21.7.23

Elogio de las habitaciones de hotel


Una habitación de hotel es un lugar robado al mundo, un no-lugar, una especie de limbo, una casa sobrevenida en la que se puede ser otro y regresar después al yo estacionado afuera, dejado al margen por estricta conveniencia de la trama argumental. Una habitación de hotel es un escenario teatral. Nada de lo que sucede posee la consideración de la rutina, todo es extraordinario. Una habitación de hotel es a veces un mundo perfecto en sí mismo. Una ficción. Un simulacro. Basta salir de ella, recorrer el pasillo, ver a los otros huéspedes abrir o cerrar puertas, dejar o recoger sus vidas, entregar las llaves en recepción o entrar en la pequeña cafetería de la planta baja con un par de bolsas o una maleta pequeña para advertir que el vértigo y la fiebre hacen guardia afuera, esperando con mundana paciencia que salgas y te expongas, para cebarse contigo o para agasajarte. Tal vez convenga esa incertidumbre y se desee guarecerse, encapsularse, concederse la intimidad de una de esas habitaciones de hotel y empezar a ser hospitalario con uno mismo, aislado de todos, lejos de todo. Una habitación de hotel jamás tendría que ser un refugio, pero conozco pocos mejores. En el fondo la habitación de hotel es una extensión de quien la ocupa. Lo que asombra es que el cliente pueda ir de un hotel a otro y no sienta añoranza de esas pieles dejadas por el camino. Entra en lo razonable que uno se crea otro cuando se instala en un nuevo hotel. Como si el anterior yo, el que ocupó la última habitación, no tuviese nada que ver con el de ahora, el inquilino de la nueva. También son otras las ciudades, otra la luz de las lámparas o el mobiliario o incluso la comodidad de la cama o las vistas que regalan las ventanas. Una habitación de hotel es un receso del tiempo o una anomalía de la vigilia sensible. Hay quien se hospeda en los hoteles en la desdicha o el júbilo más absolutos. Sabe que al cerrar la puerta y quedarse solo podrá reconsiderar cuanto hizo antes o especular sobre qué hará después. El ahora no existe, el presente no existe, la realidad que nos invade es la menos dolorosa en la certeza de que dura un instante irrelevante, uno que al momento desaparece. Hay quien anhela encontrar la armonía en esos hoteles. Cree que allí se cancelará el vértigo y la fiebre de afuera: crédulamente pensará que el mundo se reinicia cada vez que ingresa en una de esas habitaciones. En una habitación de hotel se puede amar un cuerpo y creer que en ese ayuntamiento está de algún modo la razón por la que fuimos traídos a este mundo. También se puede desamar, aceptar la soledad o pensar en ella como algo propio al modo en que lo es un brazo o la manera en que andamos o dormimos. Puede incluso sucedernos que acojamos el bendito cobijo de una habitación de hotel porque no exista una casa que nos espere o porque, existiendo, no la sintamos propia y malvivimas en ella, huérfanos de la maravillosa sensación de haber encontrado nuestro lugar en el mundo.A diferencia de la casa de uno, la habitación de hotel impregna de fantasmas la estancia. Ya la vida es una estancia de fantasmas. Vives y resides en donde otros vivieron y residieron. Amas lo que otros amaron. Lloras donde otros lloraron. Mueres sin que ese asunto trascendente sea relevante para el orden del cosmos y para la mecánica íntima de la vida en la tierra. Las habitaciones de hotel son como reproducciones a una escala muy pequeña de la realidad que late afuera, pero el hecho formidable es la encapsulación del tiempo, la sospecha de que el reloj se detiene y de que el tiempo, ese bicho cabrón, se mueve (sí, claro que se mueve) pero de otra manera. Ese prodigio justifica la existencia de los hoteles, la vida derramada en ese espacio bunkerizado en donde abandonas la maleta, te duchas, lees la prensa, descansas sin desvestir sobre la cama pulcra mientras la televisión emite información del exterior, fornicas, sueñas, hablas por teléfono a gente que está muy lejos y pasas resacas formidables, de las que merecen poema aparte. No creo que exista tampoco mejor lugar para escribir que una habitación de hotel. Una mesa en un bar, apartada, discreta, que permita ver llover tal vez rivalice con ella, pero no posee la misma intensidad, no exhibe tampoco el mismo rango moral. Lo afirmo y lo defiendo con argumentos rebatibles, pero expuestos con tan amoroso ardor.








20.7.23

Elogio de la arquitectura

 

Goethe dejó escrito que la arquitectura era música congelada. Mi fascinación por las catedrales es, en parte, extensión de esa reflexión. Uno puede prestar oído a lo que dicen los edificios. A su manera, secreta, sagrada o blasfema, nos interrogan, nos encomiendan que los atendamos. ofrecen un discurso (un poema, una oración) para quien se acerque y escuche. Hasta las construcciones más humildes, en su sencilla pobreza, airean esa voluntad armónica. No se me ocurrió nunca tomar el oficio de la arquitectura. Hay decisiones que no se toman porque no se ofrece la oportunidad o no se es sensible o nadie cercano la tomó antes y nos animó. A la arquitectura la suple la poesía. Hay poemas que son casas en las que uno se refugia y se siente a salvo y confortado y también feliz. Creo que empecé a escribir poesía para transcribir esa música invisible. Percibo que hay un orden oculto cuando leo poesía o cuando la escribo. También sucede con la música. No hubo nada que me inclinara a aprender a tocar un instrumento en la edad en que se empieza ese adiestramiento o esa predilección. Habría escogido el piano. Hubiese sido un pianista incansable al modo en que ahora soy un escritor incansable. El hecho de que yo escriba es la opción alternativa al hecho de que no sea músico. Es la música la que anda siempre por debajo. No es relevante que no se tenga constancia de que fluye, pero lo hace: fluye sin motivo, avanza sin propósito. Con sólo tener la predisposición idónea, la música se hace corpórea, tangible. Puedes ir paseando y sentirla o cerrar los ojos en casa, en tu sillón favorito, y sentirla. El silencio no existe. Que se lo digan a John Cage. El corazón, cuando late, en ese silencio idílico y perfecto, ejecuta la melodía primordial. Parece que es posible escuchar la sangre yendo y viniendo por nuestro cuerpo. El universo es ruido, ruido puro en libertad. Si sigo en este plan temo que Coehlo crea que lo plagio. Son tiempos de plagio.

19.7.23

Elogio de la musculatura

  De entrada, ante de entrar en pormenores, declaro no saber retrasar una pierna y apoyarla en una superficie elevada respecto a la pierna que se sustenta en el suelo. Mi rodilla debe quedar por encima del tobillo al bajar y al subir, se me dice, pero mi cabeza no procesa la encomienda y entra en una especie de pánico gravitacional que se refuerza cuando me aplico en el ejercicio y compruebo que las órdenes que envía mi cerebro no coinciden con la pleitesía de mis atribulados músculos. Otro asunto a considerar es el peso con el que ocupo mis manos para que el ejercicio rinda satisfactoriamente. Elijo mancuernas de ocho kilos y empiezo a hacer cábalas sobre la conveniencia de mi osadía. Las de seis me parecen livianas. Las de cuatro, inexistentes. Desapruebo tajantemente que un beneficio a mi cadera afecte a mi armonía espiritual, pero acato y procedo. Al fin y al cabo, he acudido al gimnasio por voluntad propia. Erguirme y no perder la compostura me supone un esfuerzo tan grande que opto por desechar la composición plástica y dar cuartel a la dignidad moral. No tengo una relación fluida con mi cuádriceps, por lo que barajo la posibilidad de desatenderlo y centrarme en la cerveza que me voy a tomar cuando llegue a casa. Esa idea me depara un momento sublime en el fragor de la sesión que se mantiene con inusitado empeño. Sobra añadir que mis glúteos no han sido preocupación alguna en el tiempo en que llevo trasegando con ellos, pero una vocecita interior me susurra que tal vez convenga empezar a procurarles atención , por si la vejez acude antes de tiempo, por si los excesos a los que he arrojado mi cuerpo pasan la factura prevista. Mi asombro entra en un éxtasis lingüístico cuando el preparador proclama con entusiasmo que vamos a trabajar los oblicuos. Cuando se los palpa, descubro que están en la región abdominal. Como si fuese una coreografía, me animo a no defraudarlo y, al tiempo, a no perderme en el aprendizaje de la nomenclatura de nuestra bendita anatomía. Así que, atento como suele, sigue de cerca mis evoluciones y no pone mala cara. Parece que me aplico, hasta le veo sonreír, como si mi denuedo mereciese un aplauso. Al acabar la serie de sentadillas búlgaras, avanzo a otra, cuyo nombre no sabré dar aquí y que, a poco que la ejerzo, me informa nuevamente de mi impericia psicomotora. No alcanzo todavía a encontrar un sentido a estas rutinas en las que mis trapecios, deltoides, lumbares, isquios, tríceps, abdominales y bíceps deben estar pletóricos, vivos como pocas veces han estado. Hay un músculo que se llama risorio. Tengo noticia de él fortuitamente. Junto con el cigomático mayor y el menor, el orbicular y el del labio superior hacen que yo ría. Parece que el esfuerzo en sonreír es menor que el producido al llorar o al fruncir el ceño. Rodeado de cintas de correr, bicicletas, elípticas, bancos de abdominales o de dominadas, de remo u olímpico, máquinas de poleas, hago peso muerto, planchas, sentadillas, zancadas, extensión de hombros o de pectorales, levantamiento de barra, flexiones y otras variantes a las que no doy aún sitio en mi léxico. Con todo, haciendo que pesen los beneficios, he llegado a un punto de condescendiente servilismo muscular. Soy disciplinado, jamás escabullo el esfuerzo y sudo como si Dante me paseara por el río Aqueronte y el mismo infierno me mirara con su desatino térmico. Tal vez el propósito sea ese, aparte de curtirme en la semántica de los músculos. No hay sitio que ocupe con mayor provecho mis mañanas de verano. Cuando salgo, feliz y un poquito mejor que muerto, descubro los placeres de la química y me zambullo con inmejorable técnica en la piscina. Maltas y lúpulos varios me escoltan después al nirvana más puro. 

18.7.23

Elogio de los dones invisibles

 


Nada sabemos del genio antes de serlo verdaderamente. Mi después quizá, una vez se aprecia y aplica. Ignoramos si daba severas trazas de talento en la forma de andar, en cómo saludaba a los amigos o en el modo en que cortejaba o se dejaba cortejar. Si leía clásicos rotundos o perdía el tiempo (es un decir) jugando a canicas o si hablaba retórica y pedantemente o, bien al contrario, adoptaba unas maneras lingüísticas naturales, de escasa evidencia de que adentro bullía el genio que luego explosionó. Hay evidencias que principian un atisbo de genialidad o de genialidad ya enteramente instalada, pero en ocasiones lo sublime se esconde, no se manifiesta en exceso e incluso no se manifiesta nada. Está el genio larvado, gozando en esa intimidad sin alardes, consciente de lo que alcanza y del escaso deseo que tiene de alcanzarlo. He visto talentos enormes (y no solo en libros o en películas, en las paredes de un museo o en la ejecución de un instrumento musical) que se han decantado, bien al contrario, por censurar su don. Piensa uno entonces en lo que no se ve, en la claridad oculta, en todo esa riqueza intelectual o artística desaprovechada, encerrada en un búnker de onanismo, de apatía o de sencillo infortunio. Se habla mucho de los que hicieron una gran obra y al poco les sorprendió la muerte. Se relata qué podrían haber hecho o hasta dónde pudo dar de sí ese talento cercenado, pero también están los invisibles, los talentos a los que nadie dio una oportunidad (siempre hay un mecenas, un sponsor o un golpe antológico de suerte) o a los que nadie prestó un mínimo de atención. Gente de la que prescindimos sin que ese vacío altere una brizna el completo estado de las cosas en el que vivimos. Abundan los escritores, los actores, los músicos, los pintores, los escultores, los que hacen que vivir sea más hermoso de lo que ya es de por sí. También los tapados, cualesquiera que privadamente despliegue un don. Quizá está bien que todo siga como está. Que se queden en la sombra los genios inadvertidos. Que se basten en sí mismos. Soy de los que piensan que vivimos en una continua sobredosis de información. Que hay más de lo que se puede abarcar. Que nos aturden con este exceso para que no afinemos. Y pienso en todo esto y recuerdo al músico de la calle, en Fuengirola, hace mucho tiempo, haciendo una pirueta circense con su guitarra, un virtuoso arabesco seguido de diez más, uno de esos prodigios únicamente permitidos a esos virtuosos que llenan teatros y salen en las páginas de Cultura de los diarios cuando sacan un disco nuevo o empiezan una gira. Nada sé de este músico callejero. Si de pequeño leía vorazmente o es un feliz iletrado. Si tuvo un amor que marcó su vida o no precisa amor que la complete más de lo que está. Sé, en todo caso, el tamaño del chispazo de asombro que me ocupó el cerebro durante los muy escasos minutos en los que le escuché tocar una pieza un poco swing y un poco zingara (una cosa entre Django Reinhardt y los Gypsy Kings) que acompañaba con suavísimos movimientos de cabeza, entornando delicadamente los ojos. Nunca leerá esta nota brevísima, pero si lo hace sabrá que estoy hablando de él. 

17.7.23

Elogio del humor

 El dolor nunca se inventa. Podemos impostar la alegría y hasta un amago de felicidad prospera si se ensayan los gestos o predisponemos el ánimo a un simulacro pulcro, trabajado, hecho a no flaquear si se tuerce el empeño o quien nos mira, avisado o de pronto sensible, reconoce la falsedad y no nos toma en serio, pero el dolor proviene de un sitio del que no tenemos propiedad. La risa, en cambio, aflora con mayor prontitud, con la vehemencia de lo irrefrenable; el llanto se toma su tiempo y brota sin que se le pueda coartar. La risa es, sin embargo, muy a menudo tomada a chota, no tomada en consideración ni considerada como bien inmaterial de la humanidad, sostén del equilibrio del alma, placer que rivaliza con cualquier otro con el que nos apartemos de la tristeza o de la razón. El humor es, ante todo, subversivo. También trágico, si no se maneja con magisterio. A Sótades de Maronea, en el siglo III a.C. lo encerraron en un caja de plomo y lo arrojaron al mar por escribir unos versos humorísticos sobre la vida sexual de Ptolomeo II. Se censura el humor si a quien se le aplica está un peldaño más arriba en el status social. A la autoridad no le satisface que el pueblo se desmande en risas, se le contiene o se le reprueba, hasta se le ajusticia. Lo cómico es sano y, en esa higiene del cuerpo y de la mente, fomentarlo debería ser prioridad de las instituciones, que pecan las más de las veces de severas y poco inclinadas a que el humor les defina. Hasta les da quebraderos de cabeza los límites de ese humor. En ocasiones, sobre todo si es bueno de verdad, atenta contra la dignidad y crea controversia su pertinencia para hacer visible una situación. En realidad, es un recurso formidable para que la reflexión prospere. Los chistes, con frecuencia, pecan de irreverencia, que es un concepto fragilísimo. 

La corrección política sanciona que se haga mofa de la religión o, pongo por caso, del terrorismo. Habrá líneas rojas, se precisarán si la broma atenta contra la dignidad. Imagino que la educación de quien bromea sancionará lo impropio, se comedirá si lo pensado excede alguna premisa tácita, hay tantas. Cuando la indignación es manifiesta es un juez el que dirime la legitimidad de la chanza. Esa es la feliz contundencia de esta sociedad. Sin sentido del humor, la misma palabra ofensa desaparecería del diccionario. El humor tiene competencias que otras manifestaciones de la inteligencia no alcanzan. Si quien se mofa del holocausto es alguien que lo ha padecido en carnes propios o tiene ascendencia judía se produce una tensión dramática que, más que hilarante, se puede convertir en penosa. Uno recuerda a Gila cuando usaba la guerra para evidenciar los males de la guerra. De hecho, el humor y la tragedia vienen de la mano desde la paternal Grecia, aunque (eso es incontestable) no todo valga. Se tolera cierto humor porque al humor se le concede una dispensa que no se da con frecuencia. Si no molesta, no ha logrado su fin, podría aducir un cómico al que se le cuestione su oficio, pero todavía no hay un consenso, no es posible tal vez que pueda dirimirse qué es lícito y qué no, qué parcela del espíritu podemos tocar y cuál quedará afuera.

Lo malo es que cualquiera puede darse por aludido a poco que se esmere. El humor es una de las más nobles cimas del progreso del hombre. Si se le coarta, si se legisla y hace que acate las normas será otra cosa o incluso cabe que se sojuzgue y condene, que se le apliquen férreas disciplinas, que se censure, al fin, cualquier evidencia de que alguien pueda haberse sentido retratado cuando saca a relucir sus más hirientes puyas. Porque a veces son hirientes y duelen, pero sería más honda la herida y la puya más dolorosa si se le calla. La ironía nos salva. El sarcasmo nos hace fuertes. La sátira nos protege. Banalizar el mal lo arruina. Vivir sin humor es malvivir. La mera historia del hombre, observada sin él, caería en un prolijo y triste inventario de chapuzas o de tristezas o de errores o de ignorancia. La risa (escuché ayer) es el camino más corto entre dos personas, pero está en entredicho el humor o prospera el zafio, el burdo, el carente de la inteligencia precisa para que su cometido nos haga más alegres, más felices si es posible. 

9 elefantes


Que lo que vemos es huidizo y parcial se sustenta en la evidencia de que por fortuna no todos compartimos la experiencia sobrevenida. Sin embargo, al elefante, por su tamaño, hay que verlo desde una distancia que permita apreciar su desmesura. Se adquiere así una visión global, un sentido completo. También hay objetos pequeños a los que hay que aplicar esa instrucción práctica. Creemos tener una idea válida, pero la idea debe también ser contemplada desde afuera. Por hacer acopio de todos los puntos de vista. Por saber cuál cuadra más con uno mismo. Por cancelar el sesgado. En estos días de machaque electoral, el elefante se pasea con desparpajo. Se sabe observado, se pavonea, da de sí lo que en otras ocasiones no querría. La didáctica de la mirada requiere amplitud, exige atención. Luego será una parte del elefante la que cuaje un desempeño mayor. Hasta habrá alianzas entre la trompa y la cola, entre una parte de la cabeza y una oreja. La política es un ejercicio de recomposición quirúrgica que a veces ensambla zonas disímiles, órganos que acometen trabajos divergentes, pero el logro (imaginamos) es el mismo y el elefante (es mucho imaginar) es el mismo elefante. O son nueve en realidad y hacemos prevalecer una pieza o nos emperramos en arruinar la relevancia de otra. Lo que está en juego es el bienestar del observador. Tampoco tenemos claro que en efecto sea ese bienestar el que haga moverse al elefante y enseñorearse por ahí con sus galas más vistosas y esconderse más tarde hasta que el espectáculo requiera otra demostración imponente de su valía. Al final, cual criatura enhebrada con gruesas costuras, montada a lo loco, echada a andar sin sospecha de cómo se maneje en su camino, no tendremos ciertamente lo que decidamos, sino lo que surja, lo sobrevenido por las circunstancias, lo que salga de hacer unas aritméticas. Y ninguna parte del elefante se llevará el triunfo absoluto en el plebiscito popular, cómo podría una sola satisfacer a tanto observador.

16.7.23

Trabajos de triste trajín

 Trémulo el trino, trashumaba, tronaba, adentro triscaba, transido de tragedia traía tráfago, extrañas instrucciones de abstracta intriga. Entregaba un trajín tramado en trances, en arbitrios contrarios a la tranquilidad, trabajos transcurridos en transcripciones trastornadas, en transmutaciones translúcidas, en tronos de triviales transgresores. Trasegar es tradicional, trapacero. Trenzas un trecho de traumas, de apátridas batracios, de pútridas truchas. Tropiezas, transmutas, trepas, trotonamente trasnochas, truncado, en tristes transacciones, en trepidantes traqueteos que, trivializados, atrapan actrices, contraltos, sátrapas, atronadores, butroneros, vitriólicos matrimonios, meretrices con traqueas atrabiliarias. Trola trigonométrica la tristeza, geriátrica y zarrapastrosa. Trasunto de otro, artrosis de matriarcales ajetreos. 



15.7.23

Fuera de plano

En el núcleo germinal del poema todo lo que está fuera de plano.

(José Luis Morante, aforismo inédito para la revista Elipse, 2021)

Ningún viaje acaba. El de la luz se convida hasta de sombras para que la la sangre no se complazca en su cauce y se embravezca o se atempere, brinque o discurra con tenue vocación de susurro. El pulso se acrecienta, la fe en la pura verdad de la travesía hace acopio de entusiasmo y los pasos se descubren avanzando, adquiriendo la consistencia de la perseverancia. Lo que insiste en sí mismo acaba por alcanzar su esencia. Allí, en ese centro sin circunferencia, todo es tangible, todo se acomoda a la locuacidad del ojo, todo fulge. A la palabra fulgor se le ha dado poco aprecio, siendo semilla y depósito, alumbramiento y ceniza. La misma poesía es una emanación de esa condición fabril. El poeta es un ejecutante melindroso. Da con las palabras, pero luego no sabe ensamblarlas, hacer que fuljan. Por más que cree haber compuesto un poema cabal, el que imaginó, al que se entregó con avara tenacidad, no hay tal poema. Lo primordial está fuera de plano. La semilla, la luz, la sombra, la ceniza. El fulgor. 


Elogio de la sombra

 


Conviene a veces observarse sin que intermedie un espejo o sin que alguien afine en describirnos y hasta dé de uno una emulsión fiable, una especie de corolario trabado con esmero y justeza. Se apresta la sombra a trazar un bosquejo del que no podemos extraer mayor enseñanza que la común a cualquiera. Todos somos democráticas sombras, indicios afantasmados, una brújula perezosa en un mapa ajeno. A la sombra le incumbe el limbo, su sustancia sin patria. Tal vez tengan vida propia y a su conveniencia dancen y escruten la realidad, por si dan con un resquicio que las declare tangibles, cuerpo rotundo. 



14.7.23

Elogio de la mujer fatal

 


                                    Perdición, Double indemnity, Billy Wilder, 1944

La femme fatale, la vampiresa, la chica con arrojo, impúdica, con glamour y casquivanas artes, la que desquicia al mafioso y perturba a quien se encomienda redimirla, la mala pécora criada para desquiciar la cordura ajena, podría quedar hoy en día como un vestigio del cine o de la literatura viril, fundamentada en una imagen quebrada de la mujer, comúnmente asociada a la perfidia o a la tragedia o cualquier consideración de la imaginación del hombre. Fue la Carmen de Mérimée la primera mujer fatal de la modernidad. También con anterioridad, fundacionalmente, Eva cuando tentó a Adán o Helena de Troya en el relato homérico, al provocar una guerra por despejar la rivalidad entre Menelao y Paris, los hombres necesarios en cualquiera de estas tramas. La mujer fatal estragaba a los hombres, los postraba, los hacía insensatos, peleles, a pesar de que, afuera de su hechizo, fuesen cabales en el ejercicio de su hombría, firmes en la aplicación de la fuerza o hasta violentos. Quienes las aman, se arruinan. Se les atribuye el mal, se las cree portadoras de su semilla. También esa idea (tan incorrecta, tan de entonces) ha ido corrigiéndose, adaptándose a los tiempos, hasta quedar en un constructo moral de una época acabada, pero felizmente adictiva para la literatura. Las mujeres fatales, casi invariablemente, sobreviven, prosperan en su maldición, alcanzan una cierta maestría en el oficio de descalabrar vidas ejemplares (las de los pobres maridos tentados por la fatalidad de la carne) o ridiculizar las ya descalabradas de toda esa nómina de hampones y gente de mal vivir que las rondaban. Da igual que sean curvilíneas y rotundas, rubias, morenas, altas o pequeñas. El estereotipo, forjado en la segunda mitad del XIX y estilizado en la primera del XX, es, más que otra cosa, punción erótica, sublimación del deseo. Todo tal vez provenga de Pandora de Hesíodo, la primera mujer, la creada por mandato de Zeus con el concurso de todos los demás dioses. Ella, por curiosa, al abrir la jarra que se advirtió no abrir, desató todos los males, los esparció por el mundo, quedando la esperanza en el fondo del recipiente, como alivio de la bondad por venir, como evidencia de la maldición recién desperdigada. Los clásicos se dejaron fascinar por esa concupiscencia y crearon un género en sí mismo, el de la feminidad malvada, que retoma con inusitado ensañamiento el discurso evangélico. Los pasajes bíblicos en los que encontramos mujeres fatales rivaliza con toda la literatura negra. La sociedad patriarcal se resquebraja cuando irrumpen estas damas soberanas de sí mismas, no condescendientes, ni sumisas, sino altivas, independientes, dañinas, manipuladoras, conscientes de las artes de la seducción para rebajar o vejar o cancelar la supremacía de lo masculino. No eran esposas, no eran madres, no obedecían el canon habitual: eran la tentación, eran el pecado. Habría que hacer una puntualización: toda esa reprobable moralidad que se les atribuía procedía de la escritura de un hombre. Ellos ejercen el mando, paradójicamente. Su origen es mitológico o religioso; su maldad es terrena. La perdición a la que conducen el alma de quienes las adoran está en la propia esencia del amor o del apasionamiento amoroso, más atinadamente expresado. Todas serían, al cabo, víctimas y ellos serían, con más o menos fortuna, redentores, pequeñas o grandes piezas de un tablero de la vida. Representan lo prohibido, personifican la sublimación del deseo. Detrás puede estar la misoginia o ese temor masculino a descubrirse frágil, sucumbible a los encantos del sexo. El hombre puede ser bondadoso, cándido, de una humanidad espléndida, pero un perfume o una mirada de mujer la hace perder el sentido, literalmente. 


El repertorio puede ampliarse hasta retorcer el diccionario y extraer toda la morralla semántica, la abundante oferta de adjetivos, el colocón superlativo de nombres que rivalizan en lo sórdido, en lo despreciativo, pero a mí me gusta eso de mujer fatal. El fatalismo, como cosa de tragedia griega, da más juego, libera más adrenalina. La felicidad, el bienestar, la burguesa sensación de que todo está bien hecho y todo está ahí para darnos placer y procurarnos arrobo fascina menos: la felicidad absoluta, incluso una precaria, no se deja enfangar, no permite callejones oscuros, pesquisas a medianoche, cadáveres con mucho plomo en el bazo y jazz con sordina para coronar la tensión dramática. La mujer fatal no es patrimonio exclusivo del noir, ni siquiera del cine, que adquiere su narrativa de la literatura, de la música, de cualquier manifestación artística desde las totémicas féminas que ilustraban las cavernas. El bendito blues ahoga sus penas en whisky, levanta altares a Dios, aunque el alma se haya quedado en un cruce de caminos, y predice que será una mujer la que destroce la vida de un hombre. Lo hace lastimosa y visceralmente. El cine negro también precisa de esa lírica esplendente, sucia en su concepto, pero de una hermosura tangible, agazapada en la herrumbre, contagiada de ese blanco y negro espiritual y áspero, coreografía cromática de cientos de historias inevitablemente humanas. Ya lo cantaba James Brown: éste es un mundo de hombres. Pero lo gobiernan las féminas. El cine negro abunda en hembras de escaso afecto a que las rediman, tristes muchas, interesadamente descritas para que el mal no venza, no se constituya como patrón de ningún ideario moral, con cara de ángel y alma empozoñada, supervivientes de un mundo masculino que las engalana, las usa y las arrumba al olvido. Objetos portátiles de placer furtivo, mujeres adelantadas a su tiempo, mujeres liberadas del yugo macho. Glamour, escotes generosos, faldas ceñidas, humo de tabaco: ésta es la iconografía perfecta. El amable lector puede pensar en Ava Gardner, Barbara Stanwyck, Lauren Bacall, Veronica Lake, Clara Bow, Mary Astor, Gloria Grahame, Joan Bennett, Jean Simmons, Joan Crawford, Rita Hayworth, Mary Astor, Veronica Lake o Lana Turner en la época clásica del género (años 40 a finales de los cincuenta), pero más recientemente no podemos ignorar a Jessica Lange, Sharon Stone, Kathleen Turner, Kim Basinger o Scarlett Johannson. Alguna, de forma no consciente, no ha sido nombrada, seguro. Femmes fatales que no precisan armas de ningún calibre para anular la voluntad ajena. Es el cuerpo el acicate, el señuelo, la pieza codiciada por la que los hombres arriesgan su vida, su fortuna y su moral. Suelen perder. Lo pierden todo y, en la mayoría de los casos, ni siquiera consiguen triunfar, llevarse la pieza al terreno propio. La mujer fatal desgracia la prudencia de los hombres talluditos, que arriesgan una vida conyugal sana por los encantos de sus preciadísimas ninfas. Todos estos hombres se saben perdidos, consienten la ruina, pero hocican su porvenir y hasta su vida por conseguirlas, por encamarlas, por ejercer la seducción o por dejarse arrastrar por las circunstancias, siempre tan destructoras, tan terribles. 


Casi olvido decir que las mujeres del cine negro no tienen escrúpulos, son malas, harpías de baja extracción social que, una vez han olisqueado los divanes con cojines de seda y el burbujeo ocioso del champán, harán lo que haga falta hacer para no perder ese divismo, ese status de golfa ejecutiva que transforma un hombre íntegro, un hombre hecho y derecho, responsable, ciudadano ejemplar y marido perfecto, padre amantísmo y todo lo que deseemos aportar a la cazuela de bondades en un muñeco, en un descarriado. Claro que para mujeres fatales no necesitamos quedarnos en el olimpo del cine negro. Cito a Lolita, mi Lo-li-ta, la nínfula (Nabokov dixit) absoluta, la perdición de todo hombre lo suficientemente quebrantable y lo bastante gilipollas como para suponer que va a acabar dominando a la diablesa que ha ocupado (cegado, cementado) su cordura. Su fatalidad rivaliza con todas las demás. Su peligro también. Más: Bette Davis es mi favorita, es la mala por antonomasia, pero su perfil es más de psicodrama de mesa camilla, de pérfida máquina de destrozar vidas sin necesitar (madre natura tiene sus limitaciones) encantos, curvas, escotes, piernas o labios. Tampoco precisó de nada de esto la señora Danvers, aquella ama de llaves maléfica de Manderley, de encantos físicos irreconocibles, pero celosa de la memoria de su dueña y obstinada en impedir que ninguna advenediza (Joan Fontaine) ocupe el corazón de la casa. Pero Hitchcock era un maestro y dominaba a la perfección el arte de malgastar el encanto de las mujeres a base de mala leche y mohines torcidos. La narrativa es ingente; el disfrute, colosal. Todo queda en literatura. La realidad es siempre mucho más endeble. Quedan títulos eternos para la memoria cinéfila. Nombro los que ahora tengo más cerca, algunos revisitados en estas noches de verano. He escogido los de la nómina clásica, los que conocí entonces, cuando empecé a ver cine y amar el cine, y a los que no renuncio. 


El beso mortal, Robert Aldrich, 1955

Deseos humanos, Fritz Lang, 1954

El halcón maltés, John Huston, 1941

El ángel azul, Josef von Sternberg, 1930

La dama de Shanghai, Orson Welles, 1947

Perdición, Billy Wilder, 1944

Que el cielo la juzgue, John M. Stahl, 1945

Perversidad, Fritz Lang, 1945

El cartero siempre llama dos veces, Tay Garnett, 1947

El abrazo de la muerte, Robert Siodmak, 1946

El demonio de las armas, Joseph H. Lewis, 1950

Cara de ángel, Otto Preminger, 1952

Los sobornados, Fritz Lang, 1953

Forajidos, Robert Siodmak, 1946

Alama en suplicio, Michael Curtiz, 1945

La jungla de asfalto, John Huston, 1950


Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...