La idea que se tiene de la memoria es siempre falible. Cree uno que existe una propiedad de lo registrado, pero todo se deja contaminar por la imprecisión, por el veneno del olvido. Lo que no se recuerda no importa. Es maravilloso que nuestra memoria esté invadida por todas las demás, por las palabras que no hemos dicho y por las historias que no hemos vivido, no al menos en primera persona. Somos todas esas revelaciones ajenas, somos esa azarosa suma. Por eso leemos. Leemos para que dure más la memoria. Leemos para tener en el plazo de una la consistencia de dos vidas. Leemos para que lo que sabemos no enferme, ni sucumba a la pereza. Por hacernos creer que hemos estado en lugares fantásticos, algunos a los que ni siquiera nuestra imaginación alcanza. Por ser otros que no podríamos ser jamás. Esos otros que hacen lo que nosotros no podríamos hacer. Los que aman a sabiendas de que los matará el amor o los que triunfan y el amor los viste y los calza con entusiasmo o los que no tienen riesgo en el correr gris de sus días y deciden envalentonarse y buscar el asombro de la aventura al abrir un libro. Por eso necesitamos la imaginación de los otros, la fantasía de los que escriben para que podamos vivir las vidas que no nos pertenecen. Vidas prestadas. Vidas arrimadas un instante a las nuestras, pero tan gozosas, tan recamadas de épica y de belleza y de asombro. La memoria se construye también leyendo. O viendo cine. Todo lo que la realidad no nos ofrece y está codificado en los libros, en las películas.
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