Proyecto
El hombre se ha despertado con la peregrina idea de leer el
libro en el que está basada la película que vio la noche anterior, pero no
recuerda el título.Tampoco de qué iba. Sólo ve pájaros y un edificio victoriano
al que entran circunspectos caballeros de macferlán y sombrero de copa, bastón
y perilla. Todos se parecen tanto que llega un momento en que consiente la
ficción de que, en realidad, son la misma persona, absurdamente multiplicada.
Ve también, de forma dispersa y obsesiva, árboles que salpican un paisaje
aplastado por una insolencia de nubes. En ese cielo sin propósito advierte
aviones que lo surcan muy despacio. Los pájaros y los aviones no se molestan.
Parece que alguien pasara la imagen por un proyector y lo estuviera haciendo
premeditadamente a cámara escandalosamente lenta. Los pájaros violentan el
silencio de ese desfile aristocrático con unos graznidos que no soporta.
Graznidos lentos, a cámara lenta también. Ahí termina la película.
Travesía
La amable señorita de la biblioteca se esfuerza en que
formule un título. Le razona que hoy en día se puede llegar a la madeja desde
cualquier pequeño hilo, por infundado que parezca. Le habla del algoritmo
secreto de google y de dios escondido en el código binario. Le habla de que
existe un propósito para todo y de que la realidad, por compleja que se
ofrezca, es asequible, es cercana, es íntima como un beso en los labios de
quien nos ama. De pronto el hombre le confiesa que tal vez no sea una película
sino un sueño. En ese caso estoy obligada a informarle que no es posible
ayudarle porque no existe una bibliografía sobre los sueños de los usuarios de
la biblioteca o del mundo. Nuestro catálogo es ingente y hasta tenemos un fondo
sin registrar, libros apilados en el sótano donde hace años que sólo entramos a
dejar más libros, pero insisto en la imposibilidad de satisfacer su demanda,
añade la bibliotecaria, sin torcer el gesto.
Fuga
El hombre se aleja del edificio de la Biblioteca con la
sospecha de que le han engañado. El libro existe, piensa. Hay un libro para
cada soñador. Un registro minucioso para todos los sueños desde que nacemos
hasta que morimos. El hombre no es religioso, pero entiende que está
manifestando una especie de reflexión de índole enteramente religiosa. Quizá
toda la religión no sea sino un prontuario formidable de metáforas que informan
sobre un sueño en particular, el de un dios o el de muchos dioses. Tal vez Dios,
el llamado Verdadero, sea el amanuense de ese inventario único y esa biblioteca
fantástica sea el cielo. En este momento, emboscado en estas reflexiones,
comprende que ha muerto y está a punto de contemplar uno a uno, sin pérdida,
sin rebaja alguna, todos los sueños que ha tenido. El último era de pájaros y
un edificio victoriano al que entran elegantes caballeros absurdamente iguales.
Coda
Cuenta en una taberna de amigos la historia de los libros y
el sueño de los hombres. No pretende que se le escuche. De una forma precaria,
sin apenas mimos, confía un secreto que dentro de su alma es una catedral, pero
en apariencia, contado, es una minucia, un verso suelto de un poema absoluto.
Todos somos grandes poetas, grandes constructores de catedrales, grandes
jardineros del cosmos, pero no poseemos la habilidad de contárselo a los demás,
y trabajamos en silencio, en la soledad de un demiurgo muy tímido, aprisionados
y locos.
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