31.3.16
Un retrato
Fernando Oliva hizo este cuadro en el que, en sus palabras, estaba yo. Ignoro si continúo dentro. Los años borran y los años manipulan el texto de los recuerdos, el vocabulario exacto con el que levantamos el júbilo de los gozos compartidos, pero el cuadro de mi amigo sigue en la pared. Lo sigo viendo a diario. Hay días en que no reparo en lo que muestra. Otros, sin que nada en especial me fuerce, lo miro con calma, me esmero en buscar en los dibujos, en la críptica caligrafía de su genio de hombre renacentista, mi propia esencia. Carezco de los instrumentos para hurgar en la trama de símbolos como debiera. En algunas cosas me encuentro y me siento a gusto. En la noche, en los libros, en las notas musicales, pero hay asuntos que se escapan a mi gobierno y entonces es cuando echo en falta a mi amigo Fernando. Le llamaré un día. Le diré que venga a verlo. Ubrique tampoco está tan lejos. Mapas que coartan a veces el normal desempeño de nuestras inclinaciones afectivas.
El hoy tan lento y el ayer tan breve...
La edad es siempre cosa de otros. A veces no se tienen conciencia de que todos esos años que han pasado sean propiedad de uno. Parecen ajenos. Que sean veinte o (yo mañana) cincuenta es de verdad irrelevante. Siempre tiene uno toda la vida por delante. Luego está la ocurrencia de Borges sobre cómo es posible que te preocupe el infinito futuro si perdiste el infinito pasado. Uno avanza en edad sin que intervenga voluntad ajena. Hay días largos que parecen vidas enteras. Días que ocupan la extensión de muchos, en todo caso. No habrá nada mañana que me distinga de quien hoy es un día más joven. En cambio, toda esa suma de días elementales y precisos, compactados en años, hacen asequible la idea de que envejecemos y de que las cosas no son igual y ni uno mismo tiene parecido a quien fue un año antes. El tiempo, mirado con distanciamiento, es un pasatiempo burgués, una especie de salida de tono que buenamente puede pecar de frívola o de patética. Lo de cumplir años acarrea festejos que a veces no deseamos: se acatan porque en el fondo agrada que los demás ocupen un pequeño tiempo en nosotros, y nos echen el brazo al hombro o nos besen o nos abracen o nos digan lo viejos que somos y lo trágicamente veloz que es el tiempo cuando lo descuidamos. Tengo un amigo (pongamos J.) al que le irrita de modo extraordinario dar las gracias continuamente y explicar lo bien o lo mal que se siente y las ganas que tiene de que los cumplan otros y así volver a no estar en mitad de todo, expuesto a ser besado, abrazado, inevitablemente conminado a manifestar su estado de ánimo. A A.B., sin embargo, le parece el mejor día del año. Lo planea con cuidado, organiza con el mayor de los esmeros las cosas que va a hacer o con quién lo festejará. A.B. sufre más que J., en el fondo. Hacer planes siempre es malo. Suelen malograrse. Es mejor que el azar lo impregne todo. No es el que sea lo que Dios quiera, pero se le parece mucho. Hoy ya me han deseado que mañana sea un día feliz. Yo agradezco de corazón esas efusiones sentimentales. Ya sabe uno contentarse con poco y aprecia los detalles pequeños, lo que los que nos quieren improvisan para hacernos ver lo cerca que estamos de ellos. Uno desea amar mucho y que lo amen mucho también, pero en esa trama de novela romántica siempre faltan episodios, escenas de fuste, frases hermosas. Todos albergamos el mismo tierno sentimiento. La gente dura reprime manifestarlo. Los blandos lo aireamos sin pensarlo mucho. Hoy no ha sido el mejor de los días, no, no lo fue; tampoco fue uno malo de los que se recuerdan con tristeza. La idea es ir aprovisionándose de una colección variada de opciones. Los días grises, los rojos, los que huelen a lluvia, los sinfónicos, los aburridos, los de la lujuria, los que hacen que vivir sea un vals. No sé si mañana (una vez que todo amaine) tendré algo más que comentar sobre este irrelevante asunto. Lo que sí es cierto es que nunca voy a cumplir cincuenta años de nuevo. Mi amigo Antonio (a Antonio se le nombra abiertamente) dice que tenemos que celebrarlo. Hoy me ha insistido (él insiste mejor que nadie) en aplazar los festejos y encontrar un día para que yo pague unas cañas.
29.3.16
Árboles
Cosas que han dejado de estar de moda
Constato a diario que se tiene menos educación o que ser educado no es importante o que la buena educación (incluso la buena) está mal considerada. No es nada nuevo. La cultura no tiene el predicamento de antes. Acepto que nunca tuvo uno verdaderamente considerable, pero el de ahora es sencillamente insostenible. Se mira con asombro (con escepticismo, con reprobación a veces) a quien en un bar, en un apartado, despacha la lectura de una novela, en soledad, apurando un café. Se da por hecho que lee porque no tiene otra cosa de más interés que hacer. Se acepta que leer es una de esas cosas que se hacen cuando no hay otra mejor. Sigue produciendo un cierto tipo de fascinación el que, en televisión, en uno de esos concursos de preguntas y respuestas, lo sabe todo, maneja con soltura todas las materias, responde convincentemente o exhibe un dominio incuestionable. A lo sumo, nosotros balbuceamos unas pocas respuestas, nos creamos la ilusión de que toda esa enorme cantidad de conocimientos (conocimientos mensurables, registrables) no le van a hacer más feliz. Es la felicidad de lo que se habla. De la posible felicidad que la cultura pueda producir en quienes la manejan, en si la educación (los modales, el civismo, las buenas maneras, en definitiva) podrían conciliar nuestra efímera existencia con la comunidad, con la cercana, con la otra, la global, la que de alguna forma no deja de rodearnos e influirnos,
Efímero
Lo que no cuaja, todo cuanto no dura, las imágenes, lo que recordamos de las imágenes, lo que después nos hace pensar en ellas, en las palabras que usamos para contarlas, en el tiempo que duró ese contarlas.
William Blake
Me desperté anoche y conecté la radio. Esa intimidad de las palabras dichas al oído (tengo unos buenos cascos, de los pequeños) y la oscuridad que cierne hacen que uno se esmera en lo que se le cuenta. Hablaban de William Blake. No sé si escuché mucho o poco o si lo escuchado trascendió y lo tengo ahí alojado, perdido en algún lugar de mi memoria, o si podría extraerlo de alguna manera y contármelo de nuevo, como si yo dispusiera la posibilidad de confiárselo a otro. Hablaron de que el infierno no existe para Blake, pero nombraron demonios y luego (merced al sueño) hice que el propio William Blake ingresase en mis fantasías y se batiese en un extraño duelo con todos ellos. Me desperté hoy feliz, pese a todo. Recordé a Blake y me cercioré (en cuanto buenamente pude) de que de verdad fue Blake del que hablaron en la emisora. El Blake alto del primer Borges o el que vino más tarde, ya solo, sin la tutela de Borges, en un campo hace muchos veranos. Podcasts que hacen que la escritura (incluso la que no tiene sostén alguno) fluya. De eso (creo) se trata.
Barney Kessel
Fue en casa de la novia de un primo mío. De eso hace mucho tiempo, pero podría decir qué año, si lo pienso en detalle. No importa la fecha, ni siquiera que fuese una casa u otra, una novia de un primo o lo que fuese, pero no creo que se desvanezca la imagen de un disco de Barney Kessel, un tipo de cara poco o nada agraciado, lejos de los modelos al uso, que se exhibía con su guitarra, en un fondo negro. He buscado esa portada y creo haber dado con ella, pero no estoy seguro, no podría estarlo. Sonó completo. Primero una cara. Luego la otra. Años después me deslumbró el jazz y adquirí discos del propio Kessel o de Joe Pass o de Wes Montgomery, que son (siguen siendo) los principales guitarras del género, a mi (modesto) alcance. No he vuelto a escuchar a Kessel como entonces. Hay veces en que las primeras veces son en realidad las únicas.
Barney Kessel
Fue en casa de la novia de un primo mío. De eso hace mucho tiempo, pero podría decir qué año, si lo pienso en detalle. No importa la fecha, ni siquiera que fuese una casa u otra, una novia de un primo o lo que fuese, pero no creo que se desvanezca la imagen de un disco de Barney Kessel, un tipo de cara poco o nada agraciado, lejos de los modelos al uso, que se exhibía con su guitarra, en un fondo negro. He buscado esa portada y creo haber dado con ella, pero no estoy seguro, no podría estarlo. Sonó completo. Primero una cara. Luego la otra. Años después me deslumbró el jazz y adquirí discos del propio Kessel o de Joe Pass o de Wes Montgomery, que son (siguen siendo) los principales guitarras del género, a mi (modesto) alcance. No he vuelto a escuchar a Kessel como entonces. Hay veces en que las primeras veces son en realidad las únicas.
26.3.16
El silencio
Lugares que no se entienden en silencio. Podemos no considerar el abandono, pero aguzamos el oído, afinamos el cuerpo entero por si un sonido, da igual que leve, restituye la armonía, la certeza de que no todo está perdido. Las luces, encendidas, alertan de que algo puede suceder. Hay que estar ahí. Todo lo que nos conmueve proviene del asombro.
25.3.16
Europa
Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro.
Jorge Luis Borges, Los teólogos
22.3.16
Los libros de bolsillo de Alianza cumplen 50 años. (Y yo también)
El problema principal es que no se lee. De ahí, de esa evidencia fundacional, provienen casi todos las demás. Al no leer, no se avanza. España es un país que lee muy poco. España es un país en donde la cultura ha sido siempre una cosa de gente rara. Hay una idea mamada desde muy abajo de que lo culto está reñido con lo práctico, con lo que se saca a diario a la calle para ganarse el pan con el sudor de la frente. Qué daño ha hecho ese refrán. Debería ganarnos el pan con el trabajo de las neuronas en la cabeza, pero a eso no se le ha inventado un refrán. Uno bueno, de los de contar en el bar, mientras despachamos una cerveza a mediodía o con el que hacer ver a los hijos lo dura que es la vida y lo caro que es todo.
Lo de leer mal (como el otro día un intelectual de las letras decía en una entrevista radiofónica) no es consignable en este argumentario. Carece de importancia que alguien se siente y se meta Kierkeegaard o Mishima o el teatro breve de los Álvarez Quintero. Recuerdo abuelos de otra época leyendo en los parques novelitas de Marcial Lafuente Estefanía o de Clark Carrados o de Joseph Berna. El hecho de leer es lo que hace que los pueblos se entiendan y conquisten el futuro. Esta semana se cumplen cincuenta años del nacimiento de la colección de libros de bolsillo de Alianza Editorial. También yo cumplo cincuenta. Es curioso que mi iniciación lectora verdadera (la que me deslumbró, la que me hizo sentirme integrado en el mundo) provenga de estos libros. Se han publicado más de dos mil (según leo hoy en prensa) de estos libros de bolsillo. Ahora (ay) los libros de bolsillo van en epub o en mobi. Son otros tiempos. No hay abuelos en los parques que lean novelitas de cien páginas. O los hay y soy yo el que no los percibe, no sé. Ahí descubrí Rayuela, El Aleph, El guardián entre el centeno, La isla del tesoro, la poesía de Benedetti, Así habló Zaratustra y hasta el Necronomicón.
Lo de leer mal (como el otro día un intelectual de las letras decía en una entrevista radiofónica) no es consignable en este argumentario. Carece de importancia que alguien se siente y se meta Kierkeegaard o Mishima o el teatro breve de los Álvarez Quintero. Recuerdo abuelos de otra época leyendo en los parques novelitas de Marcial Lafuente Estefanía o de Clark Carrados o de Joseph Berna. El hecho de leer es lo que hace que los pueblos se entiendan y conquisten el futuro. Esta semana se cumplen cincuenta años del nacimiento de la colección de libros de bolsillo de Alianza Editorial. También yo cumplo cincuenta. Es curioso que mi iniciación lectora verdadera (la que me deslumbró, la que me hizo sentirme integrado en el mundo) provenga de estos libros. Se han publicado más de dos mil (según leo hoy en prensa) de estos libros de bolsillo. Ahora (ay) los libros de bolsillo van en epub o en mobi. Son otros tiempos. No hay abuelos en los parques que lean novelitas de cien páginas. O los hay y soy yo el que no los percibe, no sé. Ahí descubrí Rayuela, El Aleph, El guardián entre el centeno, La isla del tesoro, la poesía de Benedetti, Así habló Zaratustra y hasta el Necronomicón.
17.3.16
Unos pasos a lo Hitch
Rehuso la cordura en cuanto puedo. No la aparto del todo, todavía no he llegado a ese estado de bendita locura en el que la realidad es algo accesorio. Tengo los pies en el suelo, pero a veces echo en falta que eleven un poco de vuelo, no mucho, el necesario, el que hace que vivir no sea un contrato firmado, un escrupuloso inventario de cosas a las que se les debe el máximo respeto. Cuando los pies se ponen traviesos es cuando comienza la diversión. Aprecio esa especie de ebriedad gobernable en la que uno decide no seguir las reglas y hace el ganso con absoluto desparpajo. Hay pocas cosas que satisfagan más que hacer lo que a uno le plazca. Está bien escandalizar un poco, sin extremismos. Salirse del guión, no hacer lo que se espera que hagamos. De mí, a diario, se espera que haga muchas cosas, y me esfuerzo en cumplir, en no menoscabar la confianza depositada. Alguna, creo, se me habrá confiado. A lo que aspiro, en lo que me esmero, es en no perder la voluntad de tomarme completamente en broma, no tener nada razonablemente serio. Decía Benedetti (creo) que no es la felicidad lo que más importa, sino la alegría. Estar alegres por encima de todo. Construir después lo que haga falta construir, pero partir de la alegría. No sé si Coelho, con el que compito en psicología barata, habrá formulado alguna máxima elocuente, de las que se ponen en post-its en los frigoríficos. Hitchcock, al que acudo por segunda vez consecutiva en esta semana, se marca unos pasos al salir del set de trabajo. Habrá que aplicarse, hacer los pasos como Hitchcock, ver si sirve, si alivia a quien lo hace o a quien lo mira.
15.3.16
Alfred Hitchcock habla con Janet Leigh...
Alfred:
Lo que te voy a contar no debe asustarte. A todas las demás les asustó mucho. Se fueron y no han vuelto, pero tú eres especial, se ve sin prestar ni siquiera mucha atención que no eres fácilmente impresionable. Lo peor es ver venir el cuchillo. Cuando lo tengas cerca, no sabrás si es una ficción o la realidad lo que te rodea. La idea es que pienses en todo momento que te lo van a clavar. Una vez me corté en la cocina. Era un cuchillo pequeño comparado con éste. A mi mujer casi le sobreviene una lipotimia al ver la sangre manar del dedo. El tajo no dejó de manar durante una hora. Creí que me moría. A la sangre se le tiene poco respeto. Yo hago que nadie la vea, pero amenace con llenar la pantalla. A la mujer, la que blande el cuchillo, no le des más importancia. Es una pobre mujer. Tiene una parte de mujer y otra de hombre. Es una dualidad, querida. La parte de hombre es un hijo que no supo soportar la muerte de la madre. La parte de mujer es la que no supo educar al hijo. Es la educación lo que hace que el mundo gire bien o gire mal. En mi opinión, gire muy mal. No creo que haya girado bien en todos los años que dicen que tiene. A lo mejor cuando Dios lo puso en mitad del universo hizo un par de giros decentes, pero luego se envenenó. Hasta hoy. Si pisas la calle, nada más poner un pie en la acera, te darás cuenta de lo que digo. Piensa un poco, no debes darle mucho tiempo. Todos están locos. La cordura se quedó en uno de esos giros irregulares. Por eso hago películas. Son mi manera de enseñar al mundo lo terriblemente desviado que está. La gente se sienta en la butaca, deja caer la cabeza hacia atrás, desentumece el cuerpo y piensa en que durante dos horas yo le voy a contar una historia. El mundo, en esas dos horas, es la historia que yo les cuente. La que estamos grabando es de un hijo un poco zumbado, tú me entiendes. Si no estuviera zumbado, no tendría a la madre en el sótano, muerta. Es un poco siniestro todo lo que te cuento. En realidad la vida es la que es siniestra, querida. Se tiene de ella la visión equivocada, la visión amorosa, yo te quiero, tú me quieres, todas esas frivolidades de los corazones empalagosos, pero afuera manda el miedo, manda no saber si un coche te va a embestir cuando cruces la calle o si unos maleantes te van a poner una navaja en el cuello para desvalijar tu bolsillo. Lo del cuchillo es lo de menos. Cuando la cortina se abra, tengo una música estupenda. La he pedido a conciencia. Lo que he escuchado me ha parecido soberbio. Es la muerte misma la que suena cuando descorren las cortinas de la bañera y estás tú, desnuda. Luego te mueres. He pensado muchas veces en cómo hacerte morir. La muerte que me satisface no me dejan grabarla. Son unos cabrones, permíteme la salida de tono. Llevo toda la vida censurando mi talento. No se lo he dicho a nadie, pero ya que vas a morir está bien que tú lo sepas y que yo me desahogue. Las otras, las que se fueron cuando les conté la historia del cuchillo, las cortinas y todo eso, no llegaron a esta parte. Te la cuento a ti, luego no vayas a ir por ahí aireando mis confidencias. Les amedrentó que yo hablara de cuchillos y de cortinas que se abren y de tipos vestidos de madres que tienen un cuchillo en la mano y suena una música salida del mismo infierno y luego la sangre. Así que estoy feliz, lo estoy de un modo que hace tiempo que no siento. Me gusta que aceptes que mueras. Más vale saber que te van a mandar al otro barrio cuando la película lleva veinte minutos. No he encontrado ninguna estrella, las rubias son las estrellas que me gustan más, que desee el papel que ahora tú disfrutas. Ahora vamos, vamos a la ducha, quítate la ropa, no te sientas mal, deja que yo planee cómo montar la escena. Lo principal es que te sientas cómoda en el papel. La ropa, déjala ahí. No, nadie te va a ver desnuda. Ni mucho menos. No lo aceptaría mi educación ni la censura. Así que ahora que nadie está pendiente, acércate, ven, no te demores. Pronto vendrán todos. Te voy a contar cómo irá todo. Buscaré un cuchillo, aunque el cuchillo es lo de menos. De verdad que no, que no te hará daño. Es todo muy impostado. Quítate la ropa, no te importe. Somos dos profesionales. Se hará todo con la delicadeza habitual. La cámara registrará la parte necesaria de tu cuerpo para que todo sea creíble. Debemos hacer las cosas creíbles. Empecemos ahora, no tardemos. Te aseguro que la escena dará que hablar. Al final pondremos una doble. Ya la tenemos contratada. Se parece a ti en todo, aunque tú das más en pecho.
Janet:
Sí, lo que tú digas. (Qué miedo me das, gordo de mierda)
11.3.16
Decir no, acuartelarse, esgrimirlo de modo que nada lo quiebre ni le haga flaquear o hundirse. El no como una bandera a pesar de que ninguna nos entusiasme. No a lo que ofende y a lo que duele, pero también a veces un no circunstancial, no demasiado relevante, ni crucial. El no entonces como un modo de disuasión. Decir no sin ahondar en el porqué. No que cierra lo que promete abrirse. No vetusto, no primario. No porque es más fácil. Siempre exige menos la oclusión. La misma palabra (no) requiere un esfuerzo fonético mínimo. Se dice con una facilidad pasmosa. Después de dicha, el no vibra en el aire, se expande, adquiere un volumen que no esperaba ni quien lo formula. El no ahuyentado todo lo que lo circunda y trata de recomponerlo. No con ínfulas de un no mayor a veces. No verdadero, no hipnótico. No para que los demás sepan lo convencido que se está. El mundo funciona más negando que afirmando. Avanzar (en ocasiones) es un prodigio, un logro meritorio, un milagro tal vez. El no se prestigia también. Su contrario (el débil sí) se retira, permanece alerta, pero no plantea la batalla de antaño. El no ha hecho bien su trabajo. Es porque se está mejor negando, dicen los negadores. Negar es no involucrarse, se niega para no responder. Afirmar siempre es abrir una puerta. Están mejor cerradas. Es más confortable que no entre nadie. Ni que salga. Estamos lo que estamos. Que nadie vaya a venir ahora cambiando.
10.3.16
Europe's living a celebration...
Hambrunas, pandemias, palabras
Hoy escuché hambruna. Me sonó violenta, sonaba como un disparo. No es una de esas palabras que pasan desapercibidas y excede la frivolidad con la que a veces despachamos ésa otra, hambre, con la que tratamos ocasionalmente y que no solemos tomar en serio. La hambruna es otra cosa. La padecen la gente que no saludamos en la calle, ni la que nos acompaña en las terrazas, en los bares, en la puerta de los colegios. Se tiene de la hambruna una idea escandalosa, compleja, con la que no podemos hacer otra cosa que teorizar, como yo hago ahora, si me permiten. Se habla de lo malo porque no nos afecta o lo hace tangencialmente, de rondón, cuando comemos en la cocina y el telediario informa de que un país la sufre, la hambruna, y enferman o mueren sus ciudadanos. Se colige de esa incontingencia que no son ni ciudadanos. De serlo de verdad no habría hambruna que los exterminase. La escasez generalizada de alimentos, lo que dice la RAE que es hambruna, no debería ser admitida en ninguna sociedad en la que convivan en armonía, en paz. Admitiéndose, a lo visto, sólo tenemos que lamentar el bárbaro mundo en el que decimos convivir. Hace tiempo que en la escuela cuento la misma historia: la de que es el azar el que nos hace nacer en un país como el nuestro (con sus vicios, con sus grietas, con sus pecados) en lugar de otro. Pueblos ésos, los que no prosperan, los que les devasta el hambre o la sed o las guerras, que figuran entre los pandémicos. Son muy curiosas las palabras. Hambruna, pandemia. La una está incrustada en la otra de modo que no es posible concebirlas separadamente.
Schengen ya no mola
La novedad introducida por las políticas tóxicas que imperan ahora es que las hambrunas (o las pandemias) no suceden lejos de donde vivimos. Las tenemos a las puertas, están a punto de entrar en casa, y cree uno que el asunto de la hospitalidad con quienes las padecen se está convirtiendo en un tema de Estado que nadie quiere. Políticas incapaces de mancomunarse a la búsqueda de una solución que frene (o anule) esta riada de refugiados. Duele (si cabe duele más) al reconocer que es el hipotético país de acogida el que, pudiendo, declina o se resuelve inhábil en la mediación del conflicto o en su solucion. Europa (hoy más que nunca) debe afinar su carácter integrador, esa especie de salvaguarda moral que se le atribuye. O será que no es depositaria de ningún bien ancestral. Que no fue en Europa donde nació la cultura. Es eso, la cultura, la que se está desmoronando. Desprestigiando incluso. Es la incultura (entendida así) la que malogra la posibilidad de que los pueblos no rivalicen, no se masacren, no decidan exterminarse o sacrificarse. Repatriar emigrantes, argumentando que la casa está llena o que son maleantes - los habrá, sin duda - quienes se cuelan - no resuelve el problema, aunque lo aparta, lo aleja de las calles familiares, lo reduce a un par de minutos (cinco si la cosa es grave) en los telediarios de la noche. El argumento de que sean legales o ilegales sólo introduce un matiz administrativo, ineludible, por supuesto. Queda en la administración, en su eficacia, que entren, se eternicen en la frontera o sean ordenada y convenientemente repudiados, devueltos a casa, de donde no querríamos que hubiesen salido. Queda que se organice la forma en que todo sea una vecindad multicultural, que no es asunto de fácil encaje. Sólo hay que ver el panorama, advertir los rotos de ese pespunte idílico en el que los distintos se abrazan y conviven.
Adenda / Antielogio del mercado
El mal es el mercado. El mal es invisible; por anónimo, por mediático, es invisible. Se cierran las fronteras para que la casa no se llene. En el fondo, a conveniencia de la moral de cada uno, pero incontestablemente, no existe una casa preparada a fondo para que abastezca a quienes la habitan de nuevas. Lo de aquí cabemos todos o no cabe ni Dios, cantado por la izquierda progre y por los cantautores de la transición, viene a ser lo mismo, es cierto a medias. Como no caben es sin haber elaborado un modo de que quepan. Es en eso, en la falta de ideas, en la imposibilidad teórica (primero) de que todos se integren y colaboren y reviertan en la sociedad que los ampara y en la imposibilidad práctica (después) de que exista una oferta real de trabajo con la que puedan subsistir, medrar tal vez, sin que las (flacas) arcas de los Estados los alimenten. Todo es cosa de que los mercados funcionen. Las guerras las dirigen los mercados. Las hambrunas las crean los mercados. Las pandemias las crean los mercados. El mercado, el gran gobernante, el que dice y espera que, al decir, escuchen, escuchemos. El mercado, cuando se pone bruto, funciona sin respeto a sus asalariados. Los humilla, los pervierte, los jibariza. El mercado, cuando se pone serio, se tambalea, deja de ser mercado, no funciona como mercado, termina por defraudar y no cumplir con lo que se le encomendó. El mercado es el mar que se cobra las vidas de los que van en las pateras. El mercado no tiene las obligaciones que sí tienen los países miembros de la Unión Europea. Visto así, el mercado parece una cosa extraña, una cosa etérea de poco o ningún asiento con lo real. Como si lo real le afectase y le doliese.
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