16.1.24
Elogio de la facundia
15.1.24
Dibucedario socrático 2024 / M de Memoria
Aprender a morir es el propósito de la filosofía. Mientras se nos deja vivir se es eterno, no hay nada en la comisión del tiempo que nos alerte de que acabará desocupándose de nosotros, forzándonos a desaparecer. No habiéndonos importado el infinito pasado no deberíamos preocuparnos del infinito futuro. Nos iremos y no volveremos más, como se escucha en algunas canciones. Cuando definitivamente partamos se interrumpirán el comercio de las palabras y el de los afectos. También cesarán los quebrantos. Pero no se muere uno del todo. No porque al alma la fe de la que cada uno disponga le provea de una vida tras ésta, sino por la memoria que legamos a quienes nos trataron, por el recuerdo que perdure, que no serán en lágrimas en la lluvia, como el replicante de Blade Runner rubricó también imperecederamente, ni polvo que el viento esparza en su acostumbrada y veleidosa danza. Mochuelo se lo cuenta al pobre Sócrates, pero no lo hace con el entusiasmo de quien desea consolar al que de pronto se siente zarandeado por la metafísica, comido por las incertidumbres de la existencia. Dice maliciosamente que teme que perduren en su memoria. Platón fue la memoria de Sócrates. Más de dos milenios después, somos nosotros los que trasegamos con las mismas dudas. Hasta lo nombramos para encontrar un asidero al que aferrarnos cuando nos castiga la intemperie de la vida.
El don de la mirada
Qué les traerá a Vermeer, qué les traerá a verme, dirá la modelo. Quienes concurren en la algarabía ignoran la conversación, no entrarán en la convocatoria de la perplejidad, en el discurso del arte. El que encontró la mirada de la joven de la perla y se envalentonó para registrarla tiene el don de la mirada también. Es un espejo el arte: un juego o un milagro, un destello que salva un momento en el tiempo y lo entrega a la eternidad. La muchacha del turbante ha reparado en el fotógrafo como un día reparó en el pintor. Los dos son irrelevantes, los olvidarán, pero yo continúo, permanezco, venzo al tiempo, lo muevo a mi antojadizo capricho, hago de él mi juguete favorito. No tengo otro. Eso dirá la niña, aunque nadie la escuche y únicamente exista la mirada, la solicitud de otra que la imponga a la realidad para que converse con ella.
14.1.24
Del tiempo
Lo malo de tener tanto con lo que ocupar el tiempo es que se pierde una parte preciosa de ese tiempo disponible en decidir cómo ocuparlo.
Una plegaria
Me pregunto qué hará Dios
en lo más oscuro de la noche.
Si abrazará la tiniebla
como a un hijo o la ahuyentará
con los milagros de su oficio.
Si el cielo está limpio
y en esa blancura sin tiempo
se esmera en la voz y promulga
sus leyes con más severo fonética.
Si hay sangre en sus manos
y no percibe el color
ni el olor de la sangre
ni advierte sus manos.
Si Dios es un muerto en la noche
que recita la arenga
negra de su soledad sin motivo.
13.1.24
Dibucedario socrático 2024 / L de Lluvia
A veces llueve como si no lo hubiera hecho nunca. No porque la afirmación se sostenga estadísticamente y de verdad la lluvia sucediera primerizamente, sino porque sentimos que irrumpe con novicio milagro, haciendo que cerremos los ojos y dejemos que nos empape o dancemos alocadamente bajo su manto o brinquemos como niños en un juego o cantemos como Gene Kelly alrededor de una farola. Llueve siempre con propósito, pero al final es nuestro el motivo. Se privilegia cierta bondad agrícola y se solaza el campesino al ver alegre el campo del que depende, pero la lluvia, vestida con el corazón de quien la anhela, ofrecida en el aire sin que el aire la toque, juramentada como un regalo antiguo que persevera y se sublima, es un trozo de quien la ve tras unos cristales o de quien sale a la calle y la celebra. Bendita lluvia que conmueve el alma. Somos seres pluviométricos, cada uno a su manera. El cielo, al caer sobre nuestras cabezas, nos renueva, nos iza, nos convierte en criaturas hechas de pura gratitud, de limpia felicidad. No se explica lo amado, no se buscan las palabras que lo verifican en el comercio de las palabras, no podría jamás verterse con el mismo afán con el que ella, la dulce lluvia, intima con nosotros, dadivosamente. Y sin embargo, he aquí a Mochuelo asombrado del festín corporal del pobre Sócrates. Dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno parece que no den para tanto. Todo ese dramatismo (ese jolgorio, ese atolondramiento) es inefable, es lírico, es humano.
Otros que de mí se ocupen
Fotograma de "Spellbound", Alfred Hitchcock, 1945
12.1.24
Vituperio de las dádivas
Hay quien se satisface con poco y a casi nada da importancia. A poco que se le agasaja, cuando media un halago o una dádiva, por pequeña que sea, rompe en entusiasmo y se le vuelve generoso el ánimo y a todo da su complacencia. Es un recurso antiguo. La boca es fácil de callar: también lo que a lo que se le empuja a decir. Es esa dictadura del premio, se merezca o no, haya motivos o ninguno en absoluto. Cuando esa política abunda se deteriora el concepto mismo del regalo, que viene a ser una compensación blasfema, un mecanismo de distracción, un trampantojo admistrativo, en casi todos los casos subvencionado por las arcas públicas. Si se perpetúa es el gobierno el deteriorado, convertido en un bazar de oportunidades. A falta de unos servidores públicos eficaces (honestos, ecuánimes, insobornables) tenemos un consorcio de mercaderes. De ahí a la ruina del sistema dista un tramo corto: al final se acaba pagando el peaje de ese inconveniente negociado de favores. Primero cunde el despropósito, alentado sin doblez, lujosamente difundido por las vías habituales; luego irrumpe el caos, la consabida enfermedad de las instituciones, el descenso paulatino al desorden y a la ineficacia. No cabe la ignorancia, el informe torpe, el yo no sabía, el esto se arregla. Sucede con lamentable frecuencia que el infractor (póngase en plural) se escuda en argumentos peregrinos, en el retruécano de la buena voluntad, en la elocuencia hueca, en la retórica incivil, en el negociado de las dádivas.
Elogio de las novelas interiores
Uno nunca sabe dónde empiezan las historias. Si las arma el azar o es el capricho de quien las piensa el que las termina cerrando, convirtiéndolas en una pieza canjeable por otra pieza, en un sombra cosida a otra sombra. Lo que sé y a lo que me aferro más fieramente cada día es que las historias piden más historias. La mía, a poco que la pienso, es más triste ni peor que las otras. Quizá porque sea de mi incumbencia o porque es una sombra cosida a otra sombra o porque no quiere que la cierre, mi historia me conmueve cada día más. Tanto aprecio le dispenso que en ocasiones no la siento cosa mía y la miro desde afuera, com cortejándola, dejando que se me vaya colando, convirtiéndose en algo personal. Es curioso el modo en que nos comportamos con nosotros mismos. Estaría bien salir unos días, contemplar lo que es uno desde la periferia, regresar más tarde con la lección aprendida o con ninguna lección aprendida, yo qué sé, pero viajado. Debemos ser muy ridículos, imagino. Incluso debemos ser sublimes, en ocasiones. No veo la razón por la que no podemos brillar. A diario. Brillamos intermitentemente, a ráfagas. A veces lo hacemos a solas, al término del día, en la intimidad.
Elogio interior del mar
Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...
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Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
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Yo tardo en descubrir los engaños. Soy de los que no los percibe hasta que están encima. Soy confiado hasta extremos preocupantes. Creo por...




