6.1.20

Dibucedario de Ramón Besonias 2020 / 6 / Lucian Freud

Hay quien viene al mundo ungido por una fatalidad irreemplazable. No es que la aparte o la deteste o tenga hacia ella una voluntad censora, sino que crea un personaje en torno suya, eludiendo los compromisos con la realidad y volcándose con vehemencia en el demacrado (y devastador y tóxico) espejo que la refleja. El de Lucian Freud fue un espejo hecho añicos y compuso una imagen conforme a ese reflejo, que no era lúcido ni creado para refulgir y hacer que la luz incidiese en él con toda su aureola de vida. Eran sombras las que irradiaba, sombras hermosas, según quien las mire, si obramos en nuestro interior el prodigio excéntrico de la belleza. La suya fue críptica, un poco escorada a la deformidad y a una insuperable conciencia de sí mismo. No hay autor que no se mire con destreza, con la disciplina del que sabe que en sus adentros está la razón fundamental de su existencia, muy a pesar de todos los que lo rodean: Lucian tuvo catorce hijos, no sabemos si atendidos como tales o convocados a ciegas y desestimados en beneficio del arte, sea eso lo que tenga que ser. En todo caso nos queda el pintor convulso, convulso en ese rango de estrago que exhibía Bacon, con quien lo comparo siempre. Ser nieto del insigne Sigmund (déjenme el juego fonético) debió ser más fácil que ser hijo o esposa, pongo por caso, pero algún desvarío debió anclarse en la mente febril de este artista. No hay arte que no entrañe un delirio, una especie de roto que va adquiriendo su propia metástasis y se expande como una brújula loca que anhela abarcar todos los puntos cardinales. Turbado, extraordinariamente convencido de que debía consagrarse a la restitución plástica de su persona, Freud fue un preconizador salvaje del más tarde icónico selfie. Al final se convenció de que debía pintar desnudo. La idea era experimentar cuanto pudiera extremar su apocalíptica obra. En ella no hacía alarde de improvisación alguna: sus modelos (él era el más a mano y fiable) provenían de entornos familiares o cercanos. Su soledad, la requerida para no apartarse del cometido de su existencia, no le impedía salir al Soho londinense y beber ginebra en tabernas en las que no era casi nunca reconocido. Rico por ascendencia familiar y por usufructo de su trabajo, desatendió el dinero, no era algo que le importara más de la cuenta, así que se dedicó por completo a ejercer su oficio. Da envidia esa entrega, pero se pregunta uno, en su cortedad, si merece la pena rescindir casi todo vínculo con lo real y abismarse (ese es el verbo que mejor fija un significado válido para su vida) en las tinieblas de su tormento. Porque Freud fue atormentado feliz, quién va a dudar eso. Plasmó la carnalidad del patetismo o se puede decir a la reversa. La belleza, volvemos con repetida frecuencia a ella, nunca es una, ni responde nunca a un patrón. Está fluyendo a su antojadizo capricho y no podemos estabularla, darle una definición, acortar el vuelo bastardo de su espíritu.

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