17.11.21

Kafkiana

  En los cuentos de Kafka huele a naftalina. Una ebriedad rancia afluye. Es la resaca la que escribe, no él mismo. La vida, incluso la mala vida, invita a que se la registre. La felicidad no tiene escribas. El júbilo se recama de grises. La luz se deja convidar por la sombra. Las palabras, las más festivas con más declarado entusiasmo, permiten que se les rezague una sílaba o que un matiz en la restitución de su fonética haga preludiar la descomposición del significado. A Kafka, cuando se encaminaba a la oficina de seguros en Praga, se le iban envalentonando las palabras. Unas consentían una inminencia de gracia; otras, las menos, un festín de lujuria, pero las que metía en los bolsillos y masticaba en la memoria eran las grises, eran las turbias, eran las pobres de espíritu. Kafka era un pobre hombre. Cuando se le lee con el ánimo en alza, acude un frío del que no se zafa uno hasta que otro frío mayor lo reemplaza. Lo bueno de leer a Kafka es que el frío que nos transmite curte el nuestro, lo pone frente a sí mismo, hace que dialogue con él, lo sublima y endiosa.

14.11.21

Dietario 214

Una herida en la región parietotemporal izquierda del cerebro puede hacer que no comprendas al mundo ni te comprendas a ti mismo, pero hay cerebros limpios y presentables, fiables en salud y en irrigación sanguínea, que exhiben la misma incapacidad sensorial. Hay gente con un expediente clínico sobresaliente a los que el azar o la conjunción de muchos azares les privó de la facultad de reconocer el mundo y de reconocerse a sí mismos. Algunos entendidos en estas materias llaman a esa privación del intelecto sensitivo afasia. Yo mismo, modalidad impoluta del ser humano sin quebrantos cerebrales visibles, soy un afásico a poco que miro la realidad de cerca y comienzo a razonar cómo está hecha. No hay quien la abarque sin sufrir un temblor en lo más íntimo. No hay quien decida examinarla a fondo sin salir tocado en el alma. Debo ser un caso de anomalía de lo más normal. He visto gente como yo a las que la realidad también les ha aturdido a conciencia. Afásicos sin solución química posible. Los fármacos pueden curar las heridas parietotemporales del lado derecho o del izquierdo pero no hay fármaco en los dispensarios públicos ni en los laboratorios secretos que detenga, merme o palie el mal que padezco. Vivo en las ruinas de mi inteligencia, que dijo un poeta. Padezco el mal de mi sensibilidad. Me enferman las injusticias. Flaqueo a poco que hurgo en la trama de lo real y encuentro los rotos y los zurcidos mal pespuntados. No soy el único. Ojalá lo fuese. El gremio de los sensibles crece y se hace fuerte, pero nos falta (en mi débil entender) cohesión para dialogar de tú a tú con los poderosos y plantarles cara y decirles de la forma que mejor puedan entender lo irreperable de sus acciones. Los afásicos somos los parias del mundo. 

13.11.21

Invierno y verano

 Invierno 

Porque la fe y el amor y la esperanza están contenidos en el invierno, te cuento al oído, nombrando a Eliot en una casa eduardiana, flanqueado de libros que huelen a fuego y a perro. Sólo a ti se te ocurre recitarme en tu inglés poesía clásica, me regañas. Afuera, en la carretera, hay un tío que vende castañas. La cerveza caliente me gusta lo justo, me he oído decir. Tengo el estómago vacío. Me quedan mil pesetas en la canadiense. Ya no hay lugar para la lírica entre los zurcidos del alma, pero te amo y me tiemblan las palabras en endecasílabo.

Verano

La piel huele a Coppertone y a sardinas y suena Bob Dylan en un coche a lo lejos, mientras una familia recoge los bártulos del domingo y tú me enciendes un Chester y me besas sin mirarme. El cámping no es el Waldorf Astoria y no tengo ayer con el que ocupar este ahora que me obsequia de prodigios y de cansancio y hace de vivir un secreto sencillo y muy puro, sin misterios ni hondura, con toda la evidencia del amor, oh dilecta mía, flor a la que agasajan los dioses, varada en la voz como canto. Like rolling stones, has dicho.

Frío


Adoro el frío victoriano. Su planta alta de anaqueles invadidos de tragedias griegas y de retórica frívola. Su fuego degollando el aire. Su whisky de malta historiado en la mano izquierda mientras la derecha acaricia el pelo dócil de un Yorkshire terrier y una soprano se desgañita con Dido y Aeneas. Afuera la vida es un enigma insoportable y yo desmadejo alejandrinos mientras la filarmónica de Berlin ataca el cuarto movimiento de la sinfonía número cinco en do sostenido de Gustav Mahler. El frío es lírico y lúbrico.

***

La flema la pule una buena mesa camilla, unos cuentos victorianos de fantasmas, whisky escocés y un par de buenos troncos en la chimenea.

12.11.21

No he tenido yo jamás conciencia de tener una vida interior, pero preguntadme si he sentido la punzada del hambre o el delirio de la carne.

***

Imposible acompañar a Catulo de putas por Roma. Ya no hay Catulo y Roma no es lo que era. Está intransitable. Huele a escombro Roma. Los burdeles hace tiempo que fueron retirados a la periferia y las putas se confunden con las mujeres de los cónsules.

10.11.21

Dietario 212


                                       Fotografía: Samuel Sánchez, El País.

A propósito de un haiku que escribí, alguien me hizo pensar en la palabra clausura. La pensé como si fuese nueva. En ocasiones las palabras se despojan de sus ataduras semánticas y tienen una sonancia novicia. Tienes claro qué significan, pero de pronto caes en la cuenta de que hay matices que no conocías, asociaciones que reclaman y de las que no posees propiedad ni entera conciencia. Las palabras vienen a ser personas: por mucho que te precies de conocer a una, te acaba por sorprender, hace lo que no esperas, actúa como si fuese otra. Así uno mismo también. Así el recado de la vida. 

9.11.21

Milton

Pienso en rosas. Nubes tangibles de rosas. Ríos de formidables rosas. Espléndidas. Fragantes. Rosas como palabras abandonadas únicamente a sus sílabas, sin atender al cauce limpio que secretamente las navega. Quizá el tiempo, el inmarcesible, congregue rosas, rosas perfectas o herrumbradas rosas, que oscuramente finjan ser días y habiten la breve estancia del verbo

6.11.21

Dietario 211


Se atribuye a Séneca lo de que si una persona no se ríe no debe ser tomada en serio. Siempre fue la seriedad un asunto importante, lo sigue siendo, quizá indebida y muy extendidamente. De los serios, de los que no esbozan una sonrisa, tengo yo una opinión equivocada, seguro, pero hoy me atrevo a compartirla. Quién no ha tenido un día o una época de plantar el gesto en un trazo hosco y el ánimo hilado a él. Hubo un tiempo en que pensé que eran los serios gente segura de sí misma, convencida de cuál era su lugar en el mundo y, en la decisión de no perder ese lugar, no dejar ver nada interior suyo, ningún gesto que delate cómo eran en realidad. Como si el mundo estuviese mal hecho o como si algo adentro de cada uno anduviese roto y se supiera que no tendría arreglo fiable. 


En el trasegar con la gente y con uno mismo (que no es cosa de poco peso), he ido descubriendo los beneficios del humor, sobre todo del que uno se aplica sobre sí mismo, sin que se precise público, ni se busque la aprobación o la complicidad o la conformidad de quienes, por azar o por decisión, nos escuchan, se arriman con voluntad, nos tienen en cuenta y nos valoran. Tenemos inclinación a no mostrarnos, parece que es mejor callar que decir lo incorrecto. Del prudente no se tiene a veces la misma opinión que del lanzado, el que lo cuenta todo y de todo posee criterio publicable. Conozco más gente celosa de lo suyo que desinhibida y generosa con su interior, aunque me prodigo con más entusiasmo en las reuniones de gente desprejuiciada, fácilmente inclinada a decir lo que barruntan y no medir las palabras o considerar el efecto de esa manifestación sincera. 


De esa gente seria de la que hablo, conozco muchos que, a pesar de los años  transcurridos y de las cosas que hemos vivido con ellos, no han dejado entrever nada de lo que custodian adentro, ninguna intimidad que uno gustosamente acepte como regalo, ninguna parte privada que otros desconozcan y que se reciba como prenda de amistad, como evidencia de que se confía en nosotros y en nuestra prudencia. Con estos, con los serios, sucede que cuando un día prorrumpen en locas risas y se solazan de todo lo que suscita el humor no hay quien les crea, no se advierte sinceridad en lo que hacen, creemos que actúan así por deferencia a los demás, un poco obligada y teatralmente, por cuajar en los otros, por epatar y parecerse a ellos y no desentonar, sobre todo por no desentonar.


El serio es proclive a consolidar su seriedad, la mima, no da de ella alarde, sin embargo: procede con toda la naturalidad de la que dispone. Trata su actitud ante el mundo con total seriedad en una especie de feedback egoísta y útil. Cuando algo lo distrae, suele recriminarse en privado, prometiéndose no caer de nuevo, por si los cercanos y los eventuales lo toman en serio y creen que su ánimo ha mutado. He ahí una de esas paradojas que nunca podría entender, por cierto. Del serio, considerado ya un profesional en lo suyo, hay que cuidarse, no vaya a ser que contagie y convenza. Hay una inclinación natural en el ser humano a pensar que lo de los demás es lo procedente y lo válido y a menospreciar lo propio. Si uno se habitúa en demasía a tratar a la gente seria se observa una metástasis tácita e implacable: la transferencia es sólida y permanece. Igual que se extiende la risa entre quienes la practican, también la seriedad se afianza y se propaga. Es un cáncer. Con su metástasis y con su infierno. 


No sabría decir la procedencia de la seriedad. Se conoce todo lo demás (su influencia, su prestigio incluso) pero no las razones que la alumbraron. Hay serios profesionales por aplazamiento indefinido del humor, tal vez por desconfianza en el resultado o por exigencias excesivas. Como el que nunca se decide a cantar en la certidumbre de que no lo hará como los cantantes que admira o el que no se pronuncia en materia política por creer que desbarrará y harán mofa o escarnio de sus tímidas opiniones o se le pillará en un dislate o en un descuido moral. Luego está el serio escarnecido. Es ésta especie de solivianto perenne, de pronto hostil y de gesto adusto y entenebrecido. Pareciera, observado sin esmero alguno, que se le debe algo y anduviera a la caza del cobro y de la restitución moral de lo impagado. Comoquiera que no se le adeuda nada, exhibe siempre el mismo semblante, sin moderarlo ni rebajar su agreste compostura muscular. Leí que para reír hace falta el concurso de cientos de pequeños resortes musculares. Tal vez (no es cosa leída ésa) no se precise ninguna coreografía en el rostro para expresar la seriedad. 


A su vera, transita el serio integrado. Negados a cualquier alegría prevista o inadvertida, circunspectos adrede, estos serios viven felices, en apariencia. No se les ocurre que haya vida más apetecible que la suya, no creen perderse nada de lo que otros anhelan o poseen, no se martirizan de noche, cuando concilian el sueño y su cabeza da una batida por lo que se ha hecho y lo que no y cierran el vértigo del día finiquitado. Son gente admirable, en el fondo. No molestan, no incurren en hacer ver el error ajeno, ni alardean de los aciertos suyos. Se dejan vivir sin atreverse a hospedar en su talante la naturalidad y la sana improvisación, sin padecimiento distinto al común y universal.


Serios peligrosos existen y hasta abundan.  Conocerá alguno. Se avinagran a poco que se tercia, si es que no vienen ya con el torcimiento y el desaire cuando se les dio carta en el baile del mundo. Concurren en ellos agravantes que nos licencian para repudiarlos. Pretenden inculcarnos su desavenencia con la vida. Se afanan en granjearse nuestra atención y no se cortan ni un mal pelo en airear su inquina, en atribuirse el perfil de mártir, tan socorrido. Exhiben contrariedad permanente, se duelen hasta de sí mismos  y no dejan escapar oportunidad alguna que constate su encabronamiento, esa tendencia hostil en ocasiones a batallar por norma, aunque no se advierta contienda. Están, por así decirlo, en una posición elevada, de la que presumen y con la que se valen para imponer su agrio criterio, tantas y tantas veces estéril o improcedente. No se recomienda contrariarlos, es una opción baldía, sólo acarrea cansancio.


No hay que confundir seriedad con tristeza. El triste es un serio sobrevenido. Se le ha venido el mundo encima, por decirlo de alguna manera; ha caído en desgracia, se ha visto arrojado a un nihilismo romántico o una anarquía patológica. Figura más noble que la del serio, la tristeza se mira siempre con buen ojo. Hasta la poesía la ensalza. El arte es a veces de una tristeza conmovedora y trascendente. Al triste se le hacen gracias, se le invita a que salga, procura uno que no se encierre y se deje convidar, pero no se despliega esta logística sentimental con el serio. Hasta donde yo llego, el triste es conmiserativo, dan ganas de abrazarlo, no se arredra uno en afectos, se ofrece enteramente, sin ambages, todo por devolverle el ánimo, por restituirle la alegría fugada, no sabremos nunca bien los porqués. Tristes notables ocupan grandes y nobles páginas de la Historia. 


Ayer vi a un tipo serio hasta el cansancio. Lo era de un modo alarmante, desafiante, intimidatorio. Creí que yo mismo, sin conocerlo, sin mediar ocasión, le había hecho algo, lo creí con absoluta certeza. No intercambié palabra alguna con él, no hubo razón, no nos conocíamos, sólo me miró y le miré, tan sólo uno recaló en la circunstancia del otro. Quizá eso debiera haber suficiente, no que la mirada delatara la seriedad de la que hablo, pero atendí ese rasgo, anulé o rechacé todos los demás. No sabría decir qué tipo de serio era, si uno religioso o profano, si eventual o permanente, si satisfecho o renuente. Era una de esas caras que, al verse, no cabe desatender: la cara juntamente con el abandono general de su figura, desmadejada, como extraída de un sueño, irreal si uno tiende a la hipérbole. Cruzó la calle mientras que yo me dirigía hacia un supermercado del barrio. Sentí que el peso del mundo, el peso malo, el peso terrible del mundo, reposaba sobre su cabeza, ocupándole todos los sentidos. El rato en que pensé en él sentí no sé si dolor, pero sí apesadumbramiento, una especie de incomodidad que no alivió el trajín del súper, su bullicio de viernes, el ruido de todos mezclado con el mío interior. Ojalá nunca nadie me mire como yo le he mirado a él, ojalá no vea nadie una seriedad semejante impregnada en mi rostro. Quizá él no se reconozca serio y seamos los otros los depositarios de esa evidencia. Puede ser que sea en el fondo, un tipo ocurrente, un cachondo, un viva la vida, uno de esas almas libres y puras que gozan del mundo como Epicuro, mi admirado, vivió el suyo. Todo lo que yo compuse fue delirio salido del cansancio del que parezco no salir. Será que duermo mal o a ratos o cuando no es hora de dormir. Hoy seré el serio, cómo evitarlo a veces. Nada que dure, espero. En todo caso, sabré acudir a mi dispensario de bálsamos reconstituyentes. 

5.11.21

Un paseo con Gustav Mahler


 Berg debió escribir Lulú sin pensar en Mahler, pero a mí me recuerda a su séptima, lo cual podría ser uno de esos delirios en los que uno incurre cuando está manifiestamente cansado. No recuerdo cuándo escuché Lulú por primera vez. Tampoco cuándo la séptima. Uno va olvidando las cosas. Quizá porque no sean relevantes. Hay quien administra con mimo los datos. Cuándo hizo esto, cuándo lo otro. Si en el año mil novecientos ochenta y siete tuvo su primera revelación mística o en el ochenta y nueve encontró en otro cuerpo el verdadero sentido del cosmos o en dos mil (debió ser verano) entrevió en un paisaje marítimo la razón huidiza de la belleza. Soy de los que piensan que el sentido de las cosas o la belleza que exhiben  está en los lugares más insospechados. No está ahí afuera, ni está en los libros de los que entienden. Está adentro, en el corazón, en el alma, en todos esos sitios a los que los poetas les dedican su empeño. Ya no sé si soy un poeta. Debí serlo de un modo apasionado en mil novecientos ochenta y cinco y luego fue decayendo esa conciencia preciosa y sutil hasta el mediocre oficio de ahora. Poeta a tiempo parcial, mientras desgranaba unos versos, o poeta a tiempo completo, de los que se dejan ocupar por los primores de lo real o por la elocuencia de lo invisible. Irrumpe entonces el numen a su antojadizo capricho, sin que se tenga voluntad o algo parecido a una propiedad sobre él. Uno trata de ordenar todo esto y desbarra. Será desbarrar el estado natural del que escribe, hace días que no lo hago, vaya usté a saber por qué. Uno escribe, y el lector, el eventual o el cómplice, encuentra los significados. No puedo decir mas. No sabría. No es de mi incumbencia lo escrito una vez volcado. Menos mal. Escribo mucho y no tengo tiempo de adquirir una responsabilidad innecesaria. Ahora, mientras que el lector lee este texto, subo la mirada y me encuentra arriba del texto, cuando debería estar debajo o dentro. El poeta tiene su periferia y el lector, la suya. Me hago estas consideraciones sin que las suscite propósito alguno. No deseo saber. Me conformo con no dejar de hablar. Ahora no me gusta Lulú. Es pesada la ópera. No me impresiona como imagino que entonces. La caja de Pandora de la que habla abre sus confinados males precisamente ahora. De Mahler, no obstante, guardo querencia por su opulencia o por su fragilidad. No ha habido merma. Creo que no. Hay veces en que paseo mi pueblo con alguna sinfonía suya en los cascos. Los tramos de más liviano cuerpo se escuchan como a lo lejos, imperceptibles a veces, si se anima el tráfico mientras voy de un sitio a otro, ocupado en la observación de que la música que escucho modifica el paisaje. Lo hace de un modo irrebatible. Hay calles que son ya siempre de Mahler o de Robert Johnson, pongo por caso. Hace un par de días fuimos los dos en comandita. Mahler y yo. No fue un mal paseo, qué va. De todas formas, no manejo con soltura la nomenclatura, se me viene abajo el robusto (antaño) manejo de los nombres. Ya digo que voy olvidando las cosas. Unas más que otras. Mirado con objetividad, no soy quien fui, nadie es quien fue, el mundo nunca es lo que dejó atrás. Es nuevo y es hermoso a diario. Duro y complejo, también. El tiempo, el juez severo, escribe sus páginas. No son cosa mía. Tampoco vuestra.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...