Leer lo que otros pensaron hacen que pensemos como si no fuésemos el ombligo del mundo, dicho de una manera brusca y orgánica. Hay males en el mundo que rivalizan con el nuestro. Incluso amores que derrotan todo el amor que nuestro corazón pueda sentir. No hay nada que no hayamos hecho en esta vida que no haya sido escrito en un libro. Da igual qué pensemos o qué hagamos: seguro que es parte de la trama de una novela.
Leer sirve para que nuestra ignorancia no vaya a más. Porque ignoramos, por más que leamos. De no hacerlo, de no perdernos en un libro, cavamos una fosa más honda y nos metemos ahí a esperar que el tiempo acabe o que el mundo se detenga o que los bárbaros con sus cimitarras de hierro expolien la luz y saqueen los corazones puros. Los libros, incluso los malos, nos salvan del caos o nos arrojan a él. Es preferible elegir el mal que esperar a que él nos elija a nosotros. A veces, en algunos libros que he leído, he sentido esa punzada, la del desencanto o la de la tristeza. ¿Entonces un libro puede curar a quien padece un trastorno psicológico? Imagino que sí: lo hará a su manera, escogerá qué partes te dejará como nuevas y cuáles no tocará. No hay libro que te sane enteramente, pero no hay ninguno que no te alivie algo si permites que te roce o que te abrace, que se te impregne. Los libros son marcas en la piel del corazón o de la memoria .
La neurociencia dice que el cerebro aprende a través de las emociones. Quizá resida ahí la manera en que leer cura más que correr o que tomar ensalada antes de dormir. Por otro lado, hay quien no lee jamás y tiene las ideas claras y las emociones limpias. No hay fiabilidad en este tipo de cosas: se puede vivir al margen de los libros y tener la felicidad que no tiene quien los devora. Tengo amigos que están en ese lado y no me atrevo a hacer ver que padecen un mal del que yo me considero libre. Lo que no tienen es el refugio al que yo acudo cuando lo necesito. Otra cosa es que esa necesidad sea diaria o que uno se abastezca sin que intermedie necesidad alguna. Uno de ellos, del que no diré nada más, lee para coger el sueño. Coge alguno libro de la estantería, se lo lleva a la cama, se acomoda bien con el almohadón a la espada y busca el lugar por donde lo dejó anoche. Me confiesa que tarda un par de páginas en caer rendido. Le vence el cansancio del día, derrotado. Este amigo no precisa medicación para conciliar el bendito sueño. Lee un libro al año, pongo por caso, pero le procura el consuelo que a veces a mí no me proporcionan los veinte o treinta o cuarenta que leo en ese tiempo. Algunas de mis noches son lo suficientemente largas como para envidiar ese uso bastardo que mi amigo le da a los libros. Los días terribles, los que a veces lo son, me parezco a él más de lo que me gustaría: caigo a la quinta página. Tal vez sueño que continúo la lectura. Prefiero pensar que en mis ensoñaciones prosigo la lectura cancelada. Se produce así un texto doble: uno funciona en la realidad; otro, más enigmático, ocurre en mi imaginación.
Son las palabras las que curan. Ellas hacen todo el trabajo. Se arriman unas a otras, buscan la posición más idónea y montan un cuento o un poema o un ensayo sobre la libertad o sobre las ningad en los ríos mitológicos. Las más osadas, las que tienen más coraje o disponen de más tiempo, construyen novelas, pero no hace falta que estén impresas o que las contenga un libro.
También curan las palabras que decimos y las que escuchamos. Uno cuenta lo que le pasa o escucha lo que le pasa a los demás. El modo en que esas palabras confortan no es nuevo. Somos las historias que nos cuentan. Mientras que las escuchamos, el tiempo se encorva, se aligera, se expande, se fragmenta, se comba, se alarga. Hay libros en los que incluso desaparece. No creo que todos sirvan para ese propósito. Yo he visitado algunos. No todos son recomendables: los libros nos eligen a nosotros de alguna manera. Hay autores que idearon su historia para que tú la leyeras. Conforme entras en ella adviertes ese regalo que te hicieron. Mientras que la lees, no tienes constancia de que otros estén haciendo eso mismo que estás haciendo tú, leer. El cine es una actividad comunitaria, pero la literatura es un acto íntimo, uno privado como pocos. Nunca se necesita a nadie para leer. Nacemos solos, morimos solos y leemos en soledad.
Hay palabras que contagian en el momento de escucharlas un amor sincero y puro al lenguaje. No hace falta que uno sea un filólogo: basta que el sonido penetre y se produzca ese prodigio que consiste en el matrimonio absoluto entre el símbolo y lo simbolizado. Una de esas palabras es "letraherido". Proviene del francés y luego fue el catalán el que la difundió hasta el volcado al castellano. El lettreferit es un obseso de las letras, un amante empedernido de la palabra escrita. Tengo algunos amigos letraheridos y otros que no lo son en absoluto. En el término medio, en la bondad de la mesura, está el lector que no padece herida alguna y lee sin que eso malogre ninguna otra actividad que le concierna o que le arrime un placer que, caso contrario, no disfrutaría o vería francamente mermado.
Leer como quien pasea o sale de terrazas o ve películas de la RKO o se cepilla los dientes tras al almuerzo o se asoma a la ventana y ve pasar coches antes de irse a la cama. Cosas de todos los días. Quizá bastara eso. Que leer fuese algo incorporado a lo diario, sin más alharaca. En lo que me concierne, leo a bocados, de manera convulsa a veces. Soy un letraherido que contiene el manantial de la sangre para que vivir no sea únicamente leer, pero ay, si faltara.
Leo cuando encuentro el hueco. Es el hueco el que organiza las lecturas. Tendríamos que rebelarnos contra la dictadura del hueco, pero no hay manera. A ver si leo algo que me ilustre. De entrada, nada más comenzar mis vacaciones, me he tirado a los clásicos. Estoy con El corazón de las tinieblas, con Conrad. Y ya estoy viendo al coronel Kurtz al final del Mekong, pero eso es una contaminación cinematográfica. Que lean mucho. Que encuentren el hueco. También que escriban. Da escribir lo que a veces leer no consigue. Se escribe para no estar solo o para que puedas hablar sin que te interrumpan o para hacer de dios e imponer a la realidad una realidad que la reemplace y, llegado el caso, incluso la cancele. Sabemos que se lee poco, aunque se escriba mucho, y no sé si esa constatación entraña un problema que, a la larga, será insalvable: el de los escritores escribiendo para los escritores, el de unos pocos lectores sin anhelo de escribir convertidos en una especie anémica, singular y, con colmo, extraordinariamente excéntrica. Yo, de momento, leo, escribo. Ignoro que sacrificaría si fuese conminado a elegir. Ayer hablé de eso con Paco Caro. La charla, enorme, amena como siempre, terminó ahí. Antes de concluirla, con el perro de Paco a buen ritmo, hablamos sobre el futuro del libro. Tiene.
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