Me pregunto hasta dónde puede llegar el desorden. Si el caos, campando a sus anchas como suele, hará cuartel en la forma de pensar de un pueblo y malogrará su progreso. Si el desorden será al final un estado natural de las cosas y no nos importará ir sorteando los obstáculos, las injusticias que no nos han afectado, las que nos han perjudicado solo un poco o mucho, con tal de llegar a donde deseamos y poder cerrar los ojos y dormir con la conciencia tranquila o con el sueño liviano y sin violencia. Siempre tendremos a mano la química. Alguien con mucha idea de estos contratiempos sabrá qué recetarnos. Hay en el mercado farmacológico una oferta absoluta y todos los males tienen con qué aliviarse. La realidad será una ilusión procedente del grado de ebriedad que llevemos. Tóxico, será todo muy tóxico, pero sabremos cómo sobrevivir. Siempre sabemos. Hay lenitivos del caos que prescinden del concurso narcótico. En esencia, no difieren de ellos más de la cuenta. El arte es un instrumento idílico. Un pueblo que lo prestigie no será fácil que sucumbe al rigor de la mediocridad o del desquicio. Anoche escuché a alguien decir que no hay mal que no mitigue el arrimo del tiempo. Confuso y voluntarioso, refirió que el tiempo sabe con qué desalentar su estropicio. Él lo causa y él lo vence. Leer alivia con pasmoso oficio. He leído con entusiasmo limpio hasta que me dolían los ojos. Luego trajina uno con lo aprendido o con lo disfrutado. No siempre leer es beneficioso, pero es mejor decidir qué medicina nos recetamos. Alivia esa fortuna, la de sabernos elegidos por la gracia infinita de los libros. El caos está dentro, pero lo hacemos familiar y transitable.
12.8.21
11.8.21
Dietario 173
Recuerdo leer con fervor libros que ahora ni abriría o escuchar música con repetida y festejada insistencia de la que ahora reniego, pero unos y otros hicieron por mí algo que no puedo evitar agradecer ahora. Llegada cierta edad, se afina uno. Adquiere la facultad de ser un tamiz exquisito y tiene la rotunda evidencia de que seguirá viendo las mismas películas de cine negro o los mismos discos de jazz vocal que lo deslumbraron y que todavía poseen esa facultad maravillosa que nos hace felices y confiados en que la belleza está milagrosamente a mano y podemos echar mano de ella cuando afuera cunde el gris y se empobrecen los días. Ayer vi uno de esos libros primerizos a los que concedo esa gratitud enorme. No me he deshecho de él. Sé que ocupa un lugar sin provecho. Sé que lo extraeré de su balda para limpiarlo y colocarlo de nuevo en ella. No haré otra cosa con él. Con todo, no me decido a meterlo en una caja o a ofrecerlo a donarlo o arrojarlo al contenedor de papel de mi calle. Siendo sentimental en tantas cosas, no lo soy en desprenderme de los objetos que me acompañaron y a los que ya no hago aprecio. No sé tampoco si un libro, al no leerse, al no contar con él como libro en sí mismo, llega un momento en que muta en objeto. Como si en vez de tener páginas y contar historias fuese un adorno más o menos reconocible. Algo tan frecuente, no obstante. El pobre Eco. No creo que lea de nuevo su Obra abierta. Quién sabe. Lo compré en diciembre del 85. Eso escribí en el interior.
10.8.21
Dietario 172
En ese empeño por probar de qué nos acordamos y si lo traído de vuelta a la conciencia tiene algo que ver con lo que quiera que seamos ahora, hay trazas de impostura: creemos recordar, pero no hay constancia más allá de la confianza en que las emociones vividas entonces no se han emborronado y continúan con el vigor idóneo para que podamos contar con ellas y pensar que la vida no se desmorona como suele. Baldía empresa a veces. Hay un matiz de extrañeza en el que se acumulan preguntas de las que no tenemos respuesta. Cuestionamos a los recuerdos si no se habrán convertido en otra cosa. Si, una vez mezclados unos con otros, no tendremos ninguno de una integridad confiable. Ninguno que nos diga quiénes fuimos. Esa materia mudable se afana en encontrar asideros. Uno de los que tengo a mano es el león de la Metro. Es verlo abrir la boca y rugir en el inicio de una película y tener de nuevo imágenes y sensaciones que creía perdidas. Hace el león de llave. Como la magdalena de Proust, pero más agreste. Esa debilidad un poco enfermiza que consiste en alimentarnos de imágenes. Unas invitan a otras hasta que es una película lo que estás viendo. Ama uno el cine por más que cosas que el cine en sí mismo: por la tutela infatigable en lo bueno y en lo malo que nos ocurra, por la posibilidad de que tengamos un mundo en el que guarecernos o al que encomendarnos o con el que enamorarnos. Cierra los ojos. Ves el animal. Ruge. No sé ahora (veo poco cine de actualidad) si hay algo que se parezca al león de la Metro. Tengo alumnos que sentirán ese escalofrío (mezcla de gratitud y de amor) cuando, muchos años después, vean caer la cortinilla de las películas de Marvel o lo que quiera que salga en el introito de la saga de Harry Potter. Da igual qué sea. A Proust le daba igual el sabor de la magdalena.
9.8.21
Una puerta
Hay una disposición de ánimo favorable que nos hace fijarnos tal vez más de lo acostumbrado en una de esas puertas a las que el desuso o el abandono han retirado su dignidad y parecen morir a la vista de todos. No hay parte de una casa que exhiba más vida que una puerta. Ni siquiera la ventana, con su curiosidad o su recelo sin disimulo, rivaliza con ella. Se abren y se cierran con absoluta determinación y he visto muchas, más en el sur en donde vivo, que en verano no se cierran nunca y exhiben la inutilidad del ajetreado zaguán o del salón primerizo. Tiene entonces la puerta dos recados que a veces se descuidan: el de representar un aplazamiento de la vida fiada al exterior o el de invitar a que no haya fractura y afuera y adentro solo sean eventuales disposiciones topográficas, nada que tomarse demasiado en serio.
Una puerta tan en franco deterioro como la de la fotografía (tomada ayer en una calle de Lucena) informa sobre el abandono y la clausura de la casa a la que dio servicio hasta que se le echó la llave definitivamente, quién sabría decir qué razones hubo, cuáles de ellas inaplazables. Una puerta cerrada es la interrupción de una costumbre. También una especie de milagro inverso: se piensa más en ella si la vemos devastada que si todavía se enseñorea su madera y su aldaba, el claveteado que la asegura y la recia compostura de sus bisagras. Cuando se le da mando al tiempo, él lo cubre todo de herrumbre y de desolación. No hay con lo que convocar de nuevo el tráfago del hogar, salvo que se haga venir a la memoria de los que franquearon esa puerta muchas veces y todavía pueden contar la vida yendo y viniendo por su vano.
El cuerpo también fabrica sus puertas y hasta idea qué llaves les convienen y a quién entregárselas, cada uno revise esa propiedad suya o de los otros. En realidad todo el cuerpo es puerta, una sin apariencia de puerta, sin arco ni pestillo ni pomo ni quicio. El tiempo la descompone y enturbia el apresto noble de los materiales que la sustentan. Nada que hacer contra eso, salvo que alguien tenga su historia y la traiga a conveniencia para que de nuevo cobre vida y aliente el cobro limpio de la luz que la cierne.
8.8.21
Dietario 171
7.8.21
Convocatoria del azar
El azar es contrario a que se le estabule y se haga recaer sobre su reacia piel el gris cartesiano de la razón.
Abarca tu entera existencia.
La sangre a la que confías el caudal puro de las horas es cosa suya que fluya o entenebrezca su pulso.
Extensión de la sombra, el azar se obstina en no declarar ninguna propiedad en la tierra.
En la oscura raíz del tiempo, el azar es promiscuo y zafio, tornadizo e implacable.
Estalla sin el rigor del fuego o condesciende a alardear del esplendor unánime de las llamas.
Se ceba en quien ha escrito su última línea en el poema antiguo que manuscribes desde el clarear novicio de la luz o desde el primario bosquejo de la sombra.
Es anterior a la palabra.
Su labrado artero esconde metáforas; su caudal de oro, zozobra y clausura.
El desierto avanza sin follaje ni timbre.
Es del azar ese esplendor hueco, toda esa música secreta.
A él le incumbe el roto burdo, las constelaciones de la desolación y el ágrafo discurso del corazón.
La nomenclatura del azar desoye las admoniciones, las somete con fiereza de cáncer.
Los pétalos de la sangre danzan en su ciego transcurrir sin nombre.
Los días transcurren con su torpe esmero sin dueño.
Declaman los poetas una orfebrería de verbos y de presagios para que el azar deponga su aire resuelto en tragedia y en tiniebla.
No hay con qué aplazar la sentencia ni se tiene propiedad de las palabras que hagan escrutinio del duelo.
El depósito de la luz con su marca de penumbra es azar.
La vida con su rigurosa inclemencia de sombra es azar.
6.8.21
Dietario 170
A Mari Carmen Ruiz, ella sabe
Igual que en ocasiones para escribir un buen cuento sólo necesitas una frase memorable, uno de esos comienzos perfectos que reclutan de inmediato el asombro o la felicidad de quien lee, los días precisan también su reclamo fantástico, el punto desde donde levantarlos, ese pequeño prodigio que el azar nos confía y sobre el que en ocasiones hace que el mundo gire. Días encomendados a la alegría, días sin ningún inconveniente apreciable, días ganados al descuido o al fervor, días de barro amable en los que no hay compromiso que la realidad te exija, ni recado al que acudir con perseverante entrega. He ahí el fulgor de la pereza: en ese esplendor imprevisto (no salir de casa, no tener oficio distinto que el improvisado o el elegido en intimidad con uno mismo) surge a veces la elocuencia del tiempo, en su boscosa imprevisibilidad se adhiere al alma lo anhelado y lo de verdad preciso. Luego vendrán los dias sin cuartel ni residencia fiable, los que presagian un cansancio dulce también, útil, aunque sólo sea para regresar a casa y ser hospitalario con uno mismo.
5.8.21
Dietario 169
Los tibios del mundo se mancomunan en su tibieza y no declaran jamás nada que los señale. Está convertido ese postularse en cosa privada, no exhibida ni declarada, ni de la que se vanaglorie uno cuando concurra la obligación de hacerlo o cuando la tornadiza voluntad haga su trabajo y se va afantasmado o embozado por la vida, como si toda ella fuese asunto de los demás, que no nuestro. En una conversación sobre un asunto trivial (da igual cuál sea, da igual con quién), un asunto de los que no deberían causar conflicto en quienes lo practican, surgió la discrepancia y lo que debió ser plácido y bien llevado, fácil y grato también, pudo acabar en un daño mayor, que se zanjó por decisión común, habida cuenta de la cercanía y el afecto (digamos eso, al menos) que se tenía, también por el respeto, que es una extensión de la educación. Es que todo es política, nada queda afuera de ella, se dijo. Cualquier consideración, por peregrina y mundana que sea la materia, acaba arrimada a las de la política. Sales a la calle a comprar el pan y haces cola y lo más normal es que irrumpa la política. Algo hecho o dejado de hacer nos la trae de cuajo. Ves a un pobre pedir limosna en la puerta del supermercado y es a la política a la que ves. La argamasa de las relaciones que unos y otros vamos teniendo está hecha de ella. A veces se advierte el grumo mismo; otras, por delicadeza o por magisterio del operario, cada pieza se ensambla con la siguiente sin que se perciba ese engorroso excedente de la logística. Cuando la política no hace su habitual corrillo de entusiastas es porque no hay nada que moleste o perturbe. Luego está el que retira la política de entre sus conversaciones. Más que por tibio o por reticente a mostrarse, lo mueve la prudencia, ha aprendido a comedirse, se ha visto muchas veces comprometido y ha sentido que no ha valido la pena esa sinceridad. A J. se le fue el entusiasmo, imagino. No se dio por aludido cuando se le pidió que no llevaba a ningún sitio toda esa rendición de ideales. Tampoco los que tenga uno, diferentes a ésos en mucho, coincidentes en algo, cuentan a veces y se despeñan en las cautelas, en esa antigua orden que se nos dio (mamá era muy insistente en ella) de que no nos metiéramos en donde no debíamos, se puede resumir así. Con más hondura, mi abuela contaba, al final, todo consta, siempre hay alguien que sabe de qué pie cojeas o si no cojeas de ninguno. Y pueden volver malos tiempos, solía sentenciar, con reconocida jurisprudencia en el manejo de esos malos tiempos, quién podría recriminárselo, aunque J. dijese más de lo convenido y antepusiese a la común norma de la convivencia otra que no siempre se entiende, ni se presta a la armonía: la norma de los ideales, aunque tampoco tengo claro ahora si hablaba por sí mismo o eran otros los que elegían las palabras que pronunciaba. Suele suceder eso. Tener ideales prestados. Arrimarse a los que nos cuadran más y, llegado el caso, desarrimarse de ésos y volcarse corajudamente a los contrarios. También ésa es cosa frecuente. Yo, en todo caso, por obediencia a mi abuela, me guardo el grueso de mis convicciones, que ya se airearán cuando convenga. Tú no vayas a señalarte, decía. Sólo hay que leer entre líneas, y no soy parco en eso. Hay, en esa boscosa intemperie, andarán a la vista. Cómo ocultarlas. Ellas mismas pugnan por salir. Sin que en ocasiones se puedan refrenar. Sin que nuestra voluntad aprendida las sancione.
3.8.21
Dietario 168
Cuenta uno con qué guarecerse y sabe cuándo hacerlo, se deja hacer por esa costumbre antigua de darse el arrobo preciso y no contar con nada ni con nadie más. El amor propio se entiende como el que se dispensa para que sea posible el amor hacia los demás. En ese aspecto, aunque no se prestigie reconocer cuánto nos queremos, conviene un poco de exaltación sencilla, sin alharacas ni traca, de la que se desprenda esa idea rudimentaria, sobre la que posiblemente se icen todas las otras: me quiero, tengo hacia mí la más alta devoción, me cuido en no contrariarme. Si lo hago, sucede con repetida frecuencia, me esmero en aliviar el roto hecho, hago de bálsamo primario y busco las palabras que, al ser pensadas o pronunciadas, rebajen la tristeza o el desencanto o la decepción o la muy primaria sensación de que, a pesar de las instrucciones recibidas, no hemos aprendido nada y seguimos avanzando (a ciegas, sin propiedad muchas veces sobre lo vivido) hasta que concurre la alegría o el júbilo o la felicidad o lo que sea que, al hacer acto de presencia, nos conforta y hace sentirnos bien, completos, ufanos, íntegros, armónicos. Hoy, en casa, sin que nada presagiara esa súbita y hermosa impresión, he comprendido que todo se acaba ensamblando. Nada que no le suceda a cualquiera, pero se me ha ocurrido que está bien que me la cuente, para que no se me olvide, para que dure y sea fácil acudir a ese recuerdo cuando convenga.
1.8.21
Fray Albino II
Doy hoy ( más veces debería) la más alta consideración que uno pueda tener hacia quienes nos encaminaron o dieron cuenta de que ahora seamos lo que somos, lo que quiera que sea eso. Debe asignarse a nuestros padres, con sus errores justificables las más de las veces, y con su impagable oficio de curtidores o de generosos pastores del rebaño de los hijos, tan díscolo y desatento a veces. Pero también los maestros que tuvimos. Dieron algo que después cundió y de lo que se extrajo una enseñanza. No la de saber listas de reyes (godos o borbones) o manejar con soltura la trigonometría o las reglas ortográficas, que también, cómo no, sino otra cosa mucho más hermosa y reconfortante: la de la constancia y la supremacía del esfuerzo y de la recompensa que tutela el trabajo cuando se inculca con amor y trasciende ese amor. No hay pago que salde esa deuda infinita. No es algo que yo reclame siendo maestro. Tan sólo la idea (muy primaria y muy firme también) de que algo que uno haya hecho no se me asigne, sino que perdure en quien la escuchó y a quien se le supo recabar la atención y la memoria. Gracias a los que aparecen en esta hermosa foto. Ellos me trajeron aquí.
Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel
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