16.9.23

Elogio del arrepentimiento

 Queda a consideración del que decide la pertinencia de su elección. Antes de elegir, si no interviene la improvisación, la pesa y la mide, observa si le satisface enteramente o si no conviene y cundirá el arrepentimiento. Hay pocas zozobras más lacerantes. Se arrepiente uno a diario, aprende a componérselas y remontar esa pequeña o grande fractura del espíritu. Contrita, el alma,  en esa aflicción que la reconcome, dilucida si obró mal y si esa falta contrae un castigo. Se hace prevalecer la autoridad de la sanción más que el hecho mismo de la conducta reprobada. No se nos educó para trasegar con el arrepentimiento: era una decepción en nuestro progreso hacia la madurez, era un síntoma de debilidad también. Dios los quiere arrepentidos, cantaba el tonadillero. Todo conducía a esa floración dolorosa de la culpa, pero hay veces en que el error en lo elegido obra a beneficio de quien marra y le depara más tarde, una vez pesado, medido, un gozo puro, una especie de revelación, una asunción del fracaso o de la fatalidad. El error es la constatación de la fragilidad del éxito. Es hermosa esa sensación de cesantía, de nómina ingresada en la cuenta de la derrota. El error procura una perseverancia en la tentativa, zanja la primacía de la certidumbre, nos hace nuevamente niños. De ellos procede la construcción de la inocencia venidera, la que nos hará dignos y nobles, ajenos a la comezón del espíritu cuando lo ocupan las sombras. La de veces que, al elegir mal, cuando me he equivocado, he sentido la bendita visita de la anuencia. Asiento, le doy la venia moral, esa aquiescencia plácida. 

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