28.2.21

Dietario 59

 Contiene la realidad trazas escandalosas de ficción y vamos a ciegas entre una y otra sin saber cómo identificarlas o sin entender si dar con la clave que las deslinde hará que vivamos mejor, pero nunca hemos vivido mejor, siempre hubo esa querencia sana o enferma a que la vida fuese otra cosa, no la tasada y conocida, la dolorosa o la jubilosa, sino otra, una que se adecuara más a nuestros deseos y convengo conmigo mismo que tal vez sea en los mismos deseos en donde se entremezcle bastardamente la realidad y la ficción. Porque hay deseos que se amoldan a lo real con pasmosa eficacia (uno desea que la noche vaya bien y no se desvele o que el hijo apruebe uno de exámenes importantes o que el amigo mejore si ha caído en la desgracia de la enfermedad) y hay deseos que se alejan de lo tangible y de lo mesurable y buscan un no sé qué inasible, una especie de épica o de metafísica, vaya usté a saber. El caso es que los domingos (esto va por mi amigo Raúl Ariza) tienen una costra a la que no siempre se le procura la uña metódica y no podemos sacarle el óxido, el grumo, el barro antiguo de las cosas que nos duelen. Así que es mejor no pensar mucho y dejarnos. Está en descrédito ese verbo: dejarse. Da a entender que no tenemos interés y es justo lo contrario: dejarse (en ocasiones) es permitir que la realidad convenga su propia trama y nos resuelva las incógnitas y nos abra el camino. El deseo es otra cosa. Los domingos tienen arritmias, desfallecimientos livianos o severos. A eso de media mañana, me abro una cerveza y pienso en si está todo perdido y razono que no. Está todo por hacer. El día es de una jovialidad que anonada.

26.2.21

Dietario 57

 Duele la luz cuando la sombra hace casa en los ojos. Así la vida nos evita de dolores innecesarios. Así nos curte y derrota. 



25.2.21

Dietario 56

 

 

 

                            

                                                          Ilustración: David Shrigley

 

 Nunca me expresé dibujando. Por eso mi admiración hacia quienes lo hacen es cada día mayor. Al modo en que la música pulsa las cuerdas más íntimas del alma, las que a veces no alcanzan las palabras, las artes plásticas tienen la facultad de llegar a lugares impensables y durar ahí adentro. Una de esas mezclas entre lo musical y lo pictórico es el disco como producto. Engarza el hechizo de una imagen con el hechizo de la música. Recuerdo con afecto portadas majestuosas que guardaban canciones inmortales. No es posible que escuche Shine on you crazy diamond, la pieza del Wish you were here de Pink Floyd, sin que piense en el hombre que extiende su mano mientras arde. La del álbum blanco de los Beatles me sigue pareciendo sublime: esa contenión, ese decir cuanto uno desee entender, sin expresar nada a las claras y así convidando a hurgar, invitado a ir más allá, ofrece lo que no está contaminado. Como si vamos al cine y no sabemos nada de lo que nos van a proyectar y solo nos guiamos por el título. Incluso podemos prescindir del título y arriesgarnos a que nos sorprendan. Vivimos en un mundo en el que no aceptamos las sorpresas. Queremos saber siempre más. Amamos la información sobre el producto más que el producto en sí. El disco blanco de los Beatles era una provocación. El gato de Shrigley también provoca. Dice que está muerto. Erguido, desafiante, nos confía dos ideas que no podemos aceptar. Que un gato maneje el idioma inglés y de que siga usándolo después de muerto, más paradójicamente. Shrigley limpia el atrezo para presentarnos a su gato. Richard Hamilton puso las palabras The Beatles en el blanco inmaculado, en el blanco perfecto, en la pureza de lo que no ha sido tocado. A veces me pregunto qué distrae a los que nos ven para que no nos vean como realmente somos. El modo en que nos vestimos o la forma en que dejamos que crezca el pelo solo perjudican esa visión pura. Quizá no deseemos ser vistos. Algo muy íntimo, de una privacidad absoluta, se resiste a mostrarse. No la conoce nadie. No dejamos que nadie entre ahí. El hombre que arde en la portada de Pink Floyd está contando una historia. El gato de Shrigley hace exactamente eso. Apela a la capacidad de asombro que no nos han arrebatado todavía para que le entendamos y sepamos qué hace ahí, sobre sus dos patitas blancas, enarbolando la pancarta en que se proclama muerto. El hecho de que tengamos rasgos individuales o la certeza inconmovible de que el tiempo nos borra y nos rehace hace pensar que la naturaleza prefiere lo diverso. En lo distinto está lo lúdico. En las diferencia es en donde radica la hermosura de la vida. Prefiero el gato absurdo de Shrigley al ingenioso y perverso minimalismo de Hamilton. En el fondo es muy perverso contrariar al consumidor, no ofrecerle nada, dejarlo en ascuas, no darle el tráiler de la trama que está a punto de ver. La literatura vive de estos engaños galantes. La vida, que es un mucho literaria, se abastece de estos infinitos adornos para perpetuarse. Preferimos saber qué nos van a proyectar en la pantalla o en la vida. Que alguien al tanto de la trama nos ponga al día. No hace falta que se esmere en los detalles y, por supuesto, no debe contarnos el final. Eso es nuestro. El momento más precioso es cuando cerramos los ojos después de la proyección y empujamos hacia dentro lo que nos han contado. Todo para satisfacer a la memoria. Todo en color y con abundancia de efectos. La vida siempre se abre paso. 

24.2.21

Dietario 55


Con la idea de que la pereza no es asunto del que alardear está la de que quien la ejerce no precisa vanagloria ni se prodiga en siquiera manifestarla. 

Hablar solo es confiar en que Dios exista. 

Tampoco es a morir a lo que los ríos van a dar a la mar. 

Hacer que lo conciso no pare de extenderse es el requisito primero para la concisión. 

Me duele un adjetivo a primera hora de la mañana. 

Tengo absoluta confianza en mis inseguridades.

23.2.21

Dietario 54

 Ayer tuve un amago de desmayo a última hora de la tarde con un disco de Sarah Vaughan. El jazz vocal de los cincuenta tiene desmayos para quien los busque. 

El aforismo es más pirueta que miniatura y más punzada que caricia, pero no desoye lo pequeño ni lo amoroso. 

Toda pesquisa es hija del miedo. 

Hablar es desdecirse. 

22.2.21

Dietario 53

 Ver está sobrevalorado, me dijo K. Se le concede a lo invisible una autoridad moral que no tiene lo sensible, lo que registra el ojo. Esa orfandad de la realidad ha fabulado dioses y ha levantado iglesias. Si la humanidad no hubiese cerrado los ojos del cuerpo y abierto los del alma, no sé qué sería ahora de nosotros, no alcanzo a comprender hacia dónde habría ido la Historia.

Anoche mi amigo K. estaba caído del lado metafísico. Se le ocurrió esa idea, sacó el móvil del bolsillo interior del abrigo (uno recio, de paño, con cuellos que se alzan y cubren el cogote y las orejas) y apuntó en Notas de su móvil esa idea que acababa de rumiar. La escribe por no perderla, me confiesa. Lo que no entiende es la razón por la que de pronto esas ideas prorrumpen, ocupan su atención y lo distraen de cualquier otra cosa que estuviera haciendo en ese momento. Por más que ha pensado en eso, en comprender el nacimiento de cada pequeña inspiración creativa o poética o intelectual que le sobreviene, no ha llegado nunca a ninguna conclusión, nada que compartir con los demás o con lo que partir él mismo y poder indagar más. Se preocupa mucho K. de estos asuntos. Le digo que no se maree más de la cuenta. Que quizá no haya manera de desentrañar esa incógnita suya. Pasa lo mismo con los sueños, le digo. No teniendo ningún sueño pies ni cabeza, el que tuve anoche fue un desquicio sobresaliente. Ni pies, ni cabeza, ni corazón. Porque tuvo un curioso (e inédito, que yo recuerde) punto de crueldad. Le relaté con más o menos detalle la trama que había salvado del olvido y le pedí que me absolviera de la terrible culpa que sentía.
A soñar no se le da, en cambio, mucha importancia. Será porque todo lo soñado se desvanece con esa rapidez que suele y, de quedar algo, dura en la memoria una brizna irrelevante de tiempo y tampoco sabría uno armar con esos rescoldos un fuego fiable, una historia que no flaquee por ningún lado y podamos considerar propiedad enteramente nuestra. Uno sueña atrocidades sin que anide la culpa o el remordimiento. Los episodios felices, incluso los exultantes, los bendecidos por todos los ángeles de la dicha, tampoco llegan para quedarse. Se retienen escenas sueltas, se puede hilar un argumento fragmentado, que pide con urgencia que le incrustemos los trozos que no posee. Esa escritura invisible la ejercemos todos, le digo a K. Quizá hemos venido al mundo a contar las cosas que no vemos. Por eso no hace falta ver para comprender la naturaleza primordial de las cosas. Lo que no se justifica por la razón o lo que no cuadra con la ciencia (la poca o la mucha de la que dispongamos) se normaliza con la invención, con la literatura, con la fe, con los sueños. No hay día en que no deseemos recibir nuestra cuota de fantasía. El relato cotidiano. Son los cuentos los que nos salvan. Los creamos o los crean para nosotros, pero no hay día en que no nos seduzcan. La realidad es insuficiente, la verdad no satisface nunca, la luz no llega a todos los rincones.
Pensamos en pájaros y los escuchamos volar por encima de nuestras cabezas. Sabemos que no están, pero creemos en ellos. La fe es esa voluntad contra la que nada puede hacer la realidad. El porqué de elegir pájaros en lugar de cualquier otra criatura es lo que todavía no puede explicarse sin entrar en la fronda de un bosque virgen. Tal vez no pueda explicarse nunca. Dentro de ese espesura está Dios o no lo está en absoluto, si es eso lo que preguntas, K. De existir es en ese bosque en donde anda, en el follaje, en lo tupido, en lo que ni las manos (por mucho que aparten) logran aclarar. Se entra a ciegas, se pasea en la confianza de que seremos guiados, de que nada malo nos ocurrirá. No estoy hablando de la religión o no sólo estoy hablando de ella. Ese bosque es la literatura o es la música o es el amor.

21.2.21

Dietario 52



Un poema es una inconveniencia, una cosa intrascendente. La lírica es un lubricante que suaviza el tránsito de las horas. Una novela es una inconveniencia amplificada. El novelista remeda la vida, pero la vida se fuga siempre. Se escapa siempre. La novela es un flecha absoluta.


El poeta desdeña la realidad y así la aborda más lúcidamente. El arte es también una fuga. En esto reside la naturaleza de lo artístico, en su capacidad de no ser fácilmente asible en su vocación de secreto.Al secreto le asiste la luminosa certeza de su cáracter sagrado. El arte es una manifestación de ese secreto. La revelación de lo callado.



A uno le concierne únicamente las cosas sencillas. Todo lo que no es sencillo no conviene. La vida se construye en base a estas premisas, pero no es vida.

20.2.21

Dietario 51

 Hay vidas improbables que le tocan a uno en suerte o es una sola vida y su vértigo la multiplica. Duele siempre su conclusión. La noticia del cese. La evidencia notarial del acta que rigurosamente consigna la ebriedad de los días, ese dulzor incierto en los labios que nos escolta, ufanos, al sueño.   

Todos estos años de cómplice matrimonio con el aire y cuesta todavía meterlo entero en el pecho y sentirlo estallar adentro  


19.2.21

Dietario 50

 Desciende, cuerpo, a tu semilla. Dame, alma, vértigo.  

A los relojes, devotos servidores del tiempo, el hombre dio vida: signo inequívoco de su inocencia. 


Hemos aprendido a medir la luz de las palabras, como hizo Margarit, pero cómo elevar su cántico y tener noticia de que se nos ha escuchado. Tampoco cuenta que irrumpa en algún improvisado momento la belleza y sintamos que nos ocupa por entero su gracia. No hay después experiencia de la que disponer. Ni memoria de su esplendor. Sólo hay que permitir la arrimadiza voluntad de que de verdad asombre y dejarse. 


Procura el amor alminares, brújulas, báculos, un poema de Claudio Rodríguez en el que el mar es una ausencia, una fotografía en blanco y negro de niños perdiendo el tiempo en una playa de 1.975. 




18.2.21

Dietario 49

 Ser poeta para qué si T.S. Eliot murió solo sin que una sola línea suya lograra poner cerco a la muerte, brida al vasto olvido. 

Qué galope se oye: silbo de poeta ayuntando júbilos. Jinete en fuga hacia el interior de la carne. Estrellas de cien puntas estallando en las paredes más secretas del cosmos. El céfiro jaleando sílabas. 


Se nos va dejando morir tan impecablemente que tardamos una vida en advertir el engaño.



Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...