28.9.23

Soy hombre, nada humano me es ajeno



Homo sum, humani nihil a me alienum puto /  Soy hombre, nada humano me es ajeno 


Publio Terencio Africano


Hay dos especies de latinajos: los de latín de macarrón y pandereta, de andar por casa, restituidos con error, calzados en el decir con naturalidad y sencillo desparpajo, y los clásicos, los redondos, los que requieren una habilidad memorística, aunque no esté uno fajado en la lengua romana, los que no decaen ni les afectan las embestidas del tiempo y de las modas. Aprecio algunos o es su contundencia clásica lo que aprecio, como si el tiempo se combara y el glorioso pasado abrazara el glorioso presente, dejadme ser optimista. Este de Terencio es uno de mis favoritos. Para no perderme, por su extensión y su dificultad,  lo pronunció en castellano, no me atrevo a su restitución vernácula. De ser cierto lo que proclama, de serlo de verdad, sin doblez ni retórica, no sería este mundo tan feo y arisco como es, tan injusto también. He dicho feo, arisco e injusto, pudiendo haber acudido a palabrejas de más hosca fonética, las primeras que tal vez acudan. Soy hombre, nada humano me es ajeno, reza. Unamuno lo reformó en Del sentimiento trágico de la vida: Soy hombre y a ningún otro hombre estimo extraño. John Donne, deán de San Pablo, gran poeta y filósofo, en su inglés barroco, declaró que la muerte de cualquier hombre le afectaba; también que ningún hombre es una isla. Resuena en la memoria libresca el tañido de las campanas del que Donne no albergaba duda: doblan por ti. Todo lo que se hace por otro es por uno por quien se hace, podríamos decir. Los griegos llamaban filantropía a la inclinación natural a procurar a los demás el bien sin que medie interés y hasta acuse el propio interés la mella de ese esfuerzo. En Los hombres no son islas, recoge Ordine, tristemente fallecido no hace mucho, una cita de Bacon en la que da al hombre que no es bueno con los hombres la cualidad "despreciable y miserable" de cualquier clase de gusano. En todo caso, no nos distinguimos por vivir para los demás; bien al contrario, estos tiempos proclaman un gusto por el cuidado propio, por no poner el hombro, por olvidar el significado de una de las palabras más hermosas que ha dado el bendito castellano: humanismo. Tomando a Platón, Cicerón proclama no tener duda de que se nace para los demás. Hemos sido engendrados como hombres en razón de todos los demás hombres, continúa. Nada de lo que me pase cuenta si no es compartido. Montaigne lo expresó hermosamente: "A mi alma no se le ocurre una sola idea buena sin que me disguste haberla producido yo solo, y no tener a quien ofrecérsela". La entera condición humana debería contener únicamente un imperativo, el de servir, el de darse, el de comprender que afuera de ese acto digno ruge el caos, pero no hay consenso, nunca lo hubo. Temo que el caos sea el signo de cualquier tiempo pasado o futuro. La bondad escasea porque el mal precipita nuestra vocación de despreciarnos. Esa disyuntiva maniquea progresa sin que parezca que hayamos avanzado algo en la tarea de buscarnos y de entendernos. No hacemos ni una cosa ni otra: nos apartamos, nos miramos con recelo, desconfiamos, cerramos las puertas, echamos los candados, ponemos alarmas para que nadie se atreva a entrar, hasta bajamos la vista o nos hacemos los ciegos cuando se nos muestra la barbarie a la que acostumbradamente alimentamos. Somos los que el fuego abrasó. Nosotros prendemos fuego con atrevida ignorancia. Quemamos casas, fortalezas, ciudades, cuerpos, escribe Rafael Argullol en un poema. "Así cantamos, en interminables noches, / a la gran hoguera de la vida, / y, al día siguiente, vivimos entre humo". Todo lo que sabemos del humo no proviene ni siquiera del fuego antiguo y a veces liberador: es el alma la que nos cuenta su niebla, la que nos informa del aire turbado, irrespirable, convertido en paisaje. 

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