19.8.20

La emergencia educativa




 “La relectura es un lugar del que no quieres salir nunca. Llegas cuando comprendes que más importante que leer es haber leído”

                                                                                                                 Manuel Arroyo-Stephens


Leer es un camino de ida y vuelta. Como la vida. Leemos para aligerar el trajín de la realidad o para acrecentarlo, según convenga, a expensas del estado de ánimo que nos ocupe. Saber que tienes libros a los que acudir para cada tumulto del alma es, en esencia, un salvoconducto hacia la felicidad, que nunca llega, pero está más a mano con los libros. En ocasiones, cuando entro en la biblioteca de casa, comprendo que mi vida es un festejo. También irrumpe esa epifanía cuando entro en una librería o en una biblioteca municipal. Mi amigo K. me refirió una vez la posibilidad de prescindir de cualquier injerencia externa, la que irrumpa eventualmente cuando uno trasiegue con los primores de lo real, como decía Machado. Esos primores son también un poco librescos. Somos viajeros de curiosidades. Como escribió el grandísimo Rafael Pérez Estrada. Vamos de un confín a otro de nosotros mismos. Visitamos parajes que, por más que nos pertenezcan, quedan excluidos de ningún acta de propiedad. También uno es una biblioteca. Los libros nos conforman, nos componen, hacen que tengamos en ellos órganos periféricos, corazones disponibles ajenos al corazón principal, pulmones que dan un suplemento de aire al que ya aspiramos.  Ojalá también cordura más allá de la cordura prevista. Leer es un acto de riesgo, también es cierto. Algunos leen mal y creen acertados sus desquicios. Gente que se satisface con una visión de las cosas, sin contrastar, ni pretender la modesta operación de poner en duda sus pesquisas y, caso de que no prosperen, eliminarlas. Hay quien no sale de esa estancia feliz en sus conclusiones: leen los periódicos que van a confirmar sus teorías y se rodean de quienes van a aplaudir sus argumentos. Un poco como todos, claro está, pero a veces hay más énfasis del debido, una especie de devoción ciega a una causa inalterable. Como una religión. Me da la impresión de que los congregados en esa tristemente famosa reunión de negacionistas del otro día no pasan de ser lectores de un solo libro (una biblia de la conspiración) o incluso de no leer nada en absoluto. No siempre la lectura es una bendición, por más que lo sea cuando la ilumina la inteligencia y la belleza. La emergencia que tenemos no es sanitaria, es educativa. No hay mascarillas para la cerrazón de quien no desea usarlas. Ninguna de esos instrumentos profilácticos evitan que el virus corroa la parte cafre (insolidaria, ciega, torpe) de la cabeza. Habrá algún libro que ya haya puesto palabras a este arrebato mío de miércoles tranquilo en casa. Más importante que ser solidario es haberlo sido antes, muchas veces, sin que la pandemia nos devaste y tengamos que sacar lo mejor de nosotros mismos. 

1 comentario:

eli mendez dijo...

Que entrada mas bonita la suya...Me siento identificada con eso de la emocion que a uno lo embarga en algunos espacios como las bibliotecas o las librerías...y a veces ...no saber que llevarse( por querer llevarnos tanto)...
Por otro lado coincido tristemente en esa emergencia educativa( de la falta de empatía- de valores) ...que no soluciona la mascarilla ..Siento que la pandemia...no saca lo mejor de nosotros( quizás de algunos siiii)
Cuando esto pase estarán los que aprendieron del riesgo fatal que implica no valorar lo que tenemos , nuestro hermoso mundo....y también estarán aquellos a quien les importara NADA volverlo a destruir... Saludos.

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