27.7.26

Anthony Walter Burgess White

 


El tumor cerebral que le diagnosticaron a Anthony Burgess le daba un año de vida. Quizá algo más. La cosa es que el vaticinado óbito se demoró. El hecho de que sus finanzas no fueran muy boyantes le hizo conjurarse a escribir todo cuanto pudiera hasta que la enfermedad le apartase de este mundo. Pretendía que su mujer no pasara penurias y pudiese vivir holgadamente de los derechos de autor devengados de sus ventas editoriales. En ese año póstumo de su vida Burgess escribió cinco novelas. Tres años después del colapso, debemos decir del amago de colapso, Burgess produjo La naranja mecánica, su obra absoluta y uno de los acontecimientos culturales más notables del siglo XX si consideramos también la interpretación cinematográfica que formuló Stanley Kubrick. Como a Walter White en Breaking Bad, la espléndida serie de Vincw Gillian, la enfermedad no llegó a pasarle factura. Bien al contrario, lo espoleó, hizo que la magnitud de su inspiración adquiriese relevancia sobrenatural. El cáncer de pulmón le hace invulnerable, codicioso, violento, anfetamínico. White deviene en Heisenberg. El dictamen quedó en un error médico, uno que no todo el mundo perdona fácilmente. A Walter White le fascina el carpe diem latino, se lo cree absolutamente y lo lleva a diario a la práctica. No importan los daños colaterales, no le hace perder el tiempo la observación de la sangre que ha ido derramando ni el dolor que ha causado conforme la trama va avanzando y ese carpe diem se va alojando placenteramente en su cerebro, administrándolo todo. El profesor de química da paso al narcotraficante desalmado. Burgess no configuró un alter ego, no facilitó el advenimiento de una criatura larvada, expectante a que las circunstancias mediaran y se produjera su entrada en escena: simplemente multiplicó su producción, vivió exponencialmente la escasa vida que, a decir de la ciencia, le restaba. Tradujo la enfermedad es estajanovismo creativo. Se impuso escribir por encima de todas las cosas. Hacer que la caja familiar tintineara. Es un propósito noble, quién puede decir lo contrario. De hecho, La naranja mecánica narra un mundo hiperbólico, excedido, convertido en una especie de parque temático donde campa a sus anchas la violencia, la ciega irrupción de la barbarie, la debilidad del sistema. Como la obra de Vince Gillian,  que también exhibe esa musculatura viril, esa construcción sublimada de la violencia, convirtiéndola en un pulmón por el que respirar cuando el mundo que conocemos y del que nos fiamos desaparece y surge otro, que es, en esencia, doloroso, hecho con malos jirones de tela sucia. Solo hay que mirar bien y descubrir quiénes son los drugos de Walter White, sus compinches en el delito, los partners in crime. Seguro que al señor Burgess le hubiese encantado la serie. Ambos, personaje por un lado y autor por otro, evolucionaron, adquirieron recursos inéditos. Es el libre albedrío, la aceptación de que una especie de héroe irrumpa, de que esa heroicidad pueda corromperlos, en cierto modo, más en White que en Burgess. Ambos buscan una redención, no la misma, ni siquiera cogidas del mismo recipiente moral. A Walter White no se le mira con buenos ojos, aunque haya indicios de que no tuvo opción o de que no quiso tenerla y se gustó enredándose en un disfraz novedoso, el de antihéroe, el de autoridad de un mundo que no era el suyo. A Burgess se le mira con admiración: trabajó para que su primera esposa no pasara penurias, se encomendó ser otro, alcanzar cierta magnitud en el oficio que, a su pesar, no le hizo rico. La ficción no hace daño, escribí una vez. 




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