Hay caras que parecen haberlo visto todo, sentido todo, vivido todo. Lo expresan sin dedicación. Ni siquiera tienen conciencia de que la rueda de los astros y el fluir mineral de las horas se contenga en sus ojos secos y claros, concernidos a mirar y a registrar lo mirado. En ellas, por mera concurrencia del azar o por interés y hasta denuedo, se exhiben con desparpajo los festejos y las penalidades del oficio de vivir. Podría quien las observa oír el ruido de los soldados de Cartago cuando Aníbal los hizo atravesar los Alpes para romper Roma, el de los pulmones de Proust al caminar por los parques infinitos de París. Una cara es siempre una tentativa de penumbra, un preámbulo de todas las caras, un juguete con el que el tiempo urde la lealtad del paisaje y la flaqueza del alma. La de Samuel Beckett está devastada por el espanto de un siglo, la han roto el delirio del hombre y el hambre de Dios. La nuestra no es distinguible de la suya: avanza hacia el estrago, se desdice a cada rasgo que adopta, fulge también como un pétalo que se sabe pasajero del imperio de la luz.
25.5.24
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
El don de la tristeza / La utilidad de un cuenco vacío / Alfonso Brezmes
I Debe haber una manera de que todo lo malo que nos suceda no prenda, no hiera, no rompa lo que antes fue alegría, esplendor, vida, en sum...
-
Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
-
Con suerte habré muerto cuando el formato digital reemplace al tradicional de forma absoluta. Si en otros asuntos la tecnología abre caminos...
-
Yo tardo en descubrir los engaños. Soy de los que no los percibe hasta que están encima. Soy confiado hasta extremos preocupantes. Creo por...

No hay comentarios:
Publicar un comentario