4.5.19
Ronda de los Tejares
Arrecia ese frío indeciso que a mediodía vuelca en calor. El camarero me sirvió en la terraza en la que estuve hace una hora un café con mucha espuma y poca temperatura. Anoche fue una caña sin cuerpo, ida, a poco de ser otra cosa, pero no cerveza. La tapa acompañante, un trozo tímido de tortilla con un baño de mayonesa, me hizo pensar en Santos, un templo gastronómico que sirve ese manjar a satisfacción plena. Unas cosas llevan a otras. La realidad es dispersa por naturaleza. Sorprende que la escritura enhebre un hilo lógico de toda esa trama etérea y antojadiza. Se le exige coherencia, pero no la hay afuera suya. Ahora mismo, sentado en un banco en una céntrica calle cordobesa, dudo de que nada tenga ese sentido cartesiano. Entendemos a medias o a tercias o no entendemos en absoluto, pero hacemos la vista gorda, acatamos sin titubeo la zozobra y decimos buenos días con una sonrisa a la anciana que se ha sentado y ha sacado el móvil. No cuesta darse a quien no exige la entrega. Se hace a sabiendas de que no la volveremos a ver, saludamos como si no fuese posible eludir el saludo. Córdoba en mayo es un negocio, oigo decir a un transeúnte. Va cargado de bolsas y tiene toda la pinta de que puede cargar algunas más. La única propiedad son las palabras, he podido decirle, pero me ha parecido que no procedía ese inserto emocional y lírico. Tal vez hubiese valido la pena. La razón por la que nos retraemos nunca es convincente. Es mejor decir lo que se piensa, lo primero que se te ocurre, da igual si procede o no. Ganaríamos con esa transacción lingüística. Lo contrario es el silencio, que es una extensión tácita de la muerte. Se acaba de levantar la señora del móvil. Está entrando en la tienda de ropa en la que está mi mujer. Su marido está escribiendo en el móvil, podría decirle. No se le ve apurado. Hay gente que pasea y gente que no. Eso se aprecia a poco que te fijas. Luego están los turistas. Esos se delatan con absoluta transparencia. No saben dónde van y, sin embargo, tienen claro de dónde vienen. La vida es un poco así. La incertidumbre es la medida de todas las cosas. No le afecta el frío sobrevenido sin aviso ni la inminencia certera del calor. Las terrazas de los bares están llenas. Huele a café y a gasolina. Echo en falta a mi amigo Antonio. Él tiene el plano del laberinto. Nadie como él se sienta en un banco a verlas venir. Luego hace lo acontecido suyo y se pone de pie. Joaquín me ha mandado un par de whatssaps: fotos que precisan su semiótica. Una pareja conversa sobre la posibilidad de ir de tapas a mediodía. Comer de restaurante es más caro, dice ella. Escuchar es un oficio difícil. No tienes gobierno sobre la trama. Quizá por eso escribe uno. Es una enfermedad la escritura. Una muchacha más abrigada de la cuenta lleva un libro y un periódico bajo el brazo. No he visto el título. Joaquín me escribe sobre una exposición que ha montado. Lienzos, fotografías de lienzos. El arte es pedestre. Al iPhone se le cae la batería a chorros.
3.5.19
La huella luminosa
Se vigila qué rastro digital vamos abandonando, evidencia de lo que hacemos en la red, si nuestra inclinación o nuestras apetencias son exhibibles o alguna pudiera, a beneficio propio, mantenerse a resguardo, por no delatar al público perfil o rango sobre el que redactar una biografía improvisada y sobrevenida, consentida por quien la vierte, soslayando el pudor de que otros sepan qué nos atrae o repulsa, si pecamos en lo que todos o es singular y extraordinario el pecado del que damos noticia veraz, cabal y masiva. Se procura retirar las miguitas de pan o, en el extremo del cuidado, no arrojar ninguna para no tener que buscar el modo de retirarlas. En cambio, no se vigila el rastro analógico, el constatado y manifiesto. No se le concede la atención merecida, no se piensa en las acciones que acometemos a diario y de la que los demás guardan memoria exacta; parece que, por su naturaleza objetiva, no debe inquietarnos o causarnos la zozobra y las preocupaciones del otro territorio, del binario y, en apariencia, del confiado al ámbito digital.
Conozco gente con un rastro analógico deplorable, gente impresentable como la de la canción de Serrat. De las que hacen ruido cuando no conviene, de las que no te echan una mano cuando hace falta, de las que no dan el paso ni los buenos días cuando es lo correcto y lo que se espera, de las que miran por encima del hombro o ni te miran siquiera, de las que no te echan una mano salvo que vaya al cuello, de las que hablan a gritos y no escuchan. Gente de intención segunda, si no tercera, que a todo le hace examen de ganancia y sobre cualquier cosa hace caja. Toda esa gente sin educación que camina junto a los que la tienen y se confunden con ellos y parece que todos son de la misma condición. Les delata el rastro analógico, se les adivina el proceder a poco que los miremos con un poco más de atención. Son los demás los que guardan con más o menos celo ese rastro que hemos ido dejando a lo largo de nuestra vida. Saben de qué pie cojeamos o si, llegado el caso, cojeamos de ambos. También si actuamos con rectitud las más de las veces (nadie actúa con rectitud todas las veces, nadie tiene un rastro digital sin mancha, no hay tal cosa) y tenemos, por lo general, buen corazón. Por otro lado, nadie tiene buen corazón a tiempo completo. De vez en cuando se nos envenena el tino y la sangre campa con alambicada inquina por sus cauces naturales de modo que el latido del corazón sale turbio y sin armonía. El otro, el corazón de la red, tiene ahora un predicamento extra, sobrevenido por imperativo tecnológico, caído en gracia a beneficio de estar todos comunicados y gozar de esta nueva Arcadia democrática en la que nos exhibimos, sin considerar si lo expuesto nos pasará factura a corto o largo plazo. Debiéramos revisar esos contratos tácitos: los reales y tangibles y los fiados al escrutinio del aleatorio y eventual público congregado en la función.
Decimos en esos púlpitos digitales lo que en ningún caso diríamos en los analógicos. Nos mostramos en ellos sin el pudor con el que transitamos los otros. Los indicios ofrecen la certidumbre de que uno y otro no tienen terrenos comunes. Se es uno adentro y otro afuera. Jekyll y Hyde. Somos el bifronte Jano en este siglo febril y veloz. Igual que no es posible del todo borrar las huellas que hemos ido dejando por la red, pero hágase uno cuenta de que tampoco podemos hacer que desaparezca las que hemos ido dejando por la vida. Lo que fascina es que tengamos empeño en eliminar el bagaje digital y poseamos el justo, por no decir ninguno, por proceder con idéntico entusiasmo en retirar de la circulación el analógico. Cuesta menos impedir que otros vean el comentario que no debimos decir o la fotografía que no debimos hacernos o, una vez hecha, volcar a beneficio de elegidos o casuales que hacer que quien nos haya visto meter la pata retire de su memoria el modo en que lo hicimos. Se nos valora por lo que hacemos o dejamos de hacer y habrá por ahí alguna especie de libro en el que toda esa construcción moral o sentimental o cultural ha ido registrándose. Seguro que hay un escriba (uno secreto e invisible, uno que no obedece al desmayo ni a la tergiversación) que deposita en ese libro nuestro pasar por este mundo y hace constar las cosas buenas y las que no lo son, las remarcables y dignas de eco y cuantas no tuvieron necesidad de suceder o, ya consumadas, únicamente afearon nuestra conducta, la emborronaron. Seguro que al escriba invisible no se le pasó el dato y lo consignó en alguno de esos renglones ocultos.
Uno de esos renglones es el botón "like" del Facebook, donde probablemente el lector leyendo ahora. Hacen acopio de todos ellos y saben de nosotros mucho más de lo que nosotros verdaderamente sabemos. Es el negocio de los datos. Valen más que el oro de las ciudades perdidas en la jungla amazónica. Somos mercancía. Lo somos queramos o no entrar en esa consideración financiera. Somos carne de mercado bursátil, somos incesantemente un producto que se vende y se compra. Estamos en el escaparate. Sin saberlo somos el muñeco vestido o a medio vestir o desnudo que se ve tras el cristal. Lo peor es que estamos ahí sin que nadie nos haya reclutado a la fuerza. No se puso una pistola en el pecho o se nos chantajeó para que accediéramos al juego. En la vida pasa algo parecido, no hace falta pensar mucho para llegar a esa conclusión. También somos datos, somos cada uno de esas pequeñas miguitas que hemos ido dejando caer aposta o no y que marcan una ruta, un camino reconocible por el que avanzamos. A veces un camino por el que retrocedemos. A veces el paso es firme y otras no lo es en absoluto. Lo de actuar embozado en la invisibilidad es un viejo deseo de la humanidad, pero todo deja marca, no hay nada que hagamos de lo que no pueda extraerse una firma personal. A veces sucede en Instagram o en el twitter y otras, más veces de las que se piensa, en la cola de la charcutería, cuando conducimos un coche en un atasco urbano o en las conversaciones que tenemos con las personas que incluso amamos. Cada pequeña cosa que hacemos (o que dejamos de hacer también) contrae una rúbrica. Parecemos decir: hey, que he sido yo, esto es mío, no vayan a creer que es de otro, he sido yo el causante, me pertenece, no le den la autoría a alguien equivocado. En ese plan.
La otra opción es no mirar atrás, no hacerlo bajo ninguna circunstancia; ni guiados por la satisfacción de haber procedido bien ni tampoco por la seguridad de que hicimos daño a alguien a sabiendas o sin maquinarlo adrede, da igual, pero el daño está hecho y de pronto se tiene conciencia de él. La otra opción es darle poco aprecio a que un logaritmo sepa de qué pie cojeamos o si son los dos los que lo hacen, no preocuparse de las huellas y avanzar ajeno a ellas. Porque no dejamos de dejarlas. Las miguitas con nuestra marca personal ocupan más renglones en ese libro secreto de los que podemos imaginar. Decía mi abuela algo parecido a "no la hagas y no la temas". Y bien pudiera valernos como máxima para navegar por la red (no decir lo que no se debe decir, no hacer lo que no se debe hacer) así como la realidad, materia igualmente navegable y sobre la que se puede aplicar con absoluta convicción esa máxima también. No hacerla para no tener que enmendarla. En la hipótesis de que se tenga que producir enmienda, hacer la consideración que cada uno desee. Se va a hablar de nosotros de una u otra manera. Dejemos o no un rastro, exista de verdad o no, los demás van a juzgarlo a su santa voluntad, sin que podamos intermediar y hacer que la sentencia sea benévola. Da lo mismo que uno haya sido un santo varón o una santa hembra (seamos correctos, que luego todo consta y perdura) para que otro especimen de nuestra bendita raza proclame que una vez pecamos o pecamos muchas veces y los demás acaten y difundan esa mentira interesada.
1.5.19
Vértigo
Tengo la mirada perdida y Kim Novak baila con un discreto tumor en los ojos.
Tengo la mirada turbia y Dios no ha venido a darme consuelo.
Tengo la mirada rota y el aire quema como un salmo en la sangre.
Están mis ojos sin propósito y ese fuego humilde no me consume ni hiere.
Estoy frente al puro infinito y esta quietud no alienta prodigios.
Es la plenitud o es el vacío y un ángel me invita a que lo abrace.
Kim Novak bajo un cielo de números primos respira adentro mis palabras.
Kim Novak cuando todavía no se teñía el pelo ni subía a campanarios.
Dios respira Kim Novak y pronuncia a lo lejos el vértigo de mi carne.
Estoy con Dios en los pulmones pero mi voz tiembla y se desquicia.
Mi madre observa el insomnio y un cansancio dulce me invade.
Los años acaban por delatarse y el amor tiene esta noche vocación de desagüe.
Mi madre con un zapato en la boca y olor a gasolina.
Mi madre tiene cien años y habla con endecasílabos.
Habla como si la escuchara Dios.
Habla como si la escuchara Dios.
Jimi Hendrix suena desde unos Yamaha en el Tempo.
Siempre que escucho a Jimi Hendrix me viene a la cabeza Charlie Parker.
No hay quien se crea de verdad que Jimi Hendrix pudiera morirse.
No hay quien se crea de verdad que Charlie Parker pudiera morirse.
La vida dicta severas instrucciones de uso.
La pasión escancia su lenta orfebrería, su palabrería viciada y sus febriles besos.
La vida jadea en conciencia su libro de pétalos, su luz mordida, su eco trémulo.
Un tren de algodón descarrila en un sueño.
Nubes tocadas de tragedia cubren los ojos de los muertos.
El aire es una voluta barroca de lágrimas.
Al alma la astilla el tiempo.
Solo se puede amar a Kim Novak cerrando los ojos.
Queda noche para beber más bourbon.
30.4.19
El día del Jazz
No sé si hubo antes y hubo un después, pero la irrupción del jazz en mi vida, aunque no sepa consignarle una fecha, es tan relevante como otras fechas a las que les doy la más alta importancia y a las que acudo cuando debo contar lo bien que me va en ella y lo feliz que soy. Las tres cosas son singularmente ciertas: la vida me ha tratado bien, soy feliz y amo el jazz. De hecho hay días en que uno admite la incertidumbre y se apesadumbra y consiente que el desánimo le derrote; hay días en que eso de que es feliz no es cierto del todo, pero quién podría decir sin sonrojarse (las mentiras sonrojan) que es feliz a tiempo completo, feliz como quien dice que es asmático o hincha de su equipo de fútbol favorito o alegre consumidor de cerveza checa. A todo soy capaz de adjudicarle una traba, pero el jazz es fiel, sé que está cuando lo preciso, no me contradice, me conforta cuando los ánimos flaquean y los iza con mayor pujanza incluso cuando se encabritan y parece que no hay nadie que rivalice conmigo en bienestar y en armonía. Al jazz le tengo esa devoción que otros le tienen a su religión, sin que esta osadía reduzca lo más mínimo el valor que tiene la religión en sí, aunque yo no la tenga a recaudo en mi alma y, en ocasiones, tenga la certeza de que no la tendré nunca, por más que sienta el impulso de abrazarla y de hacer que me acompañe los años que me resten de vida. Con lo que no titubeo en apasionamientos es con el jazz. Lo escucho a diario, siento que si no lo tengo a mano los días son incompletos, no están revestidos de la misma confortable prestancia. Así que tengo que escribir algo sobre jazz en el día en que se festeja su existencia. Juro por la trompeta de Chet Baker o por el saxo de Coleman Hawkins o por el piano de Bill Evans o por las baquetas de Art Blakey o el contrabajo de Charles Mingus que no tenía constancia de que la fecha señalada fuese la de hoy. Mi amigo Ramón me la ha recordado. Me ha dicho: Emilio, yo te doy la entrada y tú empiezas la melodía. Nos llevamos bien los dos. Tanto Ramón y un servidor como el jazz y un servidor también. El año que viene tengo que explayarme más. Me he quedado corto. El día del jazz ha sido un día muy largo en otras consideraciones y tengo más cansancio que otra cosa. Me voy a preparar un disquito para redondear el festejo. Creo que Kind of blue valdrá, valdrá Miles Davis. Ya sé, siempre cogemos los mismos discos, pero es tan bueno.
28.4.19
Los buenos días
Hay personas a las que nada más conocer se les concede la más alta estima. Se festeja esa concesión festiva, hasta se alardea de ella a terceros, por el placer de expresarla, sin que se busque confirmación ajena ni aplauso. También sucede a la reversa y es el impresentable el que conoces, paradójicamente presentado; concurre entonces la voluntad inversa, la de no contarlo, no caer en ese regalo, no difundir nada de cuanto supimos, no dar vuelo a quienes nos perturbaron o nos molestaron o nos insultaron. Es más sano hablar de la bondad, dar ese vuelo a los que nos agradaron, evitar en lo posible dedicar tiempo a difundir el lado dañino. Así el mal no tiene recorrido, no hacemos de transmisor de su discurso enfermo. Hasta sienta bien hablar únicamente de lo bueno. Nota uno que respira mejor. Aprecia el aire entrando y saliendo gozosamente por los pulmones. Se sonríe a lo bobo, no teniendo noticia fiable de la causa de nuestra repentina alegría, pero convencido de que le ha sido confiado un secreto precioso, una especie de confidencia que nos enriquece. La bondad debe incluso hacernos más longevos. Damos los buenos días a los demás con agrado porque una parte de ese saludo la guardamos nosotros y nos conforta. Cedemos el paso o damos las gracias en absoluta convicción de que somos nosotros los agasajados, los invitados al festín de las buenas maneras. De las otras nada queremos saber, no nos conciernen, se las deberían desoír, no darles ni crédito ni asiento. Cuanto más se repiten, más verdad poseen; si se omiten, cuando se silencian, se les cancela la posibilidad de que se explaye su mensaje (se viralice, dicen ahora). No siempre puede uno cumplir esta condición. Hay veces que nos sobrepasa la mala educación ajena, la que en ocasiones también es nuestra. Caemos en lo que criticamos, se da con infortunada frecuencia esa circunstancia no buscada, ni alentada. Cuenta la concurrencia favorable, de la que nos abastecemos, con la que se avitualla el alma. En estos tiempos de zozobra espiritual (no es religiosa mi observación) deberían prestigiarse las buenas formas. Ellas nos salvarán de la barbarie y de todas sus franquicias cotidianas. Ellas harán que no proliferen los odios. En ellas depositamos la esperanza, que es un trasunto de la felicidad. El día de hoy es festivo, es el día de las buenas maneras, el día de la confianza en la esperanza, que también es una extensión de la armonía. Se emplea poco la palabra armonía. Hoy es el día de la armonía. Salgan a votar, expresen su conformidad o su disconformidad, no se queden con ninguna historia dentro, manifiéstenla. Cojan el papel y métanlo en la urna. Es una manera de hacer que prospere el bien. Cada uno elige el suyo, no puede ser que uno sea el legítimo en el escrutinio de la razón, pero no se puede quedar uno en casa, no hay celebración más maravillosa para la ciudadanía que la de hoy y, probablemente, la de darse por las mañanas los buenos días y hacerlo con el gesto sincero y la voz firme.
24.4.19
En campaña
Declino la oferta electoral, la repruebo, no me siento representado, ninguna cabeza de cartel tiene cabeza ni atisbo en lo que dice ningún cartel, no me considero a salvo, ni hay en todos esos discursos televisados garantía de que la falta de educación que exhiben vaya a ser retirada cuando las urnas les den las carteras y los sillones. Dicen lo que un opositor cuando se la juega en un examen. Fingen la vocación, se ve a las claras, se constata a poco que uno afina la atención el desajuste entre lo que manifiestan y lo que se desprende de su trabajo. No coinciden. Si no tuviéramos memoria, seríamos felices, seriemos crédulos, pero a la vez que uno escucha, rumia lo sabido, pone frente a los discursos de estos días la labranza de todos los otros días, todos los que se malograron y todas las cosas que no se acometieron, bien por ineficacia o por pereza, bien por desinterés o por chulería. Estamos a expensas de cuatro (cinco, a fuer de precisos) experimentados oradores (iba a escribir charlatanes) que se ganan la soldada hilando oraciones complejas, repitiendo mecánicamente consignas de partido, eslóganes de los creativos que tienen a sueldo. El desafecto gana estos días: estaba larvado, oculto, hibernado, pero irrumpe cuando se ponen en campaña y alardean de la bondad de su causa y de la males de la ajena. Hacen eso. Deberían prohibir que un partido cite a otro. Que no lo nombre. Ahí estarían en el elemento idóneo, el de la proclama de sus aspiraciones para que tengamos paz y bienestar y no ándenos tan enojados (iba a escribir encabronados) cuando abren la boca y recitan el cuento de la lechera o el del lobo o el de la criada. Por mucho que desista uno, por más que no se vea representado, no se quedará en casa, irá a votar, expresará su opinión, la que más le cuadre aunque ninguna tenga la cobertura completa. No hay ninguno que me lleve donde quiero, pero alguno deja más cerca que otros. Tampoco podemos confiar en que unos cuantos minutos de iluminada retórica (la de anoche y la anterior en televisión) nos fidelice o nos haga de pronto adeptos, súbitamente convencidos. La convicción es diaria, se sustenta en el transcurrir de los días, en el depósito de las esperanzas y en cómo se cumplen, se aplazan o sencillamente se eluden, por inalcanzables, por utópicas.
23.4.19
En el día del libro
La mejor manera de festejar los libros es leyendo. Todas las demás, siendo buenas, unas más que otras, no alcanzan el tumulto interior que se produce cuando se lee. Es tumulto y es aventura. No hay quien lea y salga indemne. Leer perturba, pero es el tipo de perturbación que se anhela; la que, una vez probada, no puede ser retirada, ni rebajada. No hay nadie que lea por las mismas razones que los demás. No existe argumentos que puedan compartirse, ni siquiera los hay similares. Hay quien desea que le corroboren lo que piensa (para que otros confirmen lo apropiado de su pensar) y quien sólo desea que se lo refuten (para que otros confirmen justamente lo contrario). También el que pendula entre una opción y otra y en ocasiones persigue que se le asombre y todo sea novedoso y, en otras, que se le respete la parte de verdad que le vale para seguir avanzando y aceptar que el mundo gira y él gira dentro. No hay dos lectores iguales. El mismo lector, según el día, hasta obligado por el libro en el que ande, puede ser varios lectores a la vez. El amor infinito a un autor desquiciado puede ser emulado por el amor infinito a un autor prudentísimo. Uno tiene a recaudo esa nómina de amigos a los que no conoce, de los que tiene tal vez una información errónea o ninguna. Porque todos los escritores que me han hecho feliz han sido un poco amigos míos. Me han confiado lo que piensan, con mayor o menor claridad, con más o menos ocultamiento; me han confiado el relato de sus alegrías o de sus pesares y yo, más agradecido que otra cosa, he cuidado de que ese relato no se pierda del todo y prospere en mi memoria y me haga desear más. Cuando se lee siempre se desea más. No soy amigo de festejos literarios, no soy asiduo de ceremonias en las que se presentan libros, pero siempre leo lo que festejan esos libros. No sabría pensar en mí sin imaginarme leyendo. No es nada que otros no practiquen más afinadamente que yo. No me exhibo aquí para que nadie envidie mi vicio. Hay quien lo profesa de un modo al que yo no sabría acercarme. Creo que tampoco querría. Hay veces en que leer mucho hace que vivas menos. Esa es otra parte de la historia. Hace falta tener tiento, no excederse, no dejar que los libros lo ocupen todo. Ni siquiera podemos depender de ellos, pero no siempre sabe uno gobernarse, ni falta que hace.
21.4.19
En tiempos de luz
Siempre estuvo mal vista la luz. Se la reprendió cuando en alguna ocasión, se la llamase o no, acudió a iluminar lo que andaba a oscuras. Se tiene de ella la idea de que fue siempre a contracorriente, luchando contra quienes la miraban de reojo, por temor a que todo se viese a las claras, por ese temor ancestral de los que detentan el poder a que los demás pueden acceder a ese desempeño. No hay religión que no se haya protegido de ella. Cuanto más se ven las cosas, menos funcionan los mitos. No hay orden político que no la haya tenido en vigilancia y en custodia, si hiciera falta. Por otra parte, no hay progreso humano que no haya contado con ella, ninguna manifestación del talento del hombre se hizo a su espalda, sin contar con su inestimable concurso. En épocas de antaño (y no hace tanto, no se olvide esto, no hace tanto) la luz era la primera a la que se ponía en entredicho, no se le daba crédito a los avales con los que se presentaba. Nada de cuanto hubiera hecho tenía validez para que acometiera la empresa de hacer cosas nuevas. La novedad no es bien recibida. No hace mucho tiempo de todo esto. La oscuridad sigue ganando adeptos, los fideliza con sus cuentos de suspense y de intriga, con su novela de banderas y de sangre. No es igual prender la luz que prenderla. Acudir a ella para que alumbre que arrestarla. Ahora que vienen días de barullo político antes de que vayamos a meter la papeleta en la urna (sublime ella, que no falte nunca) habría que recordar el peligro de que nos quedemos a oscuras. Que todo lo que hemos construido se venga abajo y tengamos que comenzar de nuevo. Que los bárbaros y los ignorantes hagan prevalecer la barbarie y la ignorancia. Que tenga predicamento la apatía. Que si unos pocos prefieren la precaria luz de unas velas no tengamos que renunciar a las bombillas.
19.4.19
18.4.19
Jueves Santo
Tenemos contra quién enfrentarnos. A poco que lo piensa uno, en cuanto repara en lo que le circunda, da con el objeto de su ira. También a quien amar. El argumento es el mismo. La vocación es la misma. Se odia o se ama sin razones o con ellas, no se discurren motivos, no los habría. Se prefiere amar, se dan más ventajas, se reconoce uno más en el amor que en su contrario. El bien festeja con más vuelo su travesía, pero el mal ejerce su fascinación primaria, animal y oscura. Medra con arrojo y denuedo, ocupa una considerable franja de atenciones, compromete al bien y, en ocasiones, lo abate, aplica su incontinencia, crea su ciega legión de acólitos. El mal carece de ideologías, no recurre a ellas, le traban en su avance, fomentan el diálogo, abren un discurso que le incomodan y enturbian. Prefiere ir a ciegas, firmar su apostasía loca, cubrir su desempeño con fiereza y anonimato. El bien se afana en granjearse adhesiones puras, en cambio. La liza es antigua. El palmarés no tiene un dueño reconocible. El poeta acude a la sangre para dejar registro de esa dualidad. La sangre con su vértigo y con su fiebre, con su comisión de vicios y con su conciencia. La religión es la literatura de esa sangre, su izado místico, el vertido del grumo primario. Probablemente sea ella la que confine al mal en su locura. En ocasiones, cuando no puede, si se nubla su oficio o el mal no se deja convencer, se le atribuyen todas las desgracias. Es a Dios al que se culpa, es Él quien escribe los renglones torcidos, sin corrector que enmiende el roto, sin libro de estilo ni catón que mutile el texto extraviado, la parte enferma. Hoy al salir a la calle, camino de ver a mi padre, aprecié una ciudad solitaria. No había nadie, nadie caminaba, salvo cuatro disidentes. Era un silencio conmovedor, del que tardé en salir, a pesar de que poco después abrió la rutina su cuaderno de ruidos y todo volvió al trajín de siempre y las aceras, en el regreso, se animaban con la bulla habitual, pero en el inicio del día, cuando rompió la luz y salí a pasear, antes de encaminarme a la residencia en donde tengo al padre, mi pueblo tenía ese aire de ensoñación o de metáfora. Hasta la amenaza de lluvia, que no ha roto aún, me condujo a la literatura. El bien es un instrumento de los sacerdotes. También el mal. Van de uno a otro según las circunstancias y la conveniencia de la homilía. Los poetas, incluso cuando se acogen a él y lo escudriñan y salvan, son mensajeros de la oscuridad.
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