10.7.21

Dietario 150

 Otorgar al verano el único argumento del sofocante calor es un impedimento para disfrutarlo, pero hay veces en que todos los deseos (incluso los más hondos) sólo piden una sombra fresca en un patio o, en su triste defecto, un split, uno de esos mecanismos que el ingenio humano parió a mayor gloria de los cuerpos masacrados por el tórrido aire. No hay poesía en el acto sencillo de colocar una buen sofá debajo de una de esas máquinas. A las silenciosas (la tecnología avanza que es una barbaridad) se las mira con arrobo y gratitud, pero no importaría que atronaran siempre que cumplieran el feliz cometido que se les encomendó: hacernos la vida más llevadera. Porque hay días de poco o ningún asiento en la realidad (si es que los hay en otras circunstancias menos rigurosas) y hoy (perdonad el desatino, el desahogo, el alivio y la tabarra) no ha habido tregua. Por mucha pericia de la que se disponga, por más que el sentido común dicte su obstinada retahíla de placebos y de convencimientos, odio este episodio (que no ola, lo han remarcado bien) de calor infame. Otros tendrán un odio mayor, quién lo discute. Más me entenderán. 

9.7.21

Dietario 149

 Siempre tuve del verano la idea de que era la primera señal de que el otoño estaba cerca. Debe ser algo orgánico, no tamizado por el escrutinio de la mollera, ni de fácil explicación cuando me da por decir que el verano no es de mi entero agrado. Argumento como puedo, me explayo en las partes en las que tengo el consenso ajeno (las tardes infinitas, el rigor del calor, la piel sudada) y doy pinceladas de otras que sé muy particulares mías y que no son (ni pretendo que sean) compartidas con los demás. Por lo demás, el verano es el mar, aunque esté lejos. No su uso, sino su presencia. El paisaje, su condición de ancla a algo que, no teniendo, hace que no esté del todo desubicado. Y me quedo con los huecos que deja cuando nadie lo mira. No la tangible certeza del mar, sino su verdad en mi memoria y en mi ensoñación.

Letanía del cantor


no podemos ser sublimes sin interrupción, 

no somos Baudelaire, 

no se precisa que lo seamos, 

no está el aire envarado de luz, 

ni está oscuro, ni gris, 

no hay aire que convenga ahora, 

no me violenta el día con su causa festiva, 

no estalla la poesía en mi pecho como un cántico, 

no he aprendido literaturas germánicas medievales, 

no he sentido el peso de la revolución en los cereales del desayuno, 

no he amado un pubis hirsuto de hija de Janis Joplin, 

no sé mucho de alquimia, 

no tengo todas las muertes juntas en un verso, no hay patria, no hay banderas, 

no persiste el amor como una epifanía en la boca del estómago, 

no hay purcell por las noches al convocar el júbilo de los cuerpos , 

no hay swing, 

no hay flow, 

no hay leyes termodinámicas, 

no sé declinar los verbos más importantes, 

no veo la rosa ya rosa de verdad de un modo absoluto y continuo, 

no me pregunten, 

no está el tiempo a mi lado, no estuvo nunca, 

no estuvo ni cuando yo lo sentía

y el candor de su abrazo abría mi alma,

no canta el cantor, no hay cantor, 

no lo escucháis, por más que adiestréis el espíritu, 

no está Lázaro, 

ni se presiente que acuda, 

no hay dios, no hay patria, no hay rey, 

no me vendan la usura, no la quiero, 

no creo que necesite 

más que esta canción de Pablo Milanés de mil novecientos ochenta y siete, 

no estabas tú, ah, cuerpo, en el vértigo ni en la fiebre, 

no encontré asidero en los palacios, 

no vi ningún abrigo en el oro, 

no me ocupé de las palabras, 

no el largo mirar que tutelan

sino el hondo pulso de lo que no dicen, 

he aquí el cometido del poeta, 

es éste el verdadero latido del cosmos, encontrar el amor, 

ver donde no hay objeto ni paisaje,

ser sublime mientras se ama, 

ser el cantor, 

ser el poeta

7.7.21

Dietario 147

                                                                                Para Sara, para que el día brille y la ilumine entera

Que Dios esté de parte del que madruga sólo me reafirma en mi descreimiento. Escribí esa frase en una de esas mañanas en que el día, cuando empieza, parece inacabable y no se cree que pueda coronarse sin que el ánimo o las fuerzas flaqueen, aunque luego sepamos (son muchas veces) que no era para tanto y todo discurrió con pasmosa normalidad, como si las penalidades de madrugar fuesen fácilmente zanjables. La misma luz que poco a poco lo inunda todo es la que despeja ese marasmo de inapetencia. Hoy, sin embargo, madrugar ha sido una bendición. El silencio en la casa permite concentrarse mejor en algunas tareas aplazadas y el trabajo avanza con celeridad. Qué gozoso levantarse temprano si uno lo decide así y qué inconveniencia si lo fuerza la obligación. Tenemos que rendir cuentas continuamente. Es raro el día (hoy, bien puede ser hoy) en que se tiene poco que hacer para los demás y puede uno fatigar el arranque del día enmarañado en sus cosas, en sus escritos, en su música suave, en el café maravilloso al lado del teclado y la sensación de que un comienzo de día tan prometedor no puede esconder nada que lo malogre. Luego las circunstancias se encomiendan el secreto arte de la improvisación y el azar cuaja una de sus actuaciones lamentables, pero siempre abre un nuevo día y la luz se las ingenia para hacernos creer que algo hermoso puede ocurrir y que estaremos de por medio, por si pillamos tajada. Que tengan un estupendo miércoles. 

6.7.21

Dietario 146

 Vivimos en la reprobación del pecado ajeno. Al nuestro se le puede confinar en un aparte discreto en el que cuidar de que no se exceda demasiado, pero tampoco flaquee o permita que se nos arrebate. Hay pecados deliciosos con los que uno hace llevadera la vida, quién podría negar eso. En esa blandura del espíritu infringimos con alborozo leyes universales y desoímos la admonición del augur, que siempre fue una figura oscura, de poco o ningún aprecio. Hoy, al consultar los pecados propios, me he sentido súbitamente urgido a no desfallecer en ellos. Los pulo, me apropio de su esplendor íntimo y secreto. Los ajenos me afectan en la medida en que no censuren los míos. Algunos, los más flagrantes, podemos renombrarlos y darles carta jurídica. Se llaman delitos. Viene de antiguo el curso del pecado y del delito. Una vez deslindado ese matiz semántico, la vida transcurre con más entera armonía. No puedes desnucar a un perro con un ñusco, como mi amigo J.L. perseguía cada sábado de la infancia, ni tocar el timbre de las puertas y luego salir corriendo, como disfrutaba P. en aquellos maravillosos años, ni fumar o beber a escondidas en la edad en que fumar y beber a escondidas es la heroicidad mayor a la que un alma buena puede acceder sin lastimarse, sin que yo cayese, a pesar de la facilidad, en ninguno de esos precoces vicios. No daría la memoria abasto para recordar las tropelías juveniles, esas escaramuzas hacia lo clandestino, que es el territorio de la aventura  Luego la edad te invita a pecar de otra manera, que no a delinquir, aunque esta negación sobrevenida en el texto tendrá también sus matices. Quizá (convengo) pecar adrede evite delinquir a conciencia. En todo caso, digo lo que mi amigo M.: pecar es la actividad gratuita más placentera. Qué blasfemo es. 

5.7.21

Dietario 145


 


I

Los bártulos de pintar requerirán un rito del que no sé nada y que me fascina tanto como el mismo proceso creativo de la pintura o su resultado final. Primero compras brochas, pinceles, lienzos, diluyentes, espátulas, aguarrás, paletas, caballete o trapos. Buscas una habitación amplia de luz y de espacio y la sientes propia. Manejas esa servidumbre de los objetos con amorosa convicción de utilidad y recreas la posibilidad de que los colores reemplacen el blanco idílico en donde se concentrará tu ingenio, esa concreción de la imaginación o del intelecto. Hablo de oídas. No he pintado nunca, he carecido de valor o de confianza. Me atribuyo el papel de observador.   Se aplica uno con la diligencia antigua y se conmueve con los mismos atributos que antaño, renovados, puestos al día. 

II

Escribir también es buscar los matices con los arreos de la palabra. No siempre están a mano, no hay un camino ni una suerte de fiable instrucción. Los bártulos de escribir tienen su rito y su ofrenda, pero carece de objetos: todo es en sí mismo objeto al que acudir y sobre el que volcarse. Un cuerpo creado de otro vaciado. Rilke lo escribió así: todo a lo que me entrego se hace rico y a mi me deja pobre. Es una pobreza dulce, de la que se resuelve la incógnita de vivir. Crear es crearse. Envidio, no obstante, la fiesta del pintor, su expresión física de búsqueda y de hallazgo. El escritor es un pintor previo a la pintura en sí misma. Escribir es ese bosquejo sintáctico que la pericia de la imaginación despeja y exhibe. 


             Fotografía: Material de trabajo del pintor Juan Uslé

4.7.21

Becket

 



Vi Becket por primera vez en una sesiones de cine que programaba la Facultad de Magisterio en su aula magna (no eran tan magna y no la vi nunca ejercer de aula) y a las que acudía en la creencia de que algunas de esas películas no eran accesibles, no podían ser retiradas de un videoclub ni esperaba mi ansia cinéfila que televisión las recuperase a beneficio de viciosos novicios como yo era entonces. Recuerdo que la vi por la mañana. Desayuné en la cafetería de la Facultad y me dispuse a mi ración de cine, tan golosa, tan nutritiva. Que fuese en versión original subtitulada le dio un aire del que carecería si hubiesen doblado a Richard Burton (qué voz) o a Peter O'Toole. Mi amor por el inglés salió reforzado y, al tiempo, mi infinito amor por la cultura, que se arrimaba a mi ocio con promiscuidad de amante encelado. Cuando hace unos días volví a verla (en versión doblada, no di con otra) sentí un congoja, una especie de melancolía dulce. No por el tiempo transcurrido desde entonces (treinta y pico años) sino por la serena conclusión de que sigo siendo el mismo espectador avaro y feliz. Hay veces en que el ánimo flaquea y no hay el mismo entusiasmo. Se pude entender esa debilidad del espíritu, pero lo que no hay variado un ápice es el hambre de historias, la certeza (no conmovida) de que el cine es una extensión de mí mismo o yo soy extensión suya. Como si los dos fuésemos una indescifrable (a qué escrutar, por qué hurgar) materia compuesta por los mismos materiales. Veo ahora la grandeza de O'Toole y cierta parquedad en Burton, no sé si entonces advertí ese detalle. Veo la incomensurable trama, por la que recibió un Óscar, el único de los doce a los que aspiraba. Hoy mismo, pensando en qué podría ver en la pantalla de casa, decidí no permitir que ninguna otra película malograra la sensación de plenitud de Becket. Dejaré que pasen unos días. Me conformaré con algún capítulo de la serie en la que ando (Resident Alien, una divertida y digna fruslería) o con la lectura del libro que estoy acabando (Lux, espléndido relato del ahora de Mario Cuenca Sandoval) o algo que no preveo. Qué placer tan enorme no saber con qué alimentarse. Estoy hambriento y hay tanto con lo que paliarlo.

Dietario 144

 Lo único que tenemos es tiempo. Esa es el tesoro más valioso. Lo ha dicho una señora mayor, en la cola de la tienda de fruta, a lo que su nieta (eso se deduce, tal vez no) ha dicho algo sobre la prisa que tenía. Abrevia (ha sentenciado), no tengo todo el día. Y ese ímpetu tiene el vértigo de la edad, su florecimiento agreste y locuaz, no atenido a normas ni, por supuesto, templado ni paciente. En la espera, la adolescente volaba sus dedos sobre el teclado de su móvil como si no hubiese mañana. No creo que levantase la cabeza una sola vez, hasta que la abuela la conminó a que dejase el "dichoso móvil" y la ayudase a acarrear con las bolsas. Cuentan algunos los días con pasmosa frivolidad. Los atraviesan sin hacer residencia en ellos, los ocupan con vehemencia, pero no piensan en ellos, sólo en lo que tendrían que hacer para que no pesen en demasía o para que no duren más de la cuenta. En el colegio, advierto ese deseo de que las horas avancen con mayor presteza. Miran los alumnos el reloj sin disimulo, le cuestionan la lentitud, imagino. No hay una pedagogía contra el aburrimiento, una que enseñe a vencer la tiranía de las horas. No, al menos, unas instrucciones regladas, metódicas, fiables. Es cosa del ingenio de cada uno o de cómo lo educaron. No hay una pedagogía del tiempo, que podría ser en sí mismo el único cometido de cualquier filosofía que se adujese como breviario de directrices. De lo de la rapidez (o de la premiosidad) con la que transcurre el tiempo hay bibliografía extensa, poética y cartesiana, festiva y doliente, pero todas esas reflexiones (incluyo la mía) caen en el descrédito cuando no se extrae enseñanza de su paso. Una especie de carpe diem sin hondura, traído como eventual bálsamo, no como seguro medicamento. Porque vivir es casi siempre un desquicio feliz o una rutina soportable. Es tan rica la realidad, posee tanto en lo que enredarse, que alarma (o escandaliza o duele) que no se apriete más adrede el hoy y se fíe el posible júbilo que merezcamos al inasible mañana o al vencido ayer. Hoy, ahora, aquí, esto. A ver si la muchacha de la fruta va a llevar razón al final. 


3.7.21

Dos zaguanes

 



Hace un tiempo, un amigo me ofreció la palabra zaguán. A ver qué inventas, dijo. No le hice entonces aprecio, no sabría justificar ese desafecto, tal vez verse forzado, no partir de algo que uno de verdad ha pensado o se ha surgido azarosamente, sin el recado de alguien. Tengo a veces empeño en dejarme ocupar por las palabras que surgen y a las que no concedo sitio en el acervo (siempre corto) de las que buenamente manejo.  A las palabras no se llega por lo que significan: lo primero que te atrapa es cómo se pronuncian. En ocasiones, el envoltorio y el contenido se abrazan. Zaguán es una de esas palabras perfectas que sobreviven al uso que se hace de ellas o a quienes, al correr loco del tiempo, las usan con más o menos frecuencia. Persisten, guardan cierto eco de vida, una especie de depósito sentimental del idas y venidas, como huellas ya sin dueño que no pudieran ser eliminadas del todo. No habiendo yo gozado de ellos en demasía, le contrapuse ayer mismo la de patio, por si le parecía bien como reemplazo de aquélla que me endilgó. Patio no cuela, concluyó. Es de menor calado fonético, está más extendida, además. El zaguán anduvo ayer por mi cabeza, instalado como una pieza modélica en el ritual de la invitación a vivir que debe ser una casa. Vi dos o vi cien en el Barrio de la Viña en Cádiz. Anticipan el esplendor de la casa o su ruina, pero se exhiben con una dignidad de la que carecen otras dependencias de la vivienda. Se abren a la calle y se extienden hacia el interior. Se erigen como un limbo en el que sucede una parte neutra de la historia, una que quizá no acabe de cuajar ni adentro ni afuera. Como si cualquier posible vida espiritual allí recalada hubiese sido reemplazada por el silencio, con su rumor pequeñito de fragilidades. Porque el silencio está expuesto siempre a la injerencia del mundo y hay veces en que no es posible hacer que prevalezca. En todo caso, dos zaguanes o cien zaguanes. Fotografíe dos tan sólo. Sin quererlo, dos antagónicos. Cada uno contando una historia. Quién sabe cuál. A P. le gustará el sórdido. Es más de cosas que se entregan a la ruina y no se esconden en mostrarla. El tiempo, su óxido. Bastaba pasear por la calle y comprender el estrago de los años o la desidia de unos dueños que dejaron que todo sucumbiera. Suele pasar eso. Que se arrumbe lo hermoso y se entregue al escrutinio del aire, que corrompe y lastima. A las palabras también las corrompe y lastima el tiempo. En la palabra zaguán está el zaguán. Basta a veces cambiar un ángulo (mirar de otra manera) para que lo que hemos visto muchas veces sea nuevo y posea la virtud del hallazgo. A P. le rendiré por correo (carece de voluntad para tener Facebook) esta liquidación de la deuda. Me dirá que esperaba otra cosa. Incluso cuando es lo que espera, es reacio a asentir y decir que está colmado, pero yo no escribo para que él me lea. No sé para quién escribo. Para que las palabras no se pierdan. 

1.7.21

Un Sorolla



La pintura contiene trazas de realidad que la misma realidad no disimula, de modo que a veces, según uno mire, a cargo de la locuacidad de la mirada, no se distinguen y arman a su tornadizo antojo el paisaje. Al fotografiar desde muy lejos a esos niños en sus juegos en la playa, agrandando la toma, resultó un cuadro. Un Sorolla, quise creer. La luz en Cádiz es maravillosa. La vida a ella cosida fulge, se recama de matices y hace un delicioso trampantojo con sus colores.

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

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