Hay que medir las palabras y luego volverlas a medir, esmerarse en la medida y luego pensar en si lo hemos hecho a conciencia, sin que falte una brizna de empeño, sin dejar que nos distraigan ni nos aparte de ese afán ninguna frivolidad a la que acostumbramos. Entrar así en la noche, buscar con fiereza su cobijo, razonar el tráfago del día, ingresar muy limpio en la dulzura del sueño. Y la noche lo alivia todo con su manto. Hasta procura palabras nuevas, hiladas unas con otras, embutidas en una frase que uno se empecina en recordar con diligencia y oficio, pero que no acude o acude rota, desmadejada, refractaria a que podamos registrar su fuste y su magia. Porque el lenguaje es una actividad en la que interviene la magia o el misterio. Anoche soñé, bendita ilusión, una trama de la que podría sacar un argumento para hilvanar un cuento. No daba para novela, salvo que la perseverancia extremara los cuidados y la historia, corta por necesidad, se dejara extender, permitiera que el motivo que la alentó (misterio, magia, incertidumbre) prosperara, adquiriese volumen, se impusiera la encomienda de envejecer. No ha sido así. He dejado cuatro apuntes. Uno de ellos me ha hecho envalentonarme para escribir lo que me fue contado. Aquí estoy organizando el caos. Tengo con qué armar la novela. La que empecé a urdir y se me resistía se quedará en un archivo en las tripas de la máquina. Tendré que volver a ella. Puedo decir que estoy determinado a alargar el sueño hasta que tenga doscientas páginas, trescientas.
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