7.9.21

Anoche soñé con un museo vacío


Anoche soñé con un museo vacío. Lo paseaba con todas las luces encendidas. Un museo vacío es la exaltación más íntima de la belleza. La retira de la democracia de la mirada y la preserva del ruido de la barbarie del turismo. No hay ninguno que abra para un solo espectador, pero qué placer sería pasearlos sin el apremio de las prisas, sin que la tumultuosa afluencia impida recrearse sin estorbo en la contemplación de un cuadro y perderse en él. Las veces en que he disfrutado de alguno he sentido invariablemente opresión, un paradójico estrés que no casa con el fin primero del museo o del mismo cuadro, que sería la restitución milagrosa del arte o la morosa rendición de un patrimonio cultural. Una vez que el objeto artístico ha sido tasado y catalogado en un inventario, el museo muta en tienda. No una cualquiera, con su mercaduría ofrecida a beneficio de caja, con su protocolo antiguo de oferta y de demanda, con su cuenta de ingresos y su hoja de reclamaciones, sino el tipo elegante de comercio que alimenta el espíritu y en el que no puedes adquirir nada de lo que te entusiasme, salvo el inventario de recuerdos de la visita ofrecidos en la taquilla o en una habitación que emula el interior de la instalación y hace un simulacro perfecto del contenido que tutela. Un museo es un viaje al interior de uno mismo. En el recorrido de sus galerías y de sus salas, es a ti a quien encuentras. Está la parte tuya que no conocías. Porque al ver un cuadro, al sentirte desplazado de la realidad que te circunda a la realidad confinada en el lienzo, comprendes que de pronto la confidencia que te susurra. Te dice lo que no habrías sabido si no te hubieses plantado delante suya y dejarte ir hasta que la obra comienza a ser un poco tuya. De ahí que el deseo primero es pasear el museo sin que nadie te estorbe. Como quien pasea una dependencia de su casa. 

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