Son los preámbulos incómodos los que hacen de morirse un asunto desagradable. Incordia el cortejo de todos esos abrumadores indicios de que el camino no transcurre a voluntad de quien lo anda y de que nos acercamos incontestablemente a su brumoso finiquito. De no morirnos, quién sabe qué literatura haríamos o con qué entusiasmo o pesimismo abriríamos los ojos cuando irrumpe el día o cuántas oraciones sabríamos recitar de memoria. En realidad, todo es una maniobra de distracción a la que atendemos con resuelto arrojo. Quizá viva mejor quien crea en la ampliación del viaje que el que da por bueno la finitud de la que ha sido informado y a la que no pone mayor impedimento. El sueño que he tenido esta noche tenía el rotundo desquicio narrativo de todos los sueños, pero me acabo de despertar con una especie de revelación que, a medida que la vigilia prospera, remite. Conforme escribo, se desvanece. Ya no la tengo. Regreso a mi antigua convicción de ignorante en metafísica.
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Costa Ballena
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