7.1.21

Dietario 7

 A pesar de que obstinadamente se reiteren, hay cosas que no acaban de comprenderse. Se las mira con el desprecio de quien no se cree ajeno o incluso con la mansedumbre de quien no posee alcances para desentrañarlas. Haber comenzado el año con la alarma sobre nuestras cabezas era algo previsible, pero lo que parece inasequible es la razón por la que no hemos sabido (no sabremos) sobreponernos a nosotros mismos, tan confiados, tan irresponsables, y dar con la llave que cierre definitivamente esta cruda guerra civil contra las costumbres, de las que no nos zafamos, con las que vivimos y que ahora, mal que nos pese, padecemos. Costumbres arraigadas, hechas costra. Cabe argüir que es una batalla perdida y que simplemente nos estamos dejando vencer: que se salve el que pueda. En las guerras se desquicia el sentido común, es cosa sabida. Unos pasarán al siguiente nivel (permitidme el símil de videojuego) y otros perecerán en el corriente. Toda esa heroica salva de eslóganes en los que se coloca un número (2021) en la creencia de que va a enterrar otro (2020) es un entretenimiento frívolo. Ni entretenimiento siquiera. Está mal hecho el ser humano. No es la antigua dicotomía sobre si lo anima el bien o es el mal el que lo espolea y hace que avance. Es más bien una refriega pequeña la que está haciendo que todo se esté yendo a la mierda. Pequeña, si la comparamos con dos guerras mundiales (por nombrar dos recientes) o con otras pandemias como el hambre o la falta de justicia en ciertos países (en tantos, en todos en cierto sentido). Esa refriega es íntima, está adentro nuestro. Se libra en privado. Quien cree estar al margen de la ley (de pronto he pensado en el Salvaje Oeste) está al margen de la inteligencia. Añado a inteligencia bondad, justicia, responsabilidad, solidaridad, no sé con cuántas de esas palabras grandilocuentes se podría dar una idea exacta de lo que trata este asunto: todas se quedarían cortas. Ya no se ven descerebrados como se solía, aunque algunos todavía desobedecen a sabiendas y exhiben su marca incivil bien a la vista. Ayer, sin ir más lejos, paseaban mi calle cuatro o cinco de ellos bañados en alcohol. Iban sin mascarilla, iban cantando. Había (además) toque de queda. Nada que hacer. Esperar que alguien con autoridad los detenga. Iba a escribir los haga entrar en razón. Qué iluso. 



6.1.21

Dibucedario 2021 / 6 / Frailecillo


 Frailecillo, por insistencia heráldica, estudió Teología, pero dejó el púlpito por el pálpito en la edad en que un cielo azul y despejado de vientos y peligros tira más que un códice escolástico. No pudiendo la fe arrastrar a la razón, Frailecillo probó fortuna en oficios de más cartesiano manejo y se afincó en un islote desprovisto de aves más iracundas que pudieran procurarle infortunios y quebrantos. Motivo de chanza entre la convecinidad por su risible cromatismo, vuela con entusiasmo, adquiriendo una altura notable para su condición. Ahí mira el mar con despectiva arrogancia y elige desprevenidos peces. Es fama que su mordida es de una extrema violencia. Algunos ornitólogos sostienen que esa extraordinaria ferocidad es singularmente apreciable por la hembra y hace que su instinto se incline por un ejemplar u otro en la danza del cortejo amoroso. Algún frailecillo descontento con estas maniobras vulgares de subsistencia, más acorde su privilegiado intelecto con la nobleza del espíritu, aspira a detentar la vicaría de su diócesis. Cada acantilado del islote tiene el suyo. Debe consignarse que ninguno  ha accedido aún a esa titularidad eclesiástica. Frailecillo descree de la providencia de la fe y ha ganado justificada reputación en las lides galantes. Su descendencia puebla riscos enteros. Poseen un amarillo más contundente en el pico y abominan del latín y de los catecismos. 

Dietario 6

Está todo limpio y una esperanza adorna la estancia. El vaso de leche está vacío y le han dado unos mordiscos a un polvorón. Al abrir las ventanas, el cielo ofrece un fulgor brevísimo. Lo he visto. Es un regalo ese fulgor. 

5.1.21

Dibucedario 2021 / 5 / Escarabajo Rinoceronte


No especialmente grácil en maniobras aladas, que son particularmente cortas y de escasísima altura, Escarabajo Rinoceronte se desplaza con tímida disciplina a ras de suelo. Por la excesiva lentitud de su deambular, ocupado en precaverse de rapaces, pájaros de menos fuste como abubillas o urracas y hasta de meloncillos o alguna timorata gineta, es manjar popular en los bosques. Ni sus toscos élitros, ni la intimidante erección de su cuerno impiden que sea una presa fácil. Constante y parsimonioso, inofensivo y sentimental, Escarabajo Rinoceronte se lamenta en su intimidad inasequible de que no se le facultara con las habilidades de otros insectos. Ah, Creador, qué crueldad la tuya, con qué desprecio me urdiste, susurra cuando se oculta en los troncos carcomidos de los árboles. Es inútil que sea la criatura más poderosa de la naturaleza, continúa. En tu bondad infinita me has agasajado con recia coraza, pero me alimenta la savia de los tallos y algunos frutos. Me pongo a salvo, en lo que puedo, no niego que escarbo con diligencia, pero no exhibo el coraje de otras criaturas tuyas. Necesito poco, no preciso ingestas masivas. Quizá esa frugalidad mía ha marcado mi endeble carácter. En las noches más oscuras, cuando el cielo es una bóveda infinita, medito sobre mi condición terrena. Toda la posible prosperidad de mi especie reside en la cobardía de nuestra ánimo. Tampoco soy hermoso. También ahí fuiste ruin. En lo demás, ocupo mi existencia en vagar sin rumbo. Mi vientre arrastra tierra húmeda y excrementos. Mi corazón es tierno como un pétalo de gardenia. De noche, cuando me muevo con más confianza, lo escucho crujir. Más que latir, cruje. Parece a punto de derrumbarse, pero prosigue su burda melodía. En el Egipto Antiguo se me atribuyó la creación del Universo. No es algo que me quite el sueño.

Dietario 5

 La certeza diminuta de que el tiempo se adelgaza y la sospecha de que incluso puede llegar a detenerse. Todavía me fascina la soledad de los parques. Vendrían a ser una especie de útero perfecto en el que uno puede perderse sin que nadie le aturda con conversaciones mínimas. En cierto modo en el parque todos nos convertimos en seres anónimos y perfectos. Da igual que pase alguien a quien conoces. Hay una especie de júbilo botánico, clausurado y fiable. Sabes que no se va a acercar. Un saludo quizá. Una inclinación de la cabeza. Un gesto con las cejas. En parques he leído muchísimo. He escrito muchísimo. Me he enterado de cómo va el mundo o de cómo voy yo, lo cual es casi lo mismo. He contemplado (entre la fascinación, el estupor y el arrobo plástico) los juegos de los niños, los arrumacos galantes de los adolescentes, los paseos de los viejos y, sobre todo, mi propia paz, ese reducto insobornable de quietud sin desperfecto, de karma civil y público. En un paseo nocturno en Praga, solo y feliz, sentí que la dulzura del tiempo me concernía como a veces nos incumben su desazón o su fiereza. He vuelto a ese parque en ocasiones, sin ir de verdad . El tráfago de la realidad rescinde ahí cualquier atisbo de vértigo. Los parques son lo contrario a la velocidad.

4.1.21

Dietario 4

 “Ahora bien, de todas las cosas mencionadas, lo que contribuye de manera más directa a hacernos felices es la jovialidad del ánimo: pues esta buena cualidad se recompensa a sí misma”

Arthur Schopenhauer


Dibucedario 2021 / 4 / Dragón


 

Contra la idea de que el dragón es criatura de índole fantástica está la que lo adhiere al rigor de lo real, ya que cuenta con la virtud de mutar en cualquier otra especie con la que trabe alguna afinidad moral, por irrelevante o fugaz que sea. Es fama que fue un dios en los tiempos en que los dioses eran reprobados por el hombre, aunque se ganó el afecto de emperadores y sacerdotes y encontró un altar en los templos. Hay menciones que lo describen con una cabeza humana. El agua en la que concedía aliviar su sed tornaba veneno, por lo que se le confinó en el sueño de una de las meretrices del palacio en donde, por temor a que se extraviara y causara el caos, había sido recluido. Cuando se le atribuyen cualidades humanas, el dragón torna en siniestro su acostumbrado plácido gesto y se deleita en hacer que arda el aire en el que lo ensalzan. Abundante narrativa heroica advierte que es inmortal, aunque se le pueda dar muerte con la prosperidad del acero. Una vez que su corazón se detiene, el cielo se quiebra en nubes, censura la luz y, en esa oscuridad anterior al tiempo y al espacio, susurra en un sortilegio una palabra que lo anima. Hay quien entiende que todas estas leyendas son intrascendentes y únicamente ocupan los miedos de los niños. Es privilegio de algunos poetas escuchar su voz cuando alguien deja este mundo y su alma comienza a abandonar el cuerpo. No siendo transcribible su idioma, se cree que encomiendan al espíritu del finado que vague por la tierra convertido en caballo o en rana o en pez de colores hasta que la fatiga de esa vida agradezca la posibilidad de morir definitivamente y no dejar huella alguna en la tierra. Los vikingos recrean un dragón en su escudo, pero no conocen la literatura ancestral de esa deidad a la que confían la salvación de su alma. Ya no abundan los dragones. Quien posee fino oído para las maquinaciones de la materia, intuyen su presencia en animales insignificantes: en insectos que se demoran en una rama de olivo, en perros que ladran cuando los baña la luna de agosto.

3.1.21

Dibucedario 2021 / 3 / Colibrí


El evangelio del aire es una manual de milagros. Un ángel vibra en la copa de los árboles. Custodia el vuelo de los pájaros. Cuando un pájaro muere, el mundo gira con una lentitud mayor. Si todos los pájaros del mundo dejaran de volar, el mundo se detendría. De ahí que el ángel observe el recado de las alas. Su criatura favorita es Colibrí. No ha dejado de batir sus alas desde que fue concebido y libó el primer néctar en la primera flor. Es especie particularmente tímida, a pesar de la apariencia dinámica que exhibe. El fervor es inmenso en Colibrí. Tiene fe en  su corazoncito. El corazón de un colibrí es la dinamo que mueve el mundo. 

2.1.21

Dibucedario 2021 / 2 / Buitre


Buitre está inapetente. Tiene el buche triste, los ojos miran con turbio ahínco, apenas avizora la fértil extensión del horizonte. Ha perdido el gusto por destripar la carne. Ni la carroña fresca lo anima. Son tiempos difíciles. A poco que se le urge, distrae la atención. Prefiere dejarse ir. Ha entrevisto la belleza de la muerte en sí mismo, no en la providencia de los páramos, cuando la vida declina y Buitre huele la desazón de la materia, su corrupta verosimilitud de manjar. Es de naturaleza metafísica su desencanto. Es el primero en su especie que desatiende el rigor del hambre. Cuando vuela, en ese esplendor del aire, ejecuta una coreografía absurda. Diríase que, más que avistar la muerte ajena, elige dónde escenificar la suya. Otros congéneres lo cercan. Han olido la rendición. Se relamen con la cercanía del ágape.

Refiere Cornelius de Fontaine en su Summa Teológica que el buitre fue expulsado de la cohorte de criaturas celestiales porque quiso emular a Dios y se atrevió a conversar con Él acerca de la eternidad y de la fugacidad de los apetitos. A Prometeo le devoró el hígado un buitre. Cada día, una parte. Cada bocado, un pedazo de su alma.
Así Buitre se deja comer el hígado y el alma y piensa en Zeus y en Prometeo mientras paladea la visión limpia del paraíso y sueña con ángeles negros.

Dietario 2

 La realidad existe porque creemos en ella. La fe es el aliento que mueve su maquinaria hermosa e impredecible, la que percibimos y la que no. Fe en que llueva y en que luzca primorosamente el sol. Fe en la niebla y en el frío. Hay que creer en los paisajes y en las palabras. Cuando bajamos la guardia y perdemos esa primorosa irrupción de las metáforas trastabilla el ánimo, se desentona y adquiere el temblor de lo inexacto o lo perturbado. Hoy el día se ha entenebrecido. La niebla es una república de lobos. Aúllan a lo lejos. Qué desatino su lamento. Qué imposible desquicio el de su abandono. Los lobos existen porque creemos en ellos.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...