11.1.24

Dibucedario socrático 2024 / K de Kikirikiiii

Si Dios me quisiera bien no me haría madrugar, pensaría el pobre Sócrates, vaticinando el advenimiento del refranero hispano, inclinado a remolonear en el vapor del sueño y aplazar la danza de su privilegiada sesera, pero el gallo es un reloj suizo y presume de su canto cuando arranca a clarear el día. De Asclepio contará Mochuelo maravillas. La de más cómplice apremio sanciona las bondades del alba, prefiere adular las del sueño, que no gusta que se violente su idilio con la modorra narcótica. Ya habrá tiempo de tramar metafísicas. La vigilia es un edén para quien ha retrasado su inicio. 

 

El invierno ruso


                                                                        





En la gran literatura rusa los trenes
descarrilan en lo más hondo del hondo invierno. 
Coges una novela rusa y se te hielan las manos. 
Primero notas el frío escalarte el brazo 
como una malla de agujas, como una lagartija infinita 
que anhelara comerte el alma. 
El frío es un pájaro ciego. 
La nieve, su vuelo muerto.
Todos esos personajes de la gran novela del frío ruso son fantasmas que el invierno
escogió para ocupar sin fatiga 
los anaqueles de su república de hielo. 
Los ves venir de lejos, tiritan, 
les castañetean los dientes, gimen, danzan 
con los pies desnudos, con la boca rota. 
Luego intimas con ellos, los conoces, 
asistes a la representación de su tragedia 
y buscas con ansia, con fervor, con fe
algún fuego que te repare el alma.

                    Ilustración / Nadja Kuznetsova

10.1.24

502 bad gateway

 comprábamos periódicos, leíamos en las terrazas, tomábamos café al sol, el chico del café le daba un aire a alain delon, se lee en donde surge, he visto gente leer en el metro versos del corán, literaturas germánicas medievales, hemos liquidado el miedo, lo hemos escondido en un endecasílabo, la mampara es el jazz, nos escondemos detrás, el amor es un tren que descarrila en un verso, mujer, tu cuerpo es un desagüe en donde me voy, tiene el paseo luna, tiene un rumor de nieve, un rumor de pétalos, el perrito nos mira en un relato tradicional ruso, todo lo ruso es agradable al oído, el idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho, no me leas a nietzsche en vernáculo, no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti, baudelaire en la pared, la chica asiática muy preñada con pezones como dedales presagia lluvia 


Dibucedario socrático 2024 / J de Jaula

 



En cierto modo, a quien elige su dolencia se le concede al menos el respeto que se dispensa a los coherentes. Todo a lo que nos entregamos con fruición produce hartazgo. Todo lo que está muy visto no asombra, ni fascina al modo en que lo hizo cuando recabó todo el esplendor de nuestros sentidos y nos condujo a relamernos de puro gusto. Agotados, probamos precavernos ante toda esa bondad a la que entregamos nuestros más nobles empeños. Un mal corrige otro peor. El bienestar al que uno aspira tiene como regidor la voluntad de la que se disponga para alcanzarlo. Es el albedrío el que antojadizamente concede las penalidades que nos infligimos a sabiendas. Cuando el sol nos quema, buscamos la sombra, aunque las lagartijas del invierno nos trepen la piel y nos ericen el alma. Cicerón cinceló la frase a la que no se le ha dispuesto matiz alguno: filosofar es prepararse para morir. Vivir agota, la libertad agota, el amor agota. A la luz de estas ocurrencias de Mochuelo, se está casi por creer que a veces conviene recluirse, no precisar de nada, carecer de urgencias, aliviar la intendencia de la razón, adjudicar al corazón el desempeño de nuestra indolencia, despejar la posibilidad de que se nos desee algún tipo de armonía o de lucidez o de talento, embargarse en una travesía que va de uno a uno mismo, procurarse ese abandono dulce en el que el cuerpo intima con el espíritu y hasta pareciera que se entienden. La jaula es la soledad pedida. Se le deja la puerta entreabierta. Se sabe que podemos franquearla cuando lo dispongamos, pero ah ese ausentarse divino, toda esa repentina mesura, esa templanza. No quiero tanto bueno, solía decir mi amigo Marcelino en momentos de extremo cansancio. Fue entonces, éramos jóvenes, cuando empezamos a comprender que hasta la diversión tiene su contradicción interna, su veneno moroso, su empacho lícito. 



Elogio de la belleza


 La belleza aturde. La emoción pura, ese placer no transferible al mecánico y limitado discurso del verbo, nos hace (no albergo duda alguna) mejores personas. Da igual qué canon la auspicie, sobre qué fundamento se erija. Lo de aturdir no sufre mudanza. Se produce la misma sensación invariablemente: la de fragilidad, la de plenitud, juntamente ambas sin que una guíe la otra. Hay quien se conmueve al escuchar un aria de Verdi y quien lo hace cuando observa la lluvia demorarse en un cristal o un fotograma de Grace Kelly. Al final el resultado es el mismo y, llegado el momento, el que se extasía viendo cuadros de pintura flamenca puede comprender al que se arroba en la contemplación del expresionismo. Los dos se dejan impregnar por la misma misteriosa sustancia. Es el fuego interior el que mantiene prendida la luz. No se extingue. Cuando se viene abajo, hay un restitución lenta o súbita, pero de nuevo fulge la llama y se aviva el calor del alma. Es eso. Calor del alma. La belleza es el fuego que hace de vivir un oficio fabuloso. También el amor. Tal vez el amor sea una forma de belleza. Si se mira con detalle, maquina su trama con idénticos procedimientos. Ceguera, deslumbramiento, esa fragilidad y esa plenitud con la que se comprenden cosas que no alcanzaríamos si faltaran. Conserva la belleza vestigios de un incendio antiguo. Concurre en ella la luz, trae un misterio sin lenguaje, un rumor en el aire. 

9.1.24

Dibucedario socrático 2024 / I de Indiferencia

 A decir de los que saben, la ignorancia es una virtud. Es el hecho de no saber adrede del que hacen chanza. Porque son los que tienen el conocimiento los que lo desprestigian y se determinan infelices. La cultura no tiene el pedigrí de antaño, apenas cuenta y, cuando lo hace, son los que la comparten, un gremio ínfimo, el que la aplaude, lo cual es una manera de solazarse de la propia. Un puro mecanismo de defensa o de amor propio. La indiferencia que declara jocosamente cultivar Mochuelo es más pensada de lo que aparenta. No querer saber, no mostrar inquietud, pero saber expresar ese desafecto y, sobre todo, cultivarlo. Qué completo verbo. Y qué amor el del pobre Sócrates a dar la brasa, fantástica expresión también. “Poseer cada y poca hacienda / y memoria ninguna. No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas/  vivir como un noble arruinado/ entre las ruinas de mi inteligencia “. Gil de Biedma era el mochuelo. 

Georgie, Hank y la teoría de cuerdas


Borges gustaba de abandonar en su prosa a jóvenes que leen con fervor los Anales de Tácito o que fatigan los hexámetros de algún poeta latino menor. Gente de aspecto y modos normales que, en mitad de la noche, buscan el nombre de Dios en una runa. A Borges le placían estas frivolidades cultas que, a la luz de estas linternillas de ahora, parecen artefactos literarios de excéntrico o de burgués acomodado y muy ocioso. Como todos los hombres de Babilonia, he sido Tácito, he sido un poeta menor, he sido Borges. Lo he sido respetuosa y modestamente. Anoche soñé, bendita ilusión, con enciclopedias ilusorias, con tigres de rayas enigmáticas, con milagros secretos, con sectas que celan algún arcano inefable. Ingresé en el vértigo. Me obsequiaron con una rosa. Esta mañana, como Milton, tras atravesar el jardín, he amanecido con una rosa en la mano. Una rosa sucia, una rosa con la cara de Charles BukowskiBukowski gustaba de abandonar en su prosa a fulanas a medio chutar y borrachos rotos, sin ganas de pendencia. Dios se paseaba por su cuerpo y le tatuaba frases hermosas con forma de corazón. Dios y Hank compartían cosas verdaderamente hermosas. A Dios el mundo le salió mal y a Hank le parecía formidable esa imperfección. Esperó la muerte como todo el mundo, y tal vez la mereció antes. Sus poemas no eran exquisitos ni engolosinaban a las críticos trajeados de los suplementos culturales de los domingos. La verdad absoluta no existe. Ni la poesía absoluta. Está la cerveza, el bourbon y el sexo. Como en un blues de John Lee Hooker al que le hemos robado un término. Noches infestadas de ratas: el infierno junto a una máquina de escribir. El whisky en la guantera del Buick. Hipódromos reventados de sonrisas de tahúr. Putas con pezones como dedales. A la resaca no le salen bien las conjugaciones y la prosa desbarra. Alguien se descerraja un tiro en la boca delante de la madre de Hank. Ha pedido que retiren al muerto. Shostakovich hace una música muy triste, Hank se acerca a Brahms con respeto, pero termina tuteándolo. Todos tenemos una canción en el corazón, pero la tuya es muy larga, le suelta. Mis novelas son erecciones imposibles, no creas. Anoche cayó un cuento del maestro de lo sucio en mis manos. Uno soñado, entrevisto, especulado en la bruma. Me dormí leyendo La otra muerte, un cuento de El Aleph, y me he despertado empapado en sudor, oliendo a bourbon (mentira, no se bebe en los sueños) y a nicotina (mentira, no se fuma en los sueños) Hacía tiempo que no sabía de él. Ha vuelto, pero nunca se ha ido. He ido de Hank a Georgie (o viceversa, no lo sé) sin salir de mi dormitorio. Me dormí leyendo a Borges y me he levantado pensando en Bukowski. Fantásticos mis sueños, volubles, retorcidos, promiscuos, cultos, pedestres. 

8.1.24

Dibucedario socrático 2024 / H de hombre


 El pobre Sócrates tiene el seso sorbido por pensamientos elevados. Los de baja intensidad, los pedestres, todos los que vuelan y no hacen nido en ningún árbol, no le suscitan mayor interés. Es de buscar tres pies al gato el buen hombre y ese oficio es ruinoso, se mire por donde se mire, haya o no árboles y sea el nido en el que deposite las ideas la mejor de las residencias posibles para las palabras. Anda en la esperanza de dar con el hombre sabio por ver si esa especie existe y sus desvelos tienen por fin consuelo en la tierra. La sabiduría era lo sublime cercano, la representación del pensamiento puro, no vertido sobre ningún soporte (para eso tuvo después a su discípulo Platón) y contrastado ad nauseam. No hubo hombres sabios, ni los hay ahora. Se cita la sabiduría popular, que es un artefacto semántico en el que se mancomuna el saber de muchos para no enfadar a nadie si se escoge como sabio a alguien no consensuado. El acervo de un pueblo es accesible, se refrenda en sus ciudadanos, se expande a poco que se le permite explayarse, se alimenta de la experiencia de los siglos, de las victorias y de las derrotas, de todo lo que hace que el hombre medre en su condición de hombre, pero ninguno la exhibe soberanamente, cualquiera puede incurrir en faltar a su criterio. La sabiduría es un imposible. Sus ideas son el humo que el fuego no es capaz de retener. Todo el pensar es estéril si no lo anima la verdad, pero es de alguien esa verdad y no de todos y es huidiza y no da con árbol en el que fundar un nido. Tal vez la sabiduría esté en lo sencillo, en lo que no precisa alambique del pensamiento. El hombre no es lerdo ni sabio a tiempo completo. Saber que nada se sabe es una malicia sintáctica y moral. Esperar sentado a que el sabio se nos acerque es evidencia de una de esas sabidurías menudas, de andar por casa, decimos por aquí, de decir las cosas como quien no se ha parado mucho al pensar en ellas y, sin embargo, las rubrica con pasmosa eficacia. 

Elogio de la ficción


1

No hay nada que esté a la altura de la ficción. Ni siquiera la ficción es sublime sin interrupción. La verdad, la cartesiana, la que se registra, no alcanza a la ficción ni cuando se esfuerza con más ahínco o cuando consiente que un poco de ella, prestada, la traspase. Amo la ficción casi por encima de todas las cosas. El mundo es también ficción. Lo que ocupa el día, cuando concluye, al recordarlo, se entremezcla con ella. Hay partes de la verdad que se entretienen intimando con la ficción. Lo que surge de ese abrazo es ficción. No es verdad que yo esta mañana haya ido a la ciudad y haya visitado a mi madre. No es verdad que esta tarde haya estado buscando un libro durante mucho tiempo y, al final, haya desistido. No es verdad que haya decidido volver a escribir aforismos y que hasta haya dado con el título del libro que especularmente salga de mi arrebato. 

2

La vida es un palíndromo. Todo se trenza al ir y al volver. A veces son idénticos los caminos. La vida que llevamos es una ficción a la que le damos carta de credibilidad, de asunto pesado, medido y gobernado. Buscamos a Dios porque la divinidad contiene trazas de ficción, grumos puros, sin cortar. Literatura de primer grado. Más que el amor, la prioridad es la historia, la narración. Todas las religiones se construyeron en base a esta premisa. Todas conmueven por el peso moral o el estético de lo que narran. Ninguna malogra la posibilidad de que los textos exhiban esa musculatura épica, de cuento infantil casi, con la que el espíritu se eleva y se deja traspasar de toda clase de ángeles. Luego está la realidad, aplazando toda especulación narrativa, imponiendo su trajín, mostrando sin pudor el tráfago de sus asuntos, tutelando todas estas banales distracciones del alma ociosa. Hoy de pronto comprendo algo mejor el sendero de las palabras cuando van juntas y saben hacia dónde se dirigen, pero el trayecto se emborrona, las palabra se desdicen, pero es una impresión esquiva, un asidero huidizo. 

7.1.24

Dibucedario socrático 2024 / G de Gusto


 La nostalgia es una máquina del tiempo íntima. No sabe nada del futuro, no le interesa qué va a pasar: su único trabajo es la melancolía, esa sensación cálida, un poco de niebla y de refugio, que nos abriga cuando arrecia el frío. Nombra la nostalgia el deseo doloroso (esa es su etimología) de regresar. Está hecha de recuerdos y de amor. Sin ella, no seríamos lo que somos, no se habrían construido las ciudades ni habríamos escrito la hermosa literatura que sirve de argamasa para que prospere la identidad de un pueblo o la convicción de que el género humano es una especie buena, en el fondo. La nostalgia hace que no mueran los muertos, hace soportable que no paseen con nosotros ni nos tiendan la mano para expresarnos su afecto. Es un palacio invisible la nostalgia. Los dioses que veneremos son la emanación de un tiempo de poetas y de metáforas, de sueños y de anhelos. La religión es nostalgia, hasta su ausencia lo es. Cuando la nostalgia es profunda, al no darle sentido ni alcance, surge la quimera, la utopía, que es también un territorio idílico, un palacio en el espíritu, un sueño dentro de un sueño. El gusto predice lo que somos, nos inclina a un lugar, dice de nosotros lo que no sabemos. Se prefiere sin motivos, tal vez también se rechaza por la misma causa o por su falta. El pobre Sócrates tiene con qué entretener su espléndido día soleado. Mañana lloverá. 

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...