31.8.21

Ventanas jerezanas

 


De una ventana se puede inferir la opulencia que preserva. Hubo un esmero en su construcción, se le dio la consideración más alta y hasta la reja que la guarda exhibe un esplendor apreciable, que rivaliza en vistosidad con ella misma. Se conjuntan con la piedra que las circunda. Se diría que hubo una intención de permanencia en el tiempo. Como si nada pudiera hacer el tiempo contra ellas. Como si no tuviesen un inicio y no se esperase que tuviesen un final. No se precisa siquiera que alguien la abra. Hay ventanas que difieren del cometido que se les da por hecho: el de abrirse o cerrarse, el de mostrar o el de ocultar. Existen por la mera concurrencia azarosa de la belleza. Son ornamentales. Cumplen un protocolo ajeno al convenido. Si alguien asomara a ellas, perderían su apresto, su disposición poética. 

Dietario 184

Qué pobre se queda el alma cuando nada me duele. 

Dietario 183

                        
                        Guy Le Querrec, Nina Simone, Olympia Concert Hall


Me fascinan los teatros vacíos o los cines vacíos. Adoro esa sensación de desamparo. No hablo de los teatros o los cines abandonados, cerrada la taquilla y tapiadas o candadas sus puertas, de los que se sabe que no volverán a ser habitados, sino de los que no poseen la virtud de ser fieles a su cometido y se exhiben con desangelada compostura cuando acabó la función, como si la asistencia de público no los convirtiera en otra cosa, no un teatro o un cine, una sala destinada a la cultura o a la diversión. Piensa uno más en ellos, con mayor detenimiento, cuando no los ocupa el ruido, las toses, las conversaciones. Es la misma sensación que tengo cuando entro en un aula vacía. Sorprende que esa orfandad pueda ser fértil. Mi misma casa, si quedo únicamente yo en ella y la familia anda por ahí, en sus asuntos de calle, me parece un teatro al que súbitamente se le ha extirpado la esencia de su ser. El silencio es un presagio del ruido. También a la reversa. Hay ruidos que anuncian un silencio que pugna por abrirse paso y equilibrar el aire o apaciguar la vista. El silencio se ve. 

30.8.21

Un retrato

 Hay quienes no sabe vivir sin tener algo que le contraríe. En cuanto los astros se confabulan a su favor, adquieren una grisura que se percibe a poco que se les conceda un fortuito saludo o concurra una conversación, de la que es mejor rehuir, no caer en los buenos modales, los que se conceden sin pensar, los naturales y esperados. A pesar de que la mascarilla nos prive de la sequedad del rostro, que tendría gesto de gárgola o de encabronado crónico, podemos escrutarles los ojos y ahí se percibe la podredumbre de su espíritu, la costra de moho que ocupa el aire que les circunda, la nula capacidad de obrar para que el bien acuda y lo cubra de la gracia del vivir sencillo o de la alegría más rudimentaria. No sabe uno qué hacer cuando se topa con ellos en la calle y algo nos apremie a que se les haga aprecio. Basta asentir o disentir en lo que azarosamente nos diga para que se cree un conflicto que puede desmoronarse o encresparse, sin que una u otra cosa tenga justificación ni nos afecten los más mínimo. Tiene este gremio de desencantados de la vida el mismísimo cielo ganado, pero lo sabotearán nada más poner un pie en él, haciendo que los santos guardianes que lo cuidan se pregunten si no es demasiada ancha la manga con la que se transita de la vigilia de la vida al sueño de la muerte y habría que reconsiderar el protocolo de acceso.

Asombra que hayan tenido amigos o que todavía cuenten con alguno. Serán, en todo caso, gente del mismo grosero calado, de los que se jalean estruendosamente las bromas y avivan el fuego de las puyas, no vaya a ser que no tengan con qué entretenerse y se encuentren solos, sin nadie a quien molestar. He ahí entonces el recurso sublime de esta estirpe de desencantados: se conminan a zaherirse en primera e inmediata persona, aplican en su pellejo el oficio antiguo de su desvarío y se enmohecen despacio. El cáncer de su mal genio hace casa en cada resuello de su alma y disfrutan eso que se dice sobre no aguantarse ni uno mismo. No hay consolación que los reintegre a la vida en sociedad. Es todo bruma y escombro, oxido y vacío. El escaso ánimo que surja cuando nos los topamos se deshace de inmediato. Basta únicamente que se les haga una pequeña apreciación para que la rebatan con furibundo encono. Lo bueno que paradójicamente les pase no prospera ni hace asiento. Esa bonanza del espíritu debe producirles una zozobra de la que tardan días en recuperarse. Una especie de sarpullido interno les crea una roña recia que desgracia la posible apostura que trajesen por herencia.
Es habitual que tengan allegados que, sin merecer el rango de amigos, los frecuenten, pero no eluden caer en la trama de su acritud, que torna en maldad cuando las condiciones son favorables. Se ignora la caída que los apartó de la concordia y la mesura, no interesando hurgar más de la cuenta en las razones del desquicio: es una pérdida absoluta de talento y de tiempo o de esfuerzo y de bondad. Poseen la admirable facultad de tenerse por razonables y estar incesantemente asistidos por una fortaleza moral inquebrantable. Ella es la que los patrocina y conforma, pero son limitados, cuando no abiertamente obtusos o tardos. Su nula empatía con el prójimo no les impide creerse interesantes. En ocasiones, agasajados por algún raro espasmo festivo, condescienden a rebajar o incluso cancelar la tirantez del gesto o la aspereza semántica y es un vivo espectáculo contemplar el resto de bonhomía, con su candidez al lomo, que no ha sido devastada por la mala leche.
No hay redención posible, ni piedad que pueda abrazarlos. En cuanto atisban que se les da un arrimo de afecto, se crecen en su solivianto y registran el perfil más dañino del que son capaces. Pareciera que rehúyen cualquier sentimentalismo. Enloquecerían si de pronto se percatasen de que se está bien en él. Poco o nada dúctiles, prefieren morigerarse, continuar en sus trece, en su desabrimiento, enfangados en su destierro de las emociones. Puede considerarse que algo los desvió de la senda correcta, pero no se tiene ánimo para abrir esa puerta, no vaya a ser que el tufo se expanda y nos atrofie el olfato. En la muy improbable posibilidad de que el día nos pille con la filantropía a flor de piel y le escuchemos más de la cuenta, no hay que entusiasmarse, ni creer que ha habido un milagro y el ser emponzoñado ha encontrado vacuna para su ponzoña. No hay tal regreso.
Ríen con dificultad si algo de verdad les afloja la seriedad y brota de algún confín de su confinada alma la muy confinada risa. Huelgan la afluencia del llanto, que es (a decir suyo) señal de algún tipo de debilidad del carácter que no matrimonia con su reciedumbre moral. Si ríen o lloran y no se ve fingimiento en esas dos evidencias puras de la emoción es posible albergar alguna esperanza. No se pierde ni se gana nada si se reintegran a la vida normal que nos desconcierta o que nos alboroza. Ellos van por un lado y nosotros, allá cada uno sepa en dónde inscribirse, vamos por otro. Si un día caes en su trampa y te descubres que es el asco lo primero que sale cuando hablas, tienes que preocuparte mucho. Siempre hay un principio para todo. Tal vez ellos empezaron así: se torcieron en una nimiedad, se encabronaron con la más débil contrariedad y luego se vieron bien en esa posición combativa, en la trinchera de su malestar . Es mejor negar que asentir, debieron pensar. En el no se elude razonar. Que el mundo esté plagado de gente de esta jaez explica muchas de las cosas con las que nos topamos a diario.

29.8.21

Dietario 182

 El otoño es una especie de adviento al que se le ha borrado la huella cristiana, aunque mantenga la espiritualidad o la fe, que vienen a ser una principio de la otra y hasta pueden relevarse en sentido. En lo que a mí respecta, estoy preparado para que me sacudan en el alma todas las metáforas del frío y creo que cuando vea un árbol pelado de hojas estallaré en endecasílabos y escribiré poemas que pondrán mi nombre en el parnaso de los rapsodas melancólicos. Fue sentir el frescor de la noche cuando se echó encima y tener la certeza de que la inspiración (la que haya) retornará y hará casa en mí. Sacaremos del armario las prendas de entretiempo y subiremos al trastero a por los bártulos con los que combatir el frío. Qué maravillosa contienda, qué ganas le tengo. De momento, en la espera, miro al sol con afecto. Toda la luz desparramada en el aire me suena a obertura sinfónica. 

Dietario 181

 Pensaba hoy en la orfandad absoluta que te deja el placer cuando se acaba. Sostenía mi amigo J. hace tiempo que, al acabar The wire, la serie de HBO, vivió esa zozobra, entrando en el mismo vértigo orgánico que sufre el enganchado en drogas de más dañino plumaje y, por supuesto, menor o nulo fuste artístico o sentimental. Como sucede en muy escasas ocasiones, coincidíamos en mucho. Nos alimentaron los mismos brebajes. Presentimos, hincando el codo en la mesa de una terraza, apurando unas cañas, la muerte del cine (o de las salas, en todo caso) por obra de la mala educación de quienes lo frecuentan. No sé a qué atribuir esa defunción lamentable. Tampoco dónde encontrar los medicamentos que alivien el mal que sufre. Sé que se le quitan a uno las ganas de pagar una entrada y ocupar una butaca cuando maneja la posibilidad de que cualquiera puede aguarte la fiesta. Sencillamente no soporto que el acomodador no haga como debe su trabajo y no cierre cuando debe la puerta de acceso a la sala, permitiendo que la luz de afuera se proyecte en la pantalla o que sea yo el que, al ser molestado, pida al maleducado de turno que hable más bajo o que directamente calle. Nada, al cabo, que cualquiera no reclame cuando le fastidian. Por eso (y porque aplaza uno el visionado de tal o cual película hasta que se edita en DVD o la agencia por otras vías o porque haya métodos expeditivos y eficientes) va uno menos al cine. Por las altas exigencias que inevitablemente usamos como tarjeta de presentación de nuestro carácter. Por el acomodador incapaz de cerrar la puerta cuando debe. Por la bolsa de patatas fritas que no se acaba nunca. Por el volumen inusualmente bajo o inusualmente alto. Por hacer más calor o más frío del soportable. Por el temor a que la orfandad maravillosa de que se consuma el placer nos pille con las lágrimas saltadas cuando prenden las luces y debes salir de la sala. Hace que no piso un cine. La lamentable costumbre de sacrificar ciertas molestias no me excusa. Hace una barbaridad de tiempo que no piso un cine, lo digo con pena también. Algunos de los momentos de placer que haya tenido han ocupado una sala a oscuras y una pantalla encendida. Esa magia. No sé si lo único que importa es el cine en sí mismo y no la instalación en que se escenifique su hechizo. No sé mucho, la verdad.

26.8.21

Dietario 180

 Decanta la tenue sombra su frescor pasajero hasta que de nuevo el sol cobra su peaje y arranque el cuerpo a exigir el suyo, que es, las más de las veces, sudor. No se le recrimina al cuerpo que haga sus cálculos químicos para que continuemos la brega diaria, esa aritmética suya será la procedente, pero deseo con el alma entera (es cosa mía ese súbito volunto) que el frío intervenga en sus ecuaciones y zanjemos el sofoco, que amengua el ánimo y nos abate con su antiguo oficio. Hoy el día principió un frescor inédito y la noche fue generosa. Se avitualla así el ánimo para que la vigilia no lo derrote y prospera la esperanza de que cunda el fresco sin receso y respiremos algo. Ahora, es mediodía, la calle arde de nuevo y habrá tribus ocultas (qué remedio les queda) cerca del río.

La batalla que entablamos con el cuerpo la ganamos y perdemos a diario. En ganar y en perder se nos va la vida, pero en cierto modo vivir es irse uno yendo, escapando, fugando, adquiriendo poco a poco la conciencia de la duración de todo ese trasiego. Por eso no es nunca una ganancia o una pérdida, sino un estado canjeable por otro, una sensación modificada por otra, un equilibrio que se deshace y que regresa, una especie de sofisticado partido de tenis en el que no hay un ganador o un perdedor ya que lo único que realmente importa es la evolución de la bola por la tierra, el vuelo que ejecuta y las formas en las que el azar o el talento o la experiencia las va haciendo caer.
En torno a uno, conforme avanza, la realidad se obstina en contradecirnos o en mimarnos, en hacer que fracasemos o triunfemos, flaqueemos o nos reforcemos, sin que ninguna de esas dimensiones del juego dependan enteramente de nuestra decisión, de la voluntad firme con la que abordamos la partida. Pero el cuerpo se obceca en malograr todo esfuerzo por gobernarlo. Accede a ejecutar los movimientos que le solicitamos, y movemos las piernas, abrimos la boca y hablamos, bailamos incluso cuando la música nos traspasa, pero hay asuntos en los que no consiente la injerencia ajena, no admite que haya un dueño, obra por libre, medra en su absurdo deseo de irse degradando, aunque nos haga creer que tenemos alguna propiedad en la empresa, de que en el fondo somos nosotros los que guiamos la nave.
Pensé en que quizá lo que trasciende de esta batalla no es que se persiga la adjudicación de un vencedor: lo hermoso es la ceremonia en la que se preparan los bártulos de guerra, el modo en que disponemos en el mapa los ejércitos, toda esa estrategia espléndida de los preliminares. Ninguno de ellos, no obstante, es dulce cuando el cuerpo evacúa ese unánime y más que molesto lastre llamado sudor.

20.8.21

Dietario 179

 

Hay días de un gris martillo o de un gris escombro, días con una emergencia de caballo desbocado, días perfectos para razonar el declive del imperio del corazón, días de óxido en la retina y un límite de estiércol en el pulso, días con sangre de pato debajo de todas las multiplicaciones, días de consecuencias incalculables y gatos desentendidos en la acera mientras enfilas calles hacia el trabajo y piensas qué te está aguardando y no conoces, días que revelan la audacia de las horas al condenarnos a su tránsito, días sin la voz  de Leonard Cohen en el hotel Chelsea cuando todo era vértigo y era fiebre, días de blues subterráneos, días de habitaciones baratas en una pensión de barrio con un cenicero lleno de metáforas, días de un volumen insoportable en el corazón, días para dejarse crucificar por el viento y no contener el llanto, días azules de la infancia de pronto ante ti como una estampa de una virgen, días bizarros de cuenca de ojo de vaca, días abiertos en canal y levemente maquillados para el velatorio, días sin letras de Van Morrison, días de puro asombro, días en los que planeas deshacerte de todo a lo que no das el aprecio debido, días sin presentimientos que ocupan un renglón en un diario perdido en un parque, días sin lírica ni besos, días con una costra adherida a las horas, días sin letras de José Agustín Goytisolo, días de moho caliente en una hogaza de pan duro, días de abrazos partidos a la puerta de un dispensario de júbilos, días con mapas trucados por el azar, días de sentimientos minerales, días de un frío enfermo que no toma su dosis diaria de melocotón en almíbar, días de resurrecciones inaceptables, días de suicidios brevísimos, días abalconados a la tragedia, días de una espesa carnalidad, días de flores en un cuadro que no entiendes, días sin letras de Ángel González, días de humedad en el hueco en donde se va alojando el alma, días de retroceso en el percutor del entusiasmo, días de disidencia en el espejo de los sueños, días sin letras de Charles Baudelaire, días confusos de nombres que consienten la piedad y la ternura, días de caligrafía perturbada, días de fonética infame, días en los que hubiese sido mejor no haber puesto el dedo en la llaga, pero la llaga está y no ha renunciado a su cuota de texto.

 

19.8.21

Dietario 178


 La piedra se obstina en su condición tosca de sustancia sin motivo. En su mirar corto, cree saber que no tiene de qué alardear. Que no se la impregnó de belleza cuando la belleza fue repartida por el novicio orbe. Accede de mala gana a ocupar la pedestre residencia de las cosas a las que no se les concede aprecio. Envidia la literatura que se dispensa a las flores o a la lluvia. De haber sido árbol o nube, no sentiría la pena honda que la come por dentro.


Una piedra es una anomalía del paisaje. También una impertinencia de la Historia, si no se atiende a su virtud fabril o a su concurso en la peripecia de la industria cuando el hombre la reverenció y tomó como extensión confiable de su cuerpo. El refranero o la canción popular no la prestigia: tirar la piedra y esconder la mano, una piedra en el camino me enseñó que mi camino era rodar y rodar, tropezar dos veces con la misma piedra, tirar piedras sobre el propio tejado, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Citas que comprometen o eluden una alabanza.

Es ella la que ha sostenido la verticalidad desafiante del género humano y hasta se construyeron iglesias invocando su recia verdad sin tiempo ni memoria. La piedra encierra la dignidad de los pueblos. Habría que contar con ella cuando deseemos contar algo noble y bueno que nos justifique o nos ensalce. Tal vez no contribuya a su reputación que se cuente con ella para escenificar el primer y más que influyente fratricidio del que se haya guardado registro. He aquí a Caín abriéndole la cabeza a Abel. No fue precisamente una apreciable tarjeta de presentación. Fuentes de autoridad probada sostienen que pudo ser algún aparejo agrícola o un palo de singular grosor. Hoy, al ver algunas, pensé en lo que contarían si hablasen. No es mía esa frase. Descree uno de elocuencias sobrenaturales, pero aguza el oído por si no es la razón la que finalmente escuche.

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...