10.11.23

La danza del humo


Los días andan persiguiéndose, los años acaban delatándose, publicando sus vicios, los recuerdos libran su íntima batalla con las palabras, la vida dicta severas instrucciones de uso, disciplinas muy precisas, maneras de medir el espanto y soportarlo. La trama son escenarios vacíos. En esa plenitud huidiza, perfilas nombres, fechas, argumentos. Es más tarde cuando viene el dolor de no saber o el de saber más de lo preciso. Viene Kafka con su libro de quebrantos. Viene la aurora con su promesa de milagros. También el fuego, su ceniza futura. 

Abbey Road

 


“Jojo left his home in Tucson, Arizona, for some California grass”
(Lennon & McCartney)
Abbey Road


Me gustan los Beatles
en la azotea de la Apple
haciendo un salmo,
la literatura rusa del diecinueve,
los pocos tankas que dejó Borges,
las cantatas de Bach con mandolina,
los cuartetos de cuerda de Brahms,
la palabra alambique,
que esconde dentro un laberinto,
los mcguffins de Hitchcock,
la cara inflada de Satchmo en Summertime,
el dolor cuando acaba,
el placer mientras ocurre,
el olor a gasolina, el del café
el de mis dedos cuando tocan su pelo,
los parques a la caída de la tarde,
la luna sobre la calle Bourbon,
los vasos anchos para el whisky,
el cielo antes de que rompa en lluvia.
Me hago cargo
de que no puede estar uno la vida entera
en estas distracciones.
Caigo en la cuenta
de que las horas cobran sus tasas,
el arancel previsible.
Se queda uno en la periferia,
en la luz limpia de la dicha pura.
La vemos a diario, aunque no la sintamos.
Tampoco vi a los Beatles en la Apple.
Fue su último concierto. Tocaron Get back.
El rock and roll detiene el tráfico.
Scotland Yard censuró el concierto.
Siempre están la autoridad y los curas
haciendo que sintamos la culpa, el pecado,
ese arrepentirse de lo que no se ha hecho.
Siempre hay alguien que te estropea la fiesta.
A veces no sabe uno a qué atenerse.
Si al sentido común, tan gris, tan triste,
o al loco correr de la sangre.
Si al vértigo o a la fiebre.
Si a los Beatles inocentes del Yesterday
o a los fumados del disco blanco.
Incluido en “Curso de escritura automática” Detorres Editores, Córdoba, 2017,

9.11.23

vals con trémulo flujo

 dios te salve, sigmund freud, dios te conceda la distinción más alta entre los elegidos a contemplar su reino, dios te abra los poros uno a uno para que tu alma conozca la providencia de la luz y la limpia acometida de la gloria, dios palie tu atrofia gustativa para que el sabor a sueño recién libado irrumpa en tu boca con la gracia de lo pleno, pero no dejaré que sepas lo que ocupó anoche mi sueño

 *

hay un francotirador en el texto, hay un fiscal que sanciona las protuberancias sintácticas 

*

no hay constancia de que karlheinz stockhausen visitara el albaicín

*

vino un catón magiar y me corrigió un verso muy germánico  

*

hoy, trece de octubre de mil novecientos ochenta y tres, no me apetece releer las flores del mal, me sale por las orejas el veneno y ese olor a primavera rota, dijo el lector mientras se entenebrecía la tarde sobre un risco desde el que se ve el edén de las primeras palabras 

*

adentro está el amor, vino a quedarse, está en la cocina, haciendo pancakes 

*

bellísima pastora, todo es decaimiento en las grandes avenidas del centro del mundo

*

el profeta josafat no tuvo ninguna hija con la cara de  jimi Hendrix tatuada debajo de la oreja derecha 

8.11.23

Heráldica del diagrama de Venn


En los cuentos de Kafka huele a naftalina,  Gregor Samsa era una polilla.


*

Lleva la montana mágica de thomas mann veinte años en el mismo anaquel. Cojo el libro de cuando en cuando, le limpio el lomo, abro unas páginas, busco el pasaje en el que, en una tormenta, Hans Castorp se prenda de la pureza de la nieve y se refugia en una cabaña, en donde fantasea con la posibilidad de una felicidad que sabe imposible y resuelve dar con la raíz del alma en un balneario comido por la decadencia y por las humedades. 


*


Anoche soñé que mis gafas era las de pasta de bill evans, soñé que me sentaba en un steinway y tocaba waltz for debby en un salón estilo tudor con cuatro o cinco íntimos y bebíamos whisky historiado. Me decían que muy bien, esas gafas te hacen mejor pianista, aplaudían levemente achispados. 


*


El Bowie de los setenta, el del glam y el del glamour, el de los clubs de Berlín, el de las arañas de Marte, ha venido a mi fiesta, ha dicho algo que no hemos entendido y hemos sentido una congoja en el pecho, un nudo en la misma garganta.

7.11.23

alegrías del siglo cuarto

dios te salve, sigmund freud, dios salve tu barba cuidada, tu capacidad de sufrimiento, tu arcángel mudable, tu veneno sin futuro, tu reino en el aire, pero no dejaré que sepas lo que ocupó anoche mi sueño

*
hay un francotirador en el texto, hay un ángel perverso que acaricia las blondas más recamadas
*
no hay constancia de que oscar wilde visitara tánger
*
vino un coronel prusiano y me corrigió un verso muy lúbrico
*
hoy, siete de abril de mil novecientos noventa, no me apetece releer la montaña mágica, me sale por las orejas el aburrido hans castorp, dijo el lector mientras se entenebrecía la tarde sobre un risco desde el que se ve el mar romperse como un labio infinito
*
adentro está el amor, vino a quedarse, está en la cocina, haciendo fajitas
*
bellísima pastora, todo es melancolía
*
el profeta hababuc no tuvo ninguna concubina con un tatuaje con la cara de andy warhol en el muslo izquierdo

5.11.23

Defunción de un mosquito



                                                                   Fotografía propia

Fue esa quietud sin motivo lo que no apartó el mosquito de mi cabeza en todo el día. Que yo sepa, sin haberle concedido una atención excesiva, llevaba en el patio desde la tarde anterior. Es posible que su cabecita se agitase o que abriese la boca para que se anegase de sangre inocente, ajena y desprevenida. También que estuviera saciado o que hubiese muerto y de alguna forma que no comprendo su cuerpo se mantuviese en la pared hasta que una pequeña sacudida del aire lo hiciese caer y lo picoteasen algunas hormigas con el hambre avara. Cogí una silla de las del patio y me senté a contemplarlo. Lejos de aburrirme o de entrar en algún trance hipnótico inédito, perseveré en el estudio de la criatura. Buscaba un indicio de vida, algo que me hermanara con él y, al igualarnos, apartase de mis pensamientos aplastarlo con una servilleta o con la zapatilla de estar en casa. En ese acto incivil no habría un ruido delator, un crujido cruel. Tampoco me perturbaría la culpa. He aprendido a apreciar el lugar que se me ha asignado en la pirámide trófica que nos enseñaban en la escuela y zanjo mis desavenencias con la plaga de insectos que nos rodean con aplicación. De ser macho, el mosquito viviría una semana, diez días a lo sumo. Las hembras son más longevas: pueden triplicar al varón. Probablemente se les encomendó una vida más larga para que molestaran con más ahínco. Consideré que hay un plan siniestro del que ni él ni yo tenemos mayor conocimiento, un hilo invisible entre su extremo silencio y el mío. Tentado de desbaratar cualquier plan, urgido por un deseo cainita, elevé mi pulgar con la parsimonia requerido. Veía cómo se elevaba y se acercaba al insecto sin que se coscara, sin manifestar una reticencia a que lo ajusticiase o a que, errado el castigo, lo dejara lisiado, incapacitado para la huida, negado al vuelo. Justo cuando iba a ejecutar mi sentencia, mi mujer detuvo mi mano. Un movimiento brusco, inusual en ella, tan de demorarse en los gestos, tan poco inclinada a ejercicios demasiado llamativos. Detente, insensato, ese mosquito es un rey, deberíamos inclinarnos ante él, eso dijo. Si te pica, no hará nada que tú no hicieras en su lugar, agregó con la cara complacida por la pedagogía, feliz por haber evitado su defunción. Es la proteína de tu sangre la que produce sus huevos, ignorante. Es una madre celosa de la supervivencia de su estirpe. Ella cuida más de sus hijos que tú de los tuyos, mal padre. Quizá esté muriéndose tras haber cumplido su misión en el mundo, lo cual es mucho más de lo que tú podrías decir si esta noche te fallara el corazón y tuvieras unos minutos para recapacitar sobre tu existencia. La nuestra en común está siendo larga, no creo que se te escape eso, querido. Muchas veces te he visto quieto sin motivo y te he imaginado dormido o te he pensado muerto. No te aplasto porque mi pulgar es pequeño o porque ninguna manera de hacerlo me parece la justa o porque no sabría qué hacer contigo para que nadie sospechara. Esa suerte tienes. Te habrá tentado quitarme de en medio también, no te duela reconocerlo. Hemos durado los dos más de lo que merecemos. El que sobrevive no echará en falta al otro. Hasta se esmerará en festejar su ausencia, aunque no alardee en público y vierta alguna lágrima de vez en cuando con teatralidad aprendida. Te propongo algo: nos quedaremos aquí sentados los dos, miraremos al mosquito hasta que eche a volar. Si cambia un lugar en la pared por otro, serás tú el que se vaya, ya verás cómo, me conformo con que no sea muy incómodo a la vista. Si vuela y desaparece, seré yo quien desaparezca también. La miré sin asombro, la entendí y me complació el programa de actos de aquella tarde aburrida. ¿Y si está muerto?, pregunté. Entonces uno de los dos matará al otro. Creo que ya hemos vivido bastante. Yo no he sido madre, no tuve tu sangre. A ti nunca te preocuparon esas cosas. Fuiste ese mosquito tanto tiempo, querido. La fortuna que tuviste fue que yo no me envalentonara y traicionase mis principios. Si llegas a tardar un segundo más, habría reventado al mosquito, lo sabes, le dije. Ni te habrías enterado ni esta conversación incómoda estaría teniendo lugar, agregué. Hemos pasado la noche en el patio. Se echó el frío y busqué una manta que la cubriera. No dijo nada, tampoco la rechazó. Ella me ha oído toser y me ha pedido que deje de fumar. Hoy ha amanecido el día claro, de una luminosidad intimidatoria. El mosquito sigue en la pared. Creo que voy a poner la cafetera. A ella le gusta sin azúcar, solo. 

edén

 me preguntaron si había previsto la luz, si la lluvia, el olor de la lluvia, el paisaje después de que llueva, el tiempo que tarda la luz en rodear por entero una palabra y gobernar su tránsito por los días, entonces vi que la luz era buena y la separé de las tinieblas, que fueron la noche eterna sobre mi boca infinita, me preguntaron si en la creación de la sombra había procurado esconder un milagro sin aristas, una ventana desde donde los cuerpos son únicamente fuego y tienen ira en los ojos y una lanza oxidada en el costado, yo escribí el libro infinito de la lujuria, yo el libro de las grandes palabras, el libro infinito para que lo lean hasta que el tiempo acabe, hasta que seis sea el número y al séptimo prenda el fuego y recoja la ceniza con mis manos y vea que todo está bien, los árboles, los ríos, los planetas, los lobos, las arañas, el hombre, las montañas, el firmamento, los pájaros, aspiré el aire nuevo y floté espléndido, en ese desorden multiplicado amé la blonda sublime del cuerpo profundo, amé el origen de las cosas, amé las mareas sobre las que después inventar naufragios, oscuramente amé también aquí la sed, el depósito antiguo de las palabras, el verbo al que alegremente se le retire la flor y el vuelo y quede en fuego manso, en la liberada costra que un día fue cáliz, voluta dulce, entonces el ángel dio un aviso, la luz se astilla, la sombra proyecta pájaros, todas las almas acuden, se instala la suprema evidencia de que algo verdaderamente importante va a suceder y vamos a contemplarlo porque el tiempo de los poetas ha llegado, dios hecho carne y barro y lagrima, hasta muy tarde anoche en las alas del texto, labor de amor, el río asciende la noche, se me oculta la luz, todo es tangible, vagamente íntimo, en la sombra el gesto de ir a vivir sin que nada nos aturda, vivir así el regalo efímero de entendernos, el fluir manso de unas nubes , el verbo, el verbo considerado el principio motor de la carne, luego vienen los profetas, los salmos, el monocorde ripio de las almas que buscan un lugar arriba en el cielo perfecto de la salvación, luego vienen los dueños de las horas, saquean lo que ven, nada queda libre, sólo hay muerte, iglesias vaciadas, la dulzura del credo convertida en óxido, apocalipsis, el sueño de los perversos, todo lo que no se dice acaba por mordernos, tengo una fe absoluta en mis extremidades, en el miedo que me conquista el pecho y hace que mi corazón se desboque, se astille, se incendie, mirad el corazón astillado, el vértigo hecho fiebre y luego la fiebre volada al aire antiguo de los ojos que lo miran todo y a todo le extraen luz y en todo encuentran sombra, los ojos con vocación de bisturí, los ojos del artista que son los ojos del mundo, los ojos izados como un veneno cósmico, he aprendido a nombrar la dicha en las palabras, esta caligrafía de bruma sin brahms, ni mordisco, se hace polvo de estrellas, se hace escritura, boca, vagina, túnel, se hace fábula, un pequeño incendio bebop, que vence la oscura la rancia, la quemada historia de las palabras y asciende la tarde, hasta pesar como un adjetivo sin romper todavía, miro hacia adentro , en la propiedad más oculta del tiempo, soy casi ahora y me queda toda la vida para desabotonarme del todo y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas, todas matan, la última hora debe ser la hora de la poesía, morir debe ser entregar un último verso, en ti todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina, el verso abierto con el que el universo celebra su festín de secretos, un pequeño incendio acecha en las avenidas, una síncopa con colmo, un terrible solo de arpa en el fondo exacto del alma

4.11.23

Palabrario


A mi corazón, más que la mala vida, lo malogra la mala literatura. Las palabras, cuando no casan, si lastiman y horadan, hacen que enfermes con más torvo fervor que el tiempo. 

*      

La fatalidad hace que descarríen vidas ejemplares. Hay quien no precisa que comparezca el azar. Quien carece (adrede) de ejemplaridad. 

*

Vivir consiste en calcular con esmero los riesgos, en observar el vuelo irregular de los pájaros, en desangrarse con tibieza verbo adentro.         

*

Las palabras con su vértigo dentro, con su fiebre sin fuego, con su cárcel dulcísima, con su fe oscura, con su huella de humo. 

*

Encontré, como Cortázar, consuelo en Coltrane.

*

Subí un risco alto, vi arriba declinar el día, la noche prosperando, el aire puro, el verbo limpio.


2.11.23

Canción número once




 De ángel a barro tres días bastan. En el primero das con la bruma; en el segundo inhibes la frecuencia del corazón. Del tercero no se sabe mucho. Un verdor o una sístole mezquina. Los cánticos de la plebe trenzan en el aire oraciones que se anulan a sí mismas con entusiasmo azul. La ceniza ocupa la boca de los bardos. Una inclinación de la cabeza es un mapa de la incertidumbre. Un oso polar se mide en nubes. Los días en adjetivos o en números primos. Sólo Dios conoce la coreografía de los objetos libres. Llover es una anomalía del llanto. La luz no posee la resolución de la sombra ni la materia obedece a las leyes de la sintaxis. La verdad es una hélice herrumbrada sobre la que se posan pájaros y en la que prosperan hormigas de un rojo más hermoso que un Zippo con la cara de Frank Zappa. Así se cruzan los aviones en el cielo del edén. Así beben los hijos la leche de las urbes ubérrimas. Toda claudicación es un paso atrás hasta que la tierra brama por su corazón tan frágil. El cuarto día es idéntico al quinto y al de hoy. De todo hace muchos días, infinitos días. Se persiguen los días. Nadie recuerda el Zippo con la cara de Frank Zappa. Nadie habla del fulgor ni de la eclosión de los grandes sintagmas del tiempo. Es la abducción. Ella hace que graviten los astros. Ella rige la danza de los juglares. 

El matrimonio secreto


 



Laszlo Fejés, Wedding, Budapest, 1965




No recuerdo quién escribió que el amor era cosa de poetas y que el matrimonio lo era de filósofos. En opinión de Woody Allen, el matrimonio es una carga tan pesada que en ocasiones hacen falta tres para llevarla. En la fotografía de Fejés el peso se reparte sobre ocho manos y ni siquiera sabemos si el encuadre elimina extras que se añaden al sobrevenido cortejo. He observado que las cantantes y los rapsodas no ensalzan el matrimonio. De hecho, salvo las previsibles excepciones, quién duda que sublimes algunas, el matrimonio no es la pieza que mueva el sol y las estrellas, como quería Dante. Es el amor el que guía la mecánica celeste. Si uno suprime el matrimonio del diccionario, tampoco es cosa necesaria, no creo que el mundo se tambalease. No habría nada sustancialmente distinto a lo que ahora disfrutamos o padecemos. Lo que no es extraíble, la esencia que no es extirpable sin que el espíritu se malogre de una manera irreversible es el amor. El amor secreto o el amor manifestado, el que se paladea en soledad, el que uno se procura a sí mismo, y también el otro, el entregado sin reservas a los demás y se reserva con celo. Está el matrimonio secreto, el que no precisa de testigos ni de altares, que prescinde de firmas y se consagra a divinizar el amor que lo funda y se obsequia a diario con sus regalos y está el matrimonio censado, el que se agasaja de protocolos y acarrea invitados, personas que intermedien ante otras personas que, escribas de lo público, festejan el connubio, registrándolo. dándole entidad jurídica. 
No sé si es posible que el uno (el secreto) viva dentro del otro (el público). Tampoco si puede existir un amor perfecto, uno a prueba de obstáculos, crecido a medida que va sorteándolos, sólido y estable. Hay días en los que ni uno mismo es capaz de mirarse decentemente al espejo sin que le asalten deseos casi violentos de hacerlo añicos. Días grises como los hay esplendorosos, mecidos por todos los céfiros, acunados en júbilo, mimados por los invisibles dioses. Lo maravilloso de amar es la sensación de estar fragmentado en otro. De que la persona que se es no termina en las palabras que dice ni en la longitud exacta de sus miembros. Que los recuerdos que lo entristecen, lo conmueven o lo alegran son compartidos por otra criatura que se entristece, conmueve y alegra parecidamente. La fotografía de Fejés, formidable en su vértigo detenido mágicamente, me dolió la primera vez que la vi por un hecho sencillo. La pared. Es de una tristeza inconmensurable. Uno sospecha que detrás de esa pared lamentable, ruinosa y casi por venirse abajo, estará la vida de la pareja que, por cierto, anda sin cogerse las manos ni mirarse con embeleso, enfilando un camino del que nada saben o del que lo conocen todo. Igual están advirtiendo la amenaza de la pared. Incluso él, ay, camina cabizbajo. De ella no sabemos nada. Ni siquiera la imaginamos. Es un fantasma, hasta comparece con la indumentaria brumosa del fantasma. Curiosamente, con determinación también, es la novia la que los conduce. No necesita mirar atrás para saber que la siguen, ni detenerse para advertirles de lo que encontrarán cuando el trayecto haya finalizado. No se descarta que se persone el amor, el mismo amor que pudo hacer que trenzaran sus manos en un cine de barrio o sus miradas se prendieran del fuego del deseo o de la eternidad. 

curso de escritura automática en urano parte uno

todas las muchachas célibes de sausalito toman un greyhound, toman dos, quince, viajan a la otra costa, hablan con los gurús, con los ancian...