Al principio, después de cada bronca con Irene, Lucio Saavedra se refugiaba en Verdi o en Puccini. Se perdía desconsoladamente en las arias sublimes. Se colocaba justo encima de una cresta orquestal y desde allí dominaba el mundo. Como Cody Jarrett en el depósito de gas en "Al rojo vivo", pero sin una madre castradora ni sintiéndose en la cima de nada. La ópera, su brío, su vértigo hermosísimo, le restituía el ánimo fugado. Luego, por no acudir siempre a los mismos paliativos del dolor, se atrincheraba en los sándwiches de jamón de York con queso fundido, en la suculencia de una generosa tarta de manzana. Se despachaba a gusto en la cocina mientras Irene, malairada, prostestando por esto y por aquello, pasillo abajo, iba cerrando estruendosamente las habitaciones, acotando con portazos barítonos la nómina de frases, el rico y siempre inagotable prontuario de insultos. Al tiempo que Lucio colocaba con mimo y dulce arrobo la última loncha de jamón, Irene cerraba un parlamento superlativo que la dejaba exhausta al modo en que queda un caballo cuando ha recorrido tres películas de John Wayne en Monument Valley. Como si los ladridos de los perros de Pavlov hiciesen casa en su cabeza, entendía que cuanto más prolongado y combativo era el enfado, cuanto más énfasis daba a las oraciones subordinadas, mayor era el grosor del sándwich, más contundente la pieza de la tarta. El tiempo durante el que se prolongaron estas amenazas de batalla termonuclear, Lucio entró en kilos.“ No más sándwiches, no más tarta”, se dijo. Da igual que un calcetín mal doblado principie un descenso a los infiernos o que un resto de salsa carbonara malee el esplendor pequeñoburgués de una camisa de tweed de marca. Cualquier desaliño en la recta observancia de ciertos preceptos castrenses movía a Irene a fustigar a Lucio durante un buen par de horas. Era asombroso el modo en que ella se explayaba en zaherimientos. Después las aguas rotas volvían a su cauce (es un decir) y el silencio, como una música que ni se percibiese,, ocupaba las habitaciones nuevamente abiertas durante las jornadas que escoltaban la llegada de un nuevo desastre doméstico. Hasta que un día no encontró Lucio refugio en Puccini o en el queso en lonchas o en las manzanas endulzadas y decidió preparar unas brevísimas maletas y poner distancia de por medio. Vuelvo a casa, con mi madre, de donde no debí salir nunca, sentenció al compás grave del único portazo que se atrevió a dar en su matrimonio.
La casa de la infancia le imponía una armonía tácita, solo alterada por la visita en su cabeza de la voz de Irene. Atronaba con insoportable eco, causándole severos dolores de cabeza, ingresos en la postración, en la tristeza más inconmovible. Eran siempre las mismas retahílas, la misma colección de frases: un arrebato de violines de Stockhausen, una paranoia de hip hop metalúrgico. Nada de palabras: sólo masas enormes de cuerdas arrebatándole el oxígeno al aire, cordilleras de guitarras del infierno de contrapunto, frenesí acelerado, el preámbulo a la locura. Los días tranquilos se sucedieron, a pesar de todo. Mamá cocinaba como los ángeles y, más que nada, mimaba al niño, lo hacía sentarse nuevamente en el trono de la casa. Papá, perdido en sus novelas del oeste, en sus telenovelas de sobremesa, no se inmiscuía lo más mínimo en los motivos del decaimiento del hijo, pero algo desactivó este mecanismo de armonía pura. Los días quebraron su acuerdo de paz y devinieron en zozobra cuando Luisa y Federico, los pobres padres, decidieron, tras severas deliberaciones sobre la conveniencia de ser estrictos y hacer ver al niño que así no podían funcionar las cosas, que debía ponerse en circulación, salir a la calle, pasear las avenidas, tomar café en las terrrazas, tener amigas, cortejarlas, buscarse esposa, dejarles solos otra vez.
Y entonces, al principio, después de cada bronca con sus padres, Livio acudía a Verdi o a Puccini, Las arias de toda la vida. Y arropado por el vigor de las masas orquestales, se envalentonaba y tosía tres quejas y un ultimátum. Con el tiempo, se cansó del lenguaje de los arpegios y regresó a la cocina. York con queso contra bel canto. Se despachaba a gusto mientras papá y mamá revisaban su vida. El noviazgo con Irene, sobre todo. Con lo buena que es, no vas a dar con otra igual, bastante te ha soportado. Eso le decían. Más tarde recordaban los años de riña. Los desplantes. Los gritos. Los hijos que nunca llegaron. Con la pieza última de queso despachada sobre la lámina de fino york, el punto final, un portazo barítono. Todas las valquirias de Wagner rompiéndose la garganta para dar miedo a los pobres hombres. Hasta que un buen día no vio Lucio amparo en estos caprichos culinarios y decidió preparar unas flacas maletas y dar el portazo definitivo. Ahí tenemos a Lucio fatigando, tripón y arrepentido, las tres calles del regreso. Llamar entonces a la puerta. Esperar que Irene estuviese de buen humor. Repetir las frases ensayadas durante la travesía del perdón y tal vez arrumbar en el sótano toda la discografía operística. Decir adiós a Puccini y a Verdi, mirar desde el suelo a las valquirias y pedirles que se vayan. Y a entrar a saco con el puerro y las espinacas. Viene bien perder unos kilos.
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