15.6.24

Esto es mi pie, esto es el tuyo, esto la soga

 


Gustav Meyrin escribió Der Golem, un librito expresionista, una manera de contar el complejo de Dios. El totémico Golem es la sustancia primeriza de la tierra, el grumo, el barro, el anhelo de lo porvenir.  Si en el Crátilo el nombre es arquetipo de la cosa, la rosa está en la palabra rosa. Todo el Nilo en el ancho Nilo. Es de Borges la sentencia, la traigo sin consultar, confiado a la perseverancia de la memoria. Ahí habla de la vida, habla de su anverso, el mito del regresado, la leyenda del recompuesto. Todos los pájaros de Praga hacen sus defecaciones matutinas en la cabeza de su criatura. Cuando visité la hermosa ciudad en que fue impuesto al mundo, pensé en la tiniebla de la soledad de Dios. No son cosas que se piensen adrede, acuden a su antojadizo capricho. Creo recordar beber cerveza sin que hubiera un mañana con la cara del Golem mirándome, considerando qué podría esperarse de un turista tan rutinario. No lo seré, no querré serlo, pero hay asuntos de los que uno no se zafa, a los que se inclina con devoción, será mejor apartar ahora ese hilo de la historia. Queda Borges, queda Meyrin, queda mi Praga, esa maravilla de la que me prendé y a la que volveré, de la que dije que ojalá hubiese sido mi patria. No sé si la tengo, quién sabría eso.  Qué sabremos de lo que Dios sintió al mirar a su rabino en Praga. No sabemos nada. 

14.6.24

Visión de una nínfula

 


Uno escribe especulativamente, no se impone el mapa de una trama, sino que avanza en ella como el hipotético lector a la que se destina. Tiene su misma ignorancia, confía en el mismo arrullo de inspiración. Los dos han sido convocados por la misma invisible autoridad. Se cree que leer es una actividad de más sencillo desempeño que escribir, pero ambas concitan un halo común. El escritor cree dar con un hilo favorable y tira de él hasta que lo acaba. En ocasiones, basta ese hilo. Otras, por incomparecencia de hilos anejos, recurre a la poco vigorosa idea de que uno solo de esos hilos cuente. El lector se vale de ese pequeño milagro también. Es indistinguible el hecho de leer del de escribir. Soy Nabokov al leer a Nabokov. No sabría hacer lo que él hace, pero habrá un momento en que los dos hayamos mirado a Lolita con los mismos ojos. La retorcida historia de amor de Humbert Humbert la hemos pensado nosotros, surge de nuestra cabeza. Lolita es una invención nuestra. Cuando hemos cerrado el libro, al saber concluida la novela, esa propiedad se desvanece. 

13.6.24

A los árboles


 Lo peor es que tu vida sea igual que la de muchos. Tal vez aspire uno a no tener a nadie que se nos parezca. Tener vicios de una extravagancia absoluta. Cometer pecados de una singularidad extrema. Cuanto más se esmera nuestra educación en no desentonar, más infelices somos. La vida está en la periferia. Se van trayendo las ideas, un idílico centro las anhela, se exponen conforme acuden, cree uno que ahonda, pero solo rasgamos la superficie, apenas la violentamos. Todo lo que verdaderamente importa no se puede expresar con coherencia. Se acaba en los márgenes, en la generosidad de la diferencia. Yo siempre fui un enamorado de la diferencia, pero la edad te hace ser como los otros. Haces lo que los otros. Dices lo que ellos. Por eso escribir siempre es reparador. La escritura es un acto de independencia. Da igual que lo escrito no trascienda. Importa muy poco que lo lean los amigos y los eventuales, los acostumbrados y los accidentales. A K. le fascina que yo tenga voluntad infatigable de escribir. Sostiene que escribe quien no tiene pudor, quien desea ser observado. Miradme, no dejéis de mirarme. Anoche pensé en qué decirle para convencerle de lo contrario. Quizá, en el fondo, desee eso: el exponerme, ese ofrecerse a veces un poco obsceno que ocurre cuando uno escribe y registra lo que antes no estaba. De unos papeles hacer un árbol, dejó escrito Sexton. Pues a los árboles.

12.6.24

Aplazamientos


Por temor o por pudor, uno a veces aplaza lo que importa. No porque no sepa acometerlo, no por algo ajeno que nos cohíba, ni siquiera porque la voluntad no alcance. Se aplaza, se deja para después, por el placer de ir pensándolo, de darle un cuerpo dentro de la cabeza. Por hacer durar el deseo que lo anima. Como la madre que planea un futuro para el hijo que lleva y fantasea con los ojos que va a tener o con la voz con la que dirá las primeras palabras. Se aplaza la felicidad tal vez para conjeturar sin apremios qué pueda traer; para no despreciar, más por ignorancia que por otra cosa, los placeres que nos ofrece. Se disfruta más con los preliminares, oye uno decir. En el fondo es el miedo el que hace que actuemos así. El miedo a que no compense el esfuerzo. El miedo a que el hijo no sea el esperado o que su voz no nos emocione o que sus ojos nos miren sin mirarnos. No sé qué cosas estoy aplazando. Algunas habrá. Se tiene la idea de que no hay problema en eso, en no pensar, en dejar a un lado esas obligaciones morales o lúdicas o sociales. O se las ingenia uno para que no duela o duela de un modo tan suave que no alarme, ni se tenga conciencia de que algo nos rebaja. Leí un poema que refería la dificultad del poeta en conseguir que lo volcado en los versos finalmente se impusiese a la nada de la que procedía. Y venía a decir que el poema ya estaba. Solo faltaba llamarlo. La idea de un lugar en donde todo está almacenado, tutelado, confinado a expensas de que se extraiga me incomoda, me hace pensar en que no haya azar. Sin el azar, sin el asombro, sin la sensación de que algo que no se ha previsto incline a un lado o a otro la balanza de los días, me siento desamparado, comido por la tristeza, impelido a resignarme en ella. Yo estoy todavía intentado encontrar ese poema. Hay días en que lo atisbo, en que vislumbro una brizna de lo que quiero expresar y el apero de palabras con el que airearlo y hacer que se imponga a la realidad. Como la madre que ya ve al hijo antes de alumbrarlo y lo imagina noble y bonito, manejándose con buenos modales y encontrando su lugar en el mundo. Como el día que deshace la intendencia de la noche y creemos manso y dúctil, concernido milagrosamente a escuchar nuestros requerimientos. Hoy no será ninguno de esos días propicios. Está gris ahora, aunque luego el sol haga su trabajo y cueste andar por la acera sin que alguna sombra nos cobije. Tal vez en ella, en lo que da, encontremos el inicio del verso primero que abra el anhelado poema. 

11.6.24

Perder

 La derrota pertenece a los más tenaces, eso dirán . Ahora gana el que más resiste. Cuenta la perseverancia. Ella reemplaza al logro. Cualquiera vence si encuentra motivos en el fracaso. Habría que hacer una nueva pedagogía de la victoria. Dar con una sencilla estadística que elogie la lectura subjetiva de quienes pierden. Tal vez todos esos verbos antes tan limpios de contenidos se hayan entregado a la voraz maquinaria de esta sociedad feliz y hueca. Es a las palabras a las que le estamos faltando al respeto. Se emplean con resuelta ignorancia de lo que significan. Se advierte esta perversión léxica en el deporte, en la política…Importa el festejo. Ahí se hallan la verdadera inspiración de la liza. Al que legítimamente vence no se le da nunca reconocimiento. El perdedor se embosca en estas maniobras de supervivencia para no reconocer su fracaso. Qué nostalgia de aquellos tiempos en los que en la escuela el equipo vencedor era aplaudido. Qué extraño que ese consenso entre los que contienden suceda. No lo hace con la frecuencia que querríamos. Qué tristeza. 

Canción de posada


 Es grato ver al caminante 

cobijarse en la posada,

defenderse de la lluvia y de la noche,

invocar al dios de la cosecha,

prendarse del olor del vino,

ufano del fragor ebrio de la sangre, 

desplomarse más tarde en el camastro

tal que yerto fardo, aire ardido, 

sin deseo de fatigar el pasillo 

donde buscar un cuerpo cómplice 

en el que festejar con ciego arrobo

el estupor feliz de la carne, 

no dar entonces con la puerta

 tras la que acaso la hija del posadero, 

arreciada de frío, 

seda pura en sed de hombre,

ansía que un cuerpo joven y diestro 

le haga arquear el suyo 

en la sábana en la que su soledad fallece

y la virtud manche de loca sangre

el blanco severo de la blonda triste. 

10.6.24

Elogio de las palabras secretas

 



El diccionario llama secundípara a la mujer que pare por segunda vez y no veo ocasión de pronunciar la palabra en una frase. Ayer no di con el modo. Me temo que hoy suceda lo mismo. Tampoco mendaz, ni ósculo. Me conformaré con usar mentiroso y beso. A esas se las puede embutir en cualquier sitio. Hasta un niño pequeño lo haría. Sin embargo, mi inquietud léxica no ha dado con un reemplazo de la voz ajear: el ajeo es el chillido que da la perdiz cuando se ve acosada. Ajea uno también cual perdiz si se le embosca, cuando lo cercan. Tiene el boscoso idioma español palabras asombrosas a las que jamás acudimos, pero que están ahí, a la espera de que las vertamos. 


Mi amigo K. se prendó de la palabra pusilánime, que no es retorcida ni se escapa al común de los hablantes, pero que poseía a su entender una sonancia formidable, un influjo hipnótico, un veneno maravilloso. Estuvo un día entero usándola a tutiplén. He escrito a tutiplén y he sentido un vértigo. Parece que nos caemos al decirla. Está bien caerse en lo fonético y levantarse en lo semántico. Hay días en los que uno no piensa en lo que las palabras esconden sino en cómo se exhiben, qué traje usan para airear lo que pensamos. De hecho, sin entrar en honduras,  la palabra tutiplén no existe salvo que hagamos que la vocal “a” la anteceda. Si nos paramos a pensar en estos matrimonios léxicos descubrimos historias fascinantes dentro del lenguaje, que es una forma de decir historias fascinantes dentro de uno mismo. Somos las palabras que decimos y también las que no. 


No haber dicho jamás secundípara y decirla y reconocer que mi mujer lo es. Evito decir secundípara a pesar de saber qué expresa porque no es en modo alguno una palabra razonable. Lo es pájaro o incluso la terrible genocidio, pero secundípara es una marca rocambolesca del lenguaje, una de esas construcciones semánticas que ocupan un huequecito pequeño en el diccionario y que, salvo en días como hoy, no forma parte del acervo léxico de un individuo normal. Bien al contrario (es la segunda que hoy escribo bien al contrario) uno la acepta en una conferencia sobre genética o en un simpósium de matronas, evento no dudo que excitante si se tiene jurisprudencia o ánimo. 


Pasa lo mismo con el ajeo. Seguro que en el medio rural los asuntos de las perdices son pieza frecuente en chácharas de taberna, pero yo me voy a morir sin usarla. Quizá esa reflexión trágica sea irrelevante. Me asomo al interior de las palabras y es como si me asomase a mi propio interior. Como si estuviese hecho de palabras y el descubrimiento de alguna (ajizal, repinaldo, mozcorra, pábulo) te hiciese comprender que estás más cerca de entender la maquinaria sutilísima del cosmos, el plan celeste, la trama metafísica. Yo, al menos, cuando escucho una palabra nueva y la entiendo (es importante que no entre por un oído y salga por otro sin dejar dentro un poso) me siento más cerca de Dios. Incluso la palabra Dios, escuchada sin anclaje cultural, desguarnecida de toda la maraña arcangélica, me parece preciosa. El amable lector habrá advertido el uso de la palabra maraña junto al adjetivo arcangélica. Es que uno se delata a poco que se deja engolosinar por lo que escribe. Soy un sentimental léxico. En casa, hay diccionarios que ocupan una balda muy querida. Acudo a ellos con devoción, respeto y gratitud. Los compraba yo y luego participó por obligación académica mi hija. Parecen biblias paganas. Sin ellos, ni biblias habría. En clase, cuando hablo, traigo a lo que digo su reverso oscuro, su parte secreta. Cuelo palabras que no entienden mis párvulos alumnos, coloco las mansas entre las montaraces y espero a que el oído sensible se dé por avisado. 

9.6.24

Todas las palabras felices



Fotografía: Marina Sogo

 Una de las palabras que más gusta del diccionario de la Real Academia de Espsñola es paisano. Me hace pensar en la felicidad sin que sepa bien por qué. La he escuchado en la puerta de mi casa. Un anciano saludaba a otro esta mañana bien temprano. Charlaron y yo los escuchaba desde la ventana. Paisano, qué haces, dijo uno. Por extensión, alrededor de paisano, afincada en los márgenes, merodea país. Sobre él, escrito a su ancha espalda, flota el concepto de nación, que engendra el inevitable nacionalismo. Ahí el amable lector puede incluir bandera, himno, patria, terruño y hasta el deje fonético que se estile en su tierra. Descreo de algunas palabras porque las palabras arrastran ideas, y las ideas, cuando se forjan con materiales duros y se van adorando en el transcurrir agreste de los siglos, provocan ideologías, conflictos, abren brechas en la convivencia de las personas y, en última instancia, hacen que nos vayamos matando unos a otros a conciencia, a medio camino entre el deseo de que nuestras ideas pervivan y el de que la idea del otro fenezca. Las armas las carga el lenguaje. No existe el diablo igual que no existe Dios y, al tiempo, en su bendita paradoja, ambos nos rondan y a ellos rendimos el más hondo de nuestros desvelos, pero no hay nada fuera de las ideas. Ni siquiera el rubor cuando se nos halaga o la sustancia de los sueños o el eco cuando se expande y hace que tremole el aire.

La idea de Dios también es de tremolar por los altos paisajes del pensamiento. Se piensa a Dios y esa circunstancia lo hace verdad para quien se ocupa en sentirlo. Dios es una palabra formidable para enredar una tarde de café y sentir el pecho trascendente y el corazón henchido de metafísica. Creo en muchas palabras, no obstante. Porque las palabras arrastran ideas y las ideas también forjan prodigios y cierran, una vez abiertas, las brechas que otras palabras abrieron. Las armas las descarga el lenguaje. Hoy tengo el corazón henchido de lenguaje. En días recientes, lo que hay son muchas palabras, ellas me abrazan, me requieren atención, me interrogan, pero no cuajan, no dan con la trama que las arrime y las haga funcionar, ser felices. Una palabra puede aspirar a ser feliz. Cuando lo son, lo es el que las dice o el que las escribe o el que las escucha o las lee. Tenemos el país manga por hombro porque las palabras están enfermas. Se avendrán a respetarlas, cuando se den cuenta de que las palabras merecen un respeto, los que las enfangan, los que las vacían de amor y las cubren con odio. Tal vez todo vaya a mejor cuando se prestigien las palabras felices, así de ingenuo me siento hoy.

Es a la educación a la que no le tienen afecto. La usan poco, la usan mal. La ningunean casi siempre. No se dan cuenta del daño irreparable que causan, no ven más allá de lo que desean ver. Ya nos daremos cuenta más adelante del roto que están haciendo. Porque es un roto, un agujero por el que se cuelan todas las enfermedades del espíritu. Es ver las noticias en televisión o leerlas en la prensa o escucharlas en la radio y sentir una congoja indecible. Qué desprecio el de los políticos que las esgrimen. Porque es portarlas como armas lo que hacen, usarlas como piedras, lanzarlas a ver a quién le hacen un boquete en la cabeza. Hemos perdido el amor a las palabras. Juntamos unas con otras sin voluntad de que iluminen: solo se persigue el daño, la posibilidad de que hieran. Por eso la poesía: por su cualidad de puente entre lo que no se ve y lo visto en exceso, por su entera disposición a prestigiar la hondura de las palabras, que son órganos del cuerpo común que nos contiene a todos.

8.6.24

Elogio de la sombra

 Contiene la sombra una parte considerable uno mismo y, al tiempo, no nos incumbe en absoluto, rehúsa representarnos, ninguna de sus atribuciones apareja alguna nuestra. Tan escasa o nula consideración le tenemos que fascina su perseverancia cuando la miramos en detalle. No se ofrece a voluntad, precisa de la injerencia del sol para que despliegue su esplendor antiguo e incomparable. No ha variado jamás. Es la misma sombra del primer hombre. Concurre el mismo astro que ocupó el primer cielo. Irrumpe con idéntica nobleza. No flaquea, no se compunge ni amilana. Va a lo suyo. No sabemos bien qué sucede debajo suya, ignoramos la sustancia de la que está hecha. Al fuego se le encomienda la clausura del mismo fuego; a la luz, la urgencia de la sombra. 


7.6.24

los días en urano

  




todas las muchachas célibes de sausalito toman un greyhound, viajan a la otra costa, se entrevistan con los gurús, les informan sobre el roto que llevan dentro, les dicen las palabras exactas, las han ensayado, llevan todo el viaje ensayándolas en el autobús, las saben decir en verso alejandrino, mi madre tiene los ojos verdes, la tarde del sábado está gris, no llueve, hace frío, tengo la chimenea encendida desde mil novecientos sesenta y seis, en madrid cae agua nieve, lo han dicho en televisión, escucho a miles davis en la formación clásica de kind of blue, el jazz es un biombo en el que esconderse, lo escribió cortázar, cortázar era de gatos, no he leído nada suyo sobre los conejos, es un tema no lo suficientemente tratado, tampoco consta nada sobre los conejos en la antigua grecia, ni en la poesía beat, bill evans no tiene ningún título en el que aparezca la palabra conejo, la noche en urano dura cuarenta y dos años, también los días, debe haber buena tradición de novela negra en urano, se vendrá al mundo con una novela debajo del brazo, se irá escribiendo con paciencia hasta que acuda el último muerto, el estado ideal al que aspiro es el de no quitarme el pijama en tres días, que serán tres días en la noche de urano, quién sabe, si acercas el oído al suelo de Urano escuchas el runrún de las placas tectónicas, ese ruido como de lija aplicada sin tiento a cualquier cosa que se desee pulir y exhiba una costra incómoda al roce de la yema de los dedos, la tierra debería contener un abrazo, el aire es una vulgaridad a la que se da la consideración más alta, pero no caemos jamás en la cuenta de que continuamente está ahí, espontáneo y nutricio, con piedad, con sobrecogimiento, con impensable cuidado, buscamos a dios en urano, izamos banderas con pétalos cosidos a la tela ingrávida, rezamos con el corazón ocupado por una congoja infinita, los días en urano se parecen como una resaca a otra, volvemos a casa, los vasos cómplices en la barra del bar, el humo antiguo, un blues cósmico en el cielo de la boca, la noche se cobra siempre sus aranceles  



Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...