El amor hace que veamos a los otros como los ve Dios, vino a decir Borges en Otro poema de los dones. Esa mirada pura en la que no interviene ninguna otra herramienta de conocimiento no es nada más que poesía. De hecho, el amor se expande y se justifica cuando está cruzado por la poesía y nada en ese adentro puro anhela otra cosa sino poesía. Al empobrecerse o al convertirse en otra cosa (cuando se le extirpan las metáforas) el amor deja de fluir, se hace sedentario, no avanza, ni se curte. Lo que cuenta es la cercanía de la metáfora, su tangible irrupción y su residencia posterior. No tiene que ser escrita ni tampoco leída. Poesía invisible como una fe. Poesía que haga mejor a quien la percibe o a quien la difunde. Poesía alta y baja, culta y popular, de recamado esmero y oficio o frágil como si pudiera romperse a poco que se la mire o se pronuncie. Poesía para cruzar el páramo desolado y sin nombre. Poesía en los despachos de los que mandan y en las oficinas de los que obedecen y dejar que ella concite lo más acendradamente humano. Y habrá el lector inferido que no es poesía de lo que hablo. El amor, ah, el amor. Hay amor como inmenso es el mar, que cantaba el cantor.
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