El poeta decide cincelar un verso con el que pasar a la posteridad y así rescindir su entero compromiso con la poesía. Lo escribe, lo lee una vez, lo lee más veces, lo corrige una mañana y luego le dedica la tarde. Al día siguiente cambia un adjetivo, el único que había, por otra parte. Decide no darlo por concluido hasta que esté satisfecho y sepa categóricamente que no podrá sacarle más brillo, dar con otras palabras que registren el arrebol de su alma, la delicada epifanía que se le concedió cuando urdió la primera palabra y esa trajo las otras, once, en total. Eso fue en la adolescencia, que es época propicia para propósitos heroicos. Murió anoche. Un nieto leyó en el funeral el verso en el que ocupó su talento literario. Alguien dijo que estaba bien. Huele igual que una novia que tuve a los quince, añadió.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Jazz / 1 / Joe Pass
La idea de que este excepcional hombre no hubiese existido (eso entra en lo normal, no requiere excesivas maquinaciones del azar) me afect...
-
Con suerte habré muerto cuando el formato digital reemplace al tradicional de forma absoluta. Si en otros asuntos la tecnología abre caminos...
-
Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
-
Yo siempre tuve la idea de que La noche de los muertos vivientes no era únicamente la película de zombies en blanco y negro que tozudamente...
No hay comentarios:
Publicar un comentario