4.10.26

Una trama inverosímil

 Hay intrigas mínimas sobre las que se construyen novelas enteras, días sin fuste que preludian epopeyas. Así que tenemos a un hombre que guarda unas monedas en su bolsillo y las va contando de cabeza, sin caer en el recuento severo, especulando con la posibilidad de su valor conforme al tamaño que ofrecen al tocarlas. Va a ciegas haciendo sonar monedas calle abajo en su bolsillo. Es una mañana muy fría de una ciudad del norte. Una ciudad gris en la que abundan los edificios altos, con ventanas muy historiadas. Desde una de ellas, una mujer observa a la gente. Se percata del hombre que ha guardado las monedas (o serán unas llaves) en ese bolsillo y el gesto de ir contándolas. Le ve mover con severo afán la mano en el bolsillo. No sabe con certeza que sean monedas, pueden ser unas llaves. Entre las monedas y las llaves, no encuentra qué otra cosa pueda ser. Se embebece en este pensamiento inverosímil, un poco irrelevante, pero que de pronto le parece extraordinario, digno de las más altas cavilaciones. Pasa por su cabeza la idea de bajar y perseguir a ese hombre, abordarlo y zanjar la duda con una pregunta directa. No se plantea lo ridículo de la empresa. Solo le atrae la resolución de la trama.

Baja impetuosamente las escaleras y accede a la calle. Los edificios grises y altos, los coches en su vértigo de costumbre, un gentío que le parece secundario y que malogra la visión exacta de su perseguido. De pronto, uno de esos coches no obedece un semáforo y la embiste fatalmente. El hombre de las monedas ve el accidente a unos pocos metros. Se para en seco. Deja de tocar las monedas. Porque son monedas. Se sienta en la terraza de un café desde la que se aprecia la magnitud de lo que acaba de pasar. La mujer descoyuntada. Llevaba unas zapatillas de paño y una especie de chándal descuidado, de los que se pone uno cuando está en casa y no espera ninguna visita. Entonces el hombre llama al camarero, que está endemoniado por no poder acercarse a ver de cerca a la muerta. Temerá que le echen. Que tenga que ir a la comisaría a declarar. Cosas así, de las que ha visto en las películas. Un café, le pide el hombre. Las monedas cierran la transacción.

La intriga mínima no levanta una novela completa, pero ofrece la voluntad de un argumento mayor, que registre cualquier desviación narrativa entre el hecho de un hombre caminando calle abajo, del que nada sabemos, tocando monedas o llaves en su bolsillo, y una mujer asomada a una ventana, de la que tampoco nada sabemos y a la que el destino le reserva un final terrible. Tampoco sabemos qué va a pasar después. De hecho, cuándo se sabe. Si el hombre, aparentemente inocente, se percata de la sutilidad con la que se han ido amontonando las circunstancias fatales. Si desconoce su parte en la trama o estaba fundada y únicamente urdió los pasos para que se restituyera. No sabemos nunca qué tintineo de palabras percute la imaginación del novelista y le hace encender la mecha y extraer algo extraordinario de la nada que había antes de que el hombre guardara las monedas en el bolsillo, las contara de cabeza y recorriera las calles, morosamente quizá, como esperando que ella se acercase y se apresurara. No sabemos cómo se construyen las historias, qué lentitud o qué voracidad narrativa las anima. Sólo se aprecia la capa visible, las circunstancias más o menos evidentes, lo que concurre para que el espectador pueda entrar sin sentirse desplazado, creyendo que es una parte de lo que escucha o de lo que ve. La credulidad es la brújula. Nos movemos en la vida con esa incertidumbre, la de creer lo que no vemos, la de avanzar a ciegas, la de confiar en la mano maestra del autor, la de tantear monedas en la creencia de que cerraremos una cifra. Es lo liviano lo que lo mueve todo, lo pequeño. Las grandes historias son en realidad tintineos en un bolsillo. Monedas o llaves o quién sabe, palabras, palabras que animen a otras palabras para que absurdamente construyan un relato.

Una trama inverosímil

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