17.8.23

Elogio de los músicos de Júpiter

 Es virtuoso quien sublima una disciplina y ejerce una influencia en quienes se afanan por adquirirla. También hay virtuosos invisibles, ajenos a regentar cualquier iniciativa pedagógica, ensimismados en el manejo de la virtud a la que han doblegado. Algunos prescinden de la emoción puramente estética y se consagran casi litúrgicamente a la restitución mecánica de su don. Privilegiaban la técnica al sentimiento, la cabeza al corazón. Los casos en que ambas manifestaciones de ese talento comparecen juntas son escasas. Pareciera que la técnica más depurada, su extremo absoluto, prefiera deshacerse de la claridad y extraviarse en el alambique de la perfección. Tal vez sea esa la razón por la que mi amor por la música de Jimi Hendrix tenga sus altibajos y, en ocasiones, no siempre y no exageradamente, se me haga difícil entrar en esa comunión absoluta con el genio. El milagro del jazz no me produce ese malestar. A quienes no les gusta, suelen aducir, en su descargo, que no lo entienden, que esas diabluras de los músicos con sus instrumentos les causan cansancio o, más trágicamente, que no extraen nada que pueda ser ni remotamente parecido a cualquier emoción en la que participe la belleza. Quizá sea precisa cierta instrucción, una cierta didáctica. A Louis Armstrong, el gran embajador del jazz, el bebop de Charlie Parker le parecía ruido. No entendía que esa cacofonía armónica pudiera ser confundida con la música amable (vertiginosa a veces, sentimental otras) que él practicaba. Le dolía (lo expresó con contundencia muchas veces) que ese engendro entusiasmara al mismo público que le adoraba. El bebop era disonancia desinhibida. Un periodista del circuito del jazz al que tampoco le agradaba aquella revolución dijo del nuevo género que le recordaba una tienda de porcelana durante un terremoto. El virtuosismo queda en un marasmo de instrumentos que rivalizan en digresiones, en infinitas volutas de humo, en atentados contra la más elemental norma pentatónica. Un amigo se expresó de parecida manera cuando un día en casa dejé de fondo un disco de John Coltrane. Cuando ya no pudo más, condescendió a sincerarse y recurrió al chiste al preguntarme si no tendría algo de la música que se hace en Júpiter. 

El jazz, cuando se extravía en arabescos, en excursos de veinte minutos alrededor de una melodía que, ora se coge, ora se abandona, puede parecer una evidencia de que hay vida inteligente en el espacio exterior. Uno abre sus orejas al cosmos y deja que le invada. Su evangelio es cósmico, preternatural, emanado de alguna divinidad tímida o muy rudimentaria que ha otorgado su talento a un mortal para que difunda su mensaje. El propio Coltrane tenía algo de organismo extraterrestre. Su música era una invitación al recogimiento; su obra, un salmo. El virtuosismo tiene algo de ecumenismo: fomentaba una unidad de todos las creencias, pretendía que primara la elocuencia de la música, su universalidad. Se confería de técnica al modo en que un arquitecto, al planear sus edificaciones, prevé las embestidas de la adversidad, se precave contra la austera inocencia del tiempo. Hendrix, en los escasos cuatro años en que ejerció de mesías de la guitarra eléctrica, revolucionándola, desde su bautizo en la Inglaterra del asombrado Clapton hasta que se tragó su propio vómito en un hotel de Londres, quiso hacer perder protagonismo a su instrumento, desprenderlo de la quincalla virtuosa, haciendo que ganara la rendición suntuosa de la mera música. 

Elogio de la nieve en la pintura holandesa del siglo XVI



Los cazadores en la nieve, Pieter Brueghel el Viejo, 1565.


 Habrá cien maneras de decir nieve. Alguna será nieve tan sólo, pero las demás cuentan para quien no ve siempre la misma nieve cuando la nieve ocurre. 

Será la nieve de su niñez la que vuelve o la de un cuadro holandés que hubo en casa o la nieve pensada en la eclosión de la luz absoluta en el rigor del verano. 

Se tiene de la nieve una apropiación siempre relativa, que no cuadra con el hecho objetivo de que todos esos pequeños cristalitos de hielo se precipiten desde el altivo cielo y blanqueen la tierra y triunfe el invierno en el corazón del que mira. 

La nieve es lentitud y clausura, rumor en la inminencia de la muerte. 

La nieve es silencio puro. Nada la aparte de su oficio quieto, como de fantasma o de catedral o de gacela muerta. 

Digo nieve y digo pájaro trenzando de volutas el aire frío. 

La nieve escribe un palimpsesto de lujuria antigua, pero el poeta se frota las manos, tiembla como un niño recién arrojado al mundo, como un dios súbitamente expulsado de los cielos y sentado en la mesa del hombre. 

La nieve es siempre una cosa de la infancia. 

Se embriaga el pulso de pureza y no da con las palabras: todas flaquean, ninguna conviene a la formulación invisible del paisaje. 

Humilde, la nieve prospera en la memoria. 

A su manera, antojadiza y perfecta, troca en lágrima o en nube. 

Si cierro los ojos, veo la nieve infinita de todos los cuadros holandeses en todas las casas en la que ya no vivimos. 

Muda, la nieve desangela el primor de la mañana. 

Mis pulmones están tomados por la nieve. Mi cuerpo vive en plena glaciación cuaternaria y mi corazón es un témpano de piedra blanca que pugna por acallar el tumulto de la sangre. 

La nieve es bucólica y se cuenta con adorno pastoril. 

Es la serenidad del ánimo y la brusca revelación de las tinieblas.

Todos los pintores holandeses del siglo XVI aman la nieve. Con ella adornaron las paredes de las casas suntuosas con motivos felices, no los severos cristianos, los de las figuras de santos que sufren la dureza de la carne y la fragilidad del espíritu. 

La nieve es también un secreto fiel a sí mismo, invariablemente confinado en el milagro del aire cuando se resuelve pájaro y tirita porque hace frío. 






15.8.23

Elogio del calambur

Para Antonio Linares Sánchez, in memoriam

Hay juegos de palabras imbatibles. Muchos de los chistes que nos agradan se basan en el artificio de trocar unas por otras con la que tienen afinidades fonéticas: se agrupan adrede las sílabas de una frase para que contravengan el sentido que da su orden natural. Son los calambures, exótico vocablo en su rendición singular y plural. Recuerdo a un maestro contarme que el calambur más hilarante que recordaba era de Quevedo al presentarse ante la reina Mariana de Austria, a la sazón segunda esposa de Felipe IV, coja de nacimiento, con una flor en cada mano y decirle con lúdica osadía: "Entre la rosa y el clavel, su majestad es-coja". Góngora, añado yo, tras informarme, se despachó a sus anchas en la famosa burla que tiene como protagonista a Leandro (que muere ahogado) y Hero (arrojada a las rocas tras reconocer su óbito): "Murieron como dos huevos: él pasado por agua y ella, estrellada". También el que lanza contra Lope de Vega cuando descubre que ha hecho "versos adversos" contra él y procedió al habitual acoso (ahora le llamaríamos bullying si anduviéramos en el plano laboral) con el calambur y la antanaclasis como estiletes: ".. mas si yo vuelvo mi pico, / con el pico de mis versos / a ese Lopico lo pico". La comicidad del calambur, cuando se cuida y extrema su fiereza, puede ser deliciosamente hermosa. Es la belleza de la homofonía con su tímido (o severo) juego de pensar en las palabras y no únicamente en lo que dicen. 

De la familia de los equívocos, próspera en el inventario de la retórica, el calambur es la sublimación del doble sentido, que recurre a la experiencia del que escucha para escenificar un acto nuevo en el que las palabras renuncian a su significado y tantean otros que recurren, sin importar el orden, al sentido metafórico, a la paronimia (su amorosa eufonía), a la polisemia (tan rico el español en ella). a la ironía (uno de los recursos retóricos más crueles) y la homonimia (iguales significantes, diferentes significados). Me agrada la teoría que sitúa su origen en la composición de la expresión italiana "calamo burlare", que viene a ser "burlarse con la pluma". Otra sitúa este artefacto retórico en la corte de Luis XVI y se atribuiría al conde alemán de Kalemburg, embajador de Westfalia, al cometer continuos errores de pronunciación en su manejo del francés. En todo caso, el calambur es un sencillo o complejo equívoco de orden fonético que produce una alteración semántica. El primer calambur al que probablemente se accede es la adivinanza "Oro parece, plata no es; el que no lo sepa, un tonto es". Su mecanismo de seducción es infantil. Es un calambur in absentia: se birla un término y se da encriptado o convenidamente oculto. Así proceden la mayoría de las adivinanzas. Luego hay otros que precisan un afinamiento sensible mayor. Vuelvo al Príncipe de las Tinieblas cuando versifica así: "y tahúres muy desnudos / con dados ganan condados". Huidobro, más anárquico, dijo adiós a Dios. Gloria Fuertes, más juguetona, afincando su dardo en la parte femenina de la divinidad, escribió: "¡Oh diosa odiosa!". También, casi barrocamente: "Lo mejor de la herida / es nuestra amiga la vida, / la que con vida convida".

Los calambures a los que les tengo más cariño proceden de un estupendo programa de humor radiofónico llevado por Gomaespuma, que escuchaba antañazo, como le gustaba decir a Francisco Umbral. Les gustaba a los dos cómicos armar nombres y apellidos para sus ficticios corresponsales de hilaridad asegurada al fragmentar su inventario de sílabas y recomponerlas fonéticamente. Ahí estaban Francisco Lorín Colorado, Ernesto Mate Ensalsa, Armando Esteban Quito, Luis Ricardo Borriquero, Carmelo Cotón o Aitor Tilla, que ahora recuerde. Sin ser calambur estricto, los lingüistas no faltos de razón me reprenderán el uso, ideé un sencillo juego de palabras que me ha dado siempre pingües resultados en la escuela: “cuando la ballena tiene hambre se llama Bavacía” Eso les digo a mis alumnos casi sin haber fallado algún curso desde que me recuerdo como maestro. Algunos ríen y buscan ballenas nuevas con las que entretenerse y asombrarme, que para eso soy su maestro y entienden que es bueno ese exceso; otros, los menos, piden que repitas el acertijo (ellos suelen llamarlo así) y se enojan mucho si no dan con la llave que los abre. Ayer escuché en uno de esos podcasts a los que uno tiene afición un calambur que me hizo perder el sueño que andaba (era tarde) buscando: jugaba con el sepulcro y con la pulcritud, como si morir no fuese ya algo definitivamente ajeno a la higiene o a su ausencia: "Sé pulcro / sepulcro". También uno antiguo, que usaba mi amigo Antonio Linares cuando entraba en uno de sus habituales delirios etílicos: "Bebiendo vino... y bebiendo se fue". Ya no está con nosotros. Este texto, no sólo por venir de su amigo Emilio, le habría encantado. 



14.8.23

Elogio de los tropos




A veces a una parte se le atribuyen las virtudes del todo. Como una suerte de panteísmo en el que lo pequeño contiene la totalidad, donde cada pieza exhibe su vocación de engarce o de pura manifestación de todas las demás y se ayunta con ellas y las hace propias. Como si en el ojo de la mosca perviviera cualquier ojo y en él se congregara la misma urdimbre del hecho de mirar. Como si un verso compendiara toda la poesía. Como si en un blues del delta pudiera entreverse un adagio sinfónico. Como si la ola, al deshacerse en la orilla, no desatendiera su naturaleza de ola y regresara con empeño a su condición. En un territorio más pedestre, en cualquier disciplina moral o científica o literaria, se otorgaría rango mayor a lo que, en apariencia, no lo tuviera. Cuando se dice que alguien tiene bocas que alimentar o que debe ganarse el pan de cada día se magnifican la boca y el pan, que cobran la potestad simbólica de la metáfora. No es una boca particular, sino el hombre en sí mismo, representado por ella. Ni tampoco el pan es una hogaza sencilla, sino la suprema matriz de lo que, al ingerirse, nos alimenta. La sustancia reemplaza a su envoltorio. Así son los tropos también engalanan el decir. La metonimia, la hipérbole, la metáfora o la alegoría son idiomas de lo invisible, alfabetos de lo arcano y, sin embargo, verosímil, confiado a la traducción universal. Cuando se dice que España ha ganado en tal o cual competición deportiva se colige que es el país entero el que ha ganado, aunque haya quien no sepa de la victoria o quien, más ásperamente, hasta ni se interese. Se quintaesencia ese todo para que resuene la plenitud de una parte. La labor de quien maneja esos tropos es dar cuenta de esa experiencia metafórica para que cierto ideal poético cunda, condescienda a que se le maneje y dé de sí (con rimbombancia, con colmo de ahínco) cuanto haga posible la eclosión de los primores más nobles de la lengua, que es ante todo, más que herramienta de entendimiento, pilar de consensos. Si se dice que un museo tiene un Rembrandt (metonimia) o que la balanza es la representación idónea de la justicia (símbolo) o que yo vaya que corte hacia las sesenta primaveras (sinécdoque) o que el corazón se nos parta cuando nos hieren (metáfora) o que devoremos el cine de nuestro director favorito (hipérbole) o que París sea la Ciudad de la Luz (antonomasia), estamos ejerciendo de poetas, sin que se tenga conciencia de que los recursos usados contengan poesía alguna, en muchas ocasiones. Hay quien se expresa con esa pompa y tiene propiedad y conciencia de su manejo. Quien entiende que lo que está arriba también está debajo. El orden superior (el del cielo, volviendo a la teología) es espejo del inferior (o viceversa) en una concordancia que ya aparece en Platón y que ha ido mutando en el trasegar del pensamiento humano hasta ahora. Se echa en falta esa comunión entre el hombre y la naturaleza, que los cabalistas expresaban en la feliz idea de que el hombre es espejos del universo. Con todo, es el lenguaje la argamasa con la que todas esas similitudes prosperan en el imaginario  común. Este principio de correspondencia surte de inspiración a los poetas, que son los sacerdotes de esta eucaristía verbal. La luz tiene su misterio dentro. El cielo está siempre a medio hacer. La palabra continúa su pesquisa celestial. Como es arriba es abajo. Lo que barrunta el espíritu concierne al cuerpo. Lo que pulsa en el sencillo corazón de una hormiga se manifiesta en la música secreta del cosmos. Querría el ánimo lírico que estas cosas fuesen ciertas, pero importa escasamente que puedan no serlo. En el contar su trasiego de metáforas sucede el tiempo, se avitualla de luz la luz y vibra, entusiasmado, el pecho del hombre. Cuenta uno con estas distracciones para rechazar lo epistémico y abrazar con fuerza lo etéreo. 


13.8.23

A cascoporro


El cascoporro es en el Moliner una especie de "gazpacho hecho con pimiento y tomate". En su origen culinario, a falta de potenciadores del sabor (la industria química no tenía el predicamento actual), al gazpacho se le añadían higadillos majados en un mortero, casquería grosera que sublimaba la sensación de plenitud gustativa. También era un pisto y, con toda probabilidad, la acuñación mantenía la misma raíz gastronómica. Hay hasta un regusto a morro, a careta, a patas, a sesos, a lengua y a callos cuando se pronuncia. La mutación del sustantivo a locución adverbial modal, viniendo a significar lo abundante, a mansalva, a saco, a manta, a mansalva, cuanto concurre con colmo, similar a lo que se produce "a mansalva" o "a porrillo", no está documentada a entera satisfacción de quien exige una etimología o una trazabilidad semántica. En todas las acepciones, coloquiales ellas, extraídas del vulgo decir, prevalece la idea de una cantidad suficiente o excesiva, a veces tumultuosa, ejercida a conciencia, sin discreción. Pareja a esta, la expresión "a calca porra", de donde puede proceder, la recoge Juan del Enzina en uno de los villancicos incluidos en su Cancionero de Palacio, rendido a la consideración de los Reyes Católicos. Dice así: "Hoy comamos y bebamos / y cantemos y holguemos, / que mañana ayunaremos. / Honremos a tan buen santo / porque en hambre nos acorra. / Comamos a calca porra, / que mañana hay gran quebranto."

A veces se escribe a cascoporro. Es una literatura no contenida en su envoltorio formal, tiende a no comedirse, a extenderse y hasta desentenderse del cometido que se le encomendara. Además, contiene crudeza, exceso, esa sublimación de lo estentóreo o de lo que, al pujar, hace ceder las costuras que lo ciernen. Hay lectores ubérrimos también. Se dan con feliz frecuencia, logran el milagro de que los días se alarguen cuando desobedecen a la realidad y se guarecen en la que encuentran en los libros. También hay quien censura ese vicio, no yo. Si fui alguna vez lector voraz, debió concurrir en mí esa felicidad privada, enemiga a veces de la vigilia y de sus primores, que no ha sido mantenida, unas veces a mi pesar y otras, por cordura, por estricto sentido de la convivencia con los demás, a mi entero disfrute. El letraherido es una especie feroz. Su dieta es léxica, sintáctica, paralingüística. Escribe y lee (cantando y holgando) por si el ayuno lo ocupa mañana. No sabemos a qué santo honra o si es el hambre lo que lo acorra, pero de seguro que se entregará sin desmayo, a calca porra, a cascoporro, conjurado y abastecido de esa fe sencilla de quien tan sólo avanza y a todo le da atención y con todo cree estar alimentando su espíritu, no vaya a ser que un gran quebranto lo abata mañana y no tenga con qué sanar su desolación. 

12.8.23

Elogio del acróstico

 La vida es un acróstico y a veces se resuelve a su retórica manera al reemplazar  el significado del todo por la combinación de algunas partes que, leídas con la obediencia aprendida, respetada su consigna vertical, informan de un fragmento de lo real, no su compleja sustancia, sino un hilo tierno o brusco al que el azar nos empuja y que gobierna la línea entera. Hay días en que puede levantarse uno con el empeño torcido y de ahí provenir todos los males que concurran en su transcurso. También días espléndidos por haber sido iniciados con una dicha o un episodio alegre o pleno en bondad. Hay salmos bíblicos que cuentan con el acróstico para formular una palabra o una frase a la que, por ese procedimiento lúdico, se le da una relevancia mayor, si no toda la relevancia, como si el resto de la composición dependiese enteramente de la interpretación de ese mensaje velado o como si se transcribiera un saber oculto, ofrecido a quien sepa traducir su engaño. 

El cielo para quien lo sabe

Al ojo sólo le incumbe ver, ese anhelo es su único propósito. Lo que lo mirado ahonde no es cosa suya, hasta se declara inhábil para procesar las imágenes, que serán meras herramientas para que su oficio no caiga en el desánimo y todo se difumine o acabe cegado. También el corazón desoye las instrucciones de la razón y se encomienda únicamente el trasiego de la sangre, que es flujo lírico, un poema invisible, el cielo para quien lo sabe. No cae en ese desánimo el corazón: persevera con absoluto afán, se desautoriza a la desobediencia, tan sólo percute, percute y canta. Como un salmo en mitad de la noche. 

11.8.23

Elogio de la antanaclasis

 El don del don es una antanaclasis. También la clásica máxima de Pascal del corazón teniendo razones que la razón desconoce. Más que por figura retórica, la antanaclasis pasaría por enfermedad de la sangre o por alguna manifestación de la deriva continental, pero se mantiene para designar la repetición de una palabra dentro de una frase, con función y hasta significado diferentes o con el mismo, enfatizado por esa redundancia léxica. De San Mateo, haciendo hablar a Jesucristo, proviene una antológica: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia. Su dilogía sostiene que una rosa puede no ser rosa o que no hay quien se corte en la corte o que una cara se puede hacer cara de ver. Joaquín Sabina, que sabe un rato de marear las palabras y sacarles un jugo inédito, dice en Contigo: "Y morirme contigo si te matas / Y matarme contigo si te mueres / Porque el amor cuando no muere mata / Porque amores que matan nunca mueren". La antanaclasis persevera hasta que despierta la atención del que escuche o del que lee. Recuerdo un maestro del instituto que nos reprendía cuando en un examen abusábamos de ciertas palabras, colocadas en el texto a corta distancia unas de otras, como si se careciera de reemplazo para ellas o nuestro vocabulario fuese de una cortedad grosera, ambas cosas en ignorante comandita. Éramos, en boca de Cervantes en su Quijote, la razón de la sinrazón que a la razón se hace, de tal manera que la razón enflaquece, pero no lo sabíamos. El fértil ingenio hace que tras la fallida cura acuda el cura o, con escasa finura, que el amor dura lo que dura dura. Se recurre a esta figura con sencilla frecuencia. Una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, hemos leído muchas veces. Lo escribió Gertrude Stein. La rosa es ella misma con fractalidad, con recursiva intención, con infinita vocación de perseverar. Lo deliberadamente reiterativo es deliberadamente preciso, eso también lo sabía Stein. Con todo, la construcción de la convivencia lingüística está continuamente en ciernes y cuenta la repetición para que consolide su discurso. Yo mismo digo las mismas cosas muchas veces e incurro en bucles, en tipologías reincidentes, en trazos diafóricos, en persistencias de lo real en lo real. 

10.8.23

El tenebrismo invariablemente desangela un paisaje

 

Pensar en partir hace que estar dure más. El tiempo es una sustancia absolutamente mudable. No tiene principios. Carece por completo de la rigidez con la que en ocasiones lo imaginamos. 

9.8.23

Elogio del bustrófedon

La lectura y la escritura heredan de la tradición grecolatina el avance de izquierda a derecha y, una vez se ha alcanzado el final de la línea, se produce el salto absurdo de comenzar la siguiente de la misma manera. Se leería más aprisa si canceláramos ese artificio y el vector de las letras y de los fonemas trazara una especie de trayecto en el que el ojo no interrumpe la línea y prosigue de manera natural, no forzada a depositar la mirada en un lugar del texto opuesto absolutamente. De prosperar este modo de lectoescritura, el ojo no haría la cabriola de buscar un nuevo punto de partida, sino que fluiría más armónicamente. El utópico sistema de lectura total consistiría en una línea que no se descabalgara de su senda cuando sobrevenga el fin del espacio impuesto por el tamaño de la hoja en la que se lee, pero los problemas, más que ópticos, serían de otra índole, no siendo este texto el que desenvuelva esa madeja imposible. 

Rosseau censuraba este tipo de escritura, llamada bustrófeda, al privilegiar al lector sobre el mismo escritor: la mano se fatigaría menos desanclándose al ocupar el inicio de la línea inferior que continuando en el final de esa línea, aunque esté más cerca de la última posición que ocupó. Uno es levógiro y luego dextrógiro por imperativos meramente logísticos, podríamos decir. Vamos a la derecha y volvemos a la izquierda como el buey cuando se le conmine a arar y dibuja los surcos en la tierra. De hecho, es el significado de "bustrófedon" o hecho palabra aguda (bustrofedón) para comodidad fonética, nacido del griego antiguo: "al modo del giro del buey". Habría más sabiduría en el proceder del labriego que en la de la los sabios doctores de la antigüedad y su dictamen sobre cómo tendríamos que leer, aunque si hubiesen elegido el bustrófedon tendrían que habernos instruido en el feliz y juguetón arte del palíndromo, puesto que escribir la línea par precisaría que se transcribiera trocando el orden natural de las letras. He dicho natural. Tal vez esa naturalidad no sea sino una convención. No hay naturalidad en la restitución de lo escrito o de lo leído, sino patrones consensuados, senderos marcados por los que la palabra se justifica y establece su campo de influencia. 

Lo bustrofédico es una frivolidad de la que se extrae una enseñanza meramente lúdica. No tienen estos juegos mayor enjundia que la mera transcripción, una distracción paleológica. El buey griego se asocia en el vocblo a un sufijo (strophe) que da la estrofa literaria. Su raíz indoeuropea significa "dar vueltas". El lenguaje es un bucle. Nosotros decidimos qué camino tomar, cuál desechar. La ludolingüística es, más que nada, un desafío, una tentativa de potencia verbal, un juego en el que ganan todos los que participan. Se puede probar la eficacia lectora de la figura aludida con los primeros cuatro versos del poema de Antonio Machado, que quedaría así:

Al olmo viejo, hendido por el rayo,
odirdop datim us ne y,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
odilas nah saveun sajoh sanugla.

Los hermeneutas gozarán con la deconstrucción gramatical o semántica, pero el común hablante, si entra en la propuesta, tendrá disfrute similar, descubrirá que las palabras son herramientas y podemos manejarlas con instrucciones nuevas. Aquellos odres albergarán vinos nuevos para que la experiencia de la ingesta varíe. El viciado registro de la comunicación se refrescaría, haría que la dificultad no espantase o que nos cuestionemos de continuo la legitimidad del uso de las palabras y aceptáramos el atrevimiento de interrogar su a veces inamovible (casi arrogante) dignidad antigua. El lenguaje será subversivo o no será, aunque estas incursiones en la diversión no cancelen el imperio de la norma y dejen que se crea única divinidad de este cielo maravilloso. 


Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...