le eleva al grado óptimo de escritura es el silencio, un aislamiento mullido en donde perderse, encontrarse, dar con la palabra exacta sin que le estorbe la realidad.  Al escritor le incomoda la realidad y deja entrever en cada escrito eso ilusorio y utópico que es dejar de escribir si se quiere vivir. Me siento identificado con el escritor ascético, con el pintor severo y consciente de su trabajo, empleado en su causa, conjurado a rendir su oficio, al que se entrega sin que le distraiga el mundo. Bacon, en su taller, en ese útero perfecto, encontraba el sentido de su obra, la flecha divina que ilumina el corazón y lo transforma en una dinamo sensible. El mejor sitio en el que escribo son las bibliotecas, no seré el único. Hay refugios perfectos, impecablemente rodeadas de ruido y perfumadas con el trasiego casi violento de gente arriba y abajo, buscando su sitio también en el mundo. Al menos, así fue, creemos que así será. Es ahí, en las bibliotecas, sin embargo, bien pertrechado de libros, rodeado de letras, donde la escritura fluye y uno siente que el tiempo no existe. La vida es la biblioteca del artista. Tal vez el anhelo sea cancelar la opresión de lo real y la fundación de una supletoria o alternativa, no sé bien, no se precisan certezas en estos asuntos. Basta con que uno sepa aislarse. Yo sé. Bacon quizá no fuese mucho de salidas. La vida estaba en su cabeza : se confinaba adrede. 


Velázquez 


Título: Retrato del Papa Inocencio X.

Autor: Diego de Silva y Velázquez (Español. n. Sevilla, 1590; m. Madrid, 1660).

Fecha de composición: 1650.

Dimensiones: 139 x 115 cm.

Lugar de Residencia: Galleria Doria-Pamphili, Roma




Bacon 

Título: Estudio siguiendo el Retrato del Papa Inocencio X, de Velázquez.

Autor: Francis Bacon (Inglés. n. Dublín, 1909; m. Madrid, 1992).

Fecha de composición: 1953.

Dimensiones: 153 x 118 cm.

Lugar de Residencia: Des Moines Art Center, Iowa.


 

4.2.22

Novelar, podar

 

 No sé si entra en lo razonable que cuestionar el esfuerzo que supone la escritura con objeto de ejercitarla sin la responsabilidad de aplicar un talento o de exigirse una destreza permita alcanzar cierto logro. He leído textos asombrosos que parecen fluir con absoluto desparpajo, como si fuese la cosa más sencilla del mundo anudar unas palabras a otras y crear un orden y un sentido. Si se me pregunta qué es la inspiración, no tendré una respuesta, nada que me conforme o que me explique. 

Como Lorca, convendré que el trabajo (el sacrificio, la perseverancia) conviene a su manufactura, aunque haya arrebatadores escritos que no admitan corrección ulterior o que, si se nos confía cómo se forjaron, sepamos que vinieron epifánicamente, sobrevenidos en una especie de manifestación etérea. Si se practica el corregido severo, algo precioso acaba perdiéndose. Por el contrario, admito que ese expurgo metódico al que se somete el texto depara en ocasiones aristas de más bruñido pulimento, como si anduvieran por ahí, pero se precisara el concurso de esa intervención casi quirúrgica para extraer el material oculto. Si se lleva esta práctica a la fatiga, no habría manera de dar por cerrada ninguna obra. Ni siquiera la levedad de un aforismo o la punción de un haiku: hasta esas dos formas de lo conciso podrían, caso de volcarnos incansable y perfeccionistamente en ellas, parecen huir del vértigo, de un alocado propósito de esplendor. 

Anthony Burgess escribió La naranja mecánica en tres semanas. Víctor Hugo necesitó doce años para acabar Los miserables. Hay poetas que acusan un cansancio extremo cuando creen haber concluido un soneto. Los pocos que yo he hecho me revelaron que es la dedicación lo que los saca a flote. Lo mejor de toda esa desconfianza en que de verdad algo esté verdaderamente cerrado es que permite desprendernos de la responsabilidad, afincar en la inspiración (que es como un fantasma y tiene cuerpo de fantasma) toda posible atribución del hecho artístico. Es como saber adónde va uno, pero distraer el camino, no afianzar el paso mientras transcurre, permitir que la intuición pura guíe la travesía. 

Lleva mi novela desde el verano acabada y la he dejado a que repose. Ni título definitivo tiene aún. Supongo que cuando regrese a ella y la reconsidere, haré una nueva e impetuosa poda. De ese acto civil saldrá robustecida o se desmadejará con estrépito. Tiene ahora mi aquiescencia, la sé mía de una forma hermosa y rudimentaria. Tanto he echado de mí en ella que ahora la siento ajena. Es un darse escribir. Lo del blog es una distracción leve, que me ocupa deliciosos ratos y que me consuela quién sabe de qué íntimos dolores. Lo otro, el tramo largo, es un desquicio. Se necesita otra vida para volcarse en ella con determinación y entusiasmo. Los libros que van saliendo entre el blog y ella son lo mejor de mi vida literaria, cada día más prolífica, por cierto. (Gracias, querido José Luis) Podaré cuando encarte. Haré ese laborioso ejercicio de bruñido y dejaré que respire, ojalá. No es nada lo escrito sin alguien que lea. Seré yo el leído.

3.2.22

34/365 Luis de Góngora

 




Ficción en la que Don Luis de Góngora y Argote se despide de este mundo y espera que le acoja el venidero.


"Mientras que en la ligera sombra prospera el frío y los árboles desalojan el rumor oscuro de los astros y convidan a meditar sobre la mudanza de las cosas, fatigo las horas primeras de la mañana en esta pieza postrera, inclino mi voz y cuento lo que he visto, que es mucho y temo que la abundancia lo rebaje o me lo arrebate. Al poeta se le encomienda el registro de los prodigios y yo he sido un escriba poco fiable. Es verdad que no ha pasado un día en el que no me haya acostado con mis sátiros lascivos y haya paseado las montañas que circundan la villa a la búsqueda de ninfas bellas y de rudos pastores. A mi verso han acudido las cosechas de los años y el vértigo del mundo. Ni el enjambre enjundioso de los días ni la alquimia arcana de las noches me ha robado una brizna del ahínco con el que he cincelado el tallo agreste de la palabra. Es la única patria, no tenemos otra más privada y sincera que ella. 


Embastado el seso al cuerpo exigente del soneto, carifruncido y enfermo a veces, ciego al dolor en otras, cebado de sílabas, comido por las urgencias naturales de la vida y conminado a volcar en la hoja el dolor infinito de la muerte, busco quién sabe si a Dios en este dulce instrumento que es la poesía, pero no soy hombre de santos, aunque me haya sido canónigo catedralicio, ni tengo al cielo como el cobijo al que aspira mi alma por demás cansada. Sé, no obstante, que algunos festejarán mi ausencia. No ha sido mi elección la del afecto hacia los otros sino la puya y el desdén, obra de mi carácter, de escasa dulzura o ninguna, de poco apresto al concilio y de mucha inclinación al desplante. No buscando la fama, encontré cierto posición social que me hizo llevarla de la mano. Fui amigo de reyes y hasta gané la enemistad de algunos. La vida cortesana, tan rebajada a lo mundano, nunca me hechizó. Fui de los que paseó los pasillos palaciegos, abrió cancelas y platicó con sus dueños, pero lo hice campechanamente. Siendo mozo se me amonestaba cuando platicaba más de la cuenta en el coro o llegaba tarde a los oficios de misa por entretenerme en escrituras y en perezas. 


En mí se produjo el milagro de lo profano y de lo sacro y de esa mixtura dulcísima extraje una poco piadosa visión de las cosas. Quienes me condujeron a los cargos eclesiásticos que disfruté no cayeron en la cuenta de mis dispendios. No solo gasté en mis vicios sino que repartí entre los míos. Si eso contribuye a que mi figura no sea tan severa, lo aplaudo, pero no me resta sueño, en estos días últimos, si el futuro me viste con ropajes embusteros y de mí dicen lo que no procede. No solo me entregué a los libros y a las letras de los libros. Amé obstinadamente la vida al modo en que se ama lo que se sabe huidizo. En eso hay algo de mi sesgo crispado, de mi voracidad dialéctica, de todo eso que las habladurías, en ocasiones, cuentan de uno y que, a poco que se escuchen con atención, se advierten ciertas. No me cuidaré en desmentir, no está mal que por una vez calle, no saque las armas de la lengua y escuche qué dicen de mí, si gasté esmero en la convivencia con los otros o presté a ese desempeño maneras toscas, de las que zahieren y, al final, duelen. 


Dicen los que me tratan que me falla la memoria. Todavía alcanzo a escribir sin desmayo y nombro con absoluto rigor los dioses de la antigua Grecia y los héroes que en los libros me iluminaron. Muy de ordinario manejo las filigranas del verbo y hasta me acomodo con soltura en las cárceles del lenguaje, que son muchas y precisan de fineza y de ingenio como pocas. He andado camino, refugiado del invierno en posadas, conversado con el pueblo y me he arrimado, sin la ronza de algunos, a las castas de más fuste. Todas esas travesías han avituallado de milagros y de tristezas, de asombros y de penurias también, esta insobornable querencia mía a dejarlo todo por escrito. Encuentro en el oficio de escribir el placer que no hallo en el de la vida. Por eso seguí sombras y abracé engaños. El hospedaje de los años lo estoy pagando ahora en este lecho en el que yazgo. No poseo otra riqueza que mi nombre puesto que desconfío de lo que todavía me aguarda y no dudo de que me cubrirán ya sin remedio las entenebrecidas verdades del mundo. 


De mentiras viví mientras que las mentiras me colmaron. Y bien colmado que estuve. Gocé e hice tal vez gozar, aunque no es esto de lo que hablo asunto de lubricidades sino materia del espíritu. En la palabra, en su dormida ribera, fluye el río de la vida, en la que yo me he afanado y de la que ya, aquejado de quebrantos que no gobierno, me despido. Quiera el céfiro y también los astros en la callada bóveda de la infinita noche que sean mis letrillas alimento del que las busque. No hay otro fin en este viaje que concluye que el de legar algo que de algún modo alivie el dolor que padezco. En morir se deja uno a veces más de lo que dejó en vivir. Esplendor mucho, ceniza poca, he dejado escrito. Que el recinto que guarde mi cuerpo no se abrume de visitas y no se sepa a ciencia cierta en dónde me hallo y a qué inclemencias de las estaciones me expongo. 


En fin, no me extiendo más. Se me está haciendo larga la confesión y barrunto que no tiene mayor interés que continúe escribiendo ni vosotros, bendecidos de paciencia, leyendo. En la comisión de mi cabildo, me obstiné en el imposible de conceder prebendas a los míos. Conforme he ido avanzando en años y en dolores, pues la vida es un dolor minuciosamente administrado, he confirmado la idea de que la belleza salvará al mundo del caos y de la barbarie. Habrá quien en el futuro diga esto, pero a veces pienso que todo ha sido dicho ya. Lo dirían los griegos, especulo. Nosotros sólo lo repetimos. Como un eco, como una letanía. Los ejércitos librarán sus batallas en las extranjerías, los reyes recibirán las reverencias de la grey, pero los poetas conduciremos al alma al parnaso y la dejaremos allí, prendida a un endecasílabo redondo y febril, encendida de los abundantes júbilos de las letras. Las mías las dejo al antojadizo dictamen de mis críticos. 


Nada que decir de mi enemistad con Quevedo, ya inventarán en adelante que le odié y ni yo tengo a las mías que ese dictamen se acoja a la verdad. Mi obra está al cuidado de mis lectores, que son legión, aunque no cundan mis versos en libros. Algunos hasta se embarcan en escribir a la manera mía y hay poemas que circulan a mi nombre, cuando no les di vida, ni están a la altura de mi ingenio. Cuando se lea una décima, un romance o una coplilla, recordarán que yo hice algunas y que su tono ligero y frívolo gustó en las cortes y en las calles. De más complejo recitado serán las obras que vinieron después. Quien quiera hacer fuego con ellas no se parará a pensar en si son altas y nobles sus intenciones o, muy al contrario, leves y juguetonas. La gloria no está a la mano en la tierra. De venir, si viene, la dará el porvenir, cuando se amansedumbren los ánimos, que se caldean con poco y nada. 



Sé que fui odiado como sé que odié. Sé que hubo quien hizo mecenazgo de mi causa, la de las letras, la del ardor culto, la del verbo encendido. Tuve acreedores y a fe mía que a la puerta de mi casa, aquí en Córdoba, donde he venido a morir, alguno habrá, aporreándola, pidiendo lo que no podré entregar. No fui hombre de armas y no me escondí en las sombras, a la espera de amandoblar a mi enemigo, que tuve en número grande. Fui hombre de latines y hasta me atreví con el portugués. Fui de mesas de juego y de vida dispendiosa. Me acerqué a los reyes, les di lo que querían escuchar, les hice la dulce ronza y no todos la aceptaron, ni le rieron las gracias. Hay un Conde Duque de Olivares que me la jugó cuando pudo. Yo también jugué mis cartas. En eso tengo talento, por desgracia. Busque el buen lector en qué mala hora mi alma se querenció con los ardores de la mitología y con las bondades de los latines y no con las humanas veleidades de la porfía, que ora da bravo galardón y ora tiñe tu corazón con el veneno del estrago. Cosas extrañas que he visto han hecho robusta mi lengua y he ahí la temeraria valentía de mi legado. Luce y arde mi pluma con su fuego imprudente. 


Voy perdiendo la memoria, se me van las palabras, ya no sé cuáles hacer valer en las cosas del escribir ni en las del vulgo hablar. Se me ponen levantiscas, no acuden cuando las urjo y reclamo. Me cuida mi sobrino, al que he dejado mi ración en la catedral. No he tenido más parientes que me den consuelo. Ni en estos malos tiempos ni en los que gozaron de la bondad y el esplendor. En amores no tuve mayores proezas que las propias de un hombre harto sensible, pero reservado, de escaso o nulo oficio en las lides de la seducción. No hay mucho más que decir, nada que añadir. Gastaré el tiempo que me queda en urdir algún soneto postrero, pero no confío en que el numen me asista. Se ve trabucarán las palabras y hasta las razones. Vuela, pensamiento, llega alto. El ministerio de la sangre tiene su empeño en fuga. Todo es cosa ya de los santos y de vírgenes. No me pidan que entienda todo lo que me dicta la bruma del sueño. No tengo afinado mi más amado instrumento. Ya no hilo como antaño, ya no tengo el clave templado, ni acuden a mí como solían las sílabas exactas con el sentido justo. 

 

Quedará la imprecación, el arrimo de lo soez, cuando únicamente quise que trascendiera la limpia eclosión de la belleza, la lujuria del verbo que de pronto se manifiesta en su más esplendorosa voluntad de vida. Los favores que recibí, quién podría ahora dudar que harto merecidos, no me distrajeron del oficio más mío, el de contar el trasegar de las cosas y apartarme después, no afectando al decir ocurrido, un poco a tientas ese decir, aunque diera en cada verso la vida y la viese ir y venir, tal es la condena del que escribe, ocupando de tinieblas mi corazón, coronando de esplendores la sangre que lo atraviesa. Que me nombraran clérigo en edad temprana debió ser gracia excesiva, de la que no puedo ahora sentir algo más que perpleja gratitud, ya que me permitió pasear salones de palacio y tutear a los gentiles. 


Se alegrarán de la noticia de mi muerte. A mi funeral acudirán todos. Lo harán para comprobar que me meten bien hondo y que me echan encima una buena cantidad de tierra. A cada paletada sobre la madera, mayor será su alegría. Los que me amaron, quienes tuvieron a bien dispensarme su afecto, nada les pido salvo eso que los que escribimos siempre llevamos bien a gala y que consiste en no dejarnos morir del todo, en guardar la costumbre ajena de que se nos recuerde. Que leyéndonos, vivimos. Que en el ejercicio de la lectura, nuestra voz se iza y perdura, ayuntada con las otras que también trabajaron en esta dura empresa de contar los sucedidos. Os dejo, parto, me siento débil y no gobierno ya ni lo que escribo. Seré tierra, humo, polvo, sombra, nada.

2.2.22

33/ 365 Glenn Gould

 



I

En la cima de su carrera, lo cual en Glenn Gould no tiene mayor trascendencia, el mejor pianista de todos los tiempos decidió dejar de tocar en directo. Así que nadie pudo volver a verle descalzarse antes de acometer las piezas, ni sentarse en una silla de madera humildísima ni tararear como un poseído en las partes más líricas, entre algunas otras anomalías del comportamiento, todas celebradas por su insobornable masa de adeptos, que vibraban a cada excentricidad del genio, fascinados por ese vicio suyo de apartarse del talento clásico y campar a sus anchas, allá donde nadie había discurrido antes. Apartado de los circuitos de conciertos, reivindicó el esplendor de las grabaciones, el de un estudio radiofónico en el que perderse y en donde (tal vez) dar consigo mismo, puso todo su empeño (un empeño nada canónico) en hacer la mejor de las tomas posibles en cada pieza y se recluyó en su casa, convertido en una especie de Salinger de la música, pero con una más divertida extensión popular. También difundió su antipatía hacia Mozart o hacia Schubert y hacia los conciertos en directo, aunque seguro que adoraba a Mozart y añoraba los conciertos cuando pensaba en Mozart o en los conciertos. De cualquier forma, no es que Gould fuera un excéntrico o un chiflado, sino que los demás no habían visto jamás un pianista como él y siempre fue fácil el etiquetado popular, ese vicio. 


II

Canturreaba entre las notas. Eran chillidos audibles, nada melódicos, integrados en la partitura. No le daba más importancia. También, que recuerde, Keith Jarrett. Preguntado frecuentemente por esta costumbre suya, solía decir que no se había parado a darle una justificación. Tampoco se la había dado al modo en qué movía la cabeza al acometer alguna parte más enérgica de las obras que interpretaba o si sudaba más o menos que otros pianistas o si la cara como traspuesta era ensayada o provenía de algún recoveco de su excéntrico espíritu. 


III

Tenía una silla. Era un pianista con una silla. Se la hizo su padre a medida. Le permitía tocar con el cuerpo volcado sobre el teclado. La subía, la desplegaba y, al acabar el concierto, la plegaba y se marchaba con ella. No la dejaba allí. No permitía que otro cuidase de ella. Era responsabilidad suya la silla. Como si fuese parte de su propio cuerpo, como si ella también contribuyese a que las piezas tocadas hubiesen salido todo lo bien que se esperaba.


IV

En cierta ocasión, un técnico de la prestigiosa firma de pianos Steinway le saludó con desautorizada camaradería dándole una palmada en la espalda. Probablemente Gould hizo después una interpretación mayúscula, pero la reprobó, salió del escenario completamente abatido. Decía tener el brazo dolorido y le dolía el cuello. Pidió que ese técnico no fuese contratado de nuevo. 


V

Hay muchas leyendas sobre Gould. Algunas tienen que ser ciertas; otras serán paparruchas, que es la palabra española para referirse a las noticias que se han difundido sin tener una base fiable, las que convienen y se airean y convierten en virales (otra palabra moderna), es decir, hay mucho fake (paparrucha) sobre Glenn Gould. Supongo que hará que su figura trascienda más y haga que sus discos se reediten con más frecuencia o los aficionados programen conferencias y homenajes, en fin, ese tipo de cosas. Es cierto que escribía. Solía decir que dejaría el oficio del piano por el de la literatura. A su muerte, joven, cincuenta años, dejó cajas llenas de anotaciones sobre cualquier cosa que se le ocurriese. En su apartamento de Toronto se encontraron montones de manuscritos. Letra menuda, nerviosa, a veces ilegible. No sé qué fortuna o infortunio padecieron esas letras. Acantilado publicó, que yo sepa, su único libro, tendría que mirar por ahí para cerciorarme, qué más da. No, no soy en absoluto un excéntrico: tal era su llamativo título. Nunca me ha preocupado. Tal vez fuese un escritor pésimo. A quién se le ocurre exigir que Borges tocara el piano. 


VI

Como no sé tocar el piano, no puedo entrar a considerar la valía técnica de Gould. Cómo podría. No he estudiado música. La cosa pentatónica me parece un lenguaje críptico. Escribo sobre Gould de oídas, refiero lo que recuerdo, todo lo que he leído o escuchado (hay podcasts estupendos sobre casi todo, algunos sobre Gould son excelentes) y, sobre todo, cuento lo que siento, expreso lo que me dice escuchar a Gould y que, en otros casos, en mi escasa (nula) educación musical, no extraigo (no me conmueve, no me hace sentir bien) cuando son otros los pianistas. Es posible que ahí entra el lado exhibicionista. Jimi Hendrix lo era. También Pete Townsend o Jim Morrison. El cuerpo también es un instrumento. Cuando la obra acaba, hay que seguir difundiendo su mensaje. Beethoven no termina cuando se pulsa la última tecla de la partitura. Beethoven sigue en la cabeza de quien lo ha escuchado, permanece ahí. No sólo es Beethoven la causa, también la del ejecutante, el que no interfiere en la verosimilitud de la exposición estrictamente musical, no cambiando un pasaje, ni permitiendo que la creatividad arruine el texto del autor, pero aunque respete y se quede al margen de esas incursiones excesivamente licenciosas, los buenos músicos saben hacerse notar, hacen que la melodía, siendo la misma, sea otra. Gould hace que piezas conocidas nos resulten novedosas. Hace que Bach suene como si nunca hubiésemos escuchado a Bach. Como si las variaciones Goldberg fuesen siempre una experiencia nueva, aunque lleves veinte años (es posible) escuchándolas con frecuencia, en muchas versiones, unas más adictivas que otras. No hace falta tener una experiencia musical enorme, ni saber música: sólo hay que abrirse de orejas, dejarse llevar, apreciar la respiración de la música, recordar una interpretación y compararla con todas las demás y pesarlas y sentir que, en su aparente igualdad, difieren, no cuadra cada nota de una sobre cada nota de la otra. Glenn Gould era el que sacerdote de ese minimalismo audiófilo. 


VII

Borges cayó por una escalera y se conminó a escribir relatos fantásticos, por ver si su cabeza, dolida por el golpe, tenía algún daño severo. Gould tuvo una aspiradora. La empleada de casa, usándola en el salón en donde tocaba, no le permitió en cierta ocasión ensayar a placer. El ruido de la máquina ocultaba el del piano. Lo que hizo Gould fue tocar de memoria. No escuchaba lo que hacía, no al menos por la vía tradicional: era dentro de su cabeza en donde se estaba ejecutando la pieza. Pequeñas variaciones. Sutilezas. Esa experiencia la llevó después a un grado de sofisticación absoluto. A veces no tocaba una sonata, pongo por caso, sino que la restituía íntegra en su memoria, sin que faltara una nota. A decir suyo, usaba el oído interno, el que no se distraía con el rigor de lo real, el menos falible.


VIII

Glenn Gould era un hipocondríaco, también un aficionado a hacer girar cualquier conversación alrededor de sus dolencias. Temía que el frío de Toronto estropease su digitación. En verano salía abrigado. Bufanda bien calada al cuello (tuvo decenas), abrigo recio, guantes. En invierno, salía poco de casa y, en ella, poco de su habitación. Pedía que le trajeran propanol, diazepan y valium. Quería estar despierto, pero el peaje del cuerpo (el suyo era menudo y frágil) le exigía que descansara y durmiera. Acabó rompiendo esa especie de armonía entre la vigilia y el sueño. Hay quien sostiene que esa fragilidad suya lo hizo mejor pianista. Curtió su cuerpo, lo domesticó, le hizo comprender que el dolor es una extensión más de todas las sensaciones posibles que pueda sentir. Nos duele vivir, el dolor no es un añadido impostado, es parte de todo, una parte considerable y a la que, mal que nos pese, no podemos renunciar. Gould fue un maestro de sí mismo. Un aprendiz al tiempo. Eso no quiere decir que no sucumbiera y que su pedagogía fuese reprobable, pero la ejerció toda su existencia (breve esa existencia) y la aplicó en su técnica para tocar el piano. A veces cuando pienso en Gould me viene a la cabeza Michel Petrucciani. 


IX

Hay fotos suyas tocando el piano a los tres años. A un canario le puso de nombre Mozart. Sus padres no le explotaron al modo en que otros lo hacen cuando descubren que los hijos son prodigiosos y pueden hacerles más ricos o darles la notoriedad que no poseen. Glenn tocaba en la iglesia en domingo. Se imagina uno al pequeño esmerándose en Bach o en Handel, recibiendo halagos de los parroquianos, eludiendo que lo agobiasen. Fue así toda la vida. No quiso compañía que él no demandara. De ahí tal vez que sea falsa la leyenda de que era antipático y poco proclive a hacer amistades. Tenía su parte de humor y su charla, dicen de él, pero siempre disponía de la llave que abría y cerraba esa dependencia de su cabeza, la de la vida social, la de los otros, lo que no era esencialmente música. Porque Gould fue sobre todo una persona nacida para vivir la música incesantemente. Era una memoria puesta al servicio de cientos de partituras. 


X

Insisto en mi falta de competencia musical. Eso hace que escriba menudencias. De hecho, sólo se me ocurre escribir sobre la fascinación que ejerce Gould sobre mí, no sobre Gould, no escribo sobre él, aunque me esté extendiendo; ni siquiera sobre su magisterio y su excelencia, que se citan inevitablemente, pero en las que uno no es posible que entre sin que se delaten las deficiencias, tal vez las simplezas. Es del aura de la que hablo. Anoche escuché nuevamente las Variaciones Goldberg. Me acoplé los cascos y me dejé mecer hasta que me venció el sueño. Me sentí feliz. Dicen que felicidad es una palabra que aparece en todos los idiomas. Por mucho que hayamos hablado sobre ella, no se ha insistido (creo) en el hecho de que no necesita perdurar. 


XI

Dio conciertos hasta los 32 años y murió a los 50. Ahí se radicalizó su misoginia, su misantropía, pero nunca fue un misógino o un misántropo a tiempo completo, vocacional o profesionalmente. Lo era si estaba en peligro su inspiración, la parte interior del metrónomo, donde buscaba una nota perdida o ejecutaba una partitura de cabeza, como si fuese una ecuación matemática muy complicada de la que hubiese que despejar una incógnita. No fue un pianista, fue más cosas. Era como una especie de trasunto del autor. Era Bach cuando interpretaba a Bach o Chopin si eran piezas de Chopin. Queda claro (a lo sabido) que nunca deseó ser Mozart, aunque en ocasiones (alguna partitura de Mozart tocaría) se convirtiera en él a su pesar. Era un poeta que usaba un teclado cuando podía usar una hoja en blanco. Un poeta o un filósofo. Su poesía era humanista, no romántica. Su filosofía busca una coherencia moral, un código válido para entender la música dentro de las elecciones intelectuales que tomamos a lo largo de la vida. Rehuyó la glorificación del numen, no le importó esa idea antigua de que el genio recibe la inspiración y la vierte hacia su público (escribiendo, actuando, tocando, etc). Gould prefería una visión más terrena de la capacidad artística. Proviene del trabajo, viene a decirnos en cada una de las conferencias y entrevistas que dejó. 


XII

Siendo hijo de Bach, en todos los términos, Gould fue también hijo de Dios. El suyo era un Dios de homilía, a la que asistió desde muy pequeño encaramado a su piano o a su órgano, cumpliendo lo que se le encomendaba, dejando que su talento impregnara el aire e hiciera que la palabra de Dios fluyera con más entusiasmo por el aire de la iglesia. Ecuménica y musical, la fe de Gould no le trabó su indagación espiritual interior. No creo que buscara a Dios, sino que permitía que Dios asistiera a la búsqueda que había organizado. Esa fe un poco pagana le ayudó a no abismarse en la mística. Hubiese acabado por afectar a su condición de pianista. Todo se circunscribe al piano, todo acaba relacionado con el piano. Uno de sus logros más importantes fue el de arruinar (o menoscabar, en todo caso) la concepción clásica de los conciertos, la que venía a decir que en las interpretaciones en vivo se producía una interferencia menor entre la obra y el escuchante. Gould se embarca en la persecución de la idea contraria: los registros sonoros en un estudio dan una perfección que no consigue la restitución en directo. Se puede trabajar el sonido, se puede repetir las veces que haga falta hasta que sea el óptimo, se puede escuchar íntegramente una vez que esté registrado y repetido si conviene, sin que esa repetición reste entusiasmo o valía al conjunto. 


XIII

Leí que Gould (Gold de apellido, pero sus padres lo cambiaron) era un ilusionista. Ofrecía una convincente sensación de magia. Su manera de tocar exigía el recogimiento del público, una complicidad más lejos de la naturalidad de lo que pudiera creerse en un principio. Es cierto que es la inercia (ese dejarse ir tan melómano en sí mismo) lo que activa el principio del placer, pero después la audición impone sus cualidades sonoras, su velocidad o su lentitud, su recreación en los detalles. Respecto a la velocidad, las variaciones Goldberg grabadas en 1955 duran casi un cuarto de hora menos que las grabadas en 1982. Las mismas piezas, distinto tiempo. Nunca hemos escuchado esas variaciones, más morosas, menos veloces, que no quiere decir menos arriesgadas, salvo en el disco. Las tempranas son diferentes a las tardías. Como si hubiese un Bach que corrigiese a otro e impidiera que las obras se anquilosasen y no se transformaran, un Bach que autorizara que el intérprete alargara o redujera la duración del sonido. La música es, en esencia, tiempo. Adoraba la repetición. En ella, en esa redundancia sutil, estaba el verdadero centro de la música, su esencia, la que el intérprete anhela aprehender. 


XIV

Tengo varios discos de Glenn Gould. Sólo he comprado a posta, sabiendo que compraba un disco de Gould, no de Bach, las Variaciones Goldberg. Luego me las regaló un buen amigo, mi querido Alex, en un paquete en el que añadió una botella de cerveza de postín. Era un rito lo de la cerveza y el disco. Me la despaché en el tránsito que va del aria introductoria a la primera variación. No supe darle el protocolo necesario. Nunca se lo he dicho. Él, en su mejor voluntad, creía que la haría durar. Sucede que cada vez que escucho esas Variaciones (suele pasar que no caen de golpe, los treinta y tanto o los cincuenta y tantos minutos, según el disco que ponga) sino que selecciono unas cuantas o le doy al play y dejo que la música avance mientras hago algo. Parece una blasfemia escucharlas mientras se realiza otra cosa o mientras bebes una botella de cerveza navarra,  o era vasca, no sé. Tal vez me reprendiera el propio Gould si supiera que su música se consume como la de los Beach Boys o los Who, pero las veces en que te dejas absolutamente (es importante ese matiz) la música penetra absolutamente. Eres música, en esencia, tiempo con briznas de color, la melodía haciendo cuerpo en el alma, como si latiera el pensamiento y el movimiento lo hubiese compuesto Bach.


XV

Leí hace tiempo a Bernhard que Gould quiso ser el piano en sí mismo, de modo que nada se interpusiera entre él y el propio Bach o entre su idea de Bach y la música de Bach, por afinar más. También que su dramaturgia, esa manera de acometer las teclas o el modo precario de acomodarse en ese taburete singular daba un punto de excentricidad que él nunca buscó, pero al que se acostumbró con insólita presteza. Dio a Bach la categoría que se le conceden a las deidades griegas, si es que eres un griego de la época de las deidades griegas. Comparecía Dios (no creo que no estuviera) en el recinto privado de su inspiración y hacía que la música de su hijo favorito (quién duda que Bach lo era) reprodujera cada latido del cosmos, sin que ninguno se aplazase ni censurara. Nadie que se centre en entender a Glenn Gould puede prescindir de entender a Bach. No hay manera de que ese argumento funcione a la reversa, aunque al de Leipzig le hubiese encantado escuchar sus partituras en las manos del canadiense, que fue, en cierto modo, un Bach del siglo XX que no compuso absolutamente nada. Hubiese querido componer para animales, porque tocar para ellos ya lo hizo: su sueño era mantener una reserva para cualquier criatura desvalida o abandonada. Me hubiese gustado escuchar alguna conversación entre Glenn y su perro o entre Glenn y su afinador de pianos, que era ciego y no se despegó de él en casi ningún momento. Le diría que parase un poco o que no volviera a televisión a que se riesen de él. Qué absurdo, qué cosa más absurda. Cómo nadie puede reírse de un genio, le diría. Murió porque nadie le hizo caso. Toda la vida medicándose a su antojo, sin precisar el concurso de los fármacos, que cuando una afección pulmonar de verdad los requirió, no se le hizo caso y el corazón, otro metrónomo, dijo basta. De tener uno creencia en que otra vida aguarda a ésta, pensaría que el bueno de Gould se desviviría (perdonad el verbo) por dar con Bach en el cielo. Allí es posible que anden los dos haciendo que los ángeles se embelesen. Sea verdad o no, es una idea que me parece maravillosa. Eso tiene la fe. Que hace hermoso lo que podría no serlo nunca. Eso es otro asunto. 


1.2.22

Verás la rosa /Haikus del canto y del agua / Conrado Castilla


 



Busco en el haiku

equilibrio. Lo encuentro

en las palabras.

(Manuel Lara Cantizani, haijin maximo)


Hay que ser generoso con lo pequeño para que resplandezca lo grande. Sucede cuando se deja uno fascinar por cierto vacío que, una vez que el ojo prospera en su observación, revela un milagro o cuando las palabras se concentran en dar la expresión justa y no se recrean en ninguno de los festines de la sintaxis. El haiku es una decantación sublime del paisaje, una de esas emociones que cruzan un momento la estancia del corazón y luego se desvanecen. Tenemos de ellas esa especie de inminencia de un milagro, esa maceración delicadísima de su sustancia más honda, aunque no podamos fijarla ni darle hospedaje en los recuerdos. Lo tuve, pero se ha ido, podemos decir. Las dos ideas que lo componen tienen una cesura de una sutilidad tan asombrosa que puede no llegar ni a apreciarse. Su logística es severa; tres versos, el primero de cinco sílabas, el segundo de siete y el tercero de cinco de nuevo; asonante, las más de las veces. Hacen bien quienes lo toman como juego. Ojalá lo fuese toda la literatura. Por ser, hasta concederíamos que se les considerara una travesura, una pequeña distracción de menesteres más altos, pero basta ahondar en ellos para comprobar que requieren una sensibilidad absoluta, una diligencia extrema en el cómputo (esa es la parte logística) y en la armonía que ese escrutinio abandona a modo de eco en el aire o de onda en el agua. 


No basta con dar con la puntillosa métrica o con el aconsejado ritmo: hay que dejarse convidar por el tejido frágil de lo real, hacer que sus texturas cuenten el misterio de la luz cuando privilegia la elocuencia de la sombra. Hacen los haikus lo que probablemente (excepción maravillosa la del aforismo) ninguna otra manifestación literaria: convierten a lector en un espectador privilegiado, en el depositario de un sabor o de un aroma o de un tacto que se encabalga con un apero mínimo de palabra y que se expande en un caudal asombroso de emociones. Un haiku no se lee: se degusta. En él cabe todo, aunque los puristas exijan cierta observancia, una pureza que a veces conviene a medias y de la que no muchos haijines salgan ilesos. Uno de los mejores que este aficionado ha leído es de Borges. Imagino que lo hizo para que María Kodama amase su Japón natal con el entusiasmo que nunca desplegó. "El hombre ha muerto./La barba no lo sabe./Crecen las uñas". 



Lo primero que gusta al leer el libro de haikus de Conrado Castilla es su respeto al género. Se aprecia en la contención misma, pero también en cierto canon, en asumir esa idea romántica de que no se puede entrar en una tienda de porcelana con una armadura de la Edad Media. Un haiku, uno que de verdad conmueva, tiene algo de porcelana o de seda, pero igual se recama de rudeza y semeja un yunque al que se le pueden dar los golpes más severos. Se deshace el autor en cuidados para no incurrir después en perdones. Da de sí lo que ni él mismo sabía que podía. Hay una fiesta de los sentidos en esa cosa que él mismo se encomienda, hay un recado fragilísimo, hay un rigidez delicada. En su cartesiana pauta silábica (cinco-siete-cinco) cabe la primavera entera o el big bang o el amor más puro. Ante todo, Conrado Castilla se decide poeta, se declara sensible, se presenta feliz. 


Hay una alegría grande en estos haikus, hay un deseo de vida. Se plasma en asuntos sencillos, en la ofrenda misma del paisaje, en la cadencia del tiempo. Se trenza y se destrenza la naturaleza, de la que se elogia su fulgor y su timbre, "Brotan las flores,/en ramas del jazmín,/Se va el invierno". Qué impredecible es la sencillez. A veces acude sin que apenas se aprecie. Expresa el croar de una rana entre nenúfares o la blonda del mar cuando sonríe o el silencio de la golondrina en un alero o el viento meciendo una gota de agua en un arcoíris o (mi favorito) el azul del mar después de una tormenta. "Tras la tormenta, /el mar antes plomizo/ se vuelve azul". Toda ese refinamiento que es, ante todo, respeto por la tradición y, al tiempo, juego y travesura, como un niño que de pronto se descubre dueño de su juguete y, a sabiendas, lo apura y comprueba hasta dónde resiste su consistencia. Conrado es ese niño con un juguete nuevo: titubea con las palabras, las acaricia, las toma, las deja al final con timidez, con júbilo, con gratitud. Porque se le ve agradecido: aplaude al lenguaje mismo, lo festeja. El libro entero, en su ofertorio de imágenes, es una consagración modesta de los sentidos. Ese es, al cabo, el fin previsto, la conclusión habida. 


Hay libros que nacen con vocación de refugio. Se tiene de ellos la idea de que nos consolarán cuando arrecie el frío, que no tiene que ser necesariamente una sensación térmica. Hay muchos tipos de frío. Del que nos libra un libro como éste es de naturaleza más etérea. Le concierne el mundo. Acudí a él en verano, cuando llegó a casa. Vuelvo ahora, lo retomo, le procuro una atención posterior que gana en hondura a la festiva primera. Recompongo la sensación novicia de agrado, primero, y de saber, después. Su finura es la de la naturaleza misma: se agranda si se la mira con ese cuidado suyo. Hasta se engalana en ese frescor de lo breve, en la sublimación de un tiempo que, conminado a brillar, se retrae, se hace pequeño y, al tiempo, cobra el vuelo del verbo, que es la herramienta de un poeta, y Conrado lo es. 

 

El libro de los haikus del canto y del agua es una declaración de amor también. Lo que el poeta se encomienda es la rendición de un modo de sentir. Que sea el haiku el vehículo elegido no es accesorio: lo escoge por ajustar la vibrante eclosión de esa naturaleza a la urgencia de las palabras, que se atropellan en ocasionea, que se traban y desdicen y precisan una urdimbre severa, un ensamblaje limpio, propósito que el haiku cumple con sólida eficacia. Las teselas de este mosaico no revisten mayor exégesis: las hojas doradas, el grillo en el verano, el susurro de las golondrinas, la fragante yerba, la luna resguardada entre nubes, un arcoíris doble, una bandada de aves que cruza el aire de la tarde, la rumorosa fontana, el silencio nublado por el sopor de la siesta. Y he aquí la plasmación sobria de algo que, por más que se haya contemplado, puede contener el prodigio, el asombro: "Un día más/se caerán las hojas/sobre la calle". ¿Se puede ser más maravillosamente sencillo? ¿Qué verdad trenza la verdad cuando no hay adorno que la engalane? El haiku hace ese ejercicio de falsa austeridad. Lo que no se ve, lo que las palabras no elucidan, hace su trabajo semántico por debajo y concita una frugalidad unánime, una especie de coro arcangélico dulce y arrebatado. 


Uno tiene la ridícula idea de que la poesía puede explicarse, hacer que se entienda y se anime a leer, escribí una vez sobre otro libro de Conrado Castilla (Cuando no tenga presente, Cuadernos del laberinto, 2018) También que la poesía es la verdad que no se puede canjear por ninguna otra manifestación del espíritu. Con este libro de haikus, se produce de nuevo esa invitación al más puro festín de las palabras, las que son verdad y las que importan, ahora con más vocación notarial. Como si el poeta se apostara en una atalaya, ahí el bueno de Conrado, y registrase el fulgor de lo real, toda esa mecánica de las cosas a las que hacemos poco o ningún aprecio y que, de repente, exigen una atención y, más tarde, palabras que las resguarden del olvido. Como fotografías que durarán más que lo fotografiado, que es levedad y es fuga, que el viento mece y se desvanece. "Sentencia simple:/si bebes de esta fuente,/verás la rosa". Cálido y sensible: podemos sentir la calidez y las emociones. Se dan con espléndida honradez, con serena humildad. El poeta ha hecho lo que le ha pedido su numen, que es casi como decir que se ha dejado llevar por el loco fluir de las cosas y ha cogido de aquí y de allá hasta construir un refugio al que ir con alguien del brazo viendo cómo brota del jazmín la flor que lo hace imperecedero, rutilante y lírico. Se va el invierno, se despide con la escarcha cuando alborea, con el hielo de la mañana sobre las losas, con la lluvia tímida en la acera, como un regalo. Eso nos diste, querido amigo. 

32/365 Bartleby

 



                        Bartleby Ilustración: Helena Pérez García


De escribientes cabales estará el mundo lleno, habrá legiones de ellos, pero ninguno como mi adorado Bartleby, el del cuento de Melville. el de la figura "pálidamente pulcra, lamentablemente respetable" y de aspecto "singularmente sosegado". He ahí mi favorito, el elegido entre todos, el protagonista de mis atenciones. Tuvo la genial ocurrencia de eludir las obligaciones y decirlo sin ambages ni retórica: "Preferiría no hacerlo". Esa fue su respuesta, en ella dejó clara su intención o su falta de ella. Era, Bartleby a decir del observador fiable que narra la historia, un copista judicial, gremio singular, añade, que no tiene predicamento en la historia de las tramas literarias. Era también un individuo oscuro y apartado, del que poco o casi nada puede decirse, del que no puede armarse una historia, con sus matices y sus desvaríos, con su enseñanza o su peculiaridad. Cuando el bueno de Bartleby reproduce su inclinación a no hacer algo (el "preferiría no hacerlo") no procede con hostilidad, no hay impertinencia, sólo transmita un sentir vivo, una decisión absolutamente personal. Tiene el arte de desconcertar, produce en quien lo escucha la sensación de afecto que impide estrellarlo contra la pared o, menos hostilmente, levantarle la voz o impelerle a que deponga su actitud, la de la no obediencia, cumpliendo sin más el trabajo que se le ha encomendado. Se niega a explicarse, no concede posibilidad alguna para que desista. Es una actitud numantina la suya, sin resquicios ni debilidades hasta que su tozudez le abre de par en par la puerta de la cárcel, acusado de insubordinación, aunque sea de un modo tan lacónico o tan amable. Las suyas no son maneras revolucionarias, no deja de transcribir la inmensidad de documentos legales, los que debe duplicar incesantemente, por motivos sindicales, aduciendo que le explotan o que rebajan su dignidad, sino que sencillamente toma una decisión y la lleva a término de manera inflexible, la decisión de no continuar escribiendo, la de no ser amanuense nunca más, aunque ése sea el oficio por el que le pagan.


En conciencia, a cuenta de lo visto, es preferible arrimarse a la máxima de Bartleby, ese preferir no hacerlo. No por pereza ni movido por ningún ascua de ignorancia. Bartleby, un hombre de cierta edad, el de los del gremio de los amanuenses o escribas judiciales.  Los hombres benévolos y las almas sentimentales sobre las que el narrador deposita su relato no son muy distintas a las del penoso ahora. Ninguna de las cosas que puedan contarse escandalizarían al lector actual. La literatura no se ha privado de personajes como el de Melville. Y uno, en el esmero de contarlo todo con primor, reclama ese sentido primario de las cosas. La fórmula, amplificada, ramificada, evidencia la desolación del ser humano, su absoluto estupor ante la existencia. ¿Y quién no estáabrasado por lo real? ¿Quién, a pleno pulmón, consciente de su interior, no preferiría no hacerlo, no involucrarse, dejarse llevar, agotado y limpio, legítimamente habilitado para ese abandono? ¿Quién, cayendo lo que cae, no optaría por el refugio de la dulce apatía, no se siente cómodo en ese deseo, sobrevenido y puro, inasequible a ser diseccionado sin robarle su extremo grado de honestidad? Cuando Bartleby se decanta por rehusar hacer copias o registrar documentos lo que está haciendo es invalidar al lenguaje mismo. La realidad es la aplazada, la cuestionada también.  No es que no quiera hacerlo. No es una negativa. No hay una voluntad hostil. Lo que hay (y lo que yo aprecio) es una deliberada (y mágica) suspensión de esa realidad rota. Querría yo suspender en ocasiones la mía. Encontrar entre todas las fórmulas del protocolo una que manumitiese la voluntad ajena e hiciese que ganase, sin atropellos, con mansedumbre, la propia. Bartleby, el destructor. El que ofrece un sistemático plan de demolición, el que (en otro orden de cosas) podría valernos para soportar el rigor de lo real, como quería el poeta. Porque los tiempos están verdaderamente envenenados y es posible encontrar un antídoto en las palabras. Es en el lenguaje en donde está la salvación. 


El pobre papel del abogado de Melville, obligado a entender a Bartleby, es el que falta en la escenificación de esta pequeña trama. Porque es una trama pequeña. Es irrelevante traer a Bartleby hoy a esta casa. No sé si hace uno bien en enredarse en estas frivolidades del ocio de la mañana, nada más poner el pie en el suelo y decidir sobre qué escribir hoy, qué persona (o personaje) traer a esta galería mía de favoritos.  Se prefiere no hacer las cosas, tampoco la de escribir en ocasiones, pero no tengo palabra en ese asunto, es un vicio, es un vicio. Vivo uno con ellas o vive de ellos, tiene la fortaleza para no darlos de lado, aunque en ocasiones lastimen la salud y nos hagan leer hasta altas horas de la noche o ponernos a escribir a primerísimas de la mañana. No se prefiere no hacerlo, no es precisamente ésa la postura, pero bien podría ser la que esté por venir. Tal vez un día el ánimo decaiga, flaquee la voluntad y se decida dejar de hacer algo o, en todo caso, por ser más educado, preferir no hacerlo. Como mi Bartleby, como el pobre copista que acabó en Las Tumbas, en esa cárcel de la historia de Melville. Gana el no, lo hace sin estridencia, sin las alharacas de otras decisiones y sus razonamientos y sus vericuetos y sus números. 

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