7.2.24

Loros


Al loro que compré en Estambul le gustaban las literaturas germánicas medievales. Ponía unos ojos de loro entusiasmado cuando le recitaba en voz alta las gestas de Beowulf o los funerales de Héctor, el domador de caballos. Contrariamente a lo que se puede esperar de un loro, el mío no repetía con la gracia previsible las frases que yo decía. Su única evidencia de una inteligencia superior a la de otras criaturas era la de abrir los ojos con pasmosa desmesura, como agradecido por la dádiva de las palabras. Se diría que estaba allí mismo, en la batalla, blandiendo la espada, empapado de sangre enemiga. Si un día me daba por cambiar de tercio y leer en voz alta, como suelo hacer, otro género, qué sé yo, poesía romántica o cuentos policiales, mi loro expresaba su disconformidad y emitía unos ruidos tan poco soportables que tenía que mudarme a otra habitación a continuar la lectura. Tampoco aceptaba que yo cantara, cuando me da por cantar, o que yo le recitara alguna frase ocurrente con objeto de que la repitiera. Era el mío un loro de costumbres peculiares. Su predilección, la única que yo advirtiese, era la épica medieval. Bastaba observar cómo se agitaba en cuanto el episodio narraba una cruenta batalla a la vera de un río o el ajusticiamiento de algún reyezuelo caído en desgracia. Esta mañana mi loro ha muerto. Estaba en el fondo de la jaula. Tenía un sencillo corte en el cuello. Temo que se ha suicidado. No me cabe otra explicación. Se habrá contorsionado hasta que el pico haya probado la copiosa sangre. Debió tener una pesadilla, me ha dicho mi madre, que es la que lo cuidaba. A mi corto entender, debió sentirse desplazado. No son buenos tiempos para las líricas medievales. Creo que ha muerto por inadaptación a la época en que le tocó vivir. No se me ha ocurrido reemplazarlo con otro. 

6.2.24

Vacas

 


 El pastor, encaramado en un risco favorable, se queda dormido con el libro de Kafka en las manos. Sabe acomodarse para que no peligre su integridad, pero el libro termina cayéndosele de las manos y cae ladera abajo hasta donde pastan las vacas.  Sin que se puede argüir un motivo, pues en su condición animal no entra la literatura como objeto de apetencia, una se acerca y lo olisquea. No hay en un principio nada que la anime a ocupar su ocio bovino en el libro, pero algo la envalentona. Le da fuerte con el hocico y ve con interés que no se rompe. Es un acto insensato del que la bestia no espera mayor beneficio que la visión del libro al modificar su residencia en la glauca tierra. Le vuelve a arrimar con más vehemencia. Se determina a esa heroicidad inútil que de pronto cobra sentido en su lerda cabeza de vaca. Está toda ella en ese gesto. Ni una parte pequeña de su cuerpo grande queda fuera. Pareciera que el entero propósito de su existencia se cifrara en el acto de acometer la presencia de ese libro. Entonces abre la boca y empieza a buscar el modo de comérselo. No sabe qué sabor tendrá, seguramente no rivalizará con el sabor de la hierba fresca, pero su corazón le habla y hay palabras que la vaca entiende. Comérselo es un modo de dominarlo. Todavía ignora si ese objeto súbitamente ingresado en la realidad será un enemigo o, por el contrario, se integrará en el paisaje y no diferirá de un árbol o del mismo pastor, que sigue durmiendo.  Se la ve con entusiasmo, se aplica en la mordida, en la ingesta de las hojas. Las traga morosamente. Se diría que ha dado con el modo y, a su modo, las degusta y entorna sus ojos apreciativamente. De pronto bizquea, da arcadas, mueve arriba y abajo la cabeza y suelta un eructo no muy sonoro, la verdad, pero que despierta al pastor. No es la primera vez que escucha a una de sus vacas soltar un eructo. Hubo otras vacas que probaron otros libros, pero  nunca había visto ninguna que tuviera unas alas de insecto en el costado. 

Cocodrilos

 

Dormir frente al televisor mientras la paciencia del cocodrilo organiza un festín de antílopes distraídos. La ceremonia de adiestrar el cuerpo para que el sofá lo reciba como un hijo con el sueño tamborileando en tu cabeza y National Geographic bombardeando imágenes impactantes de la salvaje vida animal. La sensación de que el mundo se detiene en la dentellada brutal del cocodrilo. Crees escuchar después, en sueños, la carne rota, los huesos fracturándose. Notar cómo la realidad, el cocodrilo abriendo en dos al antílope, se adhiere fieramente al sueño, pero son sueños frágiles, de una fragilidad conmovedora, sueños en los que no hay tiempo para que la trama invisible ni siquiera pueda cerrarse. Queda pues abierta, sin adquirir el rango de obra acabada. Los sueños no terminan nunca. No sabemos si luego se buscan, si el sueño de media tarde en el sillón se activa en la noche, incorporándose al sueño recién adquirido, si es posible que hasta lo borre y tome el mando y haga lo que se le antoje, si el cocodrilo echará la siesta con la panza rota por la feliz ingesta o si implorará que el inclemente sol egipcio lo reduzca a polvo. No sabemos nada de estas cosas. La realidad tampoco es discernible. La realidad no termina nunca. ¿Soñarán los cocodrilos con ovejas eléctricas? Un cocodrilo es un artefacto onírico. Ha probado nuestra mano y nos ronda en sueños. Lo que anhela es entenebrecernos, afantasmarnos. Su tiempo no es el nuestro. Nos contemplan desde otra dimensión. Llegará el día en que ingresen en la nuestra. Lagartos terribles. Una serie de ciencia-ficción. Anoche vi la cara de Asimov en una multitud. Me miró como si nos entendiésemos. Le miré con un temor antiguo. Temí que se abalanzara y se me zampara de un bocado. No recuerdo si lo hizo. Me he despertado frente al televisor. He sentido la carne rota, fracturarse sin ruido los huesos.  

Poema de los cuatro elementos


  Lo que al agua da el oficio de cauce 

es el vértigo de la tierra, la hondura del aire.

Al aire se le desciñe la altura y roza 

con su invisible manto la orfandad de la luz. 

La ceniza es humo que corteja 

al azul del cielo y al loco respirar del fuego. 

Jadea el fuego, arde la luz, brinca 

como un pulso de sombra el agua. 

El agua gime cuando la abraza el tiempo. 


5.2.24

Moscas

Para César, que ayer las hizo volar 

(


A las moscas no se les pide jamás explicaciones. Se tiende a apartarlas o, caso de que incordien en demasía, matarlas con absoluta contundencia. Mi mano lo sabe. He diezmado a conciencia su población en enormes tardes de verano. No hay (o no había) molestia mayor que su zumbido en torno nuestra. No incurro en exageraciones si declaro ahora que odio que una se pose en mi brazo o remolonee pesadamente sobre mi cabeza. No siempre nos escolta la fortuna. Hay veces en que erramos. Hace poco, seriamente contrariado, lancé un manotazo contra una de esas moscas molestísimas. Mientras el buen doctor me la enyesaba en Urgencias, una mosca se posó sobre la mano sana. Medí la consecuencias de reventarla con el yeso recién colocado, pero renuncié. Seguí, fascinado, su vuelo por la consulta. En el fondo admiraba su osadía, ese atrevimiento animal y primario. Referí al médico que fue una mosca la que me causó el percance. Le confesé mi obsesión, no escatimé empeño, me esmeré en hacerle comprender que hay ocasiones en la que manda el instinto. Le pedí que me hiciera entrar en razón. Temía (temo todavía) que en adelante no tuviera freno y una mosca o un puñado de ellas me enloquecieran. Primero sacrificas una mano, luego la otra y finalmente no te arredras cuando está un juego tu cabeza. Sinceramente conmovido por lo que le dije, el médico quiso compartir conmigo que él también sufría el mismo mal. Recuerdo que nos miramos como ni a veces se miran quienes se aman. Sentimos el alivio que no podemos encontrar en nadie. Me confesó que , en verano, cuando abundan, apenas sale. Va al trabajo, se encierra en su despacho, mantiene bien cerradas puertas y ventanas y después vuelve a casa, conecta el aire acondicionado y deja que corran las horas sin otro deseo que le acuda cuanto antes el otoño y pueda pisar las calles nuevamente. Todavía hoy pienso en su confesión. La siento mía y, al tiempo, me parece ajena. En cierto modo, le he tomado aprecio a las moscas. hacen que me discipline. Gasto las horas de ocio en casa ideando maneras de atraparlas. Me valen los botes de cristal del tomate que compro en el súper. Son ideales. Probé con botellas, pero no me entusiasmó esa altura estilizada, ese afinamiento al final. El bote de tomate es idóneo. Apenas los compro, vacío su contenido en el fregadero, los limpio con ahínco y dejo caer las moscas que afanosamente voy capturando. Al principio metía una por bote. Me fascinó que fuesen dos. Paso tardes enteras ensimismado frente a ellas. A veces creo que entro en el bote y vuelo con ellas. Les enseño mi brazo enyesado. Les cuento, aunque no se me escapa que inútilmente, la pasión que les profeso. No llega a ser un enamoramiento, no es amor lo que siento. En cierta ocasión, pensé en liberarlas, en ver qué hacían, si alguna volvía de manera voluntaria al bote. Las moscas muertas las dejo al fondo. A las demás parece que no les importa, aunque he notado que no se posan sobre ellas, las evitan, quizá piensen a su modo que el poco tiempo de vida del que disponen van a emplearlo en buscar sin descanso una salida. Ellas, las caídas en combate, serán mártires, pienso. Uno de estos días iré al médico. Le contaré lo de mis botes, le diré si quiere venir a casa y observarlos conmigo. Tal vez desista de su odio. Esta mañana he liberado a una de ellas. Abrí la tapa y esperé a que saliera. No lo hizo de inmediato, se demoró, probablemente creería que la fulminaría se abriese camino libremente. No sabemos nada sobre las moscas. Hay días en que deseo que alguien me haga entrar en razón y días en que no me interesa que nadie me disuada de mi empeño; días en que las ataco con furia, aún a riesgo de lastimarme una mano o una pierna, y días en que sólo me dedico a hacerlas entrar en mis botes y siento que la armonía me abraza y me reconcilio con el mundo y conmigo mismo. Quizá seamos legión los que amamos y odiamos a las moscas. Amor y odio juntamente, quiero decir. No vamos por ahí alardeando, declarando airadamente que en verano somos más felices porque tenemos moscas con las que entretenernos. Es posible que seamos muchos, por qué no. No sólo el médico que me enyesó el brazo y yo. No tiene sentido que seamos únicamente los dos. Se acerca el frío, temo que no pueda esperar a que prorrumpa el verano y anuncie su vértigo de moscas. Ahora me arrepiento de haber aniquilado cientos de ellas. No tienen culpa, no saben que son moscas, no tienen conciencia de su condición de insecto. Tampoco nosotros sabemos fiablemente qué somos. Si el mundo es un bote de tomate y alguien desde lejos nos observa entre el miedo y la fascinación o entre el amor y el odio. Si los reveses del destino, todas las tragedias que nos circundan, las que más atinadamente nos incumben, no serán sino manotazos de alguien, golpes que persiguen nuestro abatimiento.

4.2.24

Cien fantasmas

 





                                Many times, Juan Muñoz, 1999



La ideología

En Many times hay una ideología, un modo de ofrecer una visión del mundo. En este caso, el mundo ofrecido es fantasmagórico, es patético. Los personajes que lo pueblan están ciegos, no tienen pies, visten uniformados y sonríen como si la vida, a su paso, los regara de dones y de dádivas. El mundo, el real, el que nos rodea, no difiere en exceso de éste aquí representado. Su cualidad de fantasma proviene en parte por el hecho de que lo pueblen criaturas demasiado parecidas a las del espacio de esta instalación artística. Esta idea bulle al momento de concentrar la atención. Da igual dónde mires. Imagino que la sensación de vértigo, de estar moviéndote por un trayecto ya conocido, abruma de un modo más vigoroso si visitas la exposición en lugar de contemplar (como aquí) instantáneas o vídeos. No hay ficción: lo que ocupa todo es una duplicación de lo real. El objeto artístico, sin expresarlo de un modo fiable, nos llama, requiere una mirada. El problema en esto del arte siempre ha sido la falta de educación de la mirada. No sabemos ver un cuadro igual que tampoco sabemos ver una película o leer un libro a pesar de que mucho de lo que hacemos, incluso no sabiendo, nos conforte e incluso nos restituya un placer inmediato. Muñoz no da placer en ese sentido: el tipo de júbilo que proporciona Many times es de otra índole, creo. Lo que da sin pudor es una teatralidad, un discurso narrativo en donde los personajes establecen un diálogo que debe ser escuchado. Y es precisamente el diálogo íntimo, lo que no escuchamos por los sentidos, lo que subyace y provee de verdad a la representación plástica de ese relato que privilegia cierta sensibilidad extrema, una sin la cual no es posible indagar, ahondar, aprovisionarse de todos los significados ocultos en la obra. Supongo que nada diferente a lo que sucede cuando un observador (curtido o no) se planta delante de un cuadro de Pollock o de Bacon, de una película de Tarkovski (hace pocos días vi de nuevo Stalker) o de Bergman o escucha una pieza de Coltrane o de Cage.


La soledad

Las cien figuras de Many times podrían ser dos y el efecto no diferiría en demasía. Expresan la misma contundente soledad dos personas que se cruzan y ríen como lo hacen éstos que un universo poblado por millones de seres que se cruzan y ríen así. Los objetos de Muñoz son mercancías, productos exhibidos como maniquíes sofisticados. En esa perplejidad en la que se embosca la instalación de Muñoz es en donde Many times adquiere el rango de obra de arte. No hay un solo modo de abordarla. De anoche a hoy he mudado algunas veces de opinión. Ayer, cuando la vi de nuevo, la primera vez fue hace años, sentí un cómoda sensación de integración. Ahora, por la tarde, mientras escribo esto, aprecio una descolocación, un extrañamiento, cierto desplazamiento en el interés que me produce. Estoy más aturdido, podríamos decir. Y en ese aturdimiento en donde de verdad encuentro más significados. Perturbado, en arte, en la vida en general, se vive mejor. Muñoz es un perturbador absoluto. Crea una realidad misteriosa, una en la que se entra con pasmosa facilidad pero de la que no es tan fácil salir. En este aspecto, en sus texturas, en sus figuras totémicas, obligado a manifestar su creatividad en el espacio escénico de la escultura, de las instalaciones complejas o sencillas que ocupan las galerías y los museos, Muñoz es un narrador. Cualquier disciplina artística es una narración. Su herramienta primordial no es semántica, pero ofrece un texto. El de Many times es ahora uno apocalíptico. Lo que yo ahora entiendo es que estas criaturas, vaciadas de sentido, sonriendo estúpidamente, multiplicadas con absurdo empeño, iguales en todo, diferentes en todo, que deambulan sin propósito, están a punto de desaparecer, de ser aniquiladas por alguna devastación global, una de la que no se salve ni el propio espectador. Quizá se ríen de eso. Admito que es una lectura excesiva. Nada que no esté ahí alojado, embutido en las ropas grises, confiscado a la realidad y encofrado en esos ojos que no ven, en esas risas mudas, en toda la belleza convulsa que ofrece. Es el extrañamiento de lo real, lo tangible de lo extraño.

3.2.24

Elogio del negro puro

  
                                     Inge Schuster


Hay cuadros que dicen lo que no alcanza la realidad que representan. Contienen de ella la parte a la que los sentidos no  dan respuesta. Los mira uno con absoluta entrega, los escruta para que se abran y nos acojan. El espectador se sabe concernido, ocupado por la evidencia de algo a lo que se le ha encomendado que no se dé enteramente y permita poseerlo. No se acaba de mirar nunca un cuadro. Ni siquiera el confiado al negro puro es asequible. Tendrá su luz, habrá en él lo que uno descubra. Su elocuencia será de una intimidad arrebatadora. Son las palabras las que cobran pujanza y extraen el significado. No se oculta adrede, no se cohíbe ni arredra: tan sólo reclama que el observador indague, dé con la polisemia, con el vacío, con la opulencia, con el fuego de adentro, con su humo fiero, con su voz que dice. Pide que se hipertrofie, que adquiera la consistencia sensorial óptima para penetrar en la hondura, en lo que bulle, para entender (como propugnaba Borges en su poema El Golem) que la rosa y el río Nilo están en la palabra rosa y en la palabra Nilo. Las sílabas cabales, prosigue el poeta, restituyen el objeto absoluto. En la negritud del cuadro que no se deja conocer están las palabras que cancelan su oscuridad física y semántica. Nada que objetar cuando quien ve cree haber visto de verdad. Él dirá lo que se le ocurra decir. Habrá contemplado lo que está vedado para quien no ha manejado las herramientas oportunas. Veo lo que anhelo ver. Arrojado a decir lo que nadie ha dicho. 

2.2.24

No

 



Decir no, acuartelarse, esgrimirlo de modo que nada lo quiebre ni le haga flaquear o hundirse. El no como una bandera a pesar de que ninguna nos entusiasme. No a lo que ofende y a lo que duele, pero también a veces un no circunstancial, no demasiado relevante, ni crucial. El no entonces como un modo de disuasión. Decir no sin ahondar en el porqué. No que cierra lo que promete abrirse. No vetusto, no primario. Un no estajanovista como de ciega estatua. No porque es más fácil. Siempre exige menos la oclusión. La misma palabra no requiere un esfuerzo fonético mínimo. Sí es de haber pensado antes y barajar la pertinencia de negar. Se dice no con una facilidad pasmosa. Después de dicha, el no vibra en el aire, se expande, adquiere un volumen que no esperaba ni quien lo formula. El no ahuyentado todo lo que lo circunda y trata de recomponerlo. No con ínfulas de un no mayor a veces. No verdadero, no hipnótico. No para que los demás sepan lo convencido que se está. El mundo funciona más negando que afirmando. Avanzar (en ocasiones) es un prodigio, un logro meritorio, un milagro tal vez. El no se prestigia tanto. Su contrario (el débil sí) se retira, permanece alerta, propicia que las palabras continúen y medren. El no ha hecho bien su trabajo. Es porque se está mejor al apartarse, al cerrarse, dicen los negadores cuando conceden explicaciones. Negar es no involucrarse, se niega para no responder. Afirmar siempre es abrir una puerta. Están mejor cerradas. Es más confortable que no entre nadie. Ni que salga. Estamos lo que estamos. Que nadie vaya a venir ahora cambiando. Que icen al no, que lo exhiban, que hagan del no un símbolo. Es el arma primera con la que defenderse. Un no al viernes o a la neuropsiquiatría o al índice Dow Jones o a la numimástica o al populismo o a los haikus o las canciones de doce minutos o a los jerseys de cuello vuelto o a las conversaciones largas o a los amores adolescentes o a la literatura del siglo dieciocho o al evangelio según San Mateo o a los cubatas de importación o a los templos visigodos o los actos jurídicos o a los libros de pasta blanda o a las mujeres con apellidos de más de tres sílabas o al blues de Chicago o a las danzas eslavas o a los cuñados o a las vírgenes de los templos zamoranos o a los abrigos de recio paño leonés o a las sentadillas búlgaras o a los paseos a la caída de la tarde o a la cerveza servida en vaso de tubo o a los torreznos de Soria o a las voces que hablan dentro de la cabeza o a los hombres que no usan boina o a las reuniones subversivas o al frío siberiano o a los amplificadores de válvulas o a los helados sin azúcar. No sin más. Un no con colmo. No fértil, no hospitalario consigo mismo. 

1.2.24

Elogio de las hormigas que hablan

 A mis alumnos les digo que las hormigas que hablan entre ellas nos entretienen más que las calladas. Porque las hormigas hablan, concluyo. Tienen ellos todavía la edad en que lo extraordinario tiene mayor credibilidad que lo real. La parte que íntimamente no aceptan no rivaliza con la que les hace reír al darla por plausible, la que les conmueve al tocarles el corazón o la que los entretiene cuando lo que desean es que se les entretenga. Tenemos la credulidad para no tener que hacer un mapa de lo real y de lo que no lo es.  A todo se le puede conceder el rango de veracidad personal con el que trasegar con mayor entusiasmo por los rotos que la vida le hace al traje que llevamos. Ellos aprueban esa concesión sin mayor cuestionamiento. Es sorprendente el modo en que cancelan el gris de los hechos comprobables y se afanan en dar con los colores de los hechos imposibles. Se creen lo que los conforta. Sin el crédulo, sin que colabore el que se esperanza en la proximidad de lo fantástico,  el andamiaje de la realidad se vendría irremediablemente abajo. Si todo fuese tangible, cartesiano, qué tristeza habría. El crédulo adrede es más feliz que el incrédulo involuntario. De ellos proviene la entera restitución de la única narración que habla de nosotros mismos, de la parte más honda, la de las leyendas, la de las metáforas, la de los dioses que tutelan nuestro vagar por el mundo con su libro de hormigas, con su corazón asombrado. Yo soy feliz cuando les hago pensar en ellas, en todas esas hormigas invisibles que hablan entre ellas, quién sabrá si de nosotros. 

Los Beatles en la azotea

 





Hacía tres años que no tocaban juntos al subirse a la azotea de la sede de Apple Corps y dar lo que sería su último concierto. Alan Parsons dio con la manera de atenuar el ruido del viento: bastaron tres pares de media de mujer compradas en unos grandes almacenes cercanos. Lennon se quejaba entre canción y canción de que no podría manejar los trastes de la guitarra con las manos ateridas de frío. 43 minutos y cinco canciones hasta que la policía desmanteló el tinglado. Se separaron un año después. Hoy el mítico edificio en Saville Road es una tienda de ropa infantil. Hace de todo eso cincuenta y cinco años y un par de días. Yo hice un poema sobre los Beatles en la azotea para un libro mío al que tengo mucho cariño. A los libros se les tiene cariño. A algunos, los ajenos, puro amor. Todo es pasado. Una cartografía de la memoria sentimental.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...