8.2.21

Dietario 39

 Escribir es combatir al olvido. 

Cuanto más lejos está el horizonte más probable es que se le observe.

La pértiga describe la locuacidad del ojo.

Nadie es virtuoso si no ejerce de continuo esa virtud, proclamó Cicerón, pero ya no hay nada en lo que apliquemos nuestro tesón o nuestro talento sin interrupción y todo está aquí y allá ocupado por los vaivenes de la circunstancia.

Hay veces en que únicamente se aprecia la soledad si estás acompañado.

7.2.21

Dietario 38

 El mejor plan no es no tener ninguno a mano, nada que hacer, ni que espere nadie que hagas. Hay días en los que sólo tienes ese anhelo. El de no ser visto. Hay más días en los que no dejas de hacerte ver. Pones el pie en el suelo y se sabe dónde estarás y qué estarás haciendo. Se puede montar una especie de manifiesto de campaña en el que se hace inventario de los pasos que das y de los lugares que visitas. Algunos exhiben una recia entereza y parecen abrigos con los que guarecerse del frío. Otros están abiertos a que se los llene a capricho. No se espera nada asombroso de ellos, no hay tampoco evidencia de que nada los saque de su tránsito manso. No importa que nadie nos llame, ni que tengamos que pronunciarnos con solemnidad sobre algo trascendente. No se nos va a pedir cuentas cuando el día acabe. Ni se nos ocurre a nosotros estar al tanto de lo que hacen los otros y, mucho menos, hacer que nos cuenten. Se vive bien en esa pequeña armonía doméstica en la que despachas quintos de cerveza, tapas de queso, novelas largamente abandonadas o escribes un poema larguísimo que guardas para subir al blog más adelante. Un día en el que no piensas en nada de lo que acostumbras y vas de una actividad a otra sin urgencia, un poco también sin empeño. Cosas de domingo. 

La escuela es la brújula que apunta al futuro


 



 Duele que a la escuela se la zarandee como lo hacen. Que no haya día en que no ocupe un titular en los medios de comunicación por asuntos que no son incumbencia suya, sino de las familias o de la sociedad o de todos juntamente, pero no competencia exclusiva de su trabajo, del que los maestros realizan para que el mundo gire mejor de lo que lo hace. No hacemos otra cosa. Algunos creen que preparamos a los obreros del futuro. Que de las aulas en donde impartimos Lengua, Matemáticas, Inglés o Cultura Digital (sí, también enseñamos a los alumnos a que se  muevan en entornos cibernéticos) saldrán ingenieros, abogados, hackers con nómina o columnistas en periódicos de primera línea. Hacemos eso, cómo no, claro que lo hacemos, pero también inculcamos hábitos, impregnamos el alma (donde quiera que la tengan o para lo que lo sea que en el futuro la usen) de valores y de nobles aspiraciones. No hay maestro que no desee que sus alumnos sientan la responsabilidad de contribuir a la mejora del mundo. No hay ninguno que no se aplique con fiereza en la construcción de una voluntad. A los padres les queda la labor más íntima y también la más compleja. Van las dos juntamente hacia el mismo sitio. Una (da igual cuál) puede malograr lo que la otra ha forjado trabajosamente. Quizá una de las trabas de que la escuela funcione de verdad proviene de que todavía no hemos encontrado las intenciones comunes padres y maestros, no ha habido un entendimiento absoluto, no ha existido (del modo al menos en que debería) esa constatación hermosa de que la empresa es común y a que a los dos se les exige responsabilidad en el ser humano que se está moldeando. Tampoco nos hemos puesto de acuerdos maestros y políticos. Ahí está el roto más visible, por el que se extravía el proyecto. Andan estos días en los despachos diseñando un plan educativo. Están borrando un mapa para poner otro encima. El palimpsesto será (en lo que yo alcanzo) igual de mediocre que los anteriores. Hasta que no pongan maestros en esos despachos no habrá una escuela a la altura de los tiempos que nos toca vivir y los que están ahí asomándose, convulsos, raros, confiados a disciplinas de las que todavía no sabemos nada y a las que, sin embargo, enfrentamos a nuestros alumnos. De verdad que es un oficio hermoso. Duro también. La suya es una dureza necesaria tal vez. No todo es confortable, ni todo es poético. Lo sabe el que cierra la puerta de su aula y comienza a diario la representación. Es la mejor obra de teatro del mundo. No hay ninguna que la supere en expectativas y en ilusiones.

Es imposible hacer un recuento de todo lo que hemos perdido en la escuela. De lo que estoy seguro es de que a pesar de todo es la mejor escuela que yo he conocido. Lo es porque son más los frentes contra los que hay que batallar para sacarla adelante. Antes, en el no siempre glorioso pasado, la escuela era una nave que se mantenía a flote a pesar de las embestidas del mar, que la zarandeaba y amenazaba con volcarla. Hay muchos buenos barcos en el fondo de los mares. Basta que la tormenta malogre la estabilidad. En los años en que llevo ejerciendo de maestro jamás he visto que se hunda un colegio. De lo que hablamos es de la imagen que el colegio proyecta fuera, de lo que se percibe en la calle y en los medios de comunicación, en la realidad fuera de las paredes de los centros escolares. Lo que te desmorona, lo que hace que te sientas desesperanzado y triste, es que el mar, ese mar bravío, encabritado, hostil a veces, esté dentro, y no pueda uno hacer que los que organizan la ruta y perfilan en sus despachos los trayectos, los itinerarios y los indicadores de garantía de que el viaje sea idílico - por qué no va a serlo - razonen lo errático de sus normas, lo muy alejadas que están de lo que es una escuela y de cómo funciona. 

Hemos perdido la inocencia, aunque quizá nunca la tuvimos. Ahora estamos más cercanos a la indignación, aquélla tan lustrosa en comicios pasados. Nos obligan a mirar con desconfianza, a pensar que los que administran la cosa educativa pública saben poco o no saben dejarse aconsejar por los que pueden saber algo más o saben, bueno, vale, sí saben, pero no se arriesgan a usar el sentido común, el que a veces no coincide con los programas de los partidos y con el hipotético beneficio de las urnas. Vendidos estamos. Siempre lo estuvimos, a mi entender, pero lo de ahora es más evidente, se manifiesta con más crudeza, se percibe con una más honda impotencia. Porque no podemos hacer otra cosa que acatar y cumplir.  Porque no podemos hacer otra cosa que acatar y cumplir. Se acata y se cumple con la misma entereza profesional incluso entendiendo lo ineficaz o lo absurdo de lo mandado. De tan acostumbrados a lidiar con problemas, hemos llegado al infeliz punto en que las cosas bien hechas merecen el elogio que no debería hacerse. Lo normal, lo ajustado a la lógica, se está convirtiendo en un anomalía. De ahí viene que uno festeje las briznas de sentido común y desee que duren y no sean flor de un alegre día

La honradez, el deseo de que la escuela, por mucho que se la zarandee, no acabe volcada en tiempos de mar picada, hace que sea ésta de ahora la mejor escuela de siempre, la que está mejor formada, la que ofrece una formación más integral, en la que se crean mejores personas, personas más sensibles, con mayor preparación cultural. Creo que acabo de dar con la palabra a la que no hemos prestado atención o a la que no se ha querido dar la atención debido: cultura. Esa es la clave para que no se acabe desmadrando un país y cada uno campe a sus anchas y mire sólo el ombligo que le ocupa el centro de la panza. Si la cultura se dignifica y se le concede el puesto de preeminencia que merece, el mundo giraría mejor, lo haría con más elegancia, no ofrecería la triste evidencia de girar a saltos, de que no han servido todos estos milenios de convivencia para encontrar un modo de aceptarnos y de querernos. Será que no nos aceptamos o que no hay motivo alguno, ninguno razonable, útil y práctico, para que nos queramos los unos a los otros. 

A falta de esa falta de amor, la que sale perdiendo siempre es la escuela, que es el fundación primera del hambre de vida. Es en la escuela en donde aprendemos a amarnos, a considerar la belleza del mundo. Los maestros tenemos la encomienda de hacer que el mundo que está por venir sea mejor del que transcurre y, por supuesto, infinitamente mejor que el ya transcurrido. Se nos pone esa dura empresa entre las manos, pero luego se nos desatiende. Incluso en el peor de los casos, no es que no caigan en que existimos y tenemos voz y alma y corazón y profesionalidad a espuertas: lo terrible es que se nos zancadillea, se esmeran en colocar obstáculos en el camino, en hacer que el tiempo del que disponemos se reparta en registrar más que en enseñar, en rendir cuentas más que en enseñar a contar, en formalizar papeles más que en hacer alumnos formales, en convertir la escuela en una máquina de hacer estadísticas; estadísticas que casi nunca son verdaderamente útiles o estadísticas que nosotros conocemos sin necesidad de gastar más tiempo del necesario en hacer que consten. 

La escuela es un milagro cotidiano. Parece mentira que salga adelante, más en tiempos pandémicos, sorprende que no haya desánimo en los obreros que la abren y la cierran, las piezas canjeables de maestros que van y vienen y se dejan la vida - literalmente - en hacer las cosas lo mejor que pueden. Y pueden mucho y saben mucho y de ellos es la responsabilidad de que el futuro sea mejor que el presente e infinitamente más feliz que el pasado. Luego están los registros, las urgencias de los políticos, la incapacidad que en ocasiones demuestran para gestionar la escuela, en la que no entran, de la que saben cosas de oídas, sobre la que recae, al cabo, tanto y tan delicado. No has habido mejor escuela que la de ahora. Ninguna. Ojalá sea ésta la peor que se recuerde. Ojalá la tormenta amaine y cunda entre los que manda la idea de que no se toca la educación, que no es un pastel trozeable al que todos los nuevos invitados a la fiesta pueden hincarle el diente. Y lo hacen, vaya sí lo hacen. Y con qué aplicado esmero alardean después de lo sabroso que estaba

La escuela es también el claustro de maestros que la forman. De algunos de los maestros que tuve guardo un recuerdo borroso, no me atrevería a hablar de ellos, por temor a equivocar mi juicio o por permitir que intervenga la nostalgia y les haga crecer y aparentar ahora lo que no fueron. No pensaré en ellos ahora, no lo hice antes tampoco. De otros, sin embargo, tengo un recuerdo que no ha sido rebajado por el tiempo, como si acabara de dejarlos hoy mismo y todavía escuchase sus voces en el aula o en los pasillos. Alguno me susurró al oído lecciones que han perdurado siempre. Me hicieron bueno, creo yo. Toda lo malo que después haya podido impregnar mi espíritu no ha borrado del todo esa bondad que me inculcaron. Lo de menos es que aprendiese mucho o poco o que mis calificaciones fuesen espléndidas, no viene al caso que lo fuesen o no. Que en algún momento de mi vida decidiese dedicarme a la docencia es, en parte, por ellos, por esos buenos maestros que cuidaron de mí y me llevaron de la mano y luego, cuando lo consideraron oportuno, me la soltaron. No sé si a quiénes he cogido yo de la mano y si alguno tendrá hacia mí el agradecimiento que yo les profeso a los míos. En esta ocasión es el alumno el que habla, no el maestro sobrevenido más tarde, feliz en su aula, convencido de que la escuela es su segunda casa, a pesar de en ocasiones duela el poco aprecio que se le tiene afuera y el descrédito que uno percibe. Al final son los niños los que perduran, son ellos los que hacen que merezca la pena este oficio.  Me causa malestar que nos zarandeen como lo hacen, me apena que la escuela pública no esté considerada como una de las instituciones más nobles y necesarias. Porque no se pasa por la cabeza que no sea así. Es en la escuela en donde empieza todo. No hay nada que seamos en el futuro que no haya nacido en una escuela y haya sido guiado por un maestro. Está ocurriendo que el maestro no tiene la consideración de antaño, no se le reconoce el peso enorme que lleva a cuestas. Yo, al menos, constato esa desafección. Debe ser la misma que se tiene por las librerías. Se cierran más que nunca y ya nadie se atreve a abrir una nueva. Los libros, que son maestros privados, también nos llevan de la mano y nos educan, a su secreta y firme manera. Que no se cierren escuelas es por una mera circunstancia normativa. No depende de quienes las ocupan, ni de los maestros, ni de los padres, ni de los alumnos. No existe ese escrutinio feroz, no está la escuela al antojadizo capricho de nadie, pero poco a poco se la va cuarteando, se restringe su ámbito de influencia, sólo aparece en los medios de comunicación cuando hay un caso de acoso o cuando roban en ellas o cuando un padre agrede a un maestro. Hoy hablo yo de mis maestros, de los antiguos que tuve y de todos los que me han acompañado y todavía lo hacen en la escuela en la que trabajo a diario. Aprendí de todos, todos contribuyeron a que yo fuese mejor maestro o mejor persona. Al final se trata de eso, de ser buenos y de hacer el bien. Se ve que ando sentimental hoy, no me presten mucha atención. Será uno de esos estados de cansancio. 

Andamos estos días celebrando en la escuela (en la mía, en todas) la paz. Es fácil ese festejo: se explica en qué consiste ser humano, ser razonable, ser conciliador, ser afectuoso, ser cívico, ser comprensivo: todos esos grandes adjetivos que sirven para que todo fluya como debe y el futuro se abra como una flor a la que bañe la luz y no la asedia la niebla, pero hay niebla afuera, más de la cuenta, más (a veces) de la que podemos contener desde dentro de esa escuela. La labor que llevamos a cabo necesita coraje: hay muchas adversidades y hay obstáculos. Si no fuese por nuestro acopio de fuerza (a diario, no hay día en que no se traiga de casa esa fuerza) esto de la escuela hace tiempo que se habría ido al carajo. No se ha ido y no se va a ir. La escuela va a seguir abierta. Los maestros seguiremos haciendo nuestro trabajo lo mejor que sabemos. Los padres van a seguir confiando en que sus hijos están confiados a personas que velarán por su instrucción y por su formación, por su educación y por su diversión. Hay que instruirse y hay que formarse y hay que educarse y hay que divertirse. Eso hacemos ahí adentro: instruir, formar, educar, divertir. La paz, sí, la paz todos los días. No hay palabra que contenga más palabras dentro que ésa: paz. Ninguna como escuela que incluya más concordia y armonía y futuro. Porque somos es el futuro. O es nuestro o no es de nadie. 

Ahora voy a hablar de mi colegio. Toca decir que es el mejor en el que he estado, habiendo trabajado en muchos. Toca explicar (sin alargarme demasiado, ya es largo el texto) que hay maestros formidables. Los quiero y los admiro. Los tengo cerca y aprendo a diario de ellos. Da igual que lleve uno muchos años (treinta pronto) yendo a la escuela y haciendo mi trabajo. Cada día es distinto, cada día es nuevo, cada día es hermoso, cada día enseña cosas diferentes. Enseñar es aprender: quien no haya aprendido eso no será un buen maestro jamás. Así que mi colegio es paz y hoy (es domingo, no estoy allí, ya vendrá el lunes) me toca vender mi colegio a quien desee comprarlo. Hay un pedazo para todos. Es de todos. Siempre va a ser de todos. 





6.2.21

Dietario 37

 Creo en la intimidad de los relojes. En la prevención del dolor. En la ebriedad de los abrazos. En la verdad inaplazable y en la belleza de las mentiras. En el swing de Benny Carter. En el tacto de la arena. En el blanco de una hoja antes del poema. En el efecto curativo del amor. En las jam sessions en un sótano viciado de humo y alcohol. En las comidas compartidas con los amigos. En las visitas inesperadas. En mi disco duro. En la obsesión. En las manos de Bill Evans cuando pensaba en Debby. En los ojos de Bette Davis. En la luz de los flexos. En la luna en la calle Bourbon. En los patios de recreo en las escuelas. En los domingos cuando llueve al borde de una novela de intriga. En la cruzada contra todos los tercos del mundo. En los sonetos de Góngora. En el libre albedrío. En mí en alguna breve y fortuita ocasión. En los rascacielos de Manhattan. En el bourbon amable de las noches. En Kingpin con un traje blanco del tamaño de la Cocina del Infierno. En la lluvia ofrecida como un regalo. En las palabras de los niños. En el verbo promiscuo del sexo. En la longevidad de la luz. En los cajones. En la educación y en las aulas. En El Progreso. En la historia del Minotauro contada por Borges. En los sueños y en lo que traemos luego cuando despertamos. En los hoteles a pie de playa. En mi abuela Luisa. En los ojos azules de Paul Newman. En las road movies. En los riffs de los setenta. En el choco de Punta Umbría. En las manos precursoras de mi padre y en sus ojos locuaces. En en la RKO. En el olor de los libros. En la soledad presentida en las calles. En la letra de Your song. En los músicos de jazz que te hablan al oído. En George Bailey. En las minutos que preceden al sueño. En la alta fidelidad en mi Marantz. En cebras que cruzan las nubes. En el poder liberador de las metáforas. En la independencia moral del hombre frente a la religión de los ciegos y de los que no creen de verdad. En la inspiración. En la pereza infinita de algunas tardes de verano. En la Rosa de los Vientos. En el trabajo terco que sirve a los demás. En Machado en Baza. En las canciones de amor. En los versos de Walt Whitman. En la bodega de mi amigo Jesús. En los cuentos de Saki. En los podcasts. En el cine negro cuando el alma pide crudeza. En los cuentos breves. En las calles de mi infancia. En los viajes de fin de curso cuando tienes doce años. En el poeta en Nueva York. En el arrepentimiento. En la certeza de que un mundo mejor siempre es posible, aunque sea mentira. En los cuerpos cuando jadean. En las noches infinitas con un buen libro. En el agua en un aljibe. En las lágrimas. En la lírica del invierno. En un café negro (o fueron cinco) compartido (hace años) con Antonio Sánchez. En el Chelsea Hotel. En los amores imposibles que terminan en tragedia. En la dulce pereza de las mañanas de domingo. En la mansedumbre. En el desaliño que precede al orden. En la imperfección. En el león de la Metro. En lo turbio. En las nubes arriba en el cielo. En la oscuridad de una sala de cine. En los ensayos de Montaigne. En los endecasílabos. En el vasto éter del armonioso cosmos. En los árboles que tutelan un corazón. En el desprecintado de un buen disco recién comprado. En la bondad de la gente a pesar de que sea escasa y dure poco. En la imaginación. En los diálogos de Woody Allen. En el desorden razonable. En la lujuria. En las tetas de Roberta Pedon. En los paseos marítimos. En las barras de los bares. En la fragilidad. En la tortilla de Santos. En la locura de los poetas. En los escaparates reventones de libros. En las ninfas de los ríos. En las brújulas del alma. En John Ford en Monument Valley. En el vértigo que precede al numen. En el instinto. En Peter Parker luchando contra Doctor Octopus. En la firmeza tras la flaqueza. En los amigos que no vuelven. En la duda. En los prodigios del azar. En el azar mismo. En las estaciones de tren. En la justicia. En Dolores cantada por Hilario Camacho en un patio salesiano. En la espuma de la cerveza. En los amigos, en los que no están y en los que me buscan. En la risa. En el llanto. En el bookcrossing, que he practicado poquísimo. En la noche casi por encima de todo. En el alto y luminoso idioma inglés de Shakespeare. En Leonard Cohen adaptando a Lorca. En Russ Meyer y en Kitten Natividad. En las bibliotecas incluso cuando no llueve. En las rubias de Hitchcock. En la estatua del jardín botánico. En los paraguas. En los bancos de los parques. En el olor del whisky. En las novelas gordas. En el blues cuando se comparte bien ebrio. En la honradez. En la épica. En la política (aún). En el saxo catedralicio de Coleman Hawkins. En las tribulaciones de Nabokov al inventar a Lolita. En Gil de Biedma en las Filipinas. En mi mujer y en mis hijos. En el coro operístico de la rapsodia bohemia. En mi ipod cuando va pletórico de blues. En los muertos de Allan Poe. En las bestias míticas de Lovecraft. En la panza barroca de Lezama Lima. En una Voll-Damn bien fría servida en un buen vaso. En las calles del barrio de la Villa en Priego de Córdoba hace más de treinta años. En la vuelta a casa por el judería en los ochenta. En las vueltas del aire. En la nieve limpia que cubre los coches en mi calle. En la ciencia por encima de los salmos. En el bendito gozo de abrazar a quienes amamos En las calles de Londres, donde nunca he estado. En las piscinas del verano. En la melancolía. En Peter Pan con Campanita. En Billy Wilder. En las ecuaciones de segundo grado. En el rumor del viento anoche en la ventana. En los sultanes del swing. En la promiscua moral de Humbert Humbert. En Billie Holiday cantando Strange fruit. En el insomnio de la sangre. En la belleza de las heridas. En James Cagney en la cima del mundo. En la obediencia de los días. En lo mágico cotidiano. En el novicio temblor de sentirse amado. En los excesos. En el asombro. En la modestia. En los países que no salen en los mapas. En los tigres. En los laberintos y en los espejos. En los astronautas. En los caballos perdidos en cualquier tormenta. En el vértigo. En los abismos. En la verdad de los altares. En las catedrales. En el diario minucioso del alma. En lo inasible. En la disidencia. En la reflexión. En esa leve comezón que anuncia el júbilo. En la felicidad sencilla del solo de trompeta de So what. En el pudor. En todas las vidas improbables que no tengo. En Thunder road tocado en directo. En el río de Heráclito. En los himnos sin letra. En las resacas portentosas del goloso ayer. En los poetas que escriben en servilletas de un bar. En la ternura. En las posadas a mitad de la noche. En los regalos. En los sábados por la noche a solas con mi novela. En la poesía mística. En el realismo sucio. En las alucinaciones. En el vuelo de la carne alegre. En el ala festejando el azul. En el frío. En las rosas. En las lagartijas en los muros. En los trampolínes. En las turbaciones. En los paseos en el declinar de la tarde. En los preliminares. En el oleaje. En los jadeos. En las distancias. En los domingos vibrando en una taza de café. En las fugas. En el despilfarro. En la pureza. En la impureza. En las imprecisiones. En las precisiones. En los jinetes, vastos y nocturnos. En las palabras que arden en los diccionarios. En los nombres. En el Golem en Praga. En la gloria de saberse póstumo. En los íntimos avatares de la felicidad. En la manga del tahúr. En la blonda de la novia. En las libaciones de la razón. En la inminencia de la luz. En los vampiros que pueblan mi adolescencia lectora. En los próximos cinco minutos. En la épica de los perdedores. En remotos pájaros improvisados. En los 39 escalones. En los fuegos artificiales. En el néctar libado a conciencia. En Summertime. En el confort de los trenes. En los patios de Córdoba. En Kafka cuando era Samsa. En la soledad que se anhela. En las biografías de los héroes. En la ciencia ficción. En el Renacimiento. En la cubierta del Potémkin. En la anuencia del cuerpo. En Grecia. En los Viernes a las dos de la tarde. En los palacios abandonados. En el orden secreto de las cosas. En el invisible andamiaje de las horas. En la fuga y en el regreso. En los discos prestados. En perros desbocados en un sueño. En las sílabas del tiempo. En la cordura. En las tascas profundas de las que es casi imposible escapar. En el cansancio. En la mécanica celeste. En las fuentes en el campo. En la obscenidad. En lo frívolo. En el discurso del corazón. En el cine de espías. En los sábados en Córdoba con Rafael Roldán. En las novelas de viajes en el tiempo. En la voz de Freddie Mercury. En mi amiga Auxy. En las trincheras contra el fanatismo. En los superhéroes de la Marvel. En el escenario de un teatro. En los asedios galantes. En el pub Tempo y en sus cuadros de vaginas voladoras. En la pompa y en la circunstancia. En el pólen. En el mar de noche. En todas las barras de los bares. En todas las migajas de pan en los caminos. En todos los cuentos que se improvisan. En todos los que creen con fervor en algo. En las maletas. En Henry Mancini. En mis alumnos. En los apretones de mano. En los prólogos brevísimos. En mi colección de discos. En mis películas. En mis libros. En el café que tomo en el trabajo a mitad de la jornada. En los tejados. En un hotel de Úbeda (hace poquitos años). En un hostal de Sevilla (hace más). En las gacelas en un cuadro. En las resacas. En El Circo del Sol. En la voz de German Coppini en sus buenos viejos tiempos. En el jamón cortado como Dios manda. En el discreto oficio de irse uno viviendo. En Humphrey y en Sam. En la cara perfecta de Ingrid Bergman. En los secretos. En Robert Siodmak. En Annabel Lee. En mí en ocasiones. En algunos palimpsestos. En la caligrafía del deseo. En el ayer. En el mañana. En los misterios. En la fragilidad. En Stan Getz filtrando bossa nova. En Jimmi Hendrix tocando Purple haze. En el cinemascope. En Sunset Boulevard. En la poesía como un arma cargada de belleza. En el sur. En el norte. En la lluvia que cae en un patio de Cartago. En los vicios. En Oliver Twist. En las enciclopedias. En Katherine Hepburn y en Spencer Tracy amándose a escondidas. En los cromos del Atleti cuando Leivinha. En las gambas de Huelva. En las sesiones dobles. En Nueva York y en Tokio. En el corazón tan blando. En el alambique formidable de los sueños. En la pólvora. En el fuego. En Christopher Walken vestido de militar en Pulp Fiction. En la ceniza. En la alquimia de las palabras. En las listas. En la velocidad de las nubes. En el festín de los ojos. En los malabarismos de Burt Lancaster. En la zozobra. En la penumbra. En Cary Grant haciendo comedia. En la cara de mi mujer cuando me mira. En las walkirias. En los gnomos. En Coppola sobre el Mékong. En Jack Bauer. En Charlie y su fábrica de chocolate. En John Coltrane en el Village Vanguard. En las volutas barrocas de Bach. En un tren de algodón que anoche descarriló en mis sueños. En la noche en las afueras. En el libro que ahora estoy leyendo. En el día de mañana. En la bendita ilusión de que mañana será mejor día que hoy. En la debilidad. En las mujeres fatales de los cincuenta. En la farándula. En el uso que Scorsese hace de los Rolling Stones en sus films. En los libros que leen mis hijos cada noche. En la lucidez. En el principio de algo . En el cine por encima de casi todas las cosas. En el azul. En mi calvicie. En la posibilidad de que alguien descubra cómo curar el cáncer. En la felicidad de los míos. En los espetos en los chiringuitos de Fuengirola. En los pestiños. En la inteligencia. En las alfombras. En la coda de Layla. En las librerías de viejo. En un Chesterfield en una terraza. En los grandes almacenes. En las imprudencias. En las algas. En las paredes de Lubitsch. En los cameos de Hitchcock. En los vinilos de segunda mano comprados en La Corredera. En King Kong cuando está enamorado. En los poemas de Luis Alberto de Cuenca. En Suzanne en un viejo pick up en casa de Marcelino. En las hélices. En Robert Louis Stevenson. En la invención de Morel. En las hadas. En habitaciones alicatadas de libros. En H.G. Wells. En conversaciones por teléfono que duran mucho. En la letra impresa, aunque sea el prospecto de un mucolítico. En los buzones. En los haikus de Manolo Lara. En la Plaza de los Caballos en Priego de Córdoba. En los sueños. En los espejos. En Stephen King. En el bikini. En las terrazas de verano. En la cercanía de un cuerpo a mitad de la noche. En los primeros años de Genesis. En las turbulencias del alma. En la muerte absoluta del cuerpo. En Van Morrison. En algunos argumentos de Paul Auster. En el inglés cristalino de Frank Sinatra. En las polaroid. En las películas de la Hammer. En la historia de Olvídate de mí. En el olor del azahar. En los barrios antiguos de Córdoba. En las mañanas de Domingo sin nada que hacer. En los abrazos. En los pubs ingleses. En las playas al amanecer. En el tacto del pelo. En mis Bowers & Wilkins. En los cuentos de tradición oral. En las historias de fantasmas. En Elvis. En Wonderwall. En todas las pin up girls. En la versión en directo de Love of my life. En el silencio. En el ruido. En los libros que me recomiendan quienes me conocen. En este blog en el que me retrato a diario. En algunos maestros que he tenido. En Dios en una novela de mi amigo Raúl. En una noche de San Lorenzo con Blanca, Eloísa y Pedro. En el respeto. En los dibujos de Ramón. En las palabras para Julia. En una cafetería art-decó en Viena. En la cordura. En la cultura como brújula. En el amor de mi amor. En todos los cerdos de pezuña negra y rica bellota en el alma. En la sonrisa de María y de Olivia. En mi hermano norteño con su Antártida perfecta. En los aforismos. En la providencia. En la etérea dulzura de una mirada. En los defectos de los que amo. En la conversación. En la elocuencia.

Edición corregida y aumentada

5.2.21

Dietario 36

 Sostener el peso de la incertidumbre como el que hace avanzar a cada paso su cuerpo.

No hay amor más sincero que el que no correspondido. 

Justo en el momento en que tenemos la impresión de que algo maravilloso va a suceder perdemos la conciencia de su inminencia.

Lo que prospera en la oscuridad tiene ansia de luz. Lo iluminado, en su forma más estricta, es oscuridad a la que le venció la curiosidad o la impaciencia.

Hay cosas que, al contarlas, pierden todo interés. La mejor literatura es la que se insinúa, la que tarde en revelarse o la que, por más que creamos tener noticia suya, no ha llegado a cuajar y permanece en la niebla y en lejanía, acostumbrada a que no se la encuentre. 

Hay que inclinarse ante la belleza, arrojar toda resistencia, permitir que irrumpa, dejar que adentro cree un roto y aspirar a que la misma belleza, en su inacabable oficio, lo zurza y recomponga.







4.2.21

Reclamando el Día Internacional de las Estatuas Ecuestres

  



                                                     Estatua ecuestre de Felipe III, Madrid

Dejó escrito Sánchez Ferlosio que quien tiene ya en plaza su monumento ecuestre tiene muchas posibilidades de que le hagan otro que el que no tiene todavía ninguno, pero son tiempos magros en esa exhibición de las personalidades del pueblo y no hay consistorio que rebaje las arcas con esas florituras populares. Se preguntarán los gerifaltes de la cosa pública a quién montar sobre el caballo y hasta si es preciso el noble animal y no convendría cualquier otra rúbrica en piedra o en el material que se aprestara con más elocuencia al porte o a la fama del elegido para la posteridad. Al final, no hay ninguno que resista la acometida de las heces de los pájaros y es precisamente esa circunstancia, la de la excrecencia posada a modo de sombrero, la que termina por explicar la verdadera historia del agasajado, no siempre la más noble, ni siquiera la que levanta las pasiones y el orgullo de quienes las observan. Tiene su arrimo de épica (o de falta de ella) la forma en que el escultor dispone las patas del caballo: si están las dos delanteras levantadas es que el jinete murió en combate, si sólo una es que padeció las heridas de la guerra, pero no falleció a causa de ellas y, por último, si las tiene ancladas al suelo es que el deceso devino por causas naturales. El bronce que las yergue suele soportar el rigor de los siglos, pero no así la memoria de los reyes o militares para las que fueron erguidas. Con el declinar del caballo en la gesta de los triunfos desapareció la costumbre de los homenajes ecuestres, pero tampoco abundan en la actualidad las figuras de bronce o de cualquier otro material parecido. Los gobiernos no auspician que el maravilloso gremio de los escultores continúe fijando un símbolo para que la ciudadanía no olvide a sus héroes. Será que no los hay. Calladas gubias, cinceles muertos. En consideración a la pertinencia de la memoria habría que reclamar un Día de las Estatuas Ecuestres, igual que hay uno para casi cada cosa, incluyendo en esa prolija y bizarra lista el Día de del Ascenso en Globo, de la Lógica, de la Hipnosis, de la Croqueta (es cierto, cae a mediados de enero, busquen si no dan crédito), de la Lepra, de Star Wars, de las Aves Migratorias, del Whisky (no le hago ascos), del Orgullo Friki, de la Sangría, de la Marmota (ese va en bucle), del Orgullo Zombie o del Pistacho. Reclamo desde esta humildísima columna un Día de las Estatuas Ecuestres. Lo reclamo cueste lo que cueste, ustedes ya saben de quién me acuerdo. Habrá que abrir una cuestación popular, aunque sea de firmas, para que prospere esta no tan insólita petición, aunque sólo sea para que las palomas tengan donde exhibir sus evacuaciones, pero lo de Sánchez Ferlosio no admite discusión: Felipe III podrá tener cinco egregias figuras en ecuestre bronce, pero usted y yo no tendremos ninguna. Quizá sea mejor. Con la moda actual de borrar el pasado, sea cual sea el repentino motivo, tardará poco en que las hordas reaccionarias las echen abajo o el mismo ayuntamiento que las izó decida convertirlas en escombro. 

Dietario 35



Hablar de uno mismo como si no se conociese. 

Mejor desfallecer cuántas más veces con vehemencia y vocación que fallecer una solitaria vez sin aviso ni arreglo.

3.2.21

Dietario 34

 Leer es permitir que otros te expliquen a ti mismo.

Cuánta más experiencia se cree tener, más falta.

Perder el norte es a veces ganar todos los demás puntos cardinales.

El peligro de creer demasiado en uno mismo es que se acaba por perder la posibilidad de creer en nadie más.

Escribir es una enfermedad que sólo se cura leyendo lo que han escrito otros.

Quien afirma que el amor lo es todo no ama.

No se es un buen teólogo hasta que se ha comprendido que no hay nada más impreciso que la teología.

Estando anoche en comunión conmigo mismo creí atisbar, sólo de lejos, casi inapreciablemente, una brizna de algo que se parecía a mí. 

Tengo fe en que llegará el día en que no necesite saber qué hora es.

2.2.21

Dietario 33

 

La pereza es una bruma confortable de la que se tiene la imprecisa idea de que no se ejerce ni con solemnidad ni con entero empeño. 

Creer en Dios sin que nada haga pensar en que alguien nos escucha es la forma más hermosa de trascendencia.

La soledad, la buscada, es un tumulto sin audiencia.

Ser político, hoy en día, es una forma de una dramaturgia que ya quisieran para sí los mejores actores. 

 Entre mis convicciones le tengo un cariño más hondo a la que me hace contrariarla.

A excepción de la clarividencia no tengo de mi mayor certeza que la imprecisión de mis vaticinios. 

(Para José Fernández, que lo parió casi al detalle) Se tiene cierto reparo a confesar que tenemos momentos de una intimidad tan espléndida que bordea la locura.

Quien habla consigo mismo adquiere la facultad de la elocuencia privada. 

El don de disentir sin entusiasmo sólo lo tienen los que no aspiran a la felicidad de que no se les entienda. 

1.2.21

Dietario 32

 Una vez se ha llegado a la conclusión de que se ha escrito mucho tal vez convenga aceptar que se ha leído poco.

El pasado es una estación propicia para el desencanto. El presente es una fugacidad a la que no hay dar mayor importancia. El futuro es lo único a lo que se podemos asirnos sin miedo a equivocarnos.

Se tiene ganas de salir para tener ansia de regreso. Dicho a la reversa: hay apetencia (cada vez mayor) de permanecer en casa para tener como único anhelo abandonarla. 

Sobre cierta joven dama de la alta sociedad que acudía sin falta a todos los eventos culturales no se ha escrito mucho, a pesar de que no hay quien no la haya visto y hasta departido con ella en el entreacto o la salida del evento, puesto que llegaba invariablemente tarde y recorría con evidente ausencia de pudor el pasillo abierto entre la concurrencia para acomodarse en la silla que nadie ocupaba. 

Ser joven es declararse incapaz de comprender a la juventud.



Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...