Conmueve la sabiduría sin experiencia, la de quien sin haber hecho mucho en la vida o habiendo vivido poco, posee, sin embargo, empaque moral, una especie de visión periférica y limpia de las cosas, como si hubiese ocupado su existencia en asuntos dolorosos y hubiera sobrevivido y aprendido de esa debacle del espíritu. Hay veces en que uno encuentra gente de una solvencia espiritual tan asentada que asombra. Se atribuye a la vejez esa propiedad de la vida, pero puede concurrir en más tempranas edades. Puede que únicamente sea una cuestión de sensibilidad, de la que se adolece más de la cuenta y con la que no nos valemos cuando nos acucian los problemas y debemos darles solución. Se tiene la idea de que las personas excesivamente sensibles tienen un lastre que les impide avanzar y vivir con un poco más de desparpajo o de asepsia o de neutralidad. Qué difícil es no involucrarse, no hocicar en lo que nos duele y hacerlo nuestro. Da igual que sea lejano (yo soy parte del todo, cualquier asunto ajeno es mío en el fondo, las campanas doblan por ti, etc.) y que, en principio, no nos incumba: todo acaba por cercarnos, por afectarnos.
11.1.21
10.1.21
Trabajos de amor cósmico
Ilustración: René Merino
He cruzado océanos de tiempo para encontrarte. Se lo dice el Conde Drácula a Mina Harker en la película de Coppola, no así en la novela de Bram Stoker. El apresto romántico del vampiro hace que pueda cortejar a alguien y decir frases hermosas, aunque el monstruo contemple la escena y se regocije por dentro. El amor no es sólo una cuestión poética, pero no hay género que lo glose mejor. El poeta es el que ha recorrido el éter del cosmos, toda esa oscura sustancia sin dueño y ha vuelto para declarar su amor. Hay que ser astronauta para saber de qué se habla. Astronauta o poeta. Hay que saber el alcance de lo que decimos, si puede ser puesto en entredicho o dudarse o creer que es palabrería, lo acordado con nuestros deseos para que se cumplan.
Dibucedario 2021 / 10 / Jilguero
Jilguero carece de formación musical, lo cual no le ha impedido dedicar su entera existencia a cantar. Facultado para ese desempeño, ha afinado su instrumento al punto de conseguir notas de una solvencia técnica asombrosa. Hay trinos suyos que tienen la elocuencia lírica de un divo de la ópera cuando acomete un aria de Verdi. El delicado tintineo de su canto conmueve por su deliciosa melodía. Hace Jilguero gorjeos hermosísimos que no siempre tienen al público adecuado: pasan desapercibidos, se arriman sin concierto a otros sonidos circundantes y acaban desoídos, convertidos en un rumor inaceptablemente chirriante. En un tiempo, Jilguero se probó en la declamación de la alta poesía de género bucólico y era pieza común, si se afinaba la atención, escuchar sus versos, ora de arte mayor, ora de arte menor, según el motivo del poema. Cuando la poesía le hartó, pues es de ir aquí para allá sin tener que dar cuentas a nadie, Jilguero se atrevió con la canción protesta y hasta unos jilgueros adolescentes reclamaron su adhesión a una iniciativa subversiva a la que él opuso amable resistencia. Con el tiempo, ya en una edad talludita, encontró la gloria de su arte en el rock pesado, pero no tenía la vocalización ruda requerida para esa disciplina, por lo que se sentía deprimido. Sus compañeros de canto, por animarle, le conminaban a que regresase al canto limpio de su especie, que no buscase la fama y se contentase con trinar para cortejar a las féminas o para agradecer la irrupción del sol cuando se esconde la luna, pero no hay quien le gane en testarudez y siguió en sus trece. Quiero ser un jilguero heavy, sentenció una tarde de lluvia a unos amigos de toda la vida que atacaban lo que parecía un bolero. Ahora busca banda. Quiere hacer un tour modesto por la zona y sacar una maqueta. Se empieza por algo.
Dietario 10
La nieve es un contrapunto barroco. Posee su escorzo lírico y su tenebrismo tácito. La claridad descarga su opulencia en el blanco, pero debajo bulle la oscuridad y las sombras pugnan por tornar su aura oculta en plenitud y en consagración. El artificio es un minuciosa ocupación del aire, un alarde de invisibles ilusiones. La realidad es fugaz y la mirada es frágil. Vemos el temblor transitorio de la tierra, su jubileo de engaño y de clausura. La nieve es un festejo de los ojos. La austeridad del invierno es un panfleto contra la vanidad del espíritu. Hoy echo de menos que nieve en Lucena. Desearía que todo se cubriese por un manto de lentitud y de escarcha. El corazón anhela esa espesura implacable. Siempre debería ser invierno. Hay días en que uno querría detener la liturgia del tiempo. Amanece con un crujido lejanísimo de agua en la propiedad de la tierra. Blanca es la música del cuerpo. Dulce y blanca como una novia que de pronto comprendiera que en su cuerpo aguarda la vigilia de un milagro. Los poetas están de fiesta. Los agasajan cuando entran en los pueblos. Una melodía contagiosa los hace reír y componen versos y beben los licores de la vida. La nieve es una celebración de la vida.
9.1.21
Dibucedario 2021 / 9 / Insecto Palo
Insecto Palo es de un introspectivo amoroso. Tímido hasta el hartazgo, no comulga con las efusiones del vulgo boscoso. Prefiere cierto anonimato pacifico. Carecer de esa voluntad pública, lejos de deprimirlo, lo conforta y ha hecho de esa apatía social un signo de distinción entre sus casuales convecinos. Rehusa opinar cuando se le reclama decantarse en algún asunto. Pasa a veces desapercibido hasta para sí mismo. Insecto Palo suma a su condición estática la sensible y, cuando el frío irrumpe con su crudeza o el calor arrecia con la suya, se duele de la fragilidad ajena y llora quedamente, con disimulo y rubor. Si su ánimo flaquea, pues tiene accesos melancólicos, sopesa largamente cancelar su hierática compostura. Se defiende con austera diligencia de quienes lo hostigan: no exhibe una violencia recriminable, sabida su mansedumbre. Es más de perderse. Prudente y meditabundo, disfruta con las cogitaciones de su entera y satisfecha quietud. Tiene tiempo para pensar en los males del mundo, aunque apenas entrevé que pueda solucionar algo, por lo que se deja llevar por los colores del entorno y se engolosina con los olores verdes del tronco de su residencia arbórea. No hay criatura en la vasta foresta que no le tenga aprecio. Su aparente fealdad no afecta a que se le considere un miembro respetado en la comunidad. No es cosa que le incumba: ninguna opinión acerca suya le ocupa más de la cuenta.
Dietario 9
La cultura es una forma de administrar la soledad o de sublimarla: se podría vivir en esa cápsula libresca, husmeando en lo que otros fabularon o crearon a beneficio de nuestro bienestar. Husmear como un acto delincuente casi o como un deliberado confinamiento moral, intelectual o estético. En entender el mundo, en construir una sólida urdimbre de causas y de principios uno puede emplear una vida y hasta entra en lo razonable que entenderlo enteramente (si es que esto puede ser posible) exija cierto abandono de la propia vida. Paradójicamente: para entender la vida tal vez haya que convenir su renuncia explícita. Y vivir entre libros, acunando placeres de la inteligencia, la que haya, de la que se disponga, perdido en uno mismo, sin otro extravío que el marcapáginas por el que guiarnos para continuar la secreta decodificación del mundo. Y a veces, cuando la realidad aturde, uno consiente estas frivolidades de la extravagancia creativa y se ve en una habitación, confortablemente insensible al ruido ajeno, consciente de estar perdiendo alguna batalla contra algún enemigo al que sabemos que hay que derrotar o algún afecto externo, de vida real, no impostada y fría, pero preferimos quedarnos en la confortable renuncia y vivir en la banda ancha, en los libros espléndidamente dispuestos en sus anaqueles, en la certidumbre de que no existe mejor vida que la que uno decide que sea la suya.
Ir
Cosas felizmente ruidosas a las que aplicamos el esmero del que no siempre se dispone y cosas de blando transcurso que apenas requieren un desempeño. En esa diatriba el día. Darse sin interrupción o menguar las ganas. Precaverse ante lo adverso o no sentirse aludido. Amarrarse o flotar. Una tibia ocupación la de fijar un vértice y afinar el paso. Se deshace el camino si se anda: su mapa de pasos antiguos lo emborronan, su vocación de fuga lo entenebrece. Sólo luz en tregua. La certeza diminuta de haber comenzado algo.
8.1.21
Dibucedario 2021 / 8 / Hipocampo
Dietario 8
Hay días de una mansedumbre muy tierna. Ves lo que te rodea como si no te incumbiera, aunque actúes y te ofrezcas y nada se distinto a lo de ayer o a lo de siempre. Es el principio de incertidumbre de Heisenberg que le gustaba tanto a una amiga mía. Todo lo que tocamos se corrompe o se ennoblece, añadíamos. Depende de qué mirada apliquemos. Ni siquiera es algo en lo que intervenga la voluntad. Lo arruinamos o lo embellecemos como si nos guiara la mano el azar. No tengo tiempo para escribir como querría de todas estas cosas. Dejo notas, fragmentos, líneas a las que volver. Viene uno al blog de vez en cuando y se explaya en cinco minutos, cuenta lo que se le ocurre, se desahoga (imagino que al final escribir es una especie de evacuación unánime de todo el cuerpo) y sólo importa que el texto fluya y se envalentone solo, como si no fuese ya cosa mía y no tuviese sobre él ninguna responsabilidad. De hecho, al releer lo que se ha ido escribiendo por aquí o por otros lados, no tengo la conciencia de que esa incontinencia sea mía, la contemplo como ajena, escrita por otro, leída con la misma fascinación o idéntico repudio. Cosas que no te incumben y, sin embargo, no puedes vivir sin ellas. Sigo.
7.1.21
Dibucedario 2021 / 7 / Gamba
Harta de que nos cuezan o nos sirvan a la plancha, eso para empezar, pero ya puestos, agradezco el saber culinario de los que nos exponen con brevedad, una ebullición sin alargamientos innecesarios, de lo contrario (eso he escuchado) la carne se endurece más de la cuenta, qué sabrán ellos de dureza, si no han sido sumergidos en el mismísimo infierno (que es acuático para nosotras, las gambas) y luego, una vez probado el rigor de ese fuego, no han pasado por la humillación de ser introducidas en agua helada. No sé el momento exacto en que pasamos a mejor vida, sea eso lo que quiera que sea, no tenemos la costumbre de la fe en nuestra especie, pero nuestra defunción debe ocurrir en el momento en que pasamos del agua quemada al agua gélida, para que nos entendamos, en ese brevísimo instante en el que la lucidez ocupa todos tus sentidos y sientes cómo se apagan uno a uno todos tus abrasados órganos. Podemos soportar días enteros fuera de nuestro medio natural, pero hay tormentos a los que no sabemos dar respuesta. Algunos son más particularmente insoportables que otros. Se me ocurre que no debe ser tampoco agradable que te congelen. Hasta perdemos sabor, eso parece. Si en el trajín que va desde la captura hasta la humillante exposición en el mármol de la marisquería se advierte algún desperfecto en la concha, suelen retirarnos, no confían en el producto guarde la calidad anhelada. El producto, el producto. Lo digo con orgullo y con satisfacción de especie: fui desovada por mi madre y salí con entusiasmo de ese limbo prenatal. Es dura esa etapa infantil. La mayoría no la superamos, pero si entramos en la adolescencia, en nuestra particular edad de la langosta (no hay pavos en alta mar) tenemos un futuro más o menos prometedor, salvo que alguna malla diabólicamente tejida en forma de embudo arrastre el fondo fangoso y caigamos en ella o alguna otra criatura (hay más de la que parece) se deleita con nosotras, qué le vamos a hacer. La tragedia de mi familia es antigua y tampoco podemos hacer nada para que mengüe o desaparezca: nos acompañará hasta que nos extingamos, si es que eso puede suceder, ya que somos de desove fértil. Somos exquisitas, he ahí el motivo de nuestro quebranto. Salvo la concha, que es apartada, y la cabeza, que tiene otra función a la que lamentablemente acudiré más tarde, todo en nosotras es comestible, quién soy yo para poner objeciones a eso. No entra en nuestra condición la del canibalismo, así que entenderán que carezca de un juicio sensato en estos asuntos, pero hay algo que nos hierve la sangre y que hace turbulentos nuestros sueños: consiste en el salvaje acto de que se mordisquee nuestra cabeza y se la succione como si la vida del comensal estuviese en juego y se le disipara si no la deja cabalmente seca. Tenemos algo con lo que exhibir nuestra melancólica desaprobación, una especie de venganza en la que no concurre la muerte de nuestro enemigo ni el derramamiento salvaje de su sangre. Es de ricos la dolencia que causamos, qué sé yo la diferencia entre ricos y pobres, yo me contento con mis pequeñas distracciones marítimas. La causa una sustancia que tengo en abundancia a la que han dado por nombre purina. Pues bien, la tal purina (pura orina en su latina etimología) metaboliza en el interior de las células y produce ácido úrico, veneno que yo te dé, placer que tú me entregas. Lo que hace la purina en quien ingiere mi cuerpo en cantidades imprudentes (ojalá bastase un solo bocado, una pequeña brizna mía en los labios) es quebrarle la salud. Lo llaman gota y viene a ser (ya me traducirá alguien, no alcanzo a entender este vocabulario humano) una artritis caracterizada por repentinos e intensos ataques de dolor, con hinchazón, enrojecimiento y extrema sensibilidad en los miembros afectados, mayormente articulaciones y, las más de las veces, las del dedo gordo del pie. La fase avanzada de esta afección (mi favorita, no lo duden) puede extenderse a codos, dedos de las manos o hasta el tendón de Aquiles, partes de la anatomía humana que terminan por conducir al estragado por estos padecimientos al desquicio mental. Qué malo es el dolor, yo puedo decirlo con probada experiencia. Hay quien, habiendo sentido en carnes propias esta enfermedad, desiste en procurarse el gusto de chupar nuestras cabezas, permitid que me tiemble el pulso al pensar en esa horrible libación de nuestras meninges. Preferimos la ociosa vida submarina, aunque entre en lo razonable que en un descuido seamos pasto de algún pez. Por lo menos es una muerte rápida, no hay refinamiento en su ejecución.
Elogio interior del mar
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