18.4.19

Glass / Héroes y villanos



Deliberadamente fuera del circuito de películas de superhéroes, Glass es la antología de todas ellas. Cierra una trilogía que no lo era en principio y ofrece en ese cierre un discurso formal sobre la naturaleza del bien y del mal o, dicho de otro modo, sobre la moral y la responsabilidad de quienes la administran. Es todo lo que uno no espera, pues se esmera más en los diálogos (espléndidos McAvoy, Willis y Jackson) que en las partes de pura acción, que son insinuadas o mostradas abiertamente, pero sin recrearse en ellas, sin caer en esa pornografía del género en la que interesa ver carne apaleada, ensangrentada, caída en desgracia si se desea. Glass no se ocupa de esas consideraciones narrativas, aunque las utilice para darle coherencia al conjunto: prefiere incomodarnos, turbar la placentera estancia en la butaca, cambiar nuestra visión del género o, en todo caso, forzarnos a pensar que el futuro del cine de superhéroes no está únicamente en DC Comics y en la Marvel, sino que tiene recorrido en la periferia de las grandes compañías, aunque el público al que se dirige no sea adolescente ni espere que la franquicia saque un videojuego o una serie en Netflix. Conviene haber pasado por El protegido y por Múltiple, las otras dos piezas de este mecano alargado en el tiempo (dieciocho años entre la primera y la tercera) pero se puede contemplar sin esa obligación. Quienes estén avisados y sepan las andanzas del hombre de cristal y de David Dunn, hombres extraordinarios a su manera, a los que se une La Bestia, que es uno y son muchos, todos retorcidos e incansablemente charlatanes.

Glass tiene mucho diálogo y tal vez debiera tener menos. Discurre en un pabellón psiquiátrico en buena parte del metraje en el que están bajo custodia del Estado los criminales, pues es ésa la taxonomía con la que son tratados. Se aprecia que al Shyamalan le encantan sus historias y sus personajes, pero en lo que es un maestro es en la creación de una atmósfera, crea la sensación de que algo asombroso está a punto de suceder, algo cuya inminencia es tangible, pero no sucede, se aplaza continuamente, hasta que el desenlace desbarata todas las especulaciones que has hecho, todos los cierres de trama que has podido especular. El de Glass (no hay spoilers) es sutil, quizá demasiado teórico, no es un fin como los de otras piezas suyas (El bosque, El sexto sentido, incluso La joven del agua), no sacia con ese fragor. De cualquier manera, gana cuando el plano es frontal, corto. Gana también cuando han pasado un par de días desde que la has visto y la rumias con paciencia y descubres que hay una historia hermosa debajo: no la aparente, la de los personajes que cruzan la trama, sino interior, apartada y delicadamente protegida. Es la historia del propio director, su condición de tipo raro, como lo son esos personajes, pero esa es una idea que sólo dura un rato y se canjea por otra. De Bruce Willis no he dicho nada. Qué grande es Bruce Willis, yo no sé por qué no tiene más pedigrí en las fiestas del artisteo, cuando los galardones y los inventarios que hacen de gente que ha hecho mucho por el cine o por nosotros.

17.4.19

Principesas y otras ocurrencias ridículas


No sé qué será lo próximo, pero me espero cualquier cosa. No es que uno sea melindre en que cada cosa tenga su nombre y sepamos cuál es y lo usemos, sino que la corrección política (que es un veneno lento y hace su trabajo de demolición con lentitud inexorable) está manipulando la realidad. Lo hace a conciencia, sabiendo el daño que produce. Lo de la Caperucita Roja censurada es un atropello a la rica literatura de tradición oral. He dicho rica. Es riqueza lo que nos transmite. La cultura de los pueblos no es un apaño urdido a la carrera, sobrevenido por generación espontánea. Las de ahora, a poco que nos descuidemos, va a ser una generación vaciada de cultura, ahogada en prejuicios, convertida en mercancía de unos cuantos puristas (o puristos, que no lo tengo claro) convencidos de que tienen un plan que acometer, una empresa sagrada, una misión divina, que consiste en borrar de la faz de los libros cualquier mancha, ya sea de índole gramatical o meramente narrativa. Estamos corrompiendo la imaginación de nuestras criaturas más indefensas, las que leen (ya es mucho que lean) los libros que les damos y escuchen los cuentos que les contamos. Si empezamos a cambiar el relato, acabaremos por hacerlos adultos antes de tiempo. Quizá se trate de eso: de domesticar la moral, de impedir que cualquier moral contraria a la más reciente triunfe y ponga en peligro la instalación completa de la recién llegada. Nos hacen tragar mentiras muy grandes. Nos piden que cambiemos la historia, no la acontecida a lo largo de los siglos, la que se escribe con mayúscula, sino la otra, la íntima, la cercana, la familiar, la que se ha fortalecido con el tiempo y ha enriquecido (vuelvo a nombrar la palabra riqueza) a generaciones sanas. Esto de las principesas es de estar enfermo. Al paso que vamos mandarán al olvido a San Jorge, que venció al dragón y liberó a la princesa. No está bien que haya princesas en torreones y que aguerridos mozos las manumitan de su encierro. Tampoco que los tres cerditos sean todos machos. Ya mismo habrá una versión en la que haya cuatro y dos sean hembras. Es que la paridad es un mandamiento que no se puede desobedecer. Pretenden (leo en prensa) que el mundo sea más inclusivo. En lo que a mí respecta, en lo que tengo más a mano, que es mi escuela y mis alumnos, paso de ser correcto. Seguiré a lo mío, que es lo de muchos, a lo que veo, por lo que escucho de quienes tengo cerca. Son inventos que nos vienen de lejos, son trampas en las que tienen la esperanza de que caigamos. Acabo: si aplicamos la corrección, la norma del género y la prudencia en materia sexista o violenta, renunciamos a toda la literatura. Es como si empezáramos de cero. Como si todo lo que se ha escrito hasta ahora no valiese. Si leer Caperucita o La bella durmiente fomenta que en el futuro existan hombres agresivos será por causas ajenas a la pobre Caperucita y a la más aristocrática Bella Durmiente. No hay que dejar de contar historias tradicionales. Es posible (sólo algunas de ellas, ni siquiera muchas) que manifiesten una inclinación sexista. También que sean violentos. Deberían censurar la misma Biblia, cosa en la que no van a ponerse de acuerdo, a Dios gracias. El mismo Dios, como se pongan a leer en detalle (críticamente, dicen ahora los que saben) sus narraciones extraordinarias, cierran todas las iglesias del mundo. Lo del incendio de Notre Dame es un asunto menor. Cierran todas las iglesias.

Si no es más bello que el silencio

Uno tiene siempre su visión de los hechos, cree que es la que más cuenta o no piensa que las otras la aparten. Conforme crece se aferra a su visión, la adora en la intimidad, la mima incluso, hace de ella su casa, la reserva a ojos extraños por si no es capaz de defenderla, por si flaquea la coraza que se le aplica, por si marra en su desempeño, así que se esmera en su cuidado, se informa, se afana en informarse, concluye que sigue siendo la única visión posible. Todo lo que lee, lo que escucha, confirma que es la correcta, las que le inquietan, las versiones peligrosas, no las considera, no deja que ocupen mucho tiempo en su cabeza, por si descabalgan a la buena, a la gran visión de los hechos, la que ha ido amasando pacientemente desde que se le ocurrió, no se acuerda cuándo, no sabe cómo, pero es la suya, lo que tiene para enfrentarse al mundo, es la teoría del búnker. Uno tiene su propio búnker, no hay nadie que no haya construido uno, quien diga que no lo ha hecho es que miente; se miente a veces porque la verdad es escandalosa o porque la verdad no es admisible. En la mentira el tiempo fluye de otra manera. Las mentiras son los ladrillos del búnker, pero adentro está la verdad inconmovible, la gran verdad forjada a través de los años, contra los vientos y contra las mareas, frente al rigor de las estaciones y frente al caos de las leyes de los hombres; no se puede salir a la calle y zafarse de todos los peligros que ahí acechan sin tener la seguridad de que al volver a casa tendremos un refugio en el que guarecernos. La idea de los países proviene de que los hemos imaginado como si fuesen búnkers, refugios, cápsulas, los hay más estrictos, los hay más benignos. El búnker es una extensión lógica de la visión única de los hechos, el búnker es un país dentro de un país al que no se desea pertenecer o al que no le tenemos afecto o del que huimos o uno que creemos que nos persigue o que nos hiere o que no nos tiene en consideración, de ahí la construcción del búnker y no es sólo el miedo, también es la sensación de una intimidad, de sentirse protegido. El búnker es el útero materno al que se vuelve siempre, la gran vagina cariñosa, el túnel por el que accedemos a la música secreta del cosmos, pero afuera el mundo gira, suda, sangra, muere y nace en un mismo espasmo. Es tu casa y no tienes que agenciarte otra, no hace falta que construyas otra.
K. me dijo anoche que hay mentiras que se repiten una vez y otra vez y muchas veces. Se dicen en el convencimiento fingido de que acabarán haciendo asiento, en la convicción de que los demás, cuando las escuchen, las tasarán y darán timbre, hasta cabe tener noticia de ellas por terceros y sintamos la luminaria de la duda, sin la certeza de la verdad que poseen. Ganan lustre cuando se cuenta con ellas y no con las otras, las cartesianas, las que pueden verificarse y darles curso de verdad. Porque la verdad está sobrevalorada. Mentir es un acto creativo. La honestidad es un valor a la baja, no se premia, hasta se censura a beneficio de quien la urde. Quien la escucha no tiene las más de las veces la facultad de corroborarlas. En el extremo, pues los hay, las hace suyas y las difunde de modo que no dirime si le pertenecen como propias o están sobrevenidas, incrustadas entre las otras cosas, copiando de ellas su textura y su sintaxis; es así, no es de otra manera. Lo ético, lo estético y lo religioso no pueden ser manifestado a través del lenguaje: el verdadero texto de esas disciplinas está por escribir y cuando alguien lo acometa dejará en ese instante de tener validez ontológica alguna, así lo dejó escrito Wittgenstein en su Tractatus Philosophicus. En el discurrir diario, Wittgenstein no es útil. en el otro, en el privado y trascendente, es imprescindible: podemos vivir sin metafísica, pero la verdadera vida es metafísica pura, podemos hablar y podemos escribir pero nada de cuanto hablemos o escribamos posee trazo alguna de veracidad. Lo escrito o lo dicho puede ser hermoso o puede ser práctico, pero carece por completo de verdad, todo se confía así a la especulación, todo está por confirmar, finalmente nada podrá ser confirmado del todo. Vivimos en esas briznas de realidad asequibles y dóciles, de ahí que el lenguaje sea falible, de ahí que la realidad sea ilusoria. Nada puede ser expresado. En ese hilo de las cosas, no hay disciplina más honrada que la literatura, ella sabe cómo desempeñar su oficio. Escribir es consignar un acta notarial de esa debilidad, un inventario en el que se constate la naturaleza mágica (quiero decir mística o sobrenatural) de los acontecimientos, pero ni siquiera esa restitución de lo vivido consuela. No hay amarre a veces, ni confianza. Todo es frágil, todo es eventual. Tal vez convenga dejar de escribir, por ver si en ese nuevo desempeño la vida se entiende mejor, se vive mejor. Me dice K. que le escuche. Que nunca lo hago.

13.4.19

Algunos milagros

María Jesús Monedero fue mi maestra de Lengua en el instituto Averroes en Córdoba. De eso hace pronto 40 años. El tiempo nos ha hecho encontrarnos hace bien poco, merced a esta aventura a veces fría de las redes sociales. No han sido baldíos los años, no han hecho que nos alejemos del todo, pese a no habernos visto. Somos los maestros que tuvimos, somos la inquietud y el tesón y la felicidad que nos regalaron. Es muy hermosa esta profesión nuestra. Hoy mi maestra escribe de política. Con Luis Sánchez Corral, al que echo mucho de menos, trabé en los bares (el de la facultad, los de las calles) mis primeras conversaciones políticas. También algunas sobre la literatura y sobre la vida, de las que ya sabía algo. Los milagros existen. Por lo menos los milagros que tienen que ver con las emociones y con los afectos, con el corazón y con las palabras. Hago mías las tuyas ahora, M Jesús Monedero Isorna. Con un beso cariñoso.

Diario Córdoba (Politeia, María Jesús Monedero)

11.4.19

El dónut cósmico



Hay a quien conocemos sólo por el comportamiento de los cuerpos que se mueven alrededor suyo o de las opiniones que sobre él se vierten, consideradas o no, atinadas o escoradas del término justo. Parece que así cómo actúan los tales agujeros, aproximando a su centro la masa circundante, engulléndola, existiendo merced a esa vecindad sacrificada En ese aspecto, un agujero negro es como una persona o, dicho de otra forma, hay personas que funcionan como verdaderos agujeros negros. Tienes de ellos información de terceros, no la extraída por la experiencia propia, la servida después del trato o de la convivencia; gente que engulle lo que se le pone al paso, sin que medie aviso, como un depredador muy sofisticado. Los que saben del asunto dicen que hay cientos de millones de agujeros negros, pero nadie ha visto ninguno, nunca ha habido uno a tiro de ojo o de telescopio. Un agujero negro no es dócil, eso es lo primero que se te ocurre pensar. Tampoco es fácil pensar en ellos. No se tiene soltura en astrofísica. En lo que a mí me toca, no se me verá hablando sobre ellos, qué podría decir sin titubear ni soltar alguna pedrada teórica. Uno hasta se traba cuando lee los sueltos de prensa o escucha en televisión o en la radio (ayer muy machaconamente) cosas trascendentes (a mí me parecen trascendentes) sobre el universo y sobre su anatomía, así que piensen en atreverse a emitir una narración, una especie de resumen sobre lo que has pillado de aquí y de allí. 

Siempre que miro lejos, allá a la honda oscuridad estelar, o que pienso en las cosas que debe haber en esa lejanía, no pienso necesariamente en Dios. De haberlo, en esa dulzura poética, no estará lejos, no habrá un lugar lejano en el que se ubique y more. Dios no está en un agujero negro, luchando contra el efecto succión, domándolo como si fuese una bestia del infierno, tratando de no caer del todo y, a la misma vez, despachando asuntos terrenos, todos los de sus criaturas falibles y mortales.Hay tanto en lo que ocuparse aquí abajo que preocupa que Dios se concentre en las de arriba. Siempre pensé que la astronomía tiene un poco de teología por debajo, como si saber de una implicara razonar con mejor desempeño sobre la otra. Como si el espacio exterior, entero y ominoso, fuese una inmensa catedral a la que hubiese manumitido de su arquitectura y flotase en el éter como una canción de la eternidad. 

En lo entendido, poco a decir verdad, uno entiende que un agujero negro es un cuerpo invisible que emite una luz proveniente de los gases que se precipitan sobre él. Lo que se ha fotografiado (siendo navegando entre la bruma de las palabras, entrando sin haber sido invitado, escribiendo a ciegas) es el resplandor, borroso en cierto modo, una especie de sombra. Tenga el amable lector en cuneta que estamos metidos en faena termodinámica, lo cual es una evidencia tangible de que todo cuanto yo pueda escribir ahora es un despropósito, un dislate, uno de esos baches teóricos o conceptuales o incluso teológicos, debe ser un revés o un agujero, negro o marrón oscuro o carmesí, un no sé qué me ocurre, que ni yo mismo me entiendo, no me apetece nada nada más que estar adentro, pero no de tu vientre, sino de tus sentimientos. La poesía (la de Aute, traída ahora, viene bien en muchos casos) podría explicar bien todo lo que nos han estado contando estos días por el milagro de la fotografía del agujero negro. En cuanto me lanzo, si se tercia escudriñar a fondo las honduras cósmicas, me asaltan más dudas de las que tenía, pero hay una inclinación a mirar con infinito respeto ese más allá, ese insondable (o será sondable al final) escenario en el que la vida pulsa las cuerdas del universo.

Le dan a la fotografía de marras la más alta consideración, lo cual no es cosa que yo pueda refutar y que, en círculos iniciados, asombrará y dejará huella. Me conformo con distraerme en las alturas, como dijo Serrat. Estamos tan a ras de tierra que a veces conviene que nos pongan en órbita (es un decir) con la peregrina idea de que sepamos quiénes somos o de dónde venimos. Lo que hacen es meternos en cintura científica. De pronto pretenden que comprendamos las ecuaciones de la bóveda celeste. Creen que esa pedagogía es asequible. Qué ingenuidad, qué confianza más baldía. Porque no sabe uno cómo entender la noticia. Si quedarse con el milagro de los panes o con el de los peces. De cualquier manera, el espacio es un retablo de milagros. De ahí que le calcemos virtudes de las que probablemente carezca. Me parece más milagroso que una mujer estéril dé a luz gracias a una técnica que usa el ADN de tres personas, siendo uno de esos donantes su propio hijo. Que sea al tiempo abuela y madre rivaliza con los viajes en el tiempo de Einstein o de H.G. Wells. Un agujero negro, me digan lo que me digan, es menos denso que la portentosa imaginación del ser humano. Todo para vendernos un donut. Hay agujeros aquí, en la Tierra, que merecen atención más preferente que la concedida al agujero recién fotografiado. 






6.4.19

Hablando sobre libros en el IES Marqués de Comares



No sé si estas iniciativas, las de llevar a escritores a centros escolares para que hablen de libros, de por qué empezaron a leer y qué les hizo arrojarse a la escritura, cumplen el propósito que se les encomienda y quienes asisten, hoy alumnos de dos clases de cuarto de ESO del Instituto Marqués de Comares, en Lucena, reciben en depósito esa punzada que les anima a leer y, en algunos casos, los más favorables, escribir o si desoyen las recomendaciones y se cumple eso de que por un oído les entran y por otro les salen. Hay de ambos. Los habría ganados a la causa y los habría perdidos. No me cabe duda de que una buena parte no se sintió aludido en ninguna de mis intervenciones, como si aquello no fuese con ellos. Por otro lado, a la reversa, pienso que habrá alguno (ojalá muchos) que haya sido reclutado y convertido, no porque yo haya estado especialmente inspirado o locuaz o divertido, sino porque el que escucha (el convencible)  ha dejado una pequeña brecha abierta y lo dicho ha llegado a su destino y se ha quedado ahí, impregnado, huésped improvisado. Entra en lo razonable que muchos de esos alumnos se hayan inclinado hoy a abrir un libro y dejar que la trama los seduzca. También que otros no sientan afecto alguno por la literatura y la charla de hoy los haya determinado a reafirmarse en ese desafecto y estén por siempre apartados de la senda literaria.



Precisamente esa ha sido la sustancia de mi charla, la de leer por placer y que ese acto solitario y hermoso sea enteramente voluntario. Al principio les conté que leer no sirve para nada y terminé declarando mi absoluta convicción de que si leemos somos más felices. Entre medias cité el cine de la RKO, los cuentos de nuestras abuelas, Peter Pan, Kafka, Borges, el instagram, el blues del delta del Mississippi, Hitler, la escoba de Harry Potter y hasta el Fornite, que es una cosa diabólica que sorbe el cerebro de los que lo practican, a decir de los que entienden. También la literatura hace eso, lo del Fornite. No dudo que es diabólica o celestial, según el caso. Tampoco que no se sale indemne al cruzarla, que no hay mentira más hermosa que la suya. Yo estoy encantado de vender esa ilusión de los libros. No me falta entusiasmo, derrocho entusiasmo. La posibilidad de que uno haya podido contribuir a que otra persona se haga lector (eso es un oficio igual que otro cualquiera) me sigue pareciendo prodigiosa, una especie de milagro secreto, una victoria a la mediocridad, al caos y a la barbarie. Doy las gracias por la invitación y por las atenciones que he recibido en el centro. Gracias en particular a Mari Carmen Florido por la amabilidad y las fotografías.



30.3.19

Tos


La tos me ladra en el pecho, lo hace trizas con dentelladas bruscas, pero lo que duele de verdad es el espasmo después del bocado. No piensa uno en sus pulmones hasta que truenan. Es un fuego bastardo la tos. Quema a conciencia, se esmera en su oficio.  La tos, esta tos bronca de animal acorralado, es un festejo del mal. En cuanto flaquea la salud, hace uno sus cábalas, monta su chiringuito metafísico privado. No siendo nueva, intimo algo con ella, sé cómo procede, cuándo se retira, me atrevo a tutearla. La enfermeras es un género literario. De ahí que uno decida contar el destrozo, explicar cómo procede cuando irrumpe, si tiene piedad o arrambla a su antojadizo capricho. Al final hay luz, siempre la hay. Llevamos los dos veinte años de trato. La veo venir y no me entristece su visita. Es un peaje, quizá uno poco cruento, comparado con otros, puesto al nivel de los que se ven a diario y devastan con más entusiasmo y fiereza. Hoy he amanecido con un pulmón sano o quizá los dos. Es provisional la mejoría, volverá a emponzoñarme de nuevo, hará su casa en la mía. No hay remedio inmediato, tan solo el arnés de la paciencia, que es un placebo moral en el que uno tiene ya predicamento y soltura. Recuperaré la voz, habrá aire otra vez, irá a su bola por mi cuerpo, celebrando los dos ese ayuntamiento carnal. Alivia contar estos quebrantos minúsculos. Cuando acudan otros más graves, que vendrán y serán oscuros, no tendré con qué consolarme. Por eso escribo. Por inercia, por explicarme el mundo, nunca hubo otro motivo. 

24.3.19

El viernes leí unos haikus victorianos




El viernes noche tocó leer en casa, en Lucena, en el Palacio de Erisana, entre amigos, unos haikus alrededor de una serie de televisión. Yo escogí Arriba y abajo, la antigua, la de los setenta. Salí con la intención de hacerme pasar por Lord Bellamy, pero enseguida supieron que era yo. Aún así, antes de atacar las diecisiete sílabas, fingí ser un aristócrata inglés, vivir en Eaton Place, que está en Belgravia, en la mejor zona de Londres. Les conté que me levanto, por lo común, me siento cerca de la chimenea y leo la prensa mientras desayuno británicamente. Después voy al club, juego unas partidas de cartas con los amigos de toda la vida y comentamos algunos de los chismes de la aristocracia del barrio. Vuelvo a casa, hago un almuerzo ligero (matizo que los ingleses podemos almorzar de pie) y doy una cabezadita en el sillón hasta media tarde. Ahí es Hudson quien entra en escena. Me despierta con otro té y despacho las cartas del día. Lo mejor son las noches, les confieso. Voy a fiestas, bailo foxtrot, bebemos whisky, ginebra y champán. Adoramos el champán. Añado, para ir acabando, que los Bellamy tenemos buen corazón. No hay que creerse todo lo que se dice de nosotros, los de la alta sociedad. Tenemos algunos vicios inconfesables, pero quién no. Y sobre todo cuidamos de nuestro servicio. Esto debe quedar muy claro. Sólo tienen que bajar y preguntarles. Yo creo (concluyo) que somos nosotros los que les servimos a ellos, aunque yo no sepa vestirme solo ni prepararme unos huevos con bacon. Cualquier día de éstos nos arruinamos. Está al caer. Son malos tiempos. Tendríamos que vender la casa, buscar un pisito de clase media en Chelsea o en Whitechapel. Espero no tener que recordar estas palabras. Después leí los haikus victorianos. O eran eduardianos, no sé ahora. Se leen en un soplo, pero es que los haikus son soplos. Algunos alumnos de la Escuela Municipal de Música y Danza de Lucena acompañaron la lectura con lo que saben hacer. Lo hicieron muy bien, por cierto.


Haiku no.1

No he sido un Lord.
Ni tengo casa en Londres.
Sólo hago haikus.

Haiku no.2

Llama al servicio.
Que suban unas pastas.
Se enfría el té.

Haiku no. 3

Hemos vendido
los muebles victorianos.
Se hundió la Bolsa.



Al salir del teatro, me senté en el trono de hierro. Tampoco logré hacerme pasar por nadie, pero fue fantástico. Buen trabajo en el trono de Bea Reyes. Aplauso desde aquí por el curro y la ilusión. A Vicente Cabeza por lo mismo. Hacen buena pareja.



17.3.19

Gramáticas

A decir de Manuel Vilas en su facebook la única patria es la gramática. También el cuerpo, añado yo. El cuerpo con su voluntad alada. El cuerpo como un templo. Funciona a modo de clausura, posee ese matiz de encierro, pero anhela verterse, fundar afuera una extensión suya, una fiable y lúdica y extraordinariamente dinámica, en la que afianzarse, sobre la que depositar el peso del alma también. Ella también posee su gramática, el alma tiene su fiebre de fragmentos que se abrazan y se separan, en pugna con el deseo de acatar sus leyes e invariablemente inclinados a contravenirlas. Se vive en ese decir y en ese desdecirse, en la anuencia y en el desacato. Vale al final el trayecto, su intriga fantástica, no la previsión del desenlace. Que exista un finiquito es secundario. Toda la filosofía es precisamente un ocuparse en comprender las inconveniencias del viaje.

Voces quebradas











El teatro se ocupa de cosas a las que no pone arrimo ninguna otra disciplina. Lo hace con verosimilitud, se aplica con el esmero con que a veces no procede ni la vida misma, la vida a la que el teatro se acerca y con la que dialoga y, en muchos casos, sublima. Se le confía que nos restituya o que nos conforte, que alegre o instruya, pero a veces duele, escarba donde tenemos la herida, la araña, la cose a dentelladas. El teatro también hiere. Quien asiste a la función se expone a ese desquicio, ofrece su sensibilidad, la da sin remilgo, y permite que se la zarandee, que la perturbe. Quien hace el papel en el escenario se rompe, se cuartea, no sale indemne. Ayer, viendo la magnífica función de Voces quebradas, comprendí una vez más el poder terapéutico del teatro, su capacidad para hacer que sintamos esa punzada de vida pura.
Se aprecia esa punzada nada más contemplar el vacío del escenario, su ascética comisión de decorados, su compromiso con el texto y con las actrices, en este caso, a las que se les encomendó que tradujeran un libreto difícil, muy difícil, poético hasta el desmayo, donde uno podía percibir el drama absoluto de la existencia. Texto duro y hermoso el de Jaime Verdú, impecable y arriesgada la puesta en escena de Toñi Jiménez, colosal la interpretación de Maribel Peñalver, Ana Carrasco y Elena Moreno, grandes en su entrega, inmensas, en estado de gracia, dotadas de ese genio sin el que no podríamos comprender ni hacer nuestro el titánico montaje de la función.
Concurre en esta obra la poesía y el teatro, lo que no siempre sucede. Lo hace pasionalmente. Hay un estrago y hay un alivio. El estrago es de contenido. Lo que se cuenta es doloroso, no escatima dramatismo, no se rebaja, no se escatima incomodidad alguna. Es la historia de la vida misma, su trama penosa, las cicatrices que deja en la piel y en su adentro. También hay armonía, placer, consuelo. Nada de lo narrado nos es ajeno, ninguna de las fatalidades invitadas al acto nos son indiferentes. Nos pertenecen, son propiedad nuestra. Lo asombroso (mérito del texto y de la escenificación) es la sensación de felicidad que deja. Una felicidad compleja, vibrante, humana. A esa percepción contribuye la carnalidad de las actrices. Son mujeres plenas, mujeres antológicas, las tres se vacían, se dan de un modo brutal, no se dejan nada a la improvisación. Cada línea, cada verso, está medido. Cada gesto (hay más gestos que versos, habiendo muchos veros) es un acto de sinceridad y un regalo para los sentidos.
Versos quebrados es gran teatro, dramaturgia de la buena, mayúscula: prescinde del adorno, lo cancela en pos de un mensaje sin distracciones, persigue (enfáticamente) el don primordial del teatro, su esencia antológica, la rendición de la vida. La aquí registrada es dura, extrema a veces, no se expone con liviandad ni mesura, sino que arrambla con fiereza. Hay muerte y planea la resurrección; hay belleza y fluye por ella el dolor. La belleza será convulsa o no será, dejó escrito Breton. Convertir en pieza dramática el poemario de Verdú requiere de una sensibilidad extrema. No cae en lo frívolo, no se permite rebajar el tono en ningún momento. Las actrices hacen suya la historia (los versos cuentan una o cuentan muchas) y aportan el talento de la interpretación (están soberbias) y el del cuerpo, que es un instrumento más, bien afinado, contenido cuando debe procurarse la templanza (hay partes suavísimas, huecos plenos de significado donde sólo habla él) y enérgico cuando acuden en tromba el dolor, el grito, el desencanto, la desolación, las grandes palabras del teatro, las que sólo pueden pronunciadas con tiento, con esmero y aplicación, con sutilidad y, llegado el caso, con desgarro.
Qué festejo el de la noche del viernes en el Palacio de ErIsana en Lucena. Hay que hablar bien del teatro bien hecho, darle valor, situarlo en el mapa de las cosas, impedir (en lo que uno muy modestamente puede) que lo cruce de parte a parte el olvido o la indiferencia, que es peor. La música es otro armazón de la obra. La inmortal Gnossiense no.1 y no.3 de Satie pulsa cada pequeño acto, impregna la sala y el escenario de delicadeza y de trascendencia también, cumple con magisterio en el oficio de cubrir de sonido el silencio entre un poema y otro, entre un dolor y una alegría. De por medio, calzadas con precisión, están las palabras. Ninguna menos relevante que otras, todas obstinadas en contar el duelo que impregna la liturgia de la muerte, todas pulsadas con amor para que la celebración sea entera y conmueva. Es la conmoción la que te llevas al abandonar la función. Viva el teatro, viva la vida. Uno, dos y así hasta diez.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...