30.10.21

Una catedral en el aire



El paraíso es propiedad de quien lo sueña, de quien nombra y cuenta sus prodigios. El paraíso también pertenece a quien lo sabe lejano o inalcanzable. La luz es un milagro y adquiere cuerpo con la eclosión cómplice de la sombra. Una catedral es una emanación poética que preludia un paraíso. El feligrés es lector de la luz. Dios es el orfebre de esa geometría sin motivo.

29.10.21

 La pereza es una bruma confortable de la que se tiene la imprecisa idea de que no se ejerce ni con solemnidad ni con entero empeño.

Quizá se ha alcanzado ya esa edad en la que duele el dolor mismo.
No tengo de mí mayor certeza que la imprecisión de mis vaticinios.
Di a la beneficencia mis pecados más populares.

27.10.21

Creo con la misma convicción con la que dejo de creer. Más que la permanencia de la fe, amo su tránsito poco fiable, esa especie de intriga teológica.

Los celos son la expresión más rudimentaria del capitalismo.


Hay palabras a las que no alcanza la visión pura del objeto que las nombra.

26.10.21

Dietario 210

 

El aire del despacho de Freud olía a flor carnosa, medio podrida, como huele la conciencia.

Manuel Vicent

La conciencia es una especie de flor podrida, leí anoche en El País a Manuel Vicent, en un artículo sobre objetos despojados de toda su carga simbólica, entre otras cosas, porque Vicent escribe de cien asuntos cuando parece que lo hace únicamente de uno. Hace la conciencia sus escaramuzas a la realidad y regresa a su confinamiento tembloroso y culpable con algunas lecciones aprendidas y otras todavía sin entender. Lo de los remordimientos ha levantado religiones y ha hecho caer imperios. Familias bien avenidas han sacrificado su estable residencia por no saber manejarlos: cuando irrumpen corrompen cuanto encuentran, lo devastan y convierte en algo insoportable, parecido al pecado o al delito a los ojos de un creyente o de un infractor. El desasosiego que causa lacera el alma, la zarandea, la expone a la inquietud y al caos. Expele su quebrado olor sin pudor y hace que flaquee la armonía o incluso la anula. Flor, sostiene Vicent, que pervierte su condición de belleza limpia por adquirir la mediocre sustancia de otros objetos a los que se les da menor responsabilidad. Triunfa lo vulgar, lo tasado con un número o lo sacralizado por las sordas huestes de la masa, que desoye el ruido de la inteligencia o de la belleza y cultiva el de la zafiedad o del insulto. El diván persa de Freud es ahora Instagram o el WhatsApp. La flor carnosa del despacho del maestro vienés es la flor  sin historia que se deja morir para que nadie la mire. Empieza a apestar a humo rancio de tabaco. Los pétalos parecen escombro. César Rodriguez de Sepúlveda  trae esta mañana a San Agustín, que dejó escrito que había tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Pero eso sería antes. Ahora solo hay una: el teléfono móvil, añade. Una flor extraña. Sin conciencia. Sin pecado ni delito.

24.10.21

Nomadland






Hay un cine que adoro en el que hay tramas lentas o incluso algunas que, en su contar sin que parezca que algo se está contando, dicen más que las tramas locuaces, las que abundan en sucesos y en palabras. Parecen no tener un principio que las inicie, ni un desenlace que las concluya. Es un cine mayúsculo si se encomienda al talento, pero invita en ocasiones al aburrimiento y desangela la sustancia a la que encomienda su legítimo desempeño. Cine de vidas grises o tristes o destrozadas que se explican en gestos, no en diálogos. Cine que fía su ardor o su melancolía a la elocuencia de las imágenes, con todo lo difícil que es manejarse con los primores de lo real, sin la intervención del montaje o la pura literatura. Cine impregnado de dolor. Un tipo de dolor que se ve sin que haga falta explicitar el instrumento que lo produjo. No sé cuántas películas excelentes se sustentan sobre esa cualidad de lo triste, la de la desolación de los paisajes y la de la sublime tristeza que lo impregna, si uno está atento, todo. Decadencia y plasticidad. Eso es Nomadland, que he vuelto a ver con otro afán, el de ver de nuevo, que a veces es primerizo. Película de rotos, de una amabilidad nula, ni falta que le hace. Necesarios también esos rotos y ese desafecto. Es un cine ingrato el de Nomadland, hecho para que el espectador se involucre  en la fragilidad de quienes, por unas u otras causas, no han tenido la vida que querían o se han dejado la piel (algo más, seguro) en conseguir que esa tierra prometida sea por fin la tierra pisada. Les basta perderse, tomar una carretera, da igual cuál, adquirir una residencia de la que deshacerse después. Nomadland es cine, más que de miradas, de paisajes y de eventuales dueños de esa huidiza realidad con la que azarosamente se dan consuelo. Nomadland es Frances McDormand de un modo absoluto. Es ella la que enhebra las costuras de esa realidad agreste y dolorosa. Mira con la hondura de quien celebra vivir por encima de cualquier otra circunstancia disuasoria. Con todo, a pesar de la bondad de la mirada de la cámara, la película no cuaja. Hay algo que la adhiere al desencanto. Tal vez sea esa árida vocación de continuo desaliento o la sensación de que lo que se está haciendo es documentar un modo de vida, no narrarla exactamente, no darle a sus partes la argamasa de una historia que valga por sí misma y no tenga que recurrir a cuanto no es de su entera propiedad, a todo lo que podría explicarse fragmentariamente: he aquí la caravana, he aquí la noche triste, he aquí la despedida, he aquí el horizonte. Revisada por segunda vez, Nomadland me deslumbra más que la primera: he visto cosas de Fern que no vi entonces, he visto destellos de luz que no aprecié entonces, he visto miradas que valen por una conversación de cinco minutos. Con todo, a pesar de esa reconciliación que agradezco en el fondo, hay algo que hace que no esté plenamente conmovido, al modo en que yo suelo estarlo cuando algo de verdad me cala adentro, a quién no le pasa eso, en fin. No creo que la vea de nuevo. Ayer un amigo me dijo que la vida es corta y hay que ir hacia adelante. Una especie de futuro prometedor y fresco en el que no se tuviera que volver a leer a Kafka o a escuchar otra vez las cantatas de Bach. No supe seguirle, no creí que estuviera hablando en serio. Probablemente se está probando, por ver si sonaba bien al decirlo y él mismo se lo creía. Luego nos bebimos nuestras cervezas y hablamos de los viejos tiempos, lo cual es un contrasentido. 



20.10.21

Ciudades inventadas




Hace unos días programó la televisión pública la estupenda Joker de Todd Phillips. Desde entonces, tengo Gotham City en la cabeza. La idea de una geografía ficticia depende de la idea de ficción y de geografía que uno maneje. Puedo asegurar que he encontrado el modo de que ambas ensamblen y constituyan un todo fiable o, en todo caso, un artefacto ilusorio al que puede atribuir cualidades reales, al modo en que ahora puedo pensar en Madrid y recordar la ciudad paseada y disfrutada o algún pueblo de costa en el que el verano (hace mucho) fue la delicia absoluta de alguien que lo tiene todo hecho y carece por completo de compromisos. Si me entrego con la fruición que el asunto merece, puedo concluir con que Madrid no existe o ese pueblo mediterráneo, por más que lo huela todavía, tampoco. Hay lugares que únicamente existen en la memoria. Ni siquiera las referencias tangibles (las topográficas y documentadas) se dejan abrazar por los recuerdos: en ocasiones no cuajan, la realidad las desaloja de épica. En mi adolescencia, Gotham City era tan presente como el Sector Sur, el barrio de Córdoba en donde vivía. Los años me han acostumbrado a idealizar los lugares en los que uno fue feliz. Le debo a Bob Kane y Bill Finger que mi imaginación de entonces se desbocase y encontrara huellas de lo que no es verdad en la extensión cartesiana de lo que sin duda se podía afirmar que lo era. En ese trasiego de imágenes inventadas y reales creí haber descubierto un sentido a la ciudad del que no me he separado en todos estos años. Cosa de fe, probablemente. Fe en la vigencia de la ficción. Acudo a ella a diario. Me asiste y me conforta. No sé si alguna vez he visto una luz temblar en el cielo con la figura de un murciélago de fondo. Quien la haya prefigurado en un descuido, sabrá sin que medie mayor esfuerzo la poderosa influencia de ese anuncio en la noche. 

Dietario 209

  Cosas que suceden a lo lejos y a las que no les sé dar asiento. Perros que conversan a su bronca manera sin que se sepa qué desorden les arrima a la discusión. La noche ocupando la blanda del extensión del día. La veo caer con su aplomo antiguo y repetido, pero ninguna irrupción suya se parece a otra, aunque todas exhiban la misma vocación de penumbra y de clausura. La luz tiene urgencia por desocupar el aire. Unos grillos rivalizan con la conferencia de los perros. La iglesia que se divisa al fondo invita a que busque a Dios. De pronto creo escuchar su voz con torpe claridad, pero me hago cargo de me estoy dejando llevar por alguna especie de epifanía de orden poético y vuelvo a la cartesiana opulencia de las palabras, que no siempre dan con la hendidura dulce por la que acceder a lo eterno. La propaganda de Dios es sutilísima. Mi alma no distingue a veces el oropel del gris adorno. Se entretiene en lo que la contenta mas que en lo que la consuela. Piensa en perros, no convoca ángeles. Se le ocurre escribir cuando otros rezan. No he rezado nunca o no he dejado de hacerlo, aunque mi súplica no contuviese hondura, ni diese con el volcado mecánico de su sintaxis. El tiempo discurre con pasmosa certeza y no sabe uno nunca a qué atenerse. Si a la memoria de la que se dispone o al yermo caudal del porvenir. Ya no se oyen los perros, escribo esto cuando amanece. Hay textos que se fraguan por partes, como si no se tuviera propiedad de ellos y surgieran a su antojadizo capricho. La luz se ha resuelto limpia y todo es de una vistosidad nueva también.

18.10.21

Botellones

 


No recuerdo qué filósofo esperaba que no tuviéramos miedo a ser los de antes, una vez que la pandemia remitiese y ocupásemos de nuevo las calles, un poco a la manera de la hermosa canción de Pablo Milanés. Retornaron los libros, las canciones y renacerá mi pueblo de su ruina, pero no habrá traidores ni culpa que pagar. El niño en la alameda hará lo de antes y, más que liberar plazas o llorar por los ausentes, así cuenta la letra, se harán botellones y se brincará con ciego escándalo en la mirada, como si de pronto se nos hubiese devuelto un mundo que se nos retiró y permitido echarlo abajo con la autoridad que da la fiesta. No sé tampoco qué diagnóstico emitir para mis adentros, ya que no he vivido la zozobra existencial de tener veinte años (mucho más arriba o mucho más abajo) en estos tiempos inéditos, cuáles no lo son. En los míos, que tendrían su escándalo en sus ojos también y brincaríamos sin resuello, imagino, teníamos sitios a los que ir, en lugar de montar la representación de la felicidad (música alta, alcohol, etc.) en jardines municipales o descampados a las afueras, cuando los jóvenes voluntariamente alejaban su teatro a la periferia, como no queriendo ser vistos. No tener coches que coger y en los que desplazarnos eliminaba de la ecuación de la fiesta la variante periferia. Los pubs estaban en el centro. Ibas de uno a otro con el mayor decoro posible y el único problema urbano residía en el ruido que el local produjera. Los decibelios del infierno, sentenciaba J.. Nada nuevo eso de que la hostelería, en ocasiones, perjudique al vecino con el que comparte acera o bloque de pisos. Luego el pudor desapareció. Lo hace cuando no ha pasado nada al mostrarte ebrio unas cuantas veces frente a los demás, que irían posiblemente igual de ebrios y razonablemente igual de ciegos. Lo de tener un lugar al que ir cuando se va de parranda parece una evidencia de poco peso, pero tiene mucho. Mi amigo J.M. decía que lo mejor era entonarse con alcohol de marca. Decía diferenciar unas de otras, aunque alguna vez le pillamos en contradicciones que él atribuía a la pérdida de sensibilidad gustativa cuando se ha ingerido más de la cuenta. Las veces en que le llevamos a casa borracho (no crean que eran muchas) pedíamos invariablemente un taxi. No nos movía la filantropía, ni la recomendable posibilidad de que nuestro amigo no se exhibiese de camino de vuelta a casa de un modo indigno. Lo que perseguíamos era despachar con prontitud el fardo ajeno y buscar de regreso al pub el propio. Si la hora era tardía, volver a casa en ese estado de pequeña embriaguez constituía el momento de mayor provecho en todas aquellas maniobras etílicas. Recordará M. nuestras contribuciones a la teología o A. podrá todavía pensar en la rotundidad con la que dábamos fin a los conflictos del mundo. Hacer constar aquí que yo era en todos esos devaneos festivos el más prudente no convendría, ni se ajustaría a la verdad, si es que todavía puedo esgrimir alguna y no me falla la memoria. Habrá alguien que lea y tenga con qué rebatir esa licencia mía. En todo caso, era uno joven y hasta parece que aquel de entonces no tenga nada que ver con el de hoy. La policía no cargó jamás contra nosotros, no destrozábamos mobiliario urbano (no se nos hubiese ni ocurrido) y no dejábamos los restos de nuestro desenfreno en el suelo del escenario que surgiera para nuestros desempeños. Ni la palabra botellón existía; menos, macrobotellón, con ese prefijo antológico y casi bélico.

Dicen que el botellón es una forma de contestación, lo cual me hace pensar que las palabras están siendo reemplazadas por el vómito o por la cinética del cristal o de un adoquín cuando vuelan y buscan hacer daño. La frustración de la juventud se canalizaba antes de otra manera. Porque frustrados estábamos. Imagino a unos adolescentes griegos en los ágoras de las polis. Oh, qué mundo más cruel, qué cavernoso y frágil, dirían. No hay edad en la que no cunda esa decepción, ese no saber o no tener con qué avanzar, un poco sobrepasados por la incertidumbre o debilitados por los fracasos, pero no era la nuestra ninguna revolución y no se armaban ejércitos en las calles. No había una militancia subversiva o, de haberla, era más de decir y de argumentar, da igual con qué fortuna ambas cosas. No se nos ocurría quemar nada. Hacer del vandalismo una consigna es de una gravedad terrible. Un político dijo ayer en una tertulia radiofónica que no se pueden meter en el calabozo a mil jóvenes cada noche. No hay calabozos para tanto gamberro, concluyó. La corrección hizo entonces acto de presencia y corrigió con entusiasmo: no todos son gamberros, algunos van a divertirse y no representan un peligro (para ellos y para los demás, añadió). La diversión siempre es impune. Sucede, se disfruta, acaba y más tarde, cuando los años empiezan a emborronarla y la memoria hace su balance de recuerdos y de olvidos, se hace alarde de ella. Yo me corrí mis juergas, dirán los melancólicos, quién no lo es o no se las corrió. Lo terrible (ahora concluyo yo) es que todas estas bacanales de hoy, las que salen en los telediarios y estercolan el suelo de botellas, condones y bolsas del McDonald's, carecen de todo protocolo. Ni tienen sacerdotisas que manejen la alquimia de los líquidos y elijan los cánticos de la disipación, con lo que vestiría eso. Tener veinte años con la mascarilla puesta debe ser una condena inimaginable, es posible. Por otro lado, voy de uno a otro, en las plazas se puede hablar mejor, no te lo impide la música atronadora de los recintos cerrados, eso es cierto. Y el poder adquisitivo. Se me había olvidado el poder adquisitivo. Nunca fuimos delicados en lo que bebíamos. Ni entonces ni ahora. Garrafón barato. Litronas calientes. Lo que importa de verdad es juntarnos. Eso decíamos, también eso dirán ahora. Mi querido A.L. pedía tercios de cerveza y pedía que se la abrieran en su presencia. Así de exigente era. Una vez juntos, ya beodos, en la pompa de la curda, vernos sin vernos del todo, ese era el lema, advertir sombras huidizas, escuchar palabras que van y que vienen, pero que no se asientan. Qué has dicho, no te oigo. Da igual, yo a ti tampoco. Vamos a pillar algo por ahí. No hay nada en las bolsas. Habrá algún garito abierto. Es temprano todavía. Lo de ponerse místico, etéreo y lírico con la priva sucederá con la misma borrosa frecuencia. Daría lo que fuera por escuchar las ocurrencias teológicas que surgían entonces a su antojadizo capricho. 

13.10.21

4 hormigas

Mary Poppins
Las musas corrigen la trayectoria de los astros. Mary Poppins cubre mi cuota diaria de cariño parvulario.

Semiótica
Hay palabras como óxido que riman consigo mismas. Sin oficio, destrenzan el alma, se aúpan. Luego mueren en heroico acto, frente a una estatua ecuestre con palomas en un parque público donde los niños, sabatinos y díscolos, juegan y fingen que mueren bajo los árboles sin fronda del otoño.

Patio de colegio
La voz de una niña en un patio de colegio se somete al dios terrible del miedo a que la pillen en un desliz y se le caigan al suelo todos los postres del sábado.

Naufragios
La vida se escora a la muerte como el barco hunde su duro cascarón antiguo en el tembloroso oleaje que lo mece. La vida, si amor la mece, carece absolutamente de tragedia.


Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...