8.8.23

El vampiro educado

Indexar es un verbo traicionero, puede contar lo que otro no haría. Si te indexan, hay una delación, alguien ofrece de ti lo más privado al escrutinio frívolo de los demás, hurgan en el marasmo de bits que hay debajo de la pantalla en la que deambulas, como un bosque del que buscaras la salida, como un laberinto del que trazaras un mapa. El sustantivo cómplice es algoritmo. Miradme, aquí estoy, os ofrezco mis vicios, mi pereza, mis secretos, todas mis esperanzas, podrías decir. No importa que no exista un consentimiento explícito por tu parte a que se airee lo que hiciste o lo que dejaste de hacer o que sea relevante o falto de absoluto interés lo que publicaste. Tampoco si te hace más grande o si te hunde. La máquina no tiene compasión. Se contenta con exhibirte y ni siquiera se queda para contemplar su obra. No está entre sus muchos oficios ni la piedad ni el pudor.  Los motores de búsqueda se limitan a oler y a seguir el olor hasta que den con la presa. Tú eres la presa. Yo soy la presa. Y es posible que no podamos culparla de nada que nosotros mismos no hayamos fomentado. Esto mismo que escribo dejará de pertenecerme en el momento en que lo publique y lo estés leyendo. Si arremeto contra la autoridad, queda registrado. Si no arremeto, también. Si me declaro justicialista, amigo de los desvalidos, enconado activista contra los gobiernos del mundo, seré todo eso para los restos de un modo inapelable y, sobre todo, fragmentario y torpe. Porque nadie va a leer toda la novela de tu vida. Solo querrán los trozos que les convienen, los episodios en donde la carne está más a la vista. Ni derecho al olvido ni al borrado. La casa está abierta y puede entrar quien le plazca. Todo lo que opines podrá usado en tu contra. Todo lo que seas podrá ser usado en tu contra. Todo a lo que civilizadamente te inclines o a lo que amorosamente ofrezcas tu simpatía se te podrá atravesar, incomodando a quienes no se inclinaron o a quienes no simpatizan. 

Estamos viviendo una época en la cual, la gente sensata, culta y bien educada debe hablar menos para no ofender a los brutos, ignorantes e incivilizados, que además, en lugar de ser humildes, son soberbios, agresivos e irrespetuosos. Lo dejó escrito Jaime Bayly y me lo manda hoy (motivos hay siempre) mi amigo Pedro. En el fondo, se trata de un problema novelístico. Interesa toda la trama. Que no haya nada tuyo que no pueda ser compartido y convertido en material narrativo. Es la pobreza de la cultura que impera la que agita estas cosas. Que hablar importune, da igual que lo hagas con mesura y uses las palabras correctas. Alguien se ofenderá, alguien se dará por aludido, alguien te señalará. Yo, tan voyeur y tan cotilla, me entretengo con la ficción de la literatura. Es la literatura la que me provee de vidas ajenas. Soy el vampiro educado. El que se cuela en la casa abierta de los libros, pero el google no es un libro, es otra cosa que excede mi limitada capacidad de análisis. Lo que no tiene google es culpa de este destrozo ético. No deja de ser un rastreador apocalíptico, uno de esos artilugios que no deja un mosquito vivo en el dormitorio en pleno verano. Su hoja de ruta no entiende de privacidades. Si lo has dejado caer, ya no es tuyo. Si tuviste la temeraria idea de que deseabas compartirlo, no podrás echarte atrás. Los datos no te los protege ni Dios en sus nubes. Dios no entiende si las libertades prevalecen sobre la privacidad. Los jueces, en sus despachos, ahí andan. Pensando. Haciendo de dioses en lo suyo. Convirtiéndose en lectores de una novela farragosa, fea en el fondo. Por lo pronto, este texto, que leerán los amigos y los casuales, me va a retratar, dirá de mí lo que quizá no considere enteramente mío. No tendré derecho. Será de todos. Estará expuesto sin que yo pueda gobernar su alcance. Te indexan, te hacen binario, te convierten en un vector, en un objeto mercantil. Porque esa es la instrucción secreta: hacernos objeto de consumo. 

7.8.23

Palabras más, palabras menos

 Yo creo que se puede deambular sin rumbo o callar la boca o ver con los propios ojos o volar por los aires o tener una propia opinión personal porque hay quien deambula a sabiendas del destino y quien calla con gestos o quien ve con la mirada ajena o quien vuela sin levantar un pie del suelo o quien confía en la opinión personal de los demás. El pleonasmo es una figura retórica útil, a poco que se piense. Tiene su predicamento y su mala fama pareja. La información que añade a la ya consignada puede contener un interés mayor que la principal, una pieza clave, oculta, que sólo algunos traducen. Aunque la economía del lenguaje prefiera a veces la elipsis, los hablantes tendemos juguetona o inconscientemente a la perogrullada, que es la declaración de lo obvio, cierta insistencia en remachar lo ya clavado, pero tal vez esa perseverancia no elucida una necedad en quien la dice, sino un anhelo de estilo, una especie de recurso narrativo para que lo dicho se expanda con más lúdico vuelo. Se va por donde se puede y por donde no se puede no se va es una afirmación magnífica. Las posibilidades que da a quien de verdad escucha son extensas. La primera es la de hacer pensar que algo se oculta en lo que, en apariencia, no requiere elucidación mayor que la primeriza y cabal, la de que la verdad no puede mentir y, además, es cierta. En política, abundan las perogrulladas. Hemos escuchado tantas recientemente que ya ni les prestamos atención. Todo lo que está muy visto no asombra, dejó escrito Aleixandre. Dicen los políticos lo obvio y lo apuntalan con colmo para que el exceso en su nomenclatura evite caer en la cuenta de lo que expresa. Es la virtud de lo superfluo vestido de grandilocuencia, es la constatación de la vacuidad de la hipotaxis, es la elongación de lo que no precisa nada más que contención, es la claridad disimulada o rebajada con gran aparato sintáctico. 

A pie de calle, el pleonasmo, la perogrullada o cualquier manifestación de la redundancia funciona mal: quien escucha la canción, prescinde de la melodía, tan sólo aprecia el ruido, la parte menos noble de la música. Hoy escuché a alguien en la cola del súper formular su intranquilidad por la deriva de la situación política con encomiable gracejo: "ellos se lo guisan y ellos se lo comen, pero yo no pillo bocado", a lo que su interlocutora sobrevenida, la mujer que la antecedía en la cola de la charcutería, apostilló que "no hay bellotas para tanto cerdo", tras todo lo cual, atendiendo los parlamentos de las dos señoras, decidí participar con una media sonrisa (algún gesto aprobatorio hubo también), del que pudieron extraer mi aprobación, que rubricaron al momento con sobria elegancia y, al llevar yo poca compra, permitir que se me cobrara y no tuviese que esperar (no esperase, dicho con más desenvoltura y convicción). Con todo, el día ha ido progresando a su antojadizo capricho y las mujeres del súper no se han ido de mi cabeza. Si se lo hubieran propuesto, inconcebible eso, no habrían logrado recabar mi atención con más éxito. He tratado en vano de darle un nombre a la figura retórica (o estilística o meramente discursiva) con que me entusiasmaron. He abdicado en procurarle un lugar al que volver. Palabras que se pierden después. Gestos que no vuelven  



Elogio de la fe en las manos



Fotografía: Jesús Ruiz, Gitanito. 
Mano de Joaquín Ferrer. 
(Ellos ya lo leyeron, pero hoy es otro el texto)

Uno está hecho a sus manos, ni piensa en ellas, las usa tan sólo. La historia entera del mundo reside en el manejo que les hemos encomendado. Las del pasado eran manos fértiles, manos que explicaban en qué ocupaba el tiempo quien las hacía moverse, manos que decían más que las palabras, manos que rivalizaban con el rostro en expresar el duro o el placentero transcurrir de una vida. Siempre las manos que saludan o las que mesan una barba o se cierran para disimular o aliviar el dolor o las que se frotan para combatir el frío o arrebatadas por alguna promesa de placer. También las de las caricias, las que viajan por el cuerpo de quienes amamos y buscan y escarban y hacen que gima o que se combe. Las manos que escriban el futuro serán manos más enjutas, tendrán dedos más filamentosos, dedos pensados para que percutan una tecla o para que rocen un icono en una pantalla. Estarán menos curtidos, se apreciará menos la travesía del tiempo en ellas, como si estuviesen recién estrenadas o como si las hubiésemos sometido a un lifting de esos que están de moda y alivian la apariencia (la normalidad de la apariencia) y la rebajan del rigor de los años. En ocasiones me fijo en las manos de los demás. Las miro antes de mirar la cara o, con mayor detenimiento, los ojos o el modo de andar o la sonrisa. Me pierdo en ocasiones en la cartografía del cuerpo, en la piel, que es como una memoria de la experiencia, un testigo de lo acaecido, un medidor fiable de las emociones (las físicas, las otras) que hemos vivido.

En que lo ajeno recabe más atención que lo propio, se pierde un tiempo maravilloso que bien se podría emplear en actividades de más privado provecho. En todo caso hago que mi imaginación se descarríe y conjeturo con la posibilidad de que esas manos (o un rostro o la evidencia íntegra de un cuerpo) cuenten una historia, narren (a su modo) la rutina de su dueño, si pasea mucho o no lo hace en su absoluto, si se emplea con ternura en acariciar  o si están tensas porque amagan un golpe continuamente o han sufrido indecibles avatares, penurias que no han sabido disimular y se escapan en las arrugas, en todos esos pliegues que parecen estar siempre a punto de desgajarse de la piel que los mantiene y caer dramática o patéticamente al suelo. El juego que practico es baladí, no exige un método científico, no aporta nada, quizá únicamente bosqueja una distracción para cuando acaba el día y tan sólo apetece sentarse frente al teclado y hacer que los dedos (filamentosos o anchos, largos o menguados) bailen sobre las teclas y suene la música de las palabras, esa bendición. Ese es uno de los juegos en los que más advierto el peso que están tomando mis vicios, la dependencia que me han impuesto. Al final siempre se acaba hablando de las mismas cosas.


En una mano están todas las manos del mundo. Cualquiera, sin importar qué arrugada o tersa esté, si exhibe la tralla del tiempo o se ofrece espléndida y novicia, es la misma mano, la antigua mano que prendió el fuego o torció el cuello de una bestia o la que construyó las catedrales o se deslizó con ardor por la piel ajena. Adentro, donde la mano deja de serlo, si es que una mano pueda dejar de ser mano en alguna ocasión, está la memoria del tiempo y del espacio, está el ruido de las cosas que todavía no se han hecho, está el silencio de las cosas que todavía no se han pensado. Era entonces un mundo sin manos todavía. Es posible que en el inicio, en aquellos tiempos de zozobra cósmica y de quietud infinita, la mano no cupiese en el diseño de todo lo que estaba por venir. Era más lógico que antes de las manos, mucho antes de que se adueñaran del mundo, existiesen las piedras. Cuando pequeño, pensaba que el origen de todo estaba en las piedras, como si fuesen una emanación de la divinidad y anduvieran, huérfanas, solas, ocupando los campos y las ciudades, el fondo de los ríos y la cima misma de las cumbres. 


No sabe uno mucho de piedras, ni de manos, pero sé que a ninguna de ellas se les ha dado el mérito que tienen. Quizá no apreciamos la piedra al modo en que apreciamos las manos. Ahora mismo, mientras tecleo, observo con detalle cómo funcionan las mías.  Llevan años haciendo lo que hacen y siguen cumpliendo, aceptando lo que les ordeno, sin flaquear. Son manos dóciles, perfectas a veces, se duelen, se arquean cuando el placer las ocupa, pero no flaquean, nunca se las ve titubear, ni se esconden cuando se les exige arrimo. Una mano, cuando de verdad ceja en su brío, decae en su tarea, alerta sobre el fin de quien la posee, sobre su finiquito. De la mano, de su oficio divino, provienen todos los demás oficios. Incluso el de escribir viene de ahí. A mis alumnos les digo juguetonamente que no escribo yo cuando lleno la pizarra de palabras y de dibujos y de números: es mi mano la que escribe, ella es la que coloca las palabras y los números y los dibujos. Ella es la que decide qué palabra colocar. Vivimos de nuestras manos, da igual qué trabajo desempeñemos. Podemos usar la voz, pero es la mano la que hace gestos cuando hablamos. El ciego, el de las manos precursoras que recitó Borges el ciego, se vale de ellas para explorar el mundo. No es el mismo mundo que se ofrece a quien tiene intacta la facultad de la vista: es otro, seguro que es otro, no tiene la misma consideración sensible, no posee el mismo rango sensible. Los árboles no son siempre árboles. La luna no es siempre la luna. El azul del mar no es siempre el azul del mar. Para quien ve, no hay manera de entender qué se siente en la privación de la vista, pero no hay diferencia si son las manos las que nos faltan. En esa orfandad, carecemos de la voluntad del tacto, nos la retiran, es esa orfandad la que nos educa, con la que contamos para desentrañar la esencia de las cosas, el azar de las cosas. Recuerdo esa frase recurrente que sostiene que estamos en manos del azar. Se le ponen manos al infortunio, se le asigna el cometido de manipular, lo cual es una redundancia un poco jocosa. 

No sé qué harían las manos si no manipularan. El verbo se regodea en el sustantivo que lo conforma. O es al revés. La lengua es una trampa, las palabras son una cárcel. Las manos, da igual cuáles, todas las manos son la misma arquetípica mano, buscan quién las sostenga, sólo anhelan que alguien las registre, les dé nombradía, un lugar preeminente en el escalafón de los milagros de los que tenemos constancia. Un milagro es una metáfora, una especie de falseamiento interesado de la realidad, pero hay milagros de verdad, de los que ocurren sin que intermedie los procedimientos de la ciencia. Las manos son una evidencia de la fe. Hay manos que oran. La fe es una dádiva, no se desea, no se busca, se aloja a su antojadizo capricho, no hay instrucciones para que se impregne, lo hace o se queda al margen, en la periferia, sin que importe mucho que ande por ahí, como al acecho, avisada por si un descuido permite que se cuele y prospere su catecismo de metáforas. Tampoco sé bien fe en quién o en qué. La fe es un asunto del que se ha escrito mucho, pero nada que podamos contrastar, ni pesar en una balanza fiable. Uno tiene fe en el mundo cuando ve dos manos que se entrelazan. Los dedos ensayan su coreografía impecable y encuentran otros dedos con los que fundan un mundo y escriben una historia. A veces es de amor la historia; otras, cuando no se anudan, ni se codician a la vista o en secreto, es de miedo. El miedo a no saber, que es el miedo fundamental. O el miedo a saber y no tener nada con qué combatir esa epifanía.

Hay manos terribles, manos que aprietan más de lo que está permitido; manos que aprenden a obedecer y terminan fabricando bombas. Manos que empuñan armas. Manos que violentan mujeres. Tristes, cansadas manos que tiemblan. Una mano es una declaración de intenciones. Una mano es una catedral en el aire. Una mano es la evidencia de que estamos en el buen camino. Una mano es el mapa de la sangre que la recorre. En una mano están todas las otras manos. Ninguna queda afuera, no hay mano que no esté en esa. Las manos cumplen con entusiasmo su vocación de herramienta. Ellas construyeron el mundo. Son la parte más noble de la arquitectura de nuestro noble cuerpo, el milagro de un hacedor invisible, el prodigio de una evolución inteligente.


6.8.23

Elogio de los perros

 Hay perros que se parecen a sus dueños y dueños que se parecen a sus perros. El trato hace que se concilien los vicios de ambos. No se ha visto que un perro lea un periódico, pero algunos hacen como si pudieran. Tampoco que un dueño de perro ladre, pero algunos se esmeran y logran resultados admirables. Se tiene la idea de que un perro es el mejor amigo del hombre. Yo no he tenido perro en la vida, así que no puedo decir que alguno haya sido amigo mío, pero he visto esa amistad en los perros de los demás y aprecio la lealtad con la que se ganan el aprecio de sus dueños. Hasta la palabra dueño, usada así, entre lealtades y amistades, suena mal. Valdría más otra o ninguna en especial, pero hablamos por inercia y creamos propiedades falsas a poco que nos dejan. No sé la causa por la que no ha entrado todavía un perro en mi casa. Supongo que por imaginar que no sabría darle la atención que merece o porque no tendría un sitio apropiado para acomodarlo o por cualquier otra a la que ahora no alcanzo. Mi amigo J.A. solía decir que su perro amaba a Verdi, en particular, y el bel canto en general. También que le ponía de los nervios los ladridos del perro de su vecino. Se puede sentir ese brote colérico por un perro o por su dueño. Del animal, al menos, se tiene la certeza de que obra con más dignidad, sin que pueda comedirse o excederse según la asistencia a su discurso. De los dueños habría mucho más que decir. Algunos ni se dignan a hincar la cerviz y recoger las deposiciones de sus animales. Hay aceras intransitables, calles que pertenecen a la dejadez de algunos que pasean a sus perros y no atienden a la más mínima norma de civismo, imponiendo su libertad a la mía, impidiendo que los demás podamos caminar sin miedo a que un descuido plante nuestro zapato en una mierda que, en sentido estricto, es de su entera pertenencia, pero no es culpa del animal, cómo habría de serlo, es responsabilidad de quien decide tener un perro, que no es (insisto) un asunto fácil. En cierto modo los perros vendrían a ser miembros añadidos a la familia, no puedo entenderlo de otro modo. Por eso me irrita sobremanera quienes banalizan esa pertenencia y los maltratan de muy variadas maneras. Se tiene un perro porque uno sabe cómo cuidarlo. No hace falta que se les erice el pelo o abran los ojos o enhiesten sus orejas cuando escuchan un aria de Verdi o un pasaje sinfónico de Mahler. Tuve un amigo (ya no está con nosotros) que se afanó en conseguir que su hijo amara el blues. No sirvió que en casa se escuchara a diario, ni que el niño en cuestión acudiera en familia a conciertos. No tenemos hijos para que refrenden nuestros vicios. Lo que sí he comprobado (no una vez, sino muchas) es la manera en que muchos de esos perros domésticos, criados en casa, sacados a pasear cuando es preciso, cuidados con afecto y acostumbrados a recibir la caricia del dueño (ay, otra vez, perdonen) obedecen y saben si deben quedarse fuera o entrar, si callar cuando se requiere o ladran cuando se espera que lo hagan. Lo de colgar vídeos en facebook donde los perros hacen cosas graciosísimas no es cosa a la que yo me incline, aunque alguna vez haya esbozado una sonrisa o sentido, a veces muy adentro, que son más humanos que muchos de nosotros. Luego está el que les da dignidad mayor que a los de su propia especie. También he visto eso. Perros a los que se le conceden privilegios que ya quisieran muchos humanos. No tener uno hace que el texto sea una tentativa de texto. Como el sacerdote que habla sobre el matrimonio con magisterio y jurisprudencia. 

4.8.23

Elogio de los cromosomas masculinos

 

 «Desde entonces, el sol y la luna y las estrellas pueden seguir tranquilamente su curso, no sé si es de día o de noche, y todo el universo desaparece ante mí». 

Goethe, Las desventuras del joven Werther


En principio, a los mamíferos nos está vetada la partenogénesis, que consiste en la posibilidad de procrear sin que intermedie fecundación. Aunque sepamos que ese cortejo es química pura, seguimos reproduciendo su hermosa mecánica fluvial. Sin embargo, la prescripción de que haya varón en la comisión de la nueva vida no está en manuscrita en el genoma de algunas criaturas, que eluden comercio carnal (o cualquier otra virguería que la biología estipule para que la naturaleza prospere a su antojadizo capricho). Las hay soberanas en su perseverancia como especie y las hay inhábiles para ese milagro atentatorio (déjenme calzar el adjetivo moral) a las más elementales leyes de cierta armonía o de cierta necesidad entre los distintos. La eclosión de un ser no participa a veces de la elección de sus progenitores, también eso lo sabemos. La ciencia elude la suprema voluntad de quienes se buscan para rubricar su amor con todas las efusiones de lo carnal. La vida, en su acepción más rudimentaria, carece de poesía galante. Ni siquiera se confía a las metáforas con las que el arte ha cimentado su esplendor antiguo. Tiene la diferencia su arresto noble todavía, por fortuna. Permite la fascinación por la cópula, déjenme ahora plantar ese sustantivo deleitoso. La ciencia-ficción ha formulado instrucciones para que podamos obviar al otro y la ecuación de la existencia se despeje unívocamente. La realidad es más sutil que la ficción y hace su trabajo a destajo, censura a placer (no sé si propiamente bajo su influencia) lo inútil y reescribe sin pudor la nomenclatura de la vida  No sabremos si las hormigas o los escorpiones o las cucarachas sentirán la pequeña muerte del orgasmo, si su ayuntamiento creará un vínculo amoroso o meramente placentero, si la maquinaria del universo (ella en su etéreo fluir) tendrá esa herramienta como pilar de su incansable anhelo de futuro. La dulce agonía de ese tumulto de la carne es algo contrario a cualquier disciplina de la sobriedad. Cuando la sangre se convida de gozo, en ese momento de delirio, el mundo cobra el sentido del que carece cuando los músculos manuscriben en soledad su coreografía íntima, su danza sola. La partenogénesis no inyectará a los neurotransmisores esa descarga de endorfinas, oxitocina y serotoninas que cubrirá el cerebro de una bruma confortable y que (invariablemente) crea adicción. Su efímero alboroto no tiene nada que ver con las potestades de la saludable convocatoria del amor, aunque se exalte con más ardor si es precisamente el amor hacia el otro el que lo enarbola. La mantis religiosa tuvo descendencia sin que participara el macho de la especie. Quizá interviniera la piedad y omitiera deliberadamente de su dieta la ingesta del amante una vez cumpliera sus votos carnales. También dragones de Komodo se han replicado a sí mismos. La misma biología molecular de la mosca de la fruta ha sido transformada por científicos del Reino Unido y de los Estados Unidos para que logre reproducirse sin la injerencia del macho. Se las privó de la posibilidad de aparearse y ellas se las ingeniaron para quedarse encinta. No sé si esa hermosa expresión puede aplicarse a una mosca, ahora que lo pienso. En China han dado con la edición genética definitiva y han preñado a una ratona sin colaboración de esperma. Basta modificar la química de las hélices de ADN. El hombre no emula ahora a Dios, sino que rivaliza con la propia naturaleza, que campa a su aire. El cromosoma masculino está en entredicho en estos tiempos de zozobra genética o espiritual. El padre ha muerto. Viva el padre. 



3.8.23

Elogio del senderismo verbal

 


En un taller de escritura en el que participé, tal ve haya asistido a tres o cuatro, se propuso que escribiéramos al modo en que los músicos tocan cuando no ensayan ninguna melodía aprendida o no leen la partitura. Era un ir escribiendo, un soltar palabras. No se exigía hilo alguno, tan sólo dejarse ir, escribir sin que mediase interrupción alguna. No entonces, pero hace poco días un comentario de Alfredo J. Ramos me trajo, acuñación suya, la expresión “senderismo verbal”, preferida por él a la de “escritura automática”. Sería un “seguir la ruta que las propias palabras abren, sentidos abiertos para dejarse seducir por las impresiones del paisaje cultural y emotivo, también conceptual, que cada término abre a su alrededor, como brújulas en un campo cuántico de infinitas resonancias…” Perdí lo que hice y tengo el recuerdo de que tuve cierto pudor al leerlo. Lo tengo siempre que Cleo en público algo que haya escrito. Contrariamente a lo que pensaba, entreví cierta pureza en la lectura. No depuré, no fui hacia atrás. Corregir no fue una obligación. No suelo corregir lo que escribo en esta página. Tampoco suelo releer lo que vuelco. De hacerlo, de volver, haría esas correcciones. 


Tengo un amigo del que aprecio su sensibilidad y su metodismo que me regaña amablemente cuando le confieso mi escribir estajanovista y cinético. Dice que no le tengo respeto a mi escritura si no la mimo y le concedo la corrección. Quizá sea ésa la verdadera razón por la que mantengo esta bitácora y sigo (tantos años después de abrirla) ocupándome de ella, haciendo que no se pare. Ayer pensé en dejar de escribir un tiempo. Fragüé motivos y todos me agradaron. Esta mañana los he olvidado. No soy de leer lo que escribo, ni siquiera creo que la literatura precise ser contada en voz alta, declamada, empujada al oído como el agua en el gaznate o el aire en los pulmones. Tengo varios (muchos) textos que no poseen criterio formal  alguno. Son lo que la cabeza me iba dictando. No hay ninguna censura. Tal ve debiera haberla. En todo caso, en este texto, al ser releído ahora, se me ha ocurrido que dos frases chirriaban muchísimo. De esas que hacen que el pudor sea rubor. Lo dejo aquí. Igual mañana dejo otro. No parecen que me pertenezcan y, a su manera, ninguno que haya hecho me pertenecen más. Por no tener, ni título tiene. Es de hace mucho tiempo. Lo he encontrado y ni se me ha ocurrido releerlo. No sé qué dice. Si lo escruto, no prosperará. 


“después de todo ahí está siempre esa siniestra manía de hurgar en la memoria con objeto de rescatar algún remotísimo resto de cordura o de encanto personal o tal vez únicamente un aviso mínimo de filantropía, pero acaba uno preñado de mala leche y andar así como encabronado no conduce a nada bueno o el encanto es un complot entre la líbido y el dow jones que contradice las más elementales reglas de la diplomacia, los que acuden siempre son los vicios, apuntes bastardos de una vida tirando a crápula, un cierto abandono en las formas, noches en duermevela, blues sin complejos, todas esas sólidas buenas intenciones que al levantarnos abrazamos como maná metafísico y que luego devienen tristeza o algo que no puede ser nombrado con esa vaga fonética cómplice, algo sin lo que no sabríamos continuar, salir a las calles, mirar las tiendas, comprar el pan, leer a keats en una sala de espera de un ambulatorio, todas esas cosas sencillas sin las que no sería posible soportar este trasiego, algo vagamente parecido a uno mismo con lo que afrontamos el resto de la jornada, como borges solo le pido al señor que me permita escalar la cumbre de cada día, a borges le debo tanto que no me atrevo a pedirle nada más, por pudor sobre todo, porque ha habido días de borges sublimes, días de runas y del aleph muy adentro, salgo a la calle a primera hora de la mañana, compro el pan, miro el cielo y recito las palabras de borges poco afectadamente, como si no hubiese otra cosa que decir o como si alguien vigilara lo que hago y anotase en una libreta cómo empiezo el día, deberíamos tener un biógrafo, cada uno debería tener un biógrafo, no sé si lo ha escrito alguien antes de ahora, seguramente sí, pero todos deberíamos tener un biógrafo, uno que diese fe de los quiebros y de los voluntos, de chet baker en holanda y de los espasmos del amor a mitad de la noche, a partir de aquí el día suministra su ración de atropellos, el autobús está lleno, las calles están llenas, el ascensor está lleno, la agenda metódica y el ruido sin dobleces del reloj muerto en la muñeca, windows ocho es la caña, se trata de ir vaciando la pereza en carpetas azules que van al armario de madera de pino de la habitación de la señora de la limpieza, o se trata de ir escuchando todas las noches un disco nuevo de jazz y acostarte con la sensación de que algo hermoso se ha registrado en la memoria, al final del día queda uno amorosamente rendido y se ocupa del tic tac del estómago, esa procesionaria del rhythm and blues onomatopéyico, amorosamente rendido, me gusta decirlo así, soy un corazón al descubierto, uno que no se tiende al sol, un corazón con todas las historias bien visibles, un corazón al descubierto, un diario que se abre y cuenta los secretos, racimo opulento de uvas o la boca carnosa de la muchacha carmesí, la muchacha del pan, que en ratos libres lee a proust, lee a kavafis, lee a rimbaud, lee toda la carne ardiente de la belleza endecasílaba, la muchacha mil novecientos ochenta y cinco a la que besaste en un bar y de la que no ya recuerdas nada salvo quizá la turgencia de los pechos en tus manos nuevas, la boca rompiéndose en la boca, el olor a tabaco en el paladar como una bendición, la vuelta a casa si es que era una casa, el tiempo como el río de heráclito, heráclito mismo contigo, volviendo por la calle real de san fernando, oh amigo, tú vas por mal camino, pero los poetas estáis como cencerros, apunta en una hoja de pedidos los versos más esplendorosos, la rima mayestática, los nombres más íntimos de las cosas, tuvo un novio que la dejó a los quince, pero ahora tiene un novio a los cuarenta que la espera en un coche de segunda mano, de tercera mala mano, para besarse después con melodías de europa fm, cosas ramplonas, la rancia evidencia de que no hemos aprendido nada todavía, ella en el beso recordará pasajes de mann, pasajes de balzac, todos los pasajes líricos de la novela decimonónica, pero el novio sólo aspira a una noche de sílabas tónicas, una visión a ras de epidermis de la harina obrera, los novios son una estaca de madera apretando el pantalón vaquero, el tiempo no acaba en un abrazo, el tiempo no acaba en un abrazo, lo supo ana karenina, lo supo madame bovary, lo supieron todas las heroínas de la decadente opulencia de los palacios con alfombras y cortinas historiadas, lo dejo a riesgo de que se me olvide, la memoria es la que escribe, no yo, la memoria es la verdadera culpable, no yo, pero no podemos ir por ahí sin memoria, conociendo cada pequeña cosa por primera vez, diciendo vergel la primera vez, diciendo vírgen la primera vez, diciendo me ha gustado mucho por primera vez, las primeras veces, ah las primeras veces, se podría escribir un libro sobre las primeras veces, escribirlo del tirón con una botella de jack daniel's, con un paquete de chesterfield, en el fondo no somos unos sentimentales, crápulas y descarriados es lo que somos, unos días, crápulas, otros, descarriados, está bien la varianza, el ir y el venir de un estado a otro, días en lo que somos ambas cosas de modo formidable, ah cómo amo esos días los días felices del primer abrazo, porque al abrazo novicio le siguen una legión de abrazos invisibles, ésos probablemente sean los mejores abrazos, los que no están, los imaginados, los abrazos repetidos en un sueño o en las palabras que usamos cuando le decimos a un buen amigo que alguien nos quiso anoche y que encontramos en otro cuerpo a dios y a su flota arcangélica de alucinados, pero el tiempo es un cabrón, el cabrón del tamaño más grande, y se va muriendo el abrazo y se yendo el empeño en quererlo guardar, el abrazo muerto, como anna karenina en la página en donde descubre que la vida no vale nada, luego llega el atropello final de todas las desventuras, el final es siempre feliz, no importa que sea trágica, a veces terminar es ya una victoria, termino”


septiembre 2005

2.8.23

Plegaria

 Me pregunto qué hará Dios en lo más oscuro de la noche,

si abrazar la tiniebla es un oficio y si le gusta,

si el cielo es, a consideración suya, limpio,

y en esa blancura se esmera en la voz y habla

con más afecto a sus hijos, si no percibe el color

ni el olor de la sangre ni la advierte sus manos,

si Dios es un muerto en la noche que recita

la arenga negra de su soledad infinita,

pero no tengo palabras,

no hay con qué contar la sustancia del aire

ni mi voz tiene palabras para nombrar el asombro.


Elogio de la paternidad

Para Clodo Junior, para Clodo padre, para Paloma madre. 


A menudo los hijos se nos parecen y así nos dan la primera satisfacción. Serrat compuso una emocionada contribución a la teoría de que hemos venido a la tierra a perdurar en ella, aunque sea por delegación cromosómica. Tal vez lo haga mejor que podamos hacer que traer hijos al mundo. En el acto de la vida, la que se firma a ciegas, de la que a veces carecemos de gobierno, la que nos zarandea y nos curte sin protocolos ni esmero, la paternidad es la más noble empresa. La paternidad no tiene descansos, exige continuas revisiones, te impone la favorable certeza de no estar solo y de burlar la ominosa sensación de que puedes dejarte ir, como a veces sucede. El atributo de la paternidad acarrea esa responsabilidad, ese no mirarse uno tanto, también eso sucede con harta frecuencia. Dicho así, se antoja que no traer descendencia al mundo es una contrariedad, una falta o un roto en la armonía del espíritu: no es tal cosa. La decisión de tener hijos o de no tenerlas es soberana, insobornable, no tiene nada que hacer en esa voluntad ninguna creencia religiosa. Pero la contraria, la de traerlos, contando cuanto de ella nos postra y agota, es maravillosa. Hace que vivir merezca todavía más la pena. Quien lo probó, lo sabe, suele decirse. 


Willy Wonka, el personaje de Dahl en Charlie y la fábrica de chocolate, decía que la familia no es buen lugar para tener un ambiente creativo. Tiene su parte triste la frase, guarda cierta verdad, pero es falsa: somos familiares, es la condición primaria de la existencia, la de tener raíces y vínculos. Borges repetía (en libros y en conferencias) que los espejos y la paternidad eran abominables al duplicar la realidad. Bendita repetición. Los hijos (habrá quien discrepe, sea o no padre, los segundos con más argumentos) no son propiedad de quien los trajo al mundo. Extensión suya, más atinadamente. He visto padres extremos en el cuidado y padres desentendidos. También hijos con ese perfil extremo, del tipo que obedece sin chistar o del que a nada le da carta de obediencia. La escuela es un excelente escenario sociológico, pero no es el único. Cargan con nuestros dioses (sigo copiando la letra de la canción) y no siempre les permitimos decidir, aun a vista de equivocarse. Nosotros mismos fallamos (uso el pretérito y el presente) en la empresa de vivir como para pedirles que cumplan a satisfacción de quienes no siempre pueden o desean hacerlo. Duele la apatía de algunos padres, no que anden descaminados, ni que yerren, sino la creencia de que solo han de ocuparse de alimentarlos y vestirlos, darles techo (esa expresión es antigua) y llevarlos al médico cuando enferman. Esa es la parte operativa, no la única. Al hijo se le habla, se le enseña a pensar por cuenta propia, aunque ese escrutinio personal no coincida en ocasiones con el de uno.


Luego puede irse todo de madre (frase hecha que ensambla bien con el hilo de la reflexión) y no haber consensos ni respeto a ciertas normas absolutamente ineludibles. Mientras que estés en esta casaharás lo que yo diga, suele escucharse. Cuando seas padre, comerás huevos. Esa última la he tenido en casa, de joven, muchas veces. El huevo prometido suele salir caro a veces. Hay quien repite el patrón que se le asignó y le da ese matiz de premio o de cosa merecida. Al final, pues todos los trabajos finalizan, nos abandonan. Dejar de ser padres no sucede nunca, tampoco desvestirse del traje de hijo, pero el contrato tiene su cláusula de inicio y su finiquito. Se van, deben irse. Vendrán a vernos, nos confortará ver que les va bien y que su vida no es, en parte, cosa nuestra, asunto del que preocuparse como antaño. Ojalá sea así. Harán de padres cuando su criterio prevalezca sobre el deteriorado nuestro. Es hermoso ese ir y venir de las cosas del espíritu , ese relevo inevitable.


Adenda

El de la vida es un viaje tan extraordinario que debemos inclinar nuestra cabeza en señal de gratitud ante cualquier evidencia de su paso. Se da tan de por hecho que es nuestra que no apreciamos su prodigioso inventario, su rendición de causas y azares. La miramos poco, no atendemos a su esplendor. Hoy ha venido Clodo Junior al mundo. Es suyo. Entero. Sus padres le llevarán de la mano. 

1.8.23

Las repeticiones

 Valle-Inclán escribió que las cosas no son como las vemos sino como las recordamos. Entre lo fabulado y lo vivido a veces no existe mayor diferencia que la intensidad de esos recuerdos. Más que el árbol que vemos, ese árbol es de alguna manera cualquier árbol que hayamos visto. Un chiste, todos los chistes. Un abrazo, los abrazos. Los días se persiguen. Algunos se parecen tanto que parecen haber sido confiados a un bucle siniestro. Otros invitan a pensar que son nuevos. Leer es haber leído. Escribir es una tentativa de escribir. No llegamos a ver el árbol, ni a sentir el abrazo. La pureza ya no existe. Todo es regreso de lo que sentimos. Ayer empecé a releer los cuentos de Nabokov y lo dejé a la hora de haberlos abierto. Me resultaron los mismos. No me decían nada que no supiera. Ni una sola línea me deslumbró. La culpa no es del maestro ruso, sino mía. Yo soy el quemado, yo fui ayer el que no permitió el asombro, ni la renovación. Nabokov era el Nabokov de 1986, cuando leí Lolita por primera vez. No habrá nunca un Nabokov nuevo. Ni un árbol. Ni un abrazo. Ni un paseo por el pueblo cuando la tarde se desploma en ceniza. El calor de este verano pasa factura donde menos se lo espera uno. 

Elogio del que escucha

 Más que a quienes nos entiendan, buscar a quienes nos escuchen. Tener alguien que preste atención a las palabras y a los gestos con que vestimos las palabras y sepa, en el ruido de las que sobran, dar con las que de verdad importan. Porque es tanto lo que se dice que algo habrá por ahí adentro que sirva para que, al final, una vez se nos escuche, haya con qué entendernos, se despeje el sentido de lo que decimos. También uno mismo se encomienda traducir al otro, apartar lo que no alcanzamos y coger con las manos la parte que nuestras manos pueden coger, sin que se caiga nada, con todo el empeño del que se disponga, con la voluntad firme de que podremos abrir las manos y contemplar que nada se ha caído, que de alguna manera permanece en ellas, aunque estén vacías y saber que si sabemos abrirlas y llenarlas, por más que el peso las hunda, siempre estarán ocupadas en recibir un peso nuevo. Tal vez así vivir sea un ejercicio de contención y de despilfarro. Dar y darse, entregar y entregarse. Escribir es tener quien te escuche. No se precisa que haya una conversación fluida y se interpongan gestos y las palabras tengan su peso en el aire, pero es fluida, hay gestos y las palabras cobran volumen, a veces con más empeño que si se dicen. 

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...