30.5.20
No hemos aprendido nada
Acabo de volver de hacer el paseo periférico a mi pueblo. No por conocido deja de cautivarme su esplendor, su abrazo tutelar y limpio, pero no traigo conmigo una alegría redonda: la han reducido todos los irresponsables que caminan sin la protección debida. No hacia ellos, sino hacia todos los transeúntes con los que se tropiezan. Como los caminos son los mismos, los peligros están socializados. No sé qué hace falta para que entremos en razón. Ya que la posibilidad de enfermar (o de hacer enfermar a otros) no les asusta, tendrá que ser aplicada una sanción que les incomode con más fiereza. Una vez se les multe, saldrán embozados, o no saldrán. Ambas cosas me satisfacen a partes iguales. Duele esa indiferencia. Porque el ignorante tiene una coartada intelectual, pero el apático, el anárquico, el que pasa por el placer de señalar su desidia, merece la aplicación estricta de la ley. Añadir que no hay policía pandémica hará que la conversación se disuelva en este punto y pierda toda posibilidad de avance y resolución. Pena y vacío traigo. Creemos que ya hemos vencido, pero no hay victoria de la que alardear, todo está por hacer, la guerra no ha hecho nada más que dar sus primeros escarceos. Vamos al medio millón de muertos y parece que es una ficción que programe Netflix en horario nocturno. Septuagésimo séptimo día de caos y de fiebre y de vértigo. No hemos aprendido nada. Estamos como al principio o incluso estamos peor, porque ya hemos visto la función teatral y sabemos la dinámica de la trama, su apariencia de irrealidad, su condición invisible y letal.
Dios ha abierto todos los caminos
"O bien Dios quiere quitar los males y es incapaz de hacerlo, o puede hacerlo pero no quiere; quizás ni quiere ni puede, o tal vez quiere y puede. Si quiere pero no puede, es débil, lo cual no concuerda con su carácter; si puede pero no quiere, es envidioso, algo que también está en desacuerdo con él; si no quiere ni puede, es tanto débil como envidioso, y por lo tanto no es Dios, pero si quiere y puede, que es lo único que resulta apropiado para Él, ¿de dónde vienen entonces los males?, o ¿por qué no los quita?"
Epicuro de Samos, siglo III a.C.
Lo hermoso de las paradojas, la de Epicuro es fascinante, es que distraen de asuntos de mayor importancia. Te concentran en un delirio verbal, en una especie de limbo en el que la realidad no es nada más que un acertijo y se te ha encomendado descifrarlo, pero la realidad contiene un discurso más hondo, al que a veces hay que procurarle una poda, un ajuste de cuentas que nos haga más felices, no más brillantes, ni más filosóficos. Conozco cientos de argumentos irrelevantes que conmueven mi alma sensible con más fortuna que los altos, hondos y nobles, relevantes todos, que ocupan páginas trascendentes. La metafísica es una distracción para ociosos. Benditos ellos. Me encantan todas las dulces peripecias del espíritu y declino cortesmente las insinuaciones espesas de la cultura, toda esa argamasa fungible con la que se han ido construyendo las civilizaciones. Comprendo, al cabo de los años, que el mundo va a seguir girando sin mi contribución. Que mi trabajo en la tierra es insignificante. En términos muy parcos, he aceptado que no doy más de mí y que todo lo que más placenteramente me entra proviene de la industria de las amenidades, excluyendo de esa nómina las cosas serias, las que arrugan el ceño y predisponen al ánimo al decaimiento. No crean que esa conclusión (no dar más de mí) me ha alegrado las pajarillas. Bien al contrario, he sentido una punzada en el corazón, un quebranto en el cerebro y una aspereza en los labios cuando le he confesado a mi buen amigo K. mi renuncia a entender el mundo, mi alegre matrimonio con los placeres frívolos, mi completa adicción a lo pasajero. Más ahora, más aquí, cuando el mundo se está mirando y los animales campan por las avenidas, aunque la desescalada los esté devolviendo a un confín agreste e invisible.
K. no me ha fallado: me ha mandado a tomar por el culo graciosamente y me ha dicho que mañana, pasado a lo más lejos, vuelvo a los placeres intelectuales, los que adiestran el alma contra los rigores del tiempo, los que te curten por dentro. No haces mal a nadie, Emilio, pero al final el que sale perdiendo eres tú, ha sentenciado hace bien poco, minutos antes de largar esta manifestación bastarda de mis vicios. Inocente se vive mejor, le he contestado. Ensimismado. Embebecido. Fija la mirada en un punto distante, dilucidando la naturaleza de la luz, calculando la gravedad de la fuga. A lo que concluyo con la peregrina idea de que o bien Dios quiere que sea un ser elemental y me inspira para que me esmere en ese propósito o quiere que afine mis sentidos y les encomiende la misión de entender el mundo. No entra en ninguna de esos cálculos que nadie se percate de que haga una cosa u otra. O bien: he aquí el barrunto final de mis cuitas, no hay Dios y nadie vigila mis destemplazas. Nada se puede afirmar con rotundidad sobre nada de lo que hoy he dejado escrito. Ni sobre la certeza de lo que expongo ni sobre el intrascendente (para mí) hecho de que existe o no un Ser que tutela mis desvaríos, vigila mis pasos y me espera allá en lo alto, vivífica y extemporalmente. Dicho lo cual queda en el aire viciado de los bits, amable lector, si en el fondo no estaré ya decantándome por uno de los dos criaturas que me pujan dentro. Seguro que en algún recodo del camino lo he dejado claro. Lo otro es la ocupación de las ciudades por quienes no estaban invitados: es la señal de algo primordial que acabará olvidándose, como todo. Tenemos la memoria frágil, somos alumnos poco aventajados. La didáctica es endeble.
26.5.20
Haikus de cuarentena
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Cuento las cosas que pensé hacer y a las que no he aplicado atención alguna y me sale una lista enorme que, entre la perplejidad y la vergüenza, decido olvidar y hacer una criba, montar una lista nueva con la que resarcirme y darme una pequeña satisfacción. Dije de ver cien películas y leer cien libros. El confinamiento era idílico, me procuraba el sedentarismo que reclamaban esas altas obligaciones de mi espíritu. En todo caso, a fuerza de improvisar, no me he quedado corto, he probado de aquí y de allá y no es precisamente vacío y arrepentimiento lo que siento. Lo que me pasa es que se me quedan los días cortos. Requieren un arrimo de horas para que cuadre todo lo que les exijo. No he leído la obra completa de Lovecraft, ni he escuchado jazz a diario, pecados veniales que cualquiera podría considerar irrelevantes. No he terminado mi novela (no la acabaré nunca a este paso). No he escrito un libro de sonetos (es un deseo que me urge cada vez más). Escribo y leo, paseo y duermo, fumo y trabajo. A veces esas actividades se entremezclan y acudo a ellas sin haber escrito lo suficiente o leído lo suficiente o paseado lo suficiente, en ese plan un poco estresante, ya lo sé. Mi amigo Manolo decía que la verdadera aventura era la del orden. Se puso serio con esas cosas cuando lo prendió la enfermedad. Ahí entendió el placer de empezar algo y no cejar hasta que acabara. Saber dónde está cada cosa cuando se la necesita y no descuidar cierta imperfección, la que nos hace humanos y a la que regresamos por la sencilla necesidad de sentirnos vulnerables y frágiles y reconocer al asombro como el aliento que mueve la dinamo de los deseos. A veces me acuerdo de él. Pienso en todo lo que acometió y la firmeza con que rubricó su ansia impecable por vivir. Nos dejó con el trabajo a medio hacer, hubiesen sido precisas cuatro vidas para que todo lo que rumiaba tuviese asiento en la realidad y danzara en el aire como pájaro al que han manumitido de su clausura. Era bueno Manolo. Se echa en falta gente buena ahora que hay tanta maldad escondida debajo de las mascarillas. Algunos la ejercen sin ella, lo cual es una maldad doble, no sólo punible con la ley en la mano sino dramática por todo lo que significa no respetar al prójimo, perjudicar mi salud, hacer que mi sacrificio no cuente y se desbarate por la desidia o por la ignorancia ajena. No es un texto triste, a pesar de que pensar en Manolo siga causando tristeza. Tenemos un mundo ahí afuera al que hay que cortejar. Es tan hermoso y hay tanto que hacer con él. El asunto final es siempre la belleza, su incansable búsqueda, la idea insobornable de que cada pequeña cosa a la que nos entregamos es un homenaje a su presencia. Recuerdo una canción de Alison Moyet, esa dama de voz profunda y cuerpo generoso que cantó en Yazoo: Somos débiles ante la belleza (Weak in the presence of beauty). También estos tiempos son hermosos, a pesar de todo. Manolo habría abierto un cuaderno de haikus sobre la pandemia. Eso nos hemos perdido.
La triste certeza de las cifras
Amigos a los que sinceramente aprecio eluden pronunciarse sobre la pertinencia de las restricciones que se arroba el gobierno en su gestión de la pandemia del Covid-19. Se abstienen con serenidad, no hacen tampoco alarde de esa voluntad privada. Tienen opinión y podrían darle la elocuencia que a veces se echa en falta, pero prefieren esa apatía dulce que consiste en no decir, en no manifestarse, en cuidar de que alguien sepa qué piensan sobre los asuntos candentes. Siempre me fascinó ese adjetivo (candente) aplicado a los asuntos. Los habrá livianos, de fuste vago, apenas relevantes o incluso frívolos. Ahí no escatiman palabras, se explayan en ese trasunto doméstico, convierten la conversación en un delicioso prodigio, en un milagro intrascendente. Cuando en alguna ocasión hemos hablado por teléfono (hace que no les veo, hace mucho que no tengo los tratos habituales con los míos) han escabullido darle alas a lo que han escuchado y posicionarse. Hacen como el Bartleby de Melville: prefieren no decir. Lo paradójico es que de alguno tengo la certeza de que bulle en ideas y está absolutamente al día de cuanto ocurre. Luego está el pensador fértil, el que a todo debe imponerle su rúbrica. Algo parecido a lo que yo hago cuando escribo, aunque desbarre y todo acabe en espuma de mi delirio creativo. Ayer uno de esos amigos me intentó convencer precisamente de eso: de la conveniencia de la mesura, de que no conduce a ningún sitio declarar si uno es de aplaudir las decisiones del ejecutivo o de censurarlas. Hay mucho orador no autorizado, venía a decir. El hecho de que yo no me muestre no tiene la menor importancia. Quizá tampoco la tenga que otros hablen más de lo que se les solicita. Mi estado natural es el silencio, al menos en lo que conozco. De hecho, tampoco vosotros sabéis mucho, a pesar de que no estéis callados. Se pronuncian con sequedad y a veces se dejan caer con la transcripción de una estadística. Las cifras son fiables. Todo lo demás entra en el capítulo de la especulación. Uno se ha borrado de un grupo de Whatsapp. Sigue tratando a sus miembros en la vida real y en la de la pantallita, pero ha cerrado el grifo de las charlas subidas de tono. Hay muchas. Pero me han pedido cuentas, que por qué me he ido, me dice. No se piden razones para entrar, no deberían pedirse al salir, razona. Hay cada vez menos ingresos en hospitales. Los muertos no son tan alegres. Contamos los que se esperaba que no lo contasen, es fácil la aliteración, terrible la conclusión. Se muere ahora con más dramática difusión. No sólo se enciende la tragedia íntima sino que esa pérdida engrosa un cómputo, una lista triste. K.sostiene que estos muertos son más nobles. Una especie de héroes caídos en una batalla invisible. Les deben un homenaje. Una zona cero mental. De eso sí hablarían mis amigos reticentes. Por respeto. Por un sencillo acto de amor fraternal. Andamos escasos.
25.5.20
El ruido
23.5.20
Reseña de "Cuando nos creíamos poetas" de Xavi Nuez
Hay que hacerse grande. También se dice pasar página. La idea de ambas frases hechas (no tiene nada que ver lo que significan como conjunto a lo que dicen sus palabras por separado) es la misma: la de madurar. El nuevo disco de Xavi Nuez, tercero en solitario, exhibe esa madurez sobrevenida cuando tienes muchos discos a las espaldas y una edad en la que se observa la industria de la música desde una perspectiva más serena. Imagino que Xavi no tendrá un sonido propio todavía. No es cosa necesaria todavía. Quizá lo deseable sea que no lo tenga. Que vaya yendo aquí y allá. No lo tuvo mi admirado David Bowie, que experimentó hasta que él mismo fue también una probatura, un proyecto maravilloso de fácil acomodo a las nuevas tendencias y al influjo majestuoso de la música que los músicos escuchan. Con su cumpleaños, no pude felicitarle como debe ser, se me pasó, vino la puesta de largo en plataformas digitales de su emocionante nueva entrega. Cuando nos creíamos poetas no se parece a Historias varias o a La última estación, del que también traje aquí una pequeña reseña, pero comparten el mismo aliento entusiasta, idéntico encanto. Si eran discos eclécticos en estilos, delatando que Xavi Nuez es melómano y se exige hacer con sus canciones tributo a los géneros que le gustan, este nuevo álbum da un paso más, aporta esa madurez nombrada. De ahí que meta trompetas, violines, acordeón y hasta un inocente y vibrante coro infantil. No es el disco de una persona, sino el sueño de muchos. Hay muchas manos, mucha profesionalidad debajo. Mucho trabajo, imagino. Las canciones han adquirido una consistencia mayor. La parte pegadiza, la de radiofórmula, no censura que haya tramas más complejas en las melodías y texturas mucho más trabajadas. Es el fruto de la edad, cierta necesidad de cumplir un peaje sentimental, una especie de pago por el placer acumulado de tantos discos. Puestos a buscar semejanzas, en ese juego de buscar adherencias, ritmos y patrones ajenos, locual es legítimo, el disco es Bob Dylan (el folk, el eléctrico) y es The Waterboys. Hay reggae urbano (Ay Mitek Halic, con su encontradizo coro de estadio) y hay baladas (Un crit de llibertat, Mentre nena plorem al carrer, con una abrasadora armónica y su riff clásico). Abunda el rock desenfadado, esa es la cuna, ahí está el sedimento irrenunciable (Oh Diley, que no enojaría al Springsteen más comercial). El tempo lisérgico (al principio, luego se encabrita y adopta un tono de pop ochentero con su perfecto coro de niños) de Ya nada será igual cierra una obra honesta. Es mi favorita. Xavi Nuez da de sí lo que él mismo todo lo mejor que sabe. Como todos los discos, salvo los malos, precisa su decantación lenta. De hecho, en la segunda audición aprecias matices que pasan desapercibidos, acuden después y se asientan. Por último, convenir que la voz de Xavi está pletórica. Gusta mucho o cuesta aceptar ese roto vocal que impregna cada pequeña línea. Tiene autenticidad; tiene el timbre perdurable: la reconoces al momento. Ojalá (es mi deseo) llegue alto y llegue lejos. Merecimientos tiene ya de sobra. No es un nuevo fichaje. Está curtido, ha madurado. Es bueno creer que se ha sido poeta. Lo somos todos sin que intervenga la voluntad de serlo. La música es la que sale ganando. Por favor, denle un ratito.
22.5.20
Virólogos
Un viejo debate era el de ser de ciencias o de letras. Cada uno esgrimía sus razones o no esgrimía razón alguna y su tesis no precisaba prosperar, sino exhibirse a modo de insignia. Yo soy de letras. Yo soy de ciencias. Conforme han ido pasando estos días de confinamiento doméstico y escalada de tragedias afuera, uno se ha dejado convencer por la primordial injerencia de las ciencias en la vida. No es que tengamos tecnología y dependamos de ella de un modo absoluto; no es que las máquinas ocupen un lugar preferente en la gestión de lo social y en trajín de lo privado: es que dependemos de los científicos. Ahora más que nunca. Es de ellos la llave que abrirá la puerta de una posible salida de este marasmo vírico. Vendrán otros. Creo que ser virólogo (por desgracia) será una profesión de futuro. Si un niño, al ser preguntado, suelta que de mayor quiere luchar contra los virus, hay que estimularlo, comprarle un microscopio, dejarle que vea documentales en televisión, comprar libros sobre monstruos invisibles que devastaban las ciudades. Quizá salve millones de vidas cuando empiece a trabajar. Si es que no se queda a mitad del camino. Si es que no le entorpece la administración su progresiva adquisición de experiencia, conocimientos y títulos. A pesar de todo, no hay que dar de lado a las letras. Hay poesía en el desastre. Nos manejamos con metáforas. La belleza hay que contarla también.
21.5.20
Lo
Lo verdaderamente asombroso es que hayamos tardado tanto. Lo extraordinario será que todo vuelva a ser como antes. Lo triste es que no hayamos puesto empeño en evitarlo. Lo paradójico es que no estemos aterrados. Lo lamentable es la sensación de que en el fondo lo que importa es el tintineo de las monedas en la caja. Lo trágico es que no tengamos tintineo, ni monedas, ni caja. Lo deseable sería que hubiese sido un sueño. Lo imperdonable es que todavía desoigamos las advertencias. Lo prudente sería no bajar la guardia. Lo malvado sería echar la culpa a los que mandan. Lo injusto sería no echársela. Lo razonable sería no opinar sobre lo que no se sabe. Lo normal es que opinemos. Lo predecible es morirnos. Lo dramático siempre es que sea precisamente ahora. Lo acostumbrado es olvidar y mirar al futuro. Lo recomendable sería recordar y consultar al pasado. Lo mejor es no contar las bajas. Lo peor sería que alguien nos cuente. Lo escandaloso es que el terror tenga audiencia. Lo útil sería arrimar el hombro. Lo absurdo es tener que decirlo. Lo más duro es no saber cuándo acaba. Lo presumible es que venga otro. Lo raro es que nos hayamos acostumbrado. Lo increíble es que esté sucediendo. Lo aprendido no valdrá para nada. Lo hecho no servirá de mucho. Lo inteligente sería aceptarlo. Lo realista sería convencerse de que nada será igual en adelante. Lo maravilloso podría ser que la bondad terminase por asentarse en la convivencia. Lo gratificante es que se termine por descubrir la vida interior. Lo crudo es que, a medida que la interior prospera, la exterior se deteriore. Lo inasumible es que prospere la idea de que la salvación dependa de la responsabilidad ajena.
19.5.20
Reseña de "Caballos perdidos en la tormenta"
Hoy hablan de mi libro por aquí. Se siente uno azorado, turbado por las elogiosas palabras. Feliz porque mi criatura tome vuelo y se lea. Para eso se escribe. Gracias, José Luis.
Los caballos trotan. Clicar aquí para leer.
Los caballos trotan. Clicar aquí para leer.
17.5.20
El veneno es el futuro
La realidad está llena de circunstancias disuasorias. Uno se arrima a un propósito y a poco que se aplica en su desempeño encuentra razones que lo censuran o se engolosina antojadizamente con otro. Esta zozobra proviene de la velocidad con la que nos manejamos en el trasegar de los días. Nos echamos atrás porque el deseo que prevalece es el de acaparar más de lo que podemos. De ahí la sensación de agobio puro. En cierto modo, valdría rescindir las obligaciones que voluntariamente o no nos hemos adjudicado. Dar algunas por irrelevantes, haber que pierdan el apresto con el que se convocaron. Concentrarse en pocas. Entregarse con fruición en ellas. Encontrar en esa pequeña alteración de la rutina una costumbre nueva, la de amansarse y disfrutar de cada ocasión y de cada disciplina como si fuesen la única ocasión y la única disciplina. No pensar en nada que nos distraiga de esa empresa y, al darla por acabada, afanarse en dar con otra que la releve y nos procure una distracción distinta. Hablar por hablar, me dice K. Te evades pronto, piensas en qué harás cuando vuelvas a casa. Es posible que una vez en ella caigas en la cuenta de que te supo a poco el paseo, no fue regocijarte, no lo hiciste tuyo, te dejaste envenenar por planes posteriores. Así el domingo transcurre entre libros, discos, tareas domésticas, ideas sobre el futuro. El veneno es el futuro. El presente se adelgaza, pierde su fuelle tangible. El pasado es un añadido recusable. No siempre importa. El hoy tan frágil y el mañana tan evanescente y etéreo. Esta tarde me postro en el sillón de orejas y le concedo a la siesta la consideración más alta. Luego ya veremos.
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