22.8.24

Historietas de Sócrates y Mochuelo / El punto de vista


 A Mochuelo se le da bien perseverar en su criterio. A Sócrates no confiar en el suyo. Podrían sostener el mundo de las ideas con el solo concurso de la comparecencia de sus diálogos, pero ah, veleidoso apremio de la mudanza, al ave rapaz le ha dado por probarse en otros ángulos, en mirar desde donde antes no lo hizo, en aventurarse en lo desconocido. Toda esa ceremonia es más de coyuntura que de compromiso. Volverá a su rama, tendrá la frase acerada, habrá afilado los colmillos que no tiene para sentenciar de nuevo y dejar a su partenaire humano bullendo en preguntas. Así que no tenemos de qué preocuparnos. Mochuela regresará, no dejará que esa excentricidad estival, la de salir y alejarse de sí mismo un tiempo, le afecte más de la cuenta. También nosotros nos evadimos de lo que somos, concedemos a la rutina un receso, nos miramos siendo otros, cambiando de punto de vista, sintiendo lo que no sentimos por el placer sencillo de ponernos en la piel del otro. A veces no hay marcha atrás. Una vez se ha pensado de otro modo, al pillarle el gusto a esa varianza del ánimo y de la opinión, nos preguntamos por qué tardamos tanto en decidirnos, si no hubiese valido la pena haberlo hecho antes. Mañana Mochuelo será el de siempre. Sócrates ya lo estará echando de menos. 

Historietas de Sócrates y Mochuelo / La belleza


 La belleza posee su sintaxis, concede al orden una secreta obediencia, hasta ignora la sobrevenida injerencia del ojo que hace escrutinio de su esplendor, que será la verdad o el orden, según tercie Sócrates o Platón o quien confíe en que las palabras restituyan lo que no les está permitido. Porque la belleza es un misterio dentro de un misterio, un secreto tapado por otro. Mochuelo es la representación pura de ese milagro, contiene el don de lo inasible o de lo inefable. Todo lo que los demás digan está contenido en su esencia. Pensar es traducir lo que vivamente dicta el corazón, reacio a que se le tase y explique, aunque su concurso en el progreso del hombre haya construido templos y levantado civilizaciones. Hay un orden que aprendió del caos, cantaba Santiago Auserón. La belleza escribe con arcana vehemencia su coreografía de prodigios. El poeta toca su sustancia, pero no pasa de rasgar la superficie permitida. La belleza aturde, es emoción limpia, ese placer no transferible al mecánico y limitado discurso del verbo. La belleza es la imaginación del orden. Hay una disciplina dentro, a pesar de todo. Agua sin tiempo. Luz que pulsa vida. Quien vislumbra la belleza ignora la muerte. También sabe eso Mochuelo. Él es inmortal. 

20.8.24

Historietas de Sócrates y Mochuelo / El pie quebrado


 A los que escribimos no siempre se nos da bien dar con algo de lo que escribir. No siempre irrumpen las palabras, no comparecen a voluntad de quien las conmina a que hagan lo que acostumbran y unas escuchen a otras y se vaya haciendo camino conforme se dan los pasos. El problema es que no haya manera de que el pie se mueva. Yo mismo estoy desangelado, hoy las musas andan a lo suyo, no ni me han mirado siquiera. Cuando eso sucede, se recurre a escribir sobre la inapetencia de escribir o sobre el hecho primordial de la construcción de la escritura. Escribir sobre escribir. Dar por válida esa pirueta poco circense y no dejar que el pie se haga a estar quieto y se guste. Hoy Mochuelo es más humano que nunca. Merece que no se le importune. 

Pecar




 Se debería saber pecar con templanza y esmero, no precipitadamente y con ansia, temeroso de que se nos encuentre en la comisión de la falta o se nos refiera sobre ella la satisfacción que nos reportó. Debiéramos haber recibido instrucción sobre esa propiedad enteramente privada.También ocupar con magisterio esa ocupación en el pecado, pero sobre todo urge aceptar la disposición lúdica de esa infracción tan alegremente cometida y refocilarse en ella sin que más tarde acuda el remordimiento, que es una comitiva de hormigas comiéndote la piel. Quién no peca de pensamiento, de palabra o de omisión. El hecho mollar es perseverar, adiestrarse incluso, ser capaz de entender la sustancia del pecado y aprovisionarse de una parte suya, no la más radical, no la que hiera o aliente la tragedia propia o ajena, sino otra de más mansa conducción, fácil de cargar en el apero del alma. Borges, en un triste soneto, El remordimiento, dijo haber cometido "el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. No he sido / feliz.". Fue, a decir suyo, un desdichado. Lo de ser virtuoso queda en tentativa intelectual, en probatura que no acaba nunca de cuajar y lacera a quien afanosamente se persona en la construcción de una moral absoluta, aplicable a cualquiera, consensuada por todos, idílicamente ansiada por todos. Qué delicioso desasosiego produce incurrir en esas pequeñas transgresiones que hacen de vivir un ejercicio de hermoso y loco funambulismo. Caeremos para que alguien nos ponga en pie o nosotros mismos logremos tomar de nuevo el paso y que nos ronde una vez más el placer, la culpa, la condena, el perdón, todos esos conceptos altos y nobles con los que se nos fue educando para que no sucumbiéramos ante las dulzuras de la desobediencia. 

Georges Brassens hizo de la mala reputación un himno. "En el mundo pues no hay mayor pecado / que el de no seguir al abanderado. / Y a la gente no gusta que / uno tenga su propia fe". Paco Ibáñez, al que profesé devoción en tiempos mozos y que ahora me visita de cuando en cuando, lo dejó escrito en aquella maravillosa versión. Siendo la tentación el estímulo que nos incita a pecar, hay tentaciones benditas, permítaseme el oxímoron, tan armonizador y creativo. Quevedo dijo del amor que era hielo abrasador, fuego helado, "herida que duele y no se siente". Así debería ser el pecado, una especie de punzada que abrase sin que horade, una llama fría, un dolor lejanísimo y, sin embargo, reparador, limpio, facultado para hacernos sentir humanos de un modo consciente, casi vocacional, qué cosas digo. La literatura es pecaminosa. De no serlo, no calaría, no haría que el lector (el hedónico, el verdaderamente atravesado por la lectura, el letraherido) sintiera que algo suyo ha sido removido, cambiado de lugar, reemplazado por otra cosa, convertido en otra cosa. Leer es esa transfiguración, esa desobediencia, ese tener absoluta confianza en la prodigalidad de la inteligencia, de la belleza, de todo lo que nos hace abrasarnos, perder la fe, cometer a sabiendas todos esos pecados pequeñitos que hacen disfrutable este extraño viaje al que se nos apuntó.  

Pecar es cosa de pobres. Los ricos no atentan contra las leyes divinas. Si uno es rico, peca como distracción. En realidad, salvo que tenga una fe extrema, observada con severidad, aplicada con firmeza, el rico desoye la admonición de los augures de las catedrales y de las pequeñas iglesias de barrio, no entra en el negocio del alma y va a lo suyo, sin que le preocupe la inminencia del infierno o le motive la bondad del cielo. La clase media peca a conciencia, por encontrar en ese delito evangélico un poco de aire viciado con el que amenizar la rutina de los días. Conforta lo prohibido, consuela saber que estamos allanando una propiedad ajena, una morada que no es nuestra, un lugar en el que no deberíamos estar. Lo clandestino, en su esencia, es lo que deleita, lo que completa la cantidad de luz que anhelan los ojos acostumbrados a la tiniebla, a esa penumbra en la que nunca pasa nada extraordinario. El pobre, en cambio, es el pecador arquetípico. Es a él a quien van dirigidos los reproches de las homilías, es en él en donde se advierte el andamiaje que se iza hasta rozar el mismo cielo.


Anoche, en la radio, en uno de esos programas en donde la gente confiesa los porqués de sus penurias o de sus alegrías, pillado por casualidad a poco de quedar dormido, escuché al pobre declarado, sin medios con los que subsistir, preocupado por medrar y poner en riesgo su estupenda hoja de servicios, la que le servía para entrar con la cara bien alta en la iglesia (decía) cuando iba en domingo y le pedía al Señor que le sacara del agujero. Repetía mucho lo del agujero y lo de la cara alta. Como si una cosa fuese justamente el anverso de la otra. Creo que me dormí pensando en eso, en la trampa del pecado, en esa usurpación un poco infame de otra palabra más enjundiosa, de más noble asiento en la sociedad: el delito. Quizá una parte de que esto funcione (o no lo haga en absoluto, depende de quién lea o de cómo procese lo que ve o lo que lee) procede de inclinarse a la legitimidad del pecado o a la del delito. La justicia, la divina o la terrena, hace su trabajo, sí, pero habría que separar bien cuál es su ámbito de trabajo. Si una puede interferir la aplicación estricta de la otra, si nos espera el infierno o un juzgado, si la opresión que sentimos en el pecho la agita un dios o un juez. En cierto modo, podríamos dejar que los dos convivan y a los dos nos rindamos. El pobre de anoche, digo pobre porque se manifestaba pobre, yo lo seré más a poco que lo piense, sólo quería que Dios, que todo lo ve, no le apartara de su lista de elegidos y su tortuoso camino por la tierra, no dudo que penoso como el de cualquiera, no rebajara una brizna del esplendor que recibiría al abrazar al Padre, nombrado en varias ocasiones con absoluta vehemencia, por otra parte. Un Padre atento a sus hijos, expresaba. Se pierde uno en estas sutilezas de la fe. Se cree que está al margen de esas consideraciones, alberga la esperanza de que cualquier cosa a la que nos dirijamos será buena o ni siquiera será. 

A lo que no se nos ha enseñado es a soportar el dolor, a sentirlo y caminar con él y sobrellevarlo. Es el dolor (el físico, el otro a veces más doloroso) el que nos conmueve o nos lacera o nos destruye. En las novelas rusas, en las que me gustan, se palpa esa moral claustrofóbica, se percibe que oprime hasta que los personajes dicen basta y matan o se suicidan. También creo que la literatura nos salvará de todas estas teatralidades del espíritu al imponer las suyas propias, las de la ficción, que consuela y permite que sigamos yendo de lo humano a lo divino sin que tengamos que pagar peajes muy altos en ese trayecto. Y da igual que seamos ricos o pobres o que pequemos a posta, por distraernos, o sin desearlo, por obligación, impelidos por el azar o por las en ocasiones duras circunstancias. 

19.8.24

Historietas de Sócrates y Mochuelo / El carácter


 

Mochuelo está resuelto a vindicarse. Tiene con qué urdir su plan, sabe de los instrumentos para alcanzar el éxito, no se va arredrar cuando se comprometa su empresa, hará cuanto esté en su mano, se elevará si los obstáculos precipitan el fracaso, convocará la inspiración, apretará los dientes, desoirá las admonición del cansancio, imaginará los frutos de su hazaña mientras se conjura infatigablemente en el desempeño del trabajo precisado, pero no hay tal liza, no se convocó a ningún contendiente, nadie le reta, el campo de batalla es un simulacro, una impostación, una mentira. Mochuelo no dirime en el juego ninguna rivalidad, tampoco persigue vencer: ya se sabe triunfador. Su única jugada maestra es rebajar la competencia del juego mismo y erigirse ganador. Sócrates no podrá replicar, carece de mando en la partida, ha sido elegido para que formule una pregunta y Mochuelo esgrima maliciosamente una respuesta. Lo siento, es mi carácter, dirá cuando se le reclame una justificación. 

Historietas de Sócrates y Mochuelo / Un diálogo imposible


 Mochuelo ha querido probarse sin que Sócrates lo cuestione o él tenga que cuestionarlo a él. Como el hijo que sale de farra primerizamente y deja a la madre en casa comida de nervios. Como el secundario de la trama al que se le permite un papel protagonista. Nervioso, Mochuelo no sabe qué hacer, en qué ocupar ese escaramuza narrativa. De pronto, repara en que puede charlar con igual, una criatura hecha casi de la misma materia que él mismo, de la que sabe que poco de primera mano, pero a la que parece que se le conceden las atenciones más altas. Así que saluda, hola, GPT, soy Mochuelo, pero la máquina desoye el requerimiento, resuelve no avenirse a conversar con un simulacro. Como si el jugador de ajedrez virtual negara enfrentarse con otro que no valorara ni motivara. La conversación no sucede, no hay con qué armarla, el emisor no es válido para el receptor. En el mundo real, ese diálogo suscita complejos interrogantes. La máquina ttendrá más pronto que tarde voluntad para reservarse, casi como un Bartleby reacio a pronunciarse y no acceder a lo que su autor le exige, no es nuevo ese pronóstico. Esa desobediencia es un indicio de los tiempos por venir, que no serán más extraños que los ya transcurridos, por cierto. Siempre hubo quien negó la palabra al que no fuera un igual. Hay bibliografía disponible. Nada nuevo está sucediendo. Seguimos pecando de los mismos vicios. Qué dirá Sócrates cuando esté al día, me pregunto yo ahora. 

18.8.24

Historietas de Sócrates y Mochuelo / Verano


 


A veces conviene retirarse un tiempo, no dar señales de vida, concederse un retiro, ser hospitalario con uno mismo, convidarse de los paisajes a los que no acostumbramos, ver con la mirada que no acostumbramos, incluso hacer lo que los demás, pero determinado a que sea una experiencia íntima y distinguible de las otras. Hasta el pensador resuelve aliviar la costumbre de darle a todo hondura y trascendencia y se engolosina con la desidia, que es un atributo del verano. A Mochuelo le escama la versatilidad de Sócrates, no cree que pueda hacer de turista y disfrutar del sol y de la playa, sin otro oficio que permitir que la luz lo bañe y la música de las olas lo relaje. El aburrimiento es la enfermedad de las personas felices. Se las ve mirar al mar en una especie de arrobo primordial. Como si la contemplación los limpiase por dentro. Como si pudieran entablar un diálogo con la eternidad. Se va a la playa a respirar con conocimiento de lo respirado. Toda ella es una invitación a la molicie. Qué hermosa palabra. Sócrates la apuraría, encontraría en ella razones para que las palabras se arrogasen nuevamente su recado fundacional: el de nombrar el mundo, el de ocuparse de que flaquee su esplendor y su porvenir. A Mochuelo no le va el trajín en el que le han metido. Estará perplejo, incapaz de entender la euforia de Sócrates, ese principio fundamental que auspicia la comunión entre el cuerpo y el espíritu y que, en ocasiones, si se dan las circunstancias favorables, sucede cuando tomamos el sol junto al mar y no hay nada que hacer ni que remediar. 




17.8.24

Mare Nostrum

 Cabrera Infante dijo de Borges que era hijo de Homero. Será el canto del poeta el que haga que la paternidad invisible de la sensibilidad y de la inteligencia prospere y la progenie ocupe la tierra hasta que la ceniza la cubra y el sol se desvanezca en el azul del cielo. Conmovedoramente, la poesía extrae la bondad misma, explica la realidad con los primores de las metáforas. El trasegar del tiempo no censura la injerencia de las hazañas del hombre. Las más vastas, las de más elogiable fuste, provienen de la literatura, ella las fija en la memoria de los pueblos. Las civilizaciones se perpetúan por la caligrafía atenta de sus poetas. Se les encomienda la custodia de un tiempo y la divulgación de las causas y los azares que lo marcaron. La misma Historia es una transcripción morosa de ese empeño lírico, aunque se manifieste con herramientas burdas a veces y se manuscriba con falible empeño. Lo que no puede corromperse es la épica, la rendición gloriosa de las vicisitudes de los héroes. La ceguera de Homero es la de Borges; también la de todos los que leen o escriben sin que la luz los guíe y tan solo cuenten con la memoria de la luz para medrar más hondamente en ella. Pedimos que nos aten al mástil, tenemos ese anhelo de épica o de verdad o de vida. Queremos que las palabras no nos rocen y, sin embargo, confiamos en ellas, les damos la residencia de nuestra piel, que es un mapa del desaliento y, paradójicamente, un feliz inventario del porvenir.

No es de Ulises el viaje iniciático de Occidente, sino de Odiseo, que es el nombre helénico. Los romanos hicieron que Zeus fuese Júpiter para que nuestra memoria sentimental abrazase ya para siempre a Ulises. Él nos mostró la paciencia primordial, nos curtió en el ejercicio de la templanza. Los diez años que tardó en llegar a Ítaca compendian la entera construcción de nuestro anhelo de concordia y de progreso. Las nueve musas surgidas en las noches de amor entre Zeus y Mnemósine, cuatro en palabras de Cicerón, las que inspiraron las artes y nos enseñaron los caminos de la belleza, nos acarician en el insomnio de las noches. Todavía es el Olimpo el suelo que pisamos. Los dioses asisten a la ceremonia de la educación de los hombres, a los que se encomienda el don del canto, la advocación de la inspiración. No hemos avanzado mucho desde la época de Apolo.

Las ninfas existen porque las solicitan los sátiros. Todas esas hermosas doncellas de los bosques, hijas de Zeus (o de Júpiter) cabalmente desnudas en sus devaneos frívolos por las orillas de los ríos, vigilando el destino de la creación. La bendita mitología grecolatina ha sorteado las debilidades semánticas de los tiempos y transcurre sin aparente daño. Al sátiro, en su espléndida restitución esdrújula, no le han afectado esas intromisiones censoras, creadas al albur de los tiempos, comparecientes por la solicitud de la corrección o por su ausencia. Sigue entreteniendo la iconografía de la luz y de la carne, subsume el trasiego de la vida en el útero mismo de la cultura, en la tierra a la que lamía el mediterráneo precursor de todo lo que hoy podríamos considerar raíz, cuna, semilla. Un sátiro precisa una ninfa para que el poeta pueda hacer que los versos desciendan de su confín invisible y el paisaje se convierta en un lienzo eterno. Se colige que no hubo sátiras (satiresas, si el lector moderno prefiere): las introdujeron en la trama los poetas, anticipándose varios milenios a la ahora bien calzada igualdad. La condición del sátiro es mitológica, por lo que todo lo legislado ahora le es ajeno. La húmida Eco quedará transida, relegada a un aparte de la trama. Es de los poetas el lenguaje. Ellos lo preservan, lo salvan de la veleidad de las modas, lo cuidan, lo subliman. Deberían ser consultados para cualquier asunto en el que se convoque la intendencia de las palabras. Son el bien y el mal los que firman el texto del corazón del hombre y es tornadiza su inclinación a formular el uno o el otro. Son tiempos de pendencias y de venganzas, de antiguas lizas que no se han acabado de cerrar. Me sigue pareciendo extraño que el mar que baña las costas de Gaza sea el mismo en el que jugaron mis hijos cuando pequeños, el mismo en el que los atardeceres son rojos y embelesan el corazón. Somos hijos de Homero, somos hijos de las islas del Egeo, de las naves que surcaban el mar fundacional, no hay otro, no habrá nunca otro. Ah, proceloso Mediterráneo, somos cantores, somos embusteros, nos gusta el juego, el vino, tenemos alma de marineros, como cantaba Serrat. Las desventuras que glosaba el cantor son las nuestras. Y si un día la parca repara en mí «enterradme entre la playa y el cielo». Los sátiros de ahora no tienen la indumentaria de los de antaño, tampoco su lujuria y su ansia de placeres: son ciegos, son insensibles. Ninguno de ellos leyó la Odisea ni miró al Mediterráneo con devoción y con gratitud.

Asterión en Marte




No hay ningún Bowie que no me guste, ninguno al que no le deba una canción que me haya cautivado, ninguno que me haya decepcionado. Otro asunto a considerar, que no se extrae directamente de la música, es el Bowie icónico, la imagen que ha ido modelando y con la que hemos ido creciendo. No creo que haya ningún otro personaje célebre, provenga de la música o del cine, de las letras o del deporte, que haya comprendido mejor la idea de la transformación. El interior tarda en revelarse. Por eso cuidamos el cuerpo y vigilamos con esmero el deterioro de la piel. No hay un adjetivo que lo explique. A Bowie no es posible reducirlo al modo en que procedemos con los demás. Ni siquiera él mismo sabría cómo entenderse, imagino. Fue mutando, abrazando corrientes musicales o artísticas (el mod, el glam, el pop, el jazz, la música disco) e inyectando en esos estados del arte una brizna relevante de su talento. No podría encontrar alguien que se le pareciera. Tampoco tiene clones fiables. Es una especie de cosa extraordinaria y única que ha atravesado los últimos treinta años del siglo XX y los primeros de este XXI. Estaba un poco al margen del mundo, pero lo inspeccionaba con lupa, registraba sus vaivenes, adquiría esa facultad que consiste en aprovisionarse de lo que realmente importa y madurarlo hasta que pareciera una creación propia.
Borges, en literatura, procedía con parecidas herramientas a las que usaba Bowie en música. Borges no era original en casi nada: recababa tramas de las mitologías nórdicas, medievales, latinas o árabes, agazapado frente a los anaqueles, declinando si lo contando era original o no. Una vez masticado y engullido, era suyo y solo mostraba una inapreciable ligazón con su origen. Bowie mastica y engulle a lo Borges, pero no se embelesa en las bibliotecas, no hurga en las runas, no concibe el mundo como el sueño de un dios caprichoso y rudimentario, sino un continuo diálogo con su tiempo. Bowie leyó a Kant, imaginamos. Borges no ha escuchado Be Bop. O al menos ninguno de todos los Borges posibles de una manera trascendente, no supo qué era el glam. En el fondo, creo que se hubieran llevado bien. De una forma inargumentable, alejada de las convenciones con las que la amistad suele despacharse, Borges y Bowie hubiesen encontrado una vía para discutir sobre el mundo y sobre lo que hay dentro, pero lo importante está afuera, hubieran convenido. Por eso Bowie miraba a las estrellas y Borges, menos inspirado en la mecánica celeste y en la sci-fi, recurre al alma, que es en sí misma un universo tan insondable como el que nos circunda y abruma. Y no conozco ningún Borges que verdaderamente no me guste, ninguno al que no le deba un poema o un cuento maravilloso. Acudo a él con veneración. Me responde siempre. Creo que no podría vivir del todo (este tipo de vida al menos) si por alguna circunstancia extraña tuviera que prescindir de sus libros. Tampoco me imagino cómo podría estar años sin escuchar algunas piezas de Bowie. En realidad uno vive a expensas de esos vicios. Los exhibe públicamente, como yo ahora, pero guardo lo más precioso, la verdadera naturaleza de esa adicción. De hecho, no sabe ni cómo expresarla. No sabe ni a qué obedece y qué secreto rumor persigue. Esta noche voy a leer La casa de Asterión con las arañas de Marte tocando de fondo. Será la primera vez que ambos me susurren.

16.8.24

Historietas de Sócrates y Mochuelo / La ficción


 Se está mejor en la ficción, a poco que se sabe del gris de la realidad. Podría darse por válida esa aseveración, se tendrán argumentos para sostenerla, pero no es recomendable afincar el ánimo en lo inventado, en el simulacro de vida que da esa ficción tan estimada. Tienen las dos puertas giratorias, pequeños o grandes accesos a lo que ofrecen. Lo verdaderamente milagroso es que los personajes de la ficción anhelen probarse en el mundo real, tasar su desempeño narrativo en la cartesiana matriz de la certidumbre. Como si el autor que los urde comprendiera que probablemente él también pertenezca a una trama construida por una mano ajena de la que no sabe nada y a la que concede todos sus desvelos metafísicos. Mochuelo carece de metafísica: es de un pragmatismo a prueba de trascendencias. Él se prefiere en la tarea de observador, sin que nada le haga deseo alguno de cambiar esa circunstancia. Tampoco sabemos qué es la ficción, qué lugar es el de Mochuelo cuando no conversa con Sócrates. La representación de lo puramente fabulado es una impostación, un añadido al universo, un atributo del que carecía y que el creador fuerza a que comparezca. Lo real no precisa de la ficción, sucede ajeno al decurso de las metáforas y de las inverosimilitudes que hacen de ella una circunstancia falible, no constatable, servida por la herramienta del lenguaje, que es siempre una temeridad. Porque podemos hacer real lo que no lo es en el momento en que lo nombramos. La literatura misma es un fingimiento, una construcción inútil, si se me permite. Por otro lado, no habrá nada que surja de la imaginación que no provenga de un hecho sucedido. Si se piensa con detenimiento, es la realidad la que da a la luz la ficción. Sería absurdo razonar aquí cuál es más relevante. Ninguna existiría sin la injerencia de la otra. Vivimos porque imaginamos. El interés de Sócrates por saber si Mochuelo querría conocer lo que hay más allá de la viñeta es sobrecogedoramente dramático. Es el hombre en conversación con sus fantasmas, consigo mismo. El descreimiento de Mochuelo es el nuestro; su frívola anuencia a su condición impostada es idéntica a la que a veces recurrimos para elevar la dura cumbre de los días. 

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...