20.11.23

En el Día Universal del Niño

 Hoy es el día de los niños. No sabe uno nunca qué es eso de que un día sea el de algo. Nos la cuelan con tantas efemérides estúpidas que en ocasiones dejamos pasar las relevantes y no fijamos nuestra atención en lo que evidencian, en la manifestación de la realidad que pretenden difundir. Por eso no razonamos qué se nos pide cuando en el calendario dice que hoy es el día que es. Yo sé de niños lo suficiente, pero hay días en que tanto saber duele. Solo hay que acercarse a ellos y escucharlos y comprender que la infancia es un don, un don al que a veces se le extirpa la virtud y al que se arroja a los perros, para que lo devoren. Sólo hay que ver las calles, sólo hay que ver lo desamparados que están cuando los adultos juegan a la barbarie, al desquicio conocido, el de las guerras, tantas. No se les respeta. El hecho de que se les encomienden labores de adultos hace que se les ningunee. No debería haber un día de éstos, ya digo. Que lo haya induce a pensar que en los otros, en los invisibles, se vulnera lo que hoy es un mandamiento, una especie de ley moral sin la que la sociedad estaría corrompida y no tendría salvación posible. Pero la sociedad está corrompida y no tiene salvación posible. Los adultos sabemos que el bien no tiene ni de lejos el predicamento narrativo que el mal. Es el mal el que abre los caminos y hace que los mercados, ah, los terribles mercados, hagan caja. Los niños son lo contrario de los mercados. Los niños son la pureza, son la dulzura, la bendita evidencia de que el mundo es armónico y de que podemos confiar en que la belleza lo ocupe todo. Los mercados, ah, los mercados cabrones, son la locura, son la mentira, son la constatación brutal de que el mundo está mal hecho y de que el amor no existe: lo retiraron de la trama, lo convencieron para que no molestase y se recogiese en un lugar confortable. Ahí debe andar. A veces se le ve. Hay días en que está a mano, quién lo duda. Días de darse uno abrazos con los amigos y apretarlos con fuerza. Días de respirar hondo y notar que el aire lo llena todo y los ojos, sin darnos cuenta, se entornan y un irresistible candor sube por el pecho y se cobija en un gesto, en uno de los que lleva ángeles dentro, primores de lo que no puede decirse con las palabras.

Mentira, ya lo sabemos. Buenas palabras, propósitos encomiables, pero huecos, de poco asiento en la realidad, que va a lo suyo y arrambla con fiereza, con saña en más veces de la que podemos soportar. Mi oficio, maestro de escuela, me hace ser un niño también, uno gordo y despistado, agradecido por estar rodeado de ángeles. Yo, un descreído, bendecido por la intimidad de la infancia. Los veo a todas horas. Niños puros, niños limpios. Y los que no son puros, los que no se ajustan al ideal de limpieza que cada uno decide en su cabeza, son puros y son limpios a su manera. Si no lo son es porque en casa, en las calles, en el diario trasegar con la vida dura de sus mayores, se les ponen continuamente obstáculos, se les apremia a que crezcan e ingresen en el mercado laboral, en la jungla, en el caos, en el vértigo, en la fiebre, en el roto mundo que les estamos dejando como infame herencia. En manos como las mías, en manos parecidas a éstas que ahora teclean, mientras afuera el día empieza a clarear a y me siento protegido en casa, está que no se malogre el futuro de los niños. Manos precursoras. Manos que ofician el trabajo de guiarles al mañana. No sabemos qué les aguarda. No hay certidumbres sobre eso ni para nosotros, los adultos, los experimentados adultos. Y pienso ahora en lo que un amigo me dijo no hace mucho cuando un niño le trató con afecto y con respeto, con infinita dulzura y con envidiable alegría. El mundo es de ellos. No es nuestro, qué va a serlo. Los maestros tenemos un maravilloso encargo. Se nos ha encomendado una especie de crianza estética, intelectual y hasta espiritual de quienes escribirán el futuro. Es ya terrible el presente como para que nos incomode la incertidumbre del futuro, pero no hay mayor peligro que desoír la Historia y es la Historia la que nos enseña que la cultura hace buenas o malas sociedades. No tengo duda alguna de que la cultura está en las escuelas, en las escuelas públicas, en los pasillos llenos de carteles, en los patios festivos de los recreos, en las aulas, en la rendición diaria de las reglas de la vida, volcadas con infinito afecto en los niños, que nos miran a los maestros y nos hacen las grandes preguntas. No siempre se tienen a mano las grandes respuestas. Lo normal es que tengamos respuestas pequeñitas, de andar por casa, de ir explicando el mundo con la intervención de la magia, con la colaboración del cariño, con la eficiencia de la profesionalidad, por supuesto. No solo de afectos vive la escuela, pero ay si faltan, si al niño se le escatima esa ración diaria de prodigios, pequeños milagros. En un rato estaré con ellos. Algún bien me harán.

19.11.23

Un poco de swing y de amistad














 



Los libros tienen historia no solo por la vida de los personajes que contienen. Ellos mismos son viajeros en manos de sus lectores, cautivos en una estantería, o anhelando ser rescatados de su temporal exilio en una librería. Este del que habla mi amigo Emilio tiene la suya propia. No puede contarla él mismo salvo que yo o Emilio la compartamos contigo. Sirve sin duda esa historia como metáfora recurrente de la naturaleza misma de la literatura, que no es sino un hilo invisible que liga un libro con otro a través de un tejido vulnerable y quebradizo, cuya trama solo cobra sentido tras ser vivido. 

Este libro, librillo por formato que no contenido, cobra vida desde que lo leí, para gozo en mis adentros y también por los garabatos que fui trazando mientras dejaba atrás dos o tres de sus páginas, dibujados mientras escuchaba algún tema del músico que esbozaba en esa página. Quedó pendiente que cuando visitara a Emilio le devolvería su libro con estas ilustraciones, y así lo intente. A causa de la emoción del encuentro y la frustrada voluntad de que me llevara firmado y dedicado otro ejemplar y quedará para su disfrute el mío ilustrado a mano, acabé volviendo a mi casa con el ejemplar ilustrado y también dedicado. 

Queremos pensar Emilio y yo que el azar conjuró para nosotros la necesidad de otro encuentro, donde esperemos que mi ejemplar ilustrado vuelva a manos de su justo destinatario, y el recuerdo de la historia de un venial error, carne de esta y otras ficciones, quede en esa dedicatoria devuelta al remitente. 

Cuando compro en librerías de viejo, compruebo si los ejemplares contienen alguna huella de los lectores que posaron sus migajas de pan por esas páginas. Y si la suerte me acompaña, disfruto hilando a arbitrio de mis ensoñaciones la historia que pudo ser aunque no lo sea. Ojalá el siguiente encuentro nos regale a Emilio y a mí una nueva anécdota que prolongue la placentera experiencia de la lectura de su recomendable librillo. 

Queda pendiente que mi poeta riográfico preferido, Miguel Cobo, nos conceda el placer de su presencia.

(Ramón Besonías)

Elogio de los ayes

Pienso en la distancia que cubre el hombre desde que gime al nacer hasta que gime al morir. Lo de vivir es un gemido sostenido al que el azar o la intención intercalan sonidos de parecida vocación sentimental. Recurrimos a la interjección por no dar con las palabras, por considerar que no valdrán para el propósito anhelado. Cuentan entonces los sollozos, los suspiros, los lamentos, los ayes. La entera historia de la humanidad se expresa en el hierro caliente de esa voz. Un ay pronunciado lastimosamente denota flaqueza del ánimo o aflicción ante algo que nos ha abatido. Un ay es conmiserativo si la desdicha ajena nos conmueve. Un ay dicho como un susurro es sintomático de susto y su restitución sonora no alarma, pero si se pronuncia con morosidad, alargándola, imponiendo a la voz un patetismo hondo, el ay es desgarrador, no habiendo reemplazo semántico que cumpla con idéntico empeño su cometido. El ay del desasosiego no se confía a la voluntad, no se articula en el pensamiento: se emite orgánicamente, como el que tose o estornuda o pide al brazo que se mueva para que se aleje la mosca que lo importuna. El flamenco lo toma como apertura de mucha de su poética: el cantaor se queja ahí (ay) sin que intermedie ninguna construcción sintáctica, sin que las palabras más elocuentes expliquen las emociones más hondas. Segismundo, en La vida es sueño de Calderón de la Barca, se queja en el imborrable:"¡Ay, mísero de mí! ¡Ay, infelice!". Una madre, al reprender a su hijo, recurre al ay consecutivo y admonitorio: ay, ay, ay. La inmediatez expresiva junto con la contención fónica El ay preconiza el sustrato animal que nos acompaña por nuestra condición más antigua, la del padecimiento y la del alivio posterior al manifestar el pesar, al verbalizarlo. Ayes tímidos, voraces, tremebundos, plañideros o amorosos fueron el principio mismo del lenguaje, aunque su verdadera eclosión sucediera cuando ellos concluyen. No son parte de la oración, pero se adhieren maravillosamente a ella y le añaden la expresividad de la que a veces carece. Hoy me levanté con un ay en la boca al que de pronto presté la mayor de las atenciones. Algo ocupó mi ánimo y lo entristeció. Fue la primera emisión fonética del día. Dijo lo que ni yo entendía del todo. 

18.11.23

Gatos negros en sótanos oscuros

De teólogos es buscar de noche en un sótano oscuro a un gato negro del que no tenemos certeza alguna de que esté. Lo dejó escrito Robert Heinlein. Katherine Hepburn, una atea declarada, pedía que no la molestasen por su descreimiento o que la valorasen únicamente por la bondad con la que procuraba comportarse. Los ídolos, a decir de Flaubert, si se les toca, se te queda el dorado en las manos. Kapuscinki sostiene que la ficción cinematográfica o literaria, incluso la más cruel, no ha inventado nada: que todo el mal, incluso el más infame, está en la Biblia, que hay pocas páginas en ella en las que no se fomente la violencia, no se aliente la venganza o no se sacrifiquen personas a beneficio de un creador etéreo, inasible, invisible. De la religión decía Lord Byron no saber nada, al menos nada a su favor. Todas estas ocurrencias paganas se leen paganamente, se les concede el asiento que a las del fervor religioso, pero no lo anulan enteramente. Se deja llevar este lector ocioso por su afinidad con lo narrado, pero donde he encontrado una más fina invectiva contra la religión, la divinidad o la fe, es en Los Simpsons. Lo que hacen los personajes de Groening es ofrecer, en horario estelar, en mainstream puro, una declaración jocosa de algo trascendente. Dios es mi personaje favorito de ficción, dice Homer. Hasta dudaba de que existía hasta que descubrió que él era Dios Del cristianismo dice Bart que es "ese conjunto de leyes bonitas, que nadie cumple". La risa, en El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco, diezmaba la población eclesiástica de la abadía. La fe no es cosa de la que reírse, proclamaba Jorge de Burgos, el monje ciego, custodio severo de la biblioteca monacal, conjurado a que el segundo libro de la Poética de Aristóteles, en el que premia la risa, no fecunde de alborozo el espíritu de la congregación. No hay nada malo en reírse. No hay nada malo en creer. Si los unos y los otros pudiesen entender las razones que esgrimen para creer o no hacerlo, el mundo iría mejor, sin duda. Y hay, por supuesto, quien ve de noche, en un sótano oscuro, al gato negro. En ocasiones, lamento no ser yo quien lo perciba. No tengo ni idea de lo que encontraría en esa revelación, si mi vida pujaría en puro goce y albergaría sin incertidumbre la esperanza de otra vida cuando la corriente concluya. Nada de lo que me han contado los amigos que bajaron al sótano y dieron con el gato (o el gato dio con ellos) me ha hecho considerar que yo haya cometido algún error al no bajar. Me tengo por sensible y por razonablemente crédulo, pero no hay forma de enamorarse a posta, de caer en el hechizo del amor (o de la fe, una especie de amor metafísico) con premeditación. Mientras que esa epifanía no me traspase, quién duda que algún día no lo haga, sigo disfrutando con mi paganismo practicante. En escaramuzas, prendado por la opulencia del misterio que rodea al hecho religioso, me descubro sintiendo a veces un pálpito inédito en el pecho, una especie de rumor que aspira a convertirse en algo más cuajado, como el agua que de pronto se gusta en el cauce y se envalentona, fluyendo con brío, alegre, brincando sin motivo, pero no tardo en desprenderme de ese vértigo lírico o metafísico y regreso a la calma, al discurrir lento, al antiguo y acostumbrado oficio de la ignorancia. 

17.11.23

Vituperio de la mentira

  Al que miente con reiteración ni la verdad se le cree. Tal vez esa afición a mentir prospera en quien la prueba por mero desinterés en las bondades de la verdad o por haber padecido una verdad demasiado dolorosa o por haber constatado que mentir hace medrar con más presteza. Cunde la mentira por inercia, permanece sin que se la sancione con excesivo empeño. Así que se miente con entusiasmo y se acepta de buen grado que se me mienta también. No se pierde ocasión  para colar un testimonio falso o para festejar la falsedad ajena. La falta de escrúpulos precisa una memoria débil o retráctil, se incurre en contradicciones que alertan a quien presta atención a lo que se dice. Lejos de avergonzarse o contrariarse, se afana el mentido en desdecirse y a quien contó un día que estuvo en Estambul el último verano le confía  más tarde que esa ciudad le espera y anda organizando con su mujer un viaje. Empecinado en explayarse, cuando más valdría que ni siquiera abra la boca, se gusta en sus giros, en la palabrería que justifica su incoherencia. Cualquier inconveniencia que diga con la que se le sancione podrá ser revertidla íntegramente para que se le premie. Cualquier moneda con la que pague sus deudas podrá ser usada para que cobrar las suyas. Las palabras son herramientas volubles. La moral es un accesorio prescindible. 

16.11.23

Una niña en una guerra

 



Uno tiene que inventarse, probar a ser otro, mutar en el prójimo y ver la vida desde afuera, en las vidas que observamos y que no entendemos. Desde que los griegos inventaron el alma, en ese esplendor de las ideas, no ha habido progreso destacable. Seguimos fascinados por la posibilidad de hacer el bien o de hacer el mal, de ser rescatados y merecer el paraíso o de perecer y residir en el infierno. Seguimos abonados a la crueldad, aplicando el mayor esmero en mirar hacia otro lado, en disimular, en hacer ver que no va con nosotros, que el mal que sucede alrededor nuestra no es de incumbencia propia. Todo se ajusta al viejo argumento de pertenecer a un bando; no el argumento de que ningún bando es bueno o es malo enteramente, sino de que lo correcto es estar en uno de los dos, el de ocuparnos en cuerpo y alma (volvemos al territorio arcano) de que ese lado al que nos inclinamos brille, resplandezca incluso, y de que nosotros contribuyamos un poco a ese fulgor. Esta foto es de las más tristes que yo haya visto. No hay sangre, no se exhiben cuerpos rotos por la barbarie de una bomba, no hay una amenaza creíble que pueda anticipar la toma de una vida, pero duele más, hace pensar en el horror, ah el horror, todo ese horror primario de lo que no entendemos y que se aloja en el alma, en ese interior que los griegos descubrieron no sabemos bien cómo y en donde hemos depositado durante tres milenios los miedos y las esperanzas, las victorias y las humillaciones, los dioses y los demonios. 

No vale ser otro: sigue uno siendo el mismo. No lo es desde el momento en que no puede hacer nada por remediar el mal, el mal visible, el inmediato, el que hacen que duelan los ojos al verlo. Y cómo extirparlo, cómo vencer su influencia. No hay forma, no tenemos medios, no podemos cerrarlo. Los griegos lo dijeron antes: el alma es un abismo, un vértigo, una fiebre. Si miras dentro, el mal que la ocupa te mira. Eso es de Nietzsche, que había leído mucho a los griegos y había concluido que el hombre es ante todo un animal que sobrevive siempre. Al precio que sea, siempre sobrevive. Y fascina la supervivencia, los argumentos esgrimidos para justificarla. Pero de eso nada saben los cientos de miles de niños que malviven o hieren o mueren en nombre de cosas que no se pueden entender nunca, por mucho que uno vea las noticias y se ponga en lugar del otro, en el del bárbaro, el que apunta a una niña y se plantea si apretar el gatillo o perdonarla. Ese umbral es el que da el subidón a los estúpidos: el disponer de la gracia del perdón. Imagino que por ahí va la cosa. Las guerras se hacen porque los soldados que las trazan y las despliegan disfrutan con lo que hacen, con ese oficio infame de perdonar o no hacerlo, de sentirse algo verdaderamente importante al portar un arma. 

Hay quien descree de que seamos buenos y a todo le pone un fondo de maldad, quien sostiene que todo lo que hacemos busca un beneficio o que el amor no mueve ni el sol ni las estrellas, como escribía el hechizado Dante, sino el juego sucio o las malas artes. Al amor lo dejan seguir reinando, pero aducen que está ahí para engolosinar al necio, para que baje las defensas o para que las retire definitivamente. Una vez que estamos al descubierto, el mal penetra mejor, quien lo perpetra actúa con más comodidad, llega hasta donde se propone y malogra cuanto gusta. Está el mal así, yendo y viniendo, impregnando incluso todo lo bueno que pueda haber perdurado desde que el ruido del cosmos hizo que empezase la vida, en el estornudo de Dios. No es cosa ahora de fatigar teologías ni de entrar en consideraciones científicas. Lo que cuenta es el triunfo del mal. Porque somos malos. Lo somos de un modo instintivo. Malos solidarios con el mal, malos cómplices suyos. La bondad es la noticia, lo extraordinario, lo que nos alarma sobre el imperio de la maldad. 


Solo hay que ver el mundo, solo hay que comprobar el modo en que da vueltas. No las da igual para todos. Ni siquiera el sol brilla igual para todos. Ni la oscuridad se cierne igual para todos. Hay quien no ha sentido jamás inquietud o zozobra, quien no ha percibido el peso de las sombras y quien, sin descanso, solo ve la pesadumbre, quien aparta a manotazos esas sombras, que le entenebrecen y lo rebajan. El mal siempre triunfa, aunque agazapado, El mal es el cáncer al que no se le ha inventado todavía una terapia fiable de choque. Lleva la filosofía, por no decir la religión, llevando y trayendo teorías, fórmulas, textos que lo recogen y lo argumentan, pero no conducen a nada. Es como hablar sobre el silencio o sobre la lluvia. Existen a pesar de que los amemos o los detestemos. El mal es la estrella, el reclamo principal del reparto de la película que estamos a punto de ver. No hay gran argumento de la misma historia de la Literatura que no le guarde un lugar principal, una parte relevante en el trasegar de la trama. La ficción se vende mejor si el mal la impregna, aunque luego el bien, por voluntad de quien escribe, termina imponiendo su criterio, dejando que todo se amanse y que la bonanza lo acune y lo abrace todo. El mal es admirable. Se abren los ojos, no sabemos los porqués, cuando dos se cosen a hostias en la calle, amenizando el paseo que estamos dando. Reprobamos que se peleen, deseamos que dejen la lucha, pero hay un lugar por ahí adentro que se recrea observando la evolución de la contienda. No nos acercamos más porque podemos ser atrapados por el hechizo ciego de los golpes.


El mal está en esta fotografía. La niña que mira a la cámara cree que es un arma y levanta las manos, rindiéndose, repitiendo el gesto sencillo que ha visto cientos de veces probablemente, creyendo que no va a morir si las levanta lo suficiente. Porque la niña habrá visto morir la gente suficiente como para tener incrustada en su cabeza la idea de la muerte: una idea que no se tiene en una cabeza de cuatro años. Luego vendrá el mal, vendrá el cáncer del mal, extendiéndose, alojando su semilla terrible en los que lo miran sin actuar, pero cómo hacerlo, se pregunta uno, a qué acudir, cómo evitar que una niña de cuatro años, sólo cuatro, no veinte, ni siquiera cincuenta, una edad ya provecta, crea que podrá salvarse si ejecuta ese gesto sencillo, porque no puede ser más sencillo. Un brazo y luego otro o los dos a la vez, con brío, haciendo ver a quien te apunta con un arma que estás decidido a no cometer error alguno y vas a rendirte. Te rindes para salvarte, eso es. La rendición es la puerta que conduce a la salvación. Hay gente que no se rinde, por supuesto. Y no levanta las manos y no desea que se les salve: prefieren la bala en la cabeza antes que la vida que les espera, la traidora a unos ideales, vaya usted a saber si los ideales sirven para sobrevivir o para dormir con la conciencia tranquila o con el estómago lleno, pensando en si merece la pena vivir después de todos los que cayeron por no levantar los brazos, por no temer al miedo, por puro instinto. No sabemos qué será de ella. Queda su rostro sereno, perplejo y roto, su no saber nada expresado en los ojos, sus bracitos subidos, implorando clemencia. Los ojos pronunciando palabras que no conoce: salvación, rendición, mal, bien, clemencia, barbarie, muerte. 


15.11.23

O mio babbino caro



Yo soy el niño con el calendario de los muertos en la mano izquierda, 

el niño sensible con la luz en los agujeros del vientre, el niño extraído del fuego absoluto.

Tres veces fui sancionado por la voluntad de los próceres del ruido.

Viví en los campos, masticaba auroras, amé las sutiles frases de la lluvia, deseé cuerpos sin acabar, grumos dulces de la sustancia primera de las cosas.

Un día comprendí las causas, abrí mi pecho, dejé que el murmullo de la tormenta lo cruzara. Cien hormigas aplicadas pacieron en ese vasto festejo de la rendición.

A veces gimo en la oquedad de los vientos.

Un eco atraviesa el aire y desangela el paisaje.

Mi cara es un cruce entre piedra y salmo.

En las algaradas callejeras pronuncian mi nombre.

Soy el apóstol caído, harán de mi expolio sus templos.

Soy fervor de lo que no se dice nunca.

Un ejército de feligreses con su oriflama, con su hierro fiero, con su casta de conjurados, ocupará la tierra.

Yo miro desde mi silla pequeña de niño crepuscular.

Mis ojos son los ojos de todos los mártires.

He aquí la flecha partiendo mi corazón de luz.

Irradia flechas de luz mi corazón robado al vértigo, arrojado al barro.

Sólo se ve barro.

Duro y frío barro en la apostura de mi sangre.

Y ya no sabré acariciar el agua que cae desde las copas de los árboles ni podré saltar desde los altos precipicios de mi carne.

Las criaturas oscuras de la cloaca máxima velarán mi descanso eterno.

Los ángeles barítonos harán prospera invasión del aire roto.

De ellos será mi definitiva comparecencia ante las autoridades celestiales.

Por su gracia antigua veré las columnas del paraíso, el Arno cumplido de blondas de majestuosos céfiros. 


13.11.23

Elogio de las palabras nuevas

 

Para Pedro del Espino, por las palabras futuras 

Hay palabras de las que no se tienen mayor información que su restitución fonética, no se tiene de ellas la trayectoria y el modo en que han ido modificando sus grafemas hasta adquirir los de uso. Tampoco se indaga en qué significan, se dejan pasar, no preocupan, se cree que no afectarán a lo que quiera que se esté diciendo. Lo son advenedizo, zorrocloco, paparote, jacarandoso, babieca, zapatiesta, nocherniego, ababol, adlátere, cuchipanda, picaflor, potosí, tarambana, zagal, fuñir, camasquince, malfaciente, mansarda, inconsútil, ósculo, nefando, zangolotino, rendibú. El hecho de que no recurrir a ellas para expresar lo que pudiera hacerse con otras no es excusa para que ni se le preste la atención suficiente y no importe que su abandono prospere en la memoria léxica de un pueblo y acaben por sucumbir en el ancho olvido. De las traídas en este pequeño elogio habré usado una mínima parte. Tengo la costumbre de apuntar las palabras que desconozco. Si no lo hago en el instante, hago por consignarlas más tarde, sin que ese registro busque que las maneje en mi decir o escribir diario. Las mayoría de las invitadas a ilustrar este texto provienen del pequeño inventario que guardo en la memoria de mi móvil, mucho más fiable que la mía, por cierto. El vicio lexicográfico me entretiene, más que otra cosa. Hasta tengo algún amigo que me las pasa cuando las escucha o lee, procediendo yo con idéntico entusiasmo al escuchar o leer las mías. Ese afán resucitador es el mejor tributo que se le puede conceder a la bendita lengua que tenemos. Me gusta recordar dónde las encontré y prefiero las dichas, más que las escritas. Todavía recuerdo al señor mayor que reprendía divertidamente a su nieto diciéndole "zangolotino" o al amigo que me llamaba "tarambana" cuando fatigábamos las tabernas en los años de nuestra crápula mocedad cordobesa. 

Ya no hay zangolotinos, ni tarambanas, ni crápulas. Habrá otras palabras que digan lo que ésas y de las que no tengo poseo dominio o a las que no concedo alojamiento en las alforjas de mi memoria. A mis alumnos les propongo que hagan su diccionario privado o personal, así lo llamamos. Ahí apuntan las palabras que no han escuchado nunca. Escriben algo sobre ellas, cada uno las define a su manera. Les pido que sean responsables y las incorporen a su bagaje semántico, aunque me explique exactamente así: tienen nueve años. Lo que importa no es la rendición del nuevo vocabulario, sino su uso. Fomento que las saquen a pasear, les animo a que les pidan ósculos a sus madres cuando salen de casa o que no sean babiecas y espabilen. Así sacamos a las palabras de su convalecencia, las aireamos, las ponemos a bailar unas con otras mientras suena la música del lenguaje. No siempre son las antiguas, las perdidas en el uso: podemos incluir cualquiera de la que no tengan conocimiento. En cierto modo, les envidio. Adoro esa ingenuidad, esa inocencia, ese adentrarse por primera vez en la espesura del bosque, sorteando los impedimentos de la orografía, trasegando con ellos, intimando con ellos. Tienen tanto que aprender, tenemos tanto que aprender. Son buenos zagales. Y de todo lo que este modesto bruñidor del lenguaje echará en falta cuando se jubile (no queda mucho) será sus caras cuando se prueban en las palabras recién aprendidas, ese entusiasmo novicio, esa alegría sin contaminar. 

11.11.23

En el día de las librerías

 



Hay librerías que parecen tu casa y también uno hace de su casa una librería. Faltan baldas para los libros por venir y falta vida para leer los que todavía no han sido abiertos y esperan que se les conceda el milagro de que existan. Mientras ese prodigio no ocurre, ocupan su lugar elegido y entablan con quien se hizo de ellos una especie de tácito flirteo. Entrar en una librería es lo más parecido a contemplar la elocuencia del tiempo. Ahí fulge el borroso pasado y el huidizo presente. Ahí reside el esperanzador futuro. 

Elogio de la euforia


 


A ratos irrumpe la euforia. Es la felicidad a la que aspiramos, es ése el anhelo primario, el irrenunciable, pero recuerda uno la euforia con agrado, casi embelesado por su influjo., la privilegia sobre todas las demás sensaciones, piensa en ella como una ebriedad dulce, como un desatino maravilloso.  No se manejan bien los instrumentos que la acercan, no se sabe la manera de que acuda, sin embargo, sólo está esa plenitud, la percepción de que todo cuadra y tenemos un lugar en el mundo, uno que brilla, uno hermoso. No sé si hay bibliografía extensa sobre ella, debiera haberla. El eufórico es un loco sublime, uno consciente de su condición de elegido, un loco a salvo del quebranto, como todos los locos, aunque sea durante unos instantes. Al término del día, en ocasiones, pienso en si tuve euforia en alguno de sus tramos, si esa plenitud que cité antes me invadió, si percibí el mundo y constaté mi lugar en su engranaje. Pienso en la euforia, en lo escasa que es también, en que no abunda, en que ninguno de sus sustitutos la iguala en goce, en que ese optimismo que irradia es sólido y no flaquea, pese a la experiencia personal, que dice que el placer siempre dura poco, aunque su efecto narcótico perdure. Quizá por eso tenemos esa inclinación a embriagarnos. Una vez ebrios, perdida esa conciencia austera de las cosas, sentimos que no hay ninguna deuda que saldar o que la realidad no duele como suele o que no nos incumbe ese dolor o la realidad misma. Uno tiene siempre deudas que saldar. Algunas, las propias, tardan más en zanjarse, da la impresión de que se aplazan por no darles la importancia que tienen o por considerar que tiene el rango más alto y no saber encontrar el momento o no saber cómo cancelarlas. Otras, las causas ajenas, el mal en el mundo, el caos que lo cruza de parte a parte, ocupan más empeño, se acometen con un rigor más severo, aplicando un esmero mayor. Falta euforia en el mundo, falta el júbilo, falta esa alegría limpia a la que no se conoce flaqueza mientras sucede, ese desbordarse con afán, ese no tener nada que la rebaje o la haga desvanecer. Como un orgasmo del alma. 


 Ayer pensé que en cuanto empiece el año venidero, queda un mes y algo, no antes, para qué antes, me dedico más a mí mismo, rebajo o cierro definitivamente alguno vicios que no tengo por buenos y me cuido de que no prosperen otros que, a poco que se les deja, irrumpen fieramente y se instalan a sus anchas, sin que sepa cómo vetarles el paso o indicarles el camino de salida. Suele suceder después al contrario: unas costumbres se dejan para que otras nuevas ocupen su lugar. No se sabe bien a qué obedece esa inclinación a empezar de cero de vez en cuando. Nos ponemos a dieta, bebemos y fumamos menos o hasta nos obligamos a no beber tanto o a fumar menos; entonces salimos a pasear, los más osados corren o van al gimnasio, trasnochamos con menos frecuencia y buscamos la manera de que todas esas novedades en nuestra rutina (dolorosas casi todas) no nos pasen una factura muy alta. Se diría que no nos gustamos o que, vistos en detalles a los otros, los cercanos, los casuales con los que nos tropezamos, elegimos de ellos lo que querríamos para nosotros. Me pregunto si habrá algo propio, íntimo de uno, digo, que los demás anhelen; si algo de lo que hacemos o las cosas que decimos (se hagan o no) será deseable a otros ojos y nosotros, los dueños legítimos, los modelos a imitar, ni le hacemos aprecio. Tal vez gusten de la euforia que mostramos a veces cuando reímos por todo o de pronto reconocemos que el azul del cielo fulge para que lo miremos. Es llamativa, da envidia la euforia al verla. Tal vez ahí resida su encanto antiguo, su verdad sin roto: en no hacer nada o en hacer lo que antojadizamente escogemos. Está bien el antojadismo. Hacer lo que nos venga en gana, no estar forzado nunca a cumplir lo que otros estiman que debemos hacer, no incurrir en el vicio de quedar bien con los demás y desatender ese otro vicio de procurarse quedar bien con uno mismo. Cuando empiece enero, no antes, a qué antes, me decido. Mientras tanto, abro el sábado. Es bonito el sábado. Promete tanto. Igual escucho a Brahms hoy. Llevo unos días pensando en él, no sabría la causa. Pondré el quinteto para clarinete y cuerdas, con su balada de amor dentro. Falta amor, falta su eclosión, falta su estancia. Creo que uno de los vicios (quizá mera necesidad) que tuvo Brahms, tendría que comprobarlo, hablo de memoria, era el de ir a diario a una taberna cercana a su casa. Tocaba para sacar dinero. Igual en ellas se obró el milagro de las Danzas húngaras. De él dijo Tchaikovski que era un bastardo talentoso, un músico con el don de la lentitud y el de la presteza, una criatura que conocía el ritmo de las estrellas. Seguro que despertó admiración y reprobación entre quienes le rodeaban. Alguien diría de él que era un bastardo antojadizo, uno de esos hombres dedicados en exclusiva a sí mismos, hechos a no dar explicaciones, a seguir el dictado de sus corazones, ajenos al mundo y a su tráfago. Bendito él. Bendito el sábado de noviembre. Todavía no se ha producido la euforia, pero la veo venir mientras lo inauguro con su música de fondo, a un volumen bajo, por no despertar a nadie. 


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todas las muchachas célibes de sausalito toman un greyhound, toman dos, quince, viajan a la otra costa, hablan con los gurús, con los ancian...