23.2.20

Hablar

Hablar no siempre apareja tener algo que decir. Abundan las conversaciones banales. Se aprecia a poco que se les presta atención. Ganan si no les presta mucha. No son tanto de escuchar, sino de oír, como el que reconoce el ruido de la lluvia hasta que de pronto no lo percibe. Contra hablar mucho está no hacerlo. Conforme ganamos en años, se adiestra uno en saber cómo actuar, si conceder a todo la más alta consideración y no perder detalle o desentenderse en lo posible, ocuparse a medias, no involucrarse a pleno oído, por usar un símil útil. Tiene sus contras esta lasitud. No se sabe si de entre lo contado habrá algo relevante. Puede que incluso todo sea relevante, a pesar de su vacuidad aparente. Cómo podríamos cribar lo contado, ajustar en la conversación la parte noble y apartar la innecesaria. Yo mismo, muy dado a embravecerme cuando hablo, inclinó mi charla a lo intrascendente. No tengo la facultad de discernir entre lo capital y lo secundario. Puedes alargar una conversación hasta el desmayo sináptico sin adherirle material de valía, asuntos del corazón, argumentos de interés obvio. No todo es música de cámara, ni aforismo de enjundia: hay melodías pop que se impregnan con absoluta eficacia. Las tarareamos sin hacer intervenir la voluntad, nos alegran sin que se precise una atención mayúscula. Hay textos livianos que engolosinan el alma. Hablar es una bendición. Escuchar es un milagro mayor.

3 comentarios:

engaztop2 dijo...
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engaztop2 dijo...
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Marlowe dijo...

El silencio es lo único que posibilita el entendimiento.

El ojo

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