7.9.22

250/365 Georges Perec

 



No siempre que veo un puzle pienso en Percival Bartlebooth ni en su padre, Georges Perec. Tampoco busco La vida instrucciones de uso y me las compongo para que vuelva a resultar igual de apetecible que cuando mis veinte años la descubrieron en un anaquel de una librería que ya no existe. Hay libros a los que no se vuelve. Concluyen de una forma tangible y definitiva. Puedes concederte la ilusoria satisfacción de que tienes la propiedad de su recuerdo, pero todos acaban diluyéndose en los recuerdos, mezclándose con ellas, adquiriendo la misma sustancia de la argamasa que los une en tu cabeza. Los reales. Los de la ficción. No hay que buscar una razón, aunque las haya y hasta se puedan inventariar y darles asiento. El hecho de recordar es ya una osadía. La memoria es un artefacto pendenciero. Hace y deshace a su antojadizo capricho. Él mismo no querría que le prestase atención. Hay autores mejores que yo, me diría. Lee a Proust o a Kafka o a Nabokov o a Mann. Yo soy un escritor sin parafernalia. Tengo de solemne lo que mi cenicero, que da cuenta del grado de negrura de mis pulmones. Prefiero apuntarme a la historia sencilla de todos esos escritores que pasan desapercibidos y no venden ni siquiera para ganarse un sustento. Eso no debe interpretarse a la ligera: si no se me leyera, no escribiría, pero no reclamo la posteridad, sino un lector que de pronto desee leer más o crea que la literatura es un bien y yo he contribuido a administrárselo. Tengo una página de la que me siento particularmente orgulloso, si me permite un punto vanidoso. La llamé Tentativas de agotar un lugar parisino. Estoy sentado en un café de la plaza Saint-Sulpice o, más azarosamente, alguien está sentado en un café de esa plaza. Mi propósito no es baladí, pero me encomiendo acometerlo como si lo fuese. Lo que pretendo es inventariar todo lo que veo, registrar cuanto se ofrece a mis sentidos. No estuve interesado en las estatuas de cuatro oradores cristianos de los que (imagino) habrá suficiente literatura. Miré lo diminuto. Lo hice porque ahí está en ocasiones lo absolutamente grande. 

Perec es un malabarista de las palabras. El secuestro, divertidísima novela, está escrita eludiendo usar la letra "e", vocal que más abunda en el francés. En España los traductores (prodigiosos ellos) omitieron la "a". Era ese empeño estrictamente lingüístico una forma de mantener a distancia a los demás, una especie de refugio. Somos las palabras que decimos, las que no. Eso debía saberlo Perec. Era en el lenguaje donde exhibía su lúdica viveza. Lector sensible hasta extremos insoportables, padecía que una novela concluyese. De algunas que acaban bien tenía la idea de que no debieran hacerlo y de las que se cerraban con absoluta desdicha la sospecha de que le afectarían a su propia vida. Un vacío se abría a sus pies. Un roto desmadejaba su cabeza. La literatura era un ejercicio de orfandad. La suya. La ajena. Para leer a Perec hay que jugar. Leer, en sí mismo, debería contener esa premisa del juego. De ahí que Percival Bartlebooth, el multimillonario protagonista de esa obra alegre que es La vida instrucciones de uso, dedique su existencia a la faraónica tarea de completar un rompecabezas y muera sin que la loca empresa finalice. Algo parecido a lo que sucede con las novelas. Algo parecido a lo que sucede con la vida. 

El don de Perec es de orden matemático. Procede casi con una festiva rigurosidad cartesiana que lo abarca todo. No rehusa cierta morosidad, que en absoluto cansa. No aburre ni se repite: su patrón constante es divertir, crear una complicidad y avanzar sin que se aprecie el volcado exhaustivo (topológico, cartográfico) del puzzle que ha construido. Es admirable su cultura. La invita a que lo pequeño o lo irrelevante (toda esa menudencia que él percibe) se restituya con las virtudes de lo grande o lo relevante. Esa riqueza narrativa no ha sido repetida. No hay nadie que escriba como él. No lo hubo. Representa un tipo de escritor singularísima, manumitido de los corsés de la literatura al uso, erigido (soberanamente) como heraldo de una imposible escuela de magos del lenguaje. OuLiPo (taller de literatura potencial) constituyó un frente revolucionario con el que amonestar la acomodaticia literatura decimonónica y los usos viciados del lenguaje. Lo frecuentaron Queneau, Calvino y el propio Perec. Se imponían retos, creaban un muestrario dispar de textos que fomentaban lo lúdico, prevaleciendo el carácter híbrido de la narración, importunando (es un decir) al lector pasivo y, en última instancia, fomentando el humor, cierta concesión a lo deliberada y juguetonamente cómico, pero sin perder la solidez de la idea, sin que en ningún momento lo escrito fuese un batiburrillo gracioso de ocurrencias, a cual más disparatada. Hay libros de Perec que no entusiasman, aunque contribuyen a su minucioso recado de escribir sobre lo que fuese que aconteciese (me vienen los eventos consuetudinarios que Queneau facturó en su maravilloso Ejercicios de estilo, tan grato en la pedagogía de la escritura en la escuela, por cierto, al menos por mi humilde parte). Es un texto de más gris lectura. Se encomienda acordarse de cosas que suceden con menos frecuencia o que ni siquiera pueden volver a observarse. Así se acuerda de la época en que Sacha Distel era guitarrista de jazz y lo expone así: "Me acuerdo de la época en la que Sacha Distel era guitarrista de jazz" o "Me acuerdo de que Warren Beatty es el hermano pequeño de Shirley McLaine". Esa oferta de realidad puede resultar cargante, pero el propósito es noble: acotar la realidad, dar por sentado que no hay nada que no merezca ser extraído de ella y reposado en el depósito fiable de la escritura. La escritura tiene la virtud de la tela de araña: atrapa, fija un cuerpo a una red a la espera de que alguien (el captor, el cazador, el lector) se apropie del cuerpo sacrificado. 


A Perec se le debe mucho. La literatura europea del siglo XX carecería de ese apresto humilde de vanguardia que en ocasiones los escritores producen para que todo comience de nuevo o para que el legado de la historia (sea eso lo que quiera que sea) no hipoteque el porvenir, todo ese futuro maravilloso en el que cuenta más innovar (retirarse de lo visto, hacer caminos por donde no parece que pudieran trazarse) que repetir un molde. Perec apabulla, está bien usado el verbo. También induce a considerar que la ternura cruza toda su producción. Se advierte esa candidez, ese ir de puntillas, como sin desear molestar, como si la descarga de lo vivido no supusiese nada trascendente, sino la constatación de que la vida sucede y alguien (otro captor, otro cazador, otro lector) se decidiese a catalogar lo no catalogable. La literatura es juego o no es nada. Perec es un padre en el patio del colegio. Una página en blanco, en sus manos, es infinita. Es un escritor absoluto, un genio con la facultad de imaginar lo que no está al alcance de otros genios, un constructor de puzles, un incansable merodeador de la vida. 


6.9.22

249/365 Richard Wagner

 



I

La sangre está hecha de vértigo y de fiebre, está gobernada por el caos, no obedece a nadie. Siempre que veo sangre, pienso en el origen del mundo, en la luz primera, en el chasquido fundacional, en el instante sublime en que surgieron el escenario, los actores y la trama de la obra. Pienso en Wagner, en la eclosión de la furia, en la templanza cuando la furia ha pronunciado su arenga, en una catedral en el mismo aire. Pienso en la voluntad de esa fuerza invisible, en la intriga de que siga avanzando, incluso me maravilla extraordinariamente el hecho de que, a decir de los que saben de estos asuntos, tenga un final. A la sangre es a la que hay que interrogar. Está dentro, en su oscuro centro, en su pulso secreto, el significado del amor y las razones del odio. Contra la sangre no hay nadie. No se puede gobernar la sangre. El mundo es una extensión, una poco fiable a veces, de la sangre izada como estandarte, cantada como himno, pronunciada como salmo. Wagner es el poeta de la sangre. Wagner es el músico del escándalo de la sangre en el cuerpo. Creo que esto lo he escrito más veces, pero es la sangre la que escribe, se replica a sí misma, se contradice y luego desdice lo contradicho. Solo por asomarse al mundo. Solo por ver cuáles son sus dominios. 


II

Antes de la luz no fueron las tinieblas. En realidad no hubo nada que el poeta o el músico registre. Nada que después los predicadores aireen en los púlpitos, cuando inventan las gestas de sus dioses y los hacen volar, como fantasmas, por el templo. Antes de que nos contaran que se hizo la luz, mucho antes, solo podemos pensar que existió la nada. Una nada rutilante, pero esquiva, de poco afecto por las consideraciones narrativas. Todo lo humano procede de esa nada primera. De ella se extraen las metáforas de los juegos florales, los gritos de la guerra, el goce de los amantes, las palabras del profeta, la fragancia de los jardines, el peso sentimental de los muertos. Toda la felicidad y toda la tristeza. El bien entero y el mal completo. La melancolía. La fugacidad. Los vientos. La locura. La lluvia. El invierno. La esperanza. Es a la nada a la que se debería rendir los homenajes del espíritu. Es ella la festejable. Todas las catedrales del mundo son, en realidad, celebraciones de esa nada fundacional, que no es exactamente un vacío, sino la esencia absoluta de lo que no es, de cuanto no ofrece ninguna evidencia de que pueda ser o de que anhele ser. Toda la música es un milagro del aire. Luego debió producirse el espasmo, la chispa primera, ese instante insensato del que procedemos. Una vez que la nada dejó de ocupar toda la extensión del espacio y toda la dimensión del tiempo, habló Zaratustra. A Wagner le fascinó esta idea. Hace unos veranos le escuché: sonaba en cien altavoces, en un esplendoroso jardín polaco y sentí que esa masa orquestal me hablaba y me pedía que la entendiera. No se me acercó Woody Allen contándome que Polonia estaba siendo invadida. 


III


Algunos de los pasajes de Wagner son la más contundente y abrumadora evidencia de que la música lo puede decir todo. Una de las influencias de esa afirmación casi catedrática se constata al escuchar toda la música que se hizo tras él. Wagner es el compositor de los momentos sublimes, un mesías con ideario antisemita (aunque entre sus amigos y defensores estuvieran los judíos alemanes Mann y Heine) que amaba por encima de todo el arte.  Fue reclutado por los bolcheviques y por los nazis: su opulencia cuadraba con los fastos, su vehemencia coral y orquestal era una banda sonora idílica para cualquier festín de la masa. Es fácil instrumentalizar sin el concurso del creador.  El cine acogió ese ímpetu melómano para subrayar el éter cósmico y las batallas medievales. Wagner fue un hombre renacentista, un artista total, una celosa divinidad que controlaba todos los aspectos de sus obras. Dramaturgo de sus óperas, supervisaba con mimo obsesivo sus creaciones, eliminando cuanto pudiera sustraer una brizna de su empeño artístico. En su afán globalizador, creó el Festival de Bayreuth para que sus dramas musicales (puesto que era un teatro levantado para la ceremonia de su música) se representaran como su cabeza los había ideado. Wagner fue el primer director de cine. Parsifal y El anillo de los Nibelungos adquirieron en el escenario la sustancia primordial del cine: la credulidad de lo falso. No soy muy de ópera. He disfrutado a Bizet, a Verdi y a Wagner. El género requiere una disciplina de la que a veces carezco. Un amigo me dijo sobre los Rolling Stones que los odió hasta que asistió a un concierto. Habrá que ver Tristán e Isolda en una sala. Escuchar el canto funerario del héroe Sigfrido es una de las cimas melómanas de este escribidor humilde e ignorante. 



5.9.22

248/365 Josep Pla




Josep Pla es una especie de Chesterton o un Montaigne del Ampurdán o un Baroja más viajado. También un cínico, un auténtico vividor para el que la escritura fue un asiento para tomar aire, registrar lo observado y continuar el recado de avituallarse de pura vida. Consta que escribió más de treinta mil páginas, lo cual hace difícil comprender si dormía o su vigilia era de un tamaño extraordinariamente elástico, no disponible por quien no dispusiera de ese ánimo suyo por abrir mucho los ojos y aplicar con diligencia el oído para que nada se le escapase. Fascina esa famélica disposición de sus sentidos, que no se contentaban con nada y solicitaban más vitualla con la que aprovisionarse. A Josep Pla le acompañó el whisky hasta que se murió. El whisky y el tabaco. No sé con qué se animaban Chesterton o Montaigne.  No es la idea de que, ebrios, van a alcanzar una creatividad mayor. No es cierto. Se escribe  por razones que ignoramos, leemos por las mismas, vivimos sin saber los porqués. Así beber o fumar. El escritor indaga solo para ofrecer su mercancía de preguntas. En esa rendición, se hice acompañar por variadas herramientas. El lector también se pertrecha de las suyas.  razona las respuestas, pero llega un momento en que únicamente las contesta si formula preguntas nuevas. Hay días grises que se animan con más días grises. Días sobrios que no rivalizan con los ebrios. En el hábito, el gris deja de ser algo incómodo. Hay días festivos que se vienen abajo si se aficiona uno en demasía a repetirlos. ¿Recuerdan eso de que a la tragedia se le adiciona el tiempo y sale una viñeta cómica? Escribir tiene algo de humorada. Por eso Pla bebió hasta que no pudo beber más. Joven todavía, escribió que era un desgraciado por no haber probado las ostras. Su competencia cosmopolita (viajó mucho) no le arrogaba la virtud de la sofisticación. Prefería el vino. Su ingesta ayudaba “a comprender el gusto eterno e inconmovible de las cosas elementales: la dulzura del fuego; la fina elipse del vuelo de un pájaro: el color de un asado; el dibujo de una hoja; el perfume de una hierba; el parpadeo lejano, frío, indiferente, de una estrella”. Se alimentaba de alcohol y nicotina y no dejó nunca de escribir sobre los apetitos, a los que no descuidaba. Su mundo era una fiesta constante, pero bastaba un pequeño descuido, del tamaño de una frase mal ensamblada o de un adjetivo torpemente arrojado a los perros, para que se desmoronara el búnker recién armado. Ahí es en donde el escritor que disfruta con lo que hace encuentra los más grandes placeres: cuando funda otra vez el mundo, en el momento en que solitariamente advierte que es un dios caprichoso y rudimentario, un demiurgo un poco cabrón si se esmera, un voyeur total al que no hay forma de corregir, un verdadero hijo de la gran puta con los ojos malos, pero feliz en su condición humana. Pla escribe con una sencillez fluida. Su español es soberbio. Menospreciado por demasiado catalán entre los españoles y por los catalanes por no ser genuinamente combativo, se condujo con habilidad para desoír a unos y a otros. Pla era más narrativo que novelístico. o probablemente tengo una vaga disposición para escribir las cosas que he visto. Mi vocación más visible es ésta". Leer a Pla (El cuaderno gris fue mi deslumbrante primer libro) es un placer absoluto. Tenía de sí mismo una opinión poco favorable. Nada de lo que escribió le hizo considerarse alguien relevante. Sabía liar pitillos, reír con campechana franqueza y calarse, como su admirado Baroja, la casi sempiterna boina. Tímido y frágil, a pesar de su cinismo y su pedantería, se desvaneció con la sensibilidad intacta. No fingió su inocencia. No se cansó jamás de entusiasmarse. Su continuo asombro es el nuestro. 

4.9.22

247/365 Gabriel Celaya

 



Yo quiero amar 

como amaba Gabriel Celaya.

Quiero extender mis brazos y tocar 

el azul mismo del cielo 

y el negro del alma.

Saber que mi amor 

vuela a lo divino. 

Que mi voz cuando canta 

convoca un esplendor 

al que no alcanza la tiniebla 

ni el estrago con el que el tiempo 

disuade a los amantes. 

En un latido único 

la sangre ocupará 

la travesía dulce de nuestros cuerpos. 

En un destello infinito 

el sol nos ungirá 

en el recado de ser tierra 

que bendice la lluvia

o de ser un solo corazón 

que tiembla y avanza.

Yo quiero amar 

como amaba Gabriel Celaya.

Quiero amar el deseo sin propósito.

Confundirme adrede 

con toda la elocuencia 

del agua cuando irrumpe. 

Con la fiereza de ser hombre

solo por la hondura de un cuerpo

que posee la secreta 

urdimbre de todos los cuerpos. 

Delira el ocupado trasegar de las palabras. 

Son del amor todas sus respiraciones. 

Es aire puro que sublima el cielo. 

Somos la limpia convocatoria de la dicha. 

Los dos somos la esperanza. 

Los amuletos


El invierno en la estapa siberiana imprime carácter. 


*


Soy insensible a la cultura nórdica, soy insensible al materialismo dialéctico, soy insensible a la música dodecafónica, soy  insensible a la mecánica cuántica, soy absolutamente insensible a todas las estridencias esdrújulas. 


*


Toda esta evidencia poco fiable de uno mismo.


*


Encontré , como Cortázar, como Vian, consuelo en Coltrane.


*


A la vida la manejan mil dolores pequeños


*


El frío desmaya perros en las avenidas de la pobreza.


*


buenos días, lector invisible, hoy todos los pájaros bendicen tu nombre.


*


El dogma se escapó del bolsillo del demiurgo.

3.9.22

246/365 David Mamet

 



David Mamet es un escritor de fondo, no aparece en los suplementos culturales con frecuencia, no desea esa notoriedad que otros escritores peores que él ansían como si ése fuese el verdadero propósito de su escritura, el de arrimarles fama. Manifiesto es un libro sobre teatro. De hecho, su título en inglés original es ése: Theatre. Pero hay más: está su amor por la ficción, su finura, sus opiniones. Mamet es un oráculo. Se lee con delectación. En algunos tramos se lee como si asistiéramos a una conferencia magistral. Una de las cosas que más me han afectado es la del trabajo. Pide al dramaturgo (por extensión a cualquiera que escriba) que se esmere en la trama. Dice que todo es eso: un buen argumento, no hay más, no debería haber mucho más. Si calzamos una buena trama, todo lo demás vendrá solo, sin que nos esforcemos en demasía. Me gusta el Mamet provocador, el que hiere adrede, el que no se arredra cuando mete el dedo en la herida y desmonta (y cómo) instituciones como Broadway o el método Stanilawski. Me gusta su escritura, que fluye con una normalidad asombrosa. Pareciera que no le cuesta trabajo. Tiene esa rara habilidad de convocar las palabras y dejar que ellas se arracimen hasta formar un bloque compacto. Se tiene la impresión de que no hay manera de expresar mejor las cosas. Escribir, corregir. He ahí el método.

»Me gusta el entretenimiento de masas. Yo mismo he escrito entretenimiento de masas. Pero es lo contrario del arte, porque la función del entretenimiento de masas es seducir y adular a los consumidores, para transmitirles la idea de que aquello que consideran cierto es realmente cierto, y que sus gustos y su gratificación inmediata son la máxima prioridad para el proveedor. La función del artista, por el contrario, es decir: ¡Un momento! Al contrario, todo lo que habíamos pensado es incorrecto. Debemos revisarlo.»

Mamet se lee en pocas sentadas. Imagino el placer de quienes aman el teatro de verdad. Yo soy un amante amateur que no finge su inocencia, ni la esconde. Mamet es pedagogía. Hace poco leí una entrevista en un suplemento dominical en el que defendía las armas y rezaba para que Dios aliviara el mal en la tierra y nos encauzara hacia el buen camino. Incluso eso me fascinó. Que no sea perfecto, que haya algo en lo que no podré estar de acuerdo.

Luego está el cine: Glengarry Glen Rose, El cartero siempre llama dos veces, Los intocables de Eliot Ness, El caso Winslow, Vania en la calle 42, State and Main, que recuerde ahora. Además escribe estupendamente. Y tiene citas antológicas. De tatuarse en el brazo son.

«La tragedia no es un canto a nuestro posible triunfo, sino a la verdad: no es victoria, sino resignación. Buena parte de su poder apaciguador proviene de nuevo de aquella consideración de Shakespeare: cuando ya no hay remedio posible, tampoco hay dolor».

Un cortejo

 El amor es siempre bossa nova. 


*


Un amor adolescente me sigue ocupando poemas.


*


El amor es oro suspendido en el aire como polen, vértigo recién libado, fruta muy mordida. 


*


Tan idéntico mi amor a un ancla en mitad de la noche, tan hermoso y tan firme.


*


Una novia que tuve solo leía prospectos de medicamentos. Cortamos cuando enfermó. 


*


Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca no es un asunto poético, no me pidas que le escriba un soneto. He pensado en tu pezón izquierdo, en el derecho, en los dos mirándome, bizqueando. Como si fuesen una brújula. Ahí alcanza mi intendencia lírica. 


*


Vino a casa anoche un coronel prusiano y me corrigió un verso muy lúbrico.


*


Bukowski debía ser un aburrido de mucho cuidado sin dos copas de más

2.9.22

245/365 Gerardo Diego

 



No es fácil ser un árbol. Se tiene que disponer de la verdad de la luz y contener la velocidad de la tierra. Cierta la voz que reclama el manso decir del aire, vuelo hecho cosecha en la orfandad de lo hondo, quise vaciar mi alma, deshacerla en un susurro que ocupara el desnudo lejano de un abrazo, pero el sueño dictaba una brisa antigua que no era mía y la vigilia era un ángel sutilísimo con el que mis manos entretenían la tarde. Tampoco es fácil mirar la danza cenital de esas nubes que no saben nada del fuego loco ni de la raíz sensata. Basta la ciega música del aire para ser árbol. Una vez que la has escuchado, en cuanto has notado su presencia alada, te escucha la tierra. Eres su heraldo. 

La constancia

La escritura es flujo y la lectura es nave.

*

El aire tiene su arquitectura, su gesto de huérfano. 

*

Esta noche no quiero a Kafka ni a Kavafis ni al Ku Klux Klan. 

*

No haber comido con ella pan con nueces en la playa cuando me enamorisqué un verano de volleyplaya y reggae tonto de Camden Town.

*

El amor alisa con los años las turgencias; el amor demora con los años las urgencias.

*

La memoria es decimonónica, folletinesca y escandalizable.

*

Este ir juntos por los escaparates sin otra certidumbre que las manos juntas y los bares abiertos. 

*

Toda la noche es cinemascope.

*

Los años a lo que nos enseñan es a respetar el humo.

1.9.22

244/365 Dennis Hopper

 


                                            Fotografía: Mary Ellen Mark

Esta fotografía está tomada antes de ser Frank Booth, ese tipo con un inhalador que lleva el odio en los ojos. Hablo de un odio puro, uno al que solo puede dar réplica en una pantalla gente a la que la vida ha zarandeado lo suficiente. David Lynch, otro perturbado, otro investigador del abismo, lo reclutó al percatarse del sesgo ido. A Dennis Hopper la vida lo curtió al modo en que se curten quienes merodean el abismo, lo miran desde arriba y terminan cayendo. La de los descensos (un abismo, el alma, el cuerpo) es  una disciplina dura a la que no se accede sin que exista una vocación. Luego está el trabajo, la aplicación en el oficio. En esa forma de vivir, amigo de pendencias tóxicas, murió tras años abnegados de sobriedad y mesura. Hopper fue ese montón de personajes que hizo, pero también la persona, la disidencia del Hollywood al que casi nunca se plegó. Brilló como director en una película sobresaliente, Easy Rider, y emuló, tras trabajar con él en Al este del edén, a James Dean. Como Yul Brinner, fue un entusiasta de la fotografía. Registró a cientos de estrellas el cine. Imagino que se dejaban atrapar por su copiosa cháchara y su natural frescura. Hizo películas infames para pagarse la vida de cocaína (la escogió por ser la droga de los reyes) y divorcios a la que siempre se inclinó. Cuando un viaje de peyote lo dejó más al borde del abismo que nunca, se recompuso. Se hizo con una más que decente de obras de arte. Las pagó con encargos mediocres, si no abiertamente malos: cambió a James Dean o Marlon Brando por Nicolas Cage. Se le desterró, nadie recordó su talento absoluto. Para ver el desempeño de lo perverso hay que contemplar a Frank Booth en Terciopelo azul aspirando el éter de la locura a través de un cilindro de gas, pero yo prefiero un papel sencillo que representa la capacidad dramática de este actor inmenso. Sucede en True romance, aquí nefastamente titulada Amor a quemarropa. Hopper es Clifford Worley. Un agente de seguridad, policía retirado, malvive en una caravana. Sabe que el mafioso que está sentado frente a él va a matarlo si no le dice el paradero de su hijo. Soy el anticristo y tengo un humor de perros, le dice. Le dice que los sicilianos (él es uno) son los mejores mentirosos del mundo. Que su padre era el mejor de todos ellos. Que ha aprendido el arte de pillar a uno. El hombre tiene diecisiete gestos faciales cuando miente; la mujer, veinte. Yo las conozco todas. Dígame dónde está su hijo, acabemos pronto, no me mienta, lo sabré, viene a decirle. Entonces es cuando Clifford, consciente de que va a morir, le dice que conoce una historia que debe contarle. No es de su hijo, ni de la maleta con droga que le ha robado al jefe del mafioso. Explica el origen negro del pueblo siciliano. "Los moros conquistaron Sicilia. Y los moros son negros". Usted es negro, señor. También su padre fue negro, y su abuelo y el abuelo de su abuelo. Si sabe encontrar a un mentiroso, sabrá que la historia será cierta. Porque no estoy mintiendo. ¿Lo estoy haciendo? Ahí el siciliano le pide a uno de sus sicarios una pistola y acribilla a Clifford. "No había matado a nadie desde 1984". Ese es el Dennis Hopper que a mí me ha hecho disfrutar. Si pienso en él, lo veo sentado en una silla de su caravana con Christopher Walken frente a él y escucho la historia de los negros que conquistaron Sicilia. La escena la había escrito Quentin Tarantino y la dirigió Tony Scott en lo que fue su última película. Es maravillosa. Dan ganas de buscarla nada más acabe de escribir y acostarme con todas esas frases zumbando en mi cabeza. 



Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...