No se apremia uno por medrar, no se obceca, no lo considera en esencia un norte sobre el que conducirse. Ni antes, cuando tal vez convenía o estaba bien visto, ni ahora, cuando la edad nos da otra manera de ver las cosas y el peso que hacemos de ellas no es tan severo, ni tan rígido. En todo caso, confiamos en el azar, en que el azar nos abra un camino y nos censure a su secreta manera otro, le dejamos al azar la escritura de ese proyecto de vida. Las veces en que se alcanza un logro relevante no es por obra exclusiva del talento o del trabajo, pensamos. El azar intercede, el azar se involucra. Y cuando fallamos, cuando no alcanzamos esa cima, pensamos que no lo desbarató nuestro escaso talento o el ineficaz trabajo, el poco constante, sino que fue el azar. Vivimos felizmente delegando todo a esa criatura falible, voluble, maravillosa a veces y lamentable y triste otras. Lo que acabo de escribir es el azar el que lo ha pensado, lo que estás leyendo es el azar el que te lo ha contado. De no ser así, cómo entender entonces que sean unas y no otras las palabras, que encajen como lo hacen, que se censuren a veces y no irrumpan alocada o ciegamente, dejando al que las dejó en una posición de evidencia, alocada y ciega también.
19.3.21
18.3.21
Dietario 77
Se tiene a veces la idea de que estamos a la deriva y no hay rumbo ni brújula. También la de que no sabemos mucho de lo que nos aguarda, aunque se barrunten trazos y se vislumbren horizontes. Hay días en que se aclara todo un poco y días en que es lo turbio lo que dicta el color y dibuja el ánimo. En la incertidumbre, uno avanza, dice las palabras con las que prosigue y prospera y vaticina a sus adentros una felicidad en ciernes, tenida antes, considerada propia al modo en que también es propiedad la tristeza o el desamparo. Vendrán días de una dulzura que ahora no se advierte (será la rutina o el cansancio), consentirá la voluntad que parezcan de otros los pesares, no nuestros, ocurrirán los prodigios y nos mirarán a la cara y tendremos propiedad sobre ellos. En la espera de esa epifanía agradece uno que anochezca. Tal que anoche. Parece que el mundo sigue ejecutando su terca coreografía, aunque lo oscuro lo preserve y no haya las mismas certezas que cuando todo lo ocupa el día. Se va la luz y el frío (el poco que queda, ya principia la primavera) cobra un peaje llevadero. Son las palabras las que impiden que todo sucumba, ellas le dan cuerda al mundo. Escribo para que todo empiece nuevamente. Me cuento las cosas y las pienso mientras las leo. Ni siquiera tengo la certeza de que sea yo quien las escribe. Amanece, que no es poco, contaba la película. La irrupción de esa luz trae una invitación a que la festejemos, aunque sea un festejo íntimo, sin la alharaca de los compartidos. Hoy es un jueves del que han dejado dicho que la curva (en la pandemia) se ha hecho meseta. Nos están agrandando el vocabulario. Es mejor que el de antes. Usamos palabras de las que no teníamos esas acepciones. Curva. Meseta. Pandemia. También está uno cansado ya de esta retahíla diaria de números y de miserias. Tampoco se puede hacer mucho contra eso, salvo salir a la calle con mascarilla y no incordiar al prójimo pasándose las instrucciones sanitarias por donde más ordinario uso se encuentre. Habrá quien todavía, a estas alturas, niegue y recele y crea que todo es una orquestación de los gobiernos en la sombra. Conspiración. Maquinaciones de los malvados invisibles. Como en las películas de Fu-Manchú. Qué tiempos. En fin. Que vaya bien el día.
17.3.21
Conciencia, sombras, fantasmas, Dios
Si no tienes tu fantasma, reclámalo, pide que te lo envíen, no pares hasta que lo tengas en casa y los dos tengáis idea de cómo es el otro. Hay gente que no tiene un fantasma propio y recurre a fantasmas prestados. Un fantasma prestado puede llevarte la contraria, hacer que equivoques el camino. Los fantasmas en propiedad no fallan jamás. Basta con tenerlos a mano, con cuidar de que estén en los momentos importantes. Si no sabes a dónde acudir, déjate llevar, no te preocupe que tarde, al final lo tendrás y ya no podrás renunciar a él. Algunos a los fantasmas les llaman sombras. Con mucha más delicadeza, quienes han recibido una educación religiosa, dicen que son ángeles y hay quien va más arriba y sostiene que es Dios y que le escucha y atiende. Nacemos con el anhelo de Dios y caminamos con su certeza o sin ella, pero nadie puede asegurar que el camino se haga en soledad o en compañía. Los descreídos, pero con pequeñas briznas de creencias por ahí, en algún fondo de alambique y sótano, dicen que es la voz de la conciencia. Se supone que todos tenemos una, pero sólo hay que salir a la calle y comprobar que esa aseveración no es enteramente cierta. Hay quien no la tiene, se ve a las claras, sólo hace falta una breve exposición. La gente sin conciencia o sin sombra o sin fantasmas o sin Dios tiene una vida de menor calidad que los que disponen de ella, da igual cómo se las llame. Conciencia, sombras, fantasma, Dios. El nombre es lo de menos. Todos los nombres carecen de importancia. A veces no es fácil reclamar un fantasma, desear con toda tu alma (el alma es otro apósito frágil, una incomodidad si no tienes las ideas claras) tener el tuyo, presumir de él, tener su abrazo y su comprensión, sentir que cuenta contigo y no podrías vivir sin sus atenciones.
Dietario 75
Esta noche sedúceme con el summertime and the living is easy, lo he dicho muchas veces. No vengas con Kafka bajo el brazo. Kafka da migraña.
El crudo invierno en la tundra siberiana debe imprimir carácter.
No sé ni quiero saber dónde está la patria, señor administrador de fincas.
El Bowie de los setenta, el del glam y el del glamour, el de las arañas de Marte, ha venido a mi fiesta. Ha dicho algo que no hemos entendido y hemos sentido una congoja en el pecho, un nudo en la misma garganta.
16.3.21
Dietario 74
La noche fabrica embelecos. Loca, la noche conquista quimeras. Ebria, sin amante que la escuche ni la siembre, la noche es un ansia de vida reposada, una guía de amor sin truncar del todo, un vértice secreto de semilla buscando un cuerpo, de palabras buscando un texto. Oh, noche de Lope de Vega; ah, la noche de mi herido San Juan, tú siempre, noche trasunto de mis días, gran noche levantada hacia mi alma, izada hacia mi alma, convertida en alimento de mi alma, yo te abrazo desde la cárcel de mi alma, sin esperanza de entrar de verdad en la tuya, privado de ese goce, empujado a la sombra, guardián suyo, secreto suyo.
14.3.21
Dietario 73
Los mejores años de nuestra vida son los de la herrumbre y la metáfora, los años confiados a la ternura, los años de los abrazos en los bares. Hoy me he enterado de que uno al que le tenía cariño va a convertirse en un banco. Ah cuántos abrazos he dado en los bares, qué nostalgia de algunos.
Tengo fe en en el futuro, no hay mejor religión que la que todo lo fía al futuro o al azar o a la conjunción de los astros. La religión es una ecuación cuya incógnita es el tiempo
13.3.21
Dietario 72
Camarada Fernando Oliva, un día acabaremos viéndonos en la cubierta blanco y negro del Potemkin. Un acceso de sentimentalismo nos arruinará todas las conversaciones preparadas. Las mías en un cuadernito rojo, las tuyas en uno arcoiris. Tiraremos los cuadernitos al mar de Barents. Brindaremos con vodka del bueno una vez, varias veces. Escribiremos una novela de cinco minutos cuando estemos bien ebrios, la leeremos en ruso, camarada Fernando Oliva, la leeremos en ruso.
12.3.21
Dietario 71
No atino a encontrar razones, quizá la falta de tiempo o tal vez no haya tenido quién me inicie, una mano inductora, un espíritu generoso, suele haberlos en ocasiones. Ellos te llevan de la mano, te abren puertas que en otro caso estarían cerradas o ni siquiera tendría forma de puerta, ni por asomo podríamos encontrarles la función de crasa y cabal puerta, pero no acaba de entrarme la mecánica cuántica y la fascinación inicial no avanza ni se posee herramienta que la inicie y luego afine.
11.3.21
Dietario 70
Hay palabras de una dulzura tan inmediata que las hacemos nuestras, aunque no tengamos idea de lo que significan. Acude una especie de instinto semántico que nos predispone a adoptarlas y hacer de ellas algo nuestro. El hecho de que se nos revele su contenido puede incluso no atenuar la valía de su primera propiedad al modo en que descubrir faltas en la persona en la que amorosamente nuestra atención primeriza no la aparta y proseguimos con ciega devoción ese afecto que le hemos dedicado. Las palabras anticipan un significado del que en ocasiones carecen. Poseen ese apresto fonético único y conquistan al que las escucha a pesar de que más adelante podamos censurarlas. Su grandilocuencia no es sólo melódica (sí, las palabras tienen una melodía interior) sino también poética. No cuadran algunas, una vez que las hemos abierto en canal, ofrecida toda su maquinaria narrativa. Por eso las palabras hermosas hacen que sintamos una punzada de adhesión al escucharlas. Pueden estar emboscadas en otras, apenas visibles, pero inmediatamente que afloran destronan a las otras y se arrogan la responsabilidad del mensaje. Porque las palabras seducen. El mismo verbo que he usado (aflorar) suscita una atención a la que no alcanzarían otras. Las palabras afloran, salvan la mediocridad y se invisten de belleza. Qué hace que una sea más valorada que otra de manera unánime es algo que no podemos comprender. La misma poesía surge de esa incertidumbre, la de no saber, la de tantear (otro verbo que interrumpe la mediocridad de las palabras que lo escoltan dentro del texto en el que se inscriba) y la de seducir. Nos gusta lo que nos sorprende. Afuera de esa epifanía, en su derredor cartesiano, mensurable, todo se conduce con absoluta grisura. Es asombro lo que de pronto agita el corazón y abre los ojos. Todo lo que nos concierne se expresa a través suyo. La literatura. El amor. La vida. Hay dulzura y hay inocencia en él. Hoy mismo he tenido ya mi ración de asombro y el día a punto de ofrecerse (es temprano, no han pasado muchas cosas aún) invita a él con insistencia.
10.3.21
Dietario 69
Uno siempre tiene una visión contaminada de sí mismo. Dicen que para amar a los demás hay que empezar por procurarse ese amor en primera persona. No tengo en eso duda alguna. Me quise ya de pequeño y ahí ando, sin estruendo declarado, concediéndome los placeres que puedo (tengo pocos, por muchos que tenga) y cuidando de que nada malo ni nada de lo que pueda arrepentirme me pase. No sé si me conozco porque las cosas van cambiando y lo que ahora se ataja y se domina mañana es una sustancia huidiza a la que apenas sabemos dar nombre. A pesar de todo este lecho de fragilidad con el que sirvo mi persona sé bastante de mí y sé algo de los demás. La paradoja con la que me he levantado esta mañana es que no conozco casi nada al yo que escribe. Al que fabula. El que cae por aquí y teclea por la mañana tras el café. De ése no tengo información fiable. Incluso sospecho que es otro y que ahora mismo no tengo claro quién de los dos está a la vista, pero suele pasar que pierde mi parte rutinaria, la que va al pan y sale de paseo, la que se viste para ir al trabajo o guarda las cosas de la compra en la alacena. Gana el capitán Ahab a la caza de su bestia blanca. Gana el letraherido, el enviciado de historias, el que expresa a veces su sencillo deseo de no dejar de escribir nunca o, en ocasiones, considerar la posibilidad de dejar de hacerlo. La cabeza ociosa liba donde no debe. La idea de escribir un texto al día hasta que concluya el año sigue firme con algún día impertinente en que he deseado también con firmeza zanjar ese anhelo absurdo de acudir rutinariamente y consignar el qué.
Elogio interior del mar
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