Lo que sé del corazón no se lo debo a la ciencia. Ninguna información técnica relevante, ninguna evidencia cartesiana valdrá más que la poesía romántica inglesa o un verso suelto de Pablo Milanés con los que lo entretengo. No hay lenguaje de más probado oficio que el de las metáforas. A ellas confiamos el entendimiento del mundo, pero la revista Science es un recetario de prodigios al modo en que lo es un libro de Kavafis. Del cerebro dice, en un número antiguo del que anoche leí una breve reseña, que es elegantemente simple. Que el mapa de alta resolución de su maraña sináptica respeta un orden. Hay una geometría. Del corazón no he leído nada parecido. Como si no tuviese el rango de brújula espiritual del universo. Como si el desorden del cosmos no proviniese de los espasmos de su funcionamiento, de ese hermoso mantra de percusiones privadas que produce para que yo ahora escriba y usted lea, para que percibamos el olor del campo recién llovido o la belleza incuestionable del vals número dos de Shostakovich. Ahora lo escucho. Está haciendo que mi corazón lata al compás suyo.
30.4.21
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