3.5.24

El vicio de mirar

 



     Uno mira a escondidas sin que el rubor lo delate, escoge el momento, templa los nervios o los aparta y se yergue, un poco nervioso y un poco azorado, tras una cortina, en una ventana del patio vecinal o tras una puerta, a salvo de que lo descubran, en la intimidad, paciente, orgulloso de esa clandestina atalaya. Consciente de que está obrando mal y que habrá gente a la que se hiera, pero decidido, en una especie de trance gozoso, exquisito a veces. Nunca hay prisa, no es buena la prisa. El que mira sabe que lo ha hecho antes, sabe que lo hará muchas más veces. Le urge saber, procurarse una revelación, fijar a la trama de su indagación una capa nueva, un delirio o un decaimiento. No habría palabras con las que justificar la osadía. Ninguna, al menos, que consuele a quien ha visto vulnerada su intimidad. No sabría qué decir, no habría una disculpa razonada con la que despachar el apuro y seguir con sus cosas. Hace falta mucha fuerza de voluntad para ese ejercicio malsano. Se dispone de ella, se va adiestrando la mirada con el tiempo, se buscan las palabras que apacigüen a la conciencia, se adquiere el esmero y el tesón, la firme convicción de que no hay mal alguno en este vicio, el de mirar, costumbre antigua y sin duda documentada. Hay deseo en  invadir la propiedad ajena, en entrar a hurtadillas, en pisar sin delatar el paso, en apostarse en un apartado bien elegido y esperar a que la acción transcurra. Es lo que hacemos cuando empezamos una novela o una película o cuando alguien nos confía un chisme, un rumor que recogemos con entusiasmo y después decidimos si airearlo o no, si hacer como que no nos lo ha contado o, al difundirlo, darle más cuerpo de relato, por si decae y no convence. Perversión no es. La propia palabra, al pensarla, repugna. No se satisface siempre un apremio de la carne. 

Uno cree que la educación que ha recibido le excluye del morbo de fisgar, de vulnerar la intimidad ajena, pero en cuanto se abre una ventana en mitad de la noche y la oscuridad regala un punto obsceno de luz en donde la vida se exhibe en su más privado alarde se pierden los modales, abrazamos impudorosamente ese regalo inesperado o buscado. Por eso James Stewart, en la canícula del verano del Greenwich Village, postrado en una silla, se convierte en el voyeur por antonomasia, en esa especie de espectador inevitable de las cosas que les pasan a los otros. Las razones por las que La ventana indiscreta sigue siendo fascinante no son exclusivamente cinematográficas. Jeff, pierna rota en ristre, desocupado y sensible, cree haber visto algo o lo ha visto y desea una confirmación. De ahí que se encomiende la vigilancia, ese inmiscuirse que tiene un poco de atrevimiento y otro de riesgo. No mira para algún tipo de regocijo sensual, no hay nada que le anime a personarse como espectador de una función a la que no ha sido invitado, pero las ventanas están abiertas, la ola de calor hace que lo estén, y él se ha erigido en depositario de un acto terrible. Acude el morbo puro, profano y hasta peligroso. Ahora el morbo es digita, entra en el corazón del sistema y descubre otras vidas detrás de la pantalla. Todo es de una asepsia encomiable. Es como una webcam culta, inocente y culta, que escrutara lo ajeno y nos lo ofreciera sin disimulo, sin el protocolo de la moral, en una perspectiva sucia, en una ficción empotrada en lo real, sustentada en la intimidad de lo real, con su trama sórdida o limpia o frívola de lo real. En el fondo, lo que agita este vicio, es el hambre de historias. Sobre las imágenes cabe la excitación física, para quien así lo decida, y también la fiebre narrativa: asistimos, sin ser vistos, al teatro fantástico de la verdad, la que no está adulterada al saber que es observada, la que se exhibe sin aristas, sin doblez, creyéndose a salvo de un público. También la literatura se provee de voyeurs: da lo privado ajeno, exhibe su costra y su tragedia, su flor aún esplendorosa y su lozano ánimo sin fractura. Hace unos días volví a sentarme delante del voyeur Stewart para contemplarle a él, a todo lo que muestra y a todo lo que oculta. Como me dijo mi amigo Ramón Besonías a propósito de la mirada y de la lectura: somos lo que leemos y lo que no, lo que escribimos y no escribimos. Y también, por extensión, somos lo que no sabemos. somos lo que deseamos. 

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