7.3.21

Dietario 66

 Los años felices de no saber, los años en los que nada nos incumbe en demasía

Esta noche no quiero a Kafka, ni a Kavafis, no me deis discursos con mensaje, esta noche dadme sólo dixieland

No haberse llamado Peter Pan ni contemplar Londres en grácil vuelo, no haberse embelesado viendo el camisón vaporoso de Wendy, no haber ido al País de Nunca Jamás en un sueño adolescente.

Tengo un monólogo interior que se lo quiero contar a Joyce.

En el sueño de anoche acudió un coronel prusiano que me corrigió un adjetivo en un verso muy lúbrico de un poema. 

Adentro está el amor, vino a quedarse, está en la cocina, haciendo pancakes.

Escribo lo que leo mientras lo escribo, avanzo sin que haya desplazamiento, flipo con el envés de las palabras.

6.3.21

Dietario 65

 Algunos gondoleros no cobran a los poetas laureados ni a las muchachas con el virgo intacto. les enseñan Venecia con versos alejandrinos, cantan a lo Aznavour con los ojos brillosos por el inminente llanto. al anochecer se juntan en las tabernas de los barrios más humildes y beben Spritz desconsoladamente.

De Baudelaire ya sólo me atrae el veneno.

Borges debía ser un aburrido de mucho cuidado con dos copas de más. Lovecraft incluso sobrio. 
La alegría de la huerta, en términos literarios, es Bukowski. 

Bellísima pastora, todo es melancolía, todo es spleen. 

No tener una novia con un doctorado en literaturas germánicas medievales, no tener una novia que beba a morro en las fiestas, no tener una novia que sostenga en público su absoluta confianza en la bondad del género humano, no tener una novia que haya leído a Canetti en estado de trance, no tener una novia que posea toda la discografía de Leonard Cohen, no tener una que tenga todas las noches el corazón contento, el corazón contento, lleno de alegría.

Los teólogos no influyen en el curso de los astros.

5.3.21

Dietario 64

Gustav Meyrin escribió Der Golem, un librito expresionista. Ahí habla de la vida, habla de su anverso, el mito del regresado, la leyenda del recompuesto. Todos los pájaros de Praga hacen sus defecaciones matutinas en la cabeza de su criatura. 

El verdadero nombre de Dios carece de morfemas de género, carece de morfemas de número. 

Nunca he estado en Chinatown ni en la calle Bourbon, no he escuchado a Brahms en Trieste ni me han besado en la periferia de una de esas ciudades industriales de la cuenca del Rin, no he sido instruido en las bondades de las hierbas aromáticas ni se me ha confiado el secreto numen con el que respira el cosmos.

La alcoba de Agatha Christie tiene un muerto debajo de la cama.

Algunas familias se reúnen alrededor de la mesa y se dicen las verdades en orden alfabético.

4.3.21

Diario de Campaña / Venturas y desventuras de un docente en tiempos de coronavirus


 

Estaba el consuelo de escribir y a su cuenta se recompuso el ánimo caído, pero he aquí al inquieto profesor de Filosofía Ramón Besonías decidido a desoír la tradición del contar en prosa y acudir al decir dibujado por lo que el diario que rindió carece de sintaxis, aunque sus personajes (más de los que ahora podría recordar, muchos más de los que se suelen recluir en muchas novelas) platiquen y hasta peroren, se angustien, amen, lloren y, llegado el caso, se alborocen y agradezcan la más pequeñas de las evidencias de alegría con las que el azar antojadizamente les entregue. Son esos personajes (cientos tal vez) los que llevan a cuestas la trama de la historia del narrador Ramón y ponen palabras a su perplejidad. Porque este diario de campaña (con sus venturas y con sus desventuras, con su arrimo de humor y su carga de tristeza) es una especie de confesión consensuada por todos los que padecimos (no hay un verbo que cuadre mejor) aquellos meses oscuros en los que creímos asistir a la demolición de un modo de vida y, en cierto modo, fue cierto que asistimos y, de hecho, excusadme la reiteración, continuamos en él. 

Puesto Ramón a domar a la bestia incivil que se había colado en su rutina, el bicho cruel, ya me entienden, miró con detenimiento la contingencia en cuyo primer hemistiquio estaba la asenso ciego (está bien, qué le vamos a hacer, habrá que conformarse) y en otro, mucho más creativo, estaba el disenso lúdico (tengo que hacer algo, no puedo flaquear) y se puso manos a la obra. ¡Y qué obra! De resultas de todo ello, se conminó a compartir sus reflexiones con quienes se asomaban a su pequeña casa en las redes. El diario que fue poco a poco confeccionando era cualquier cosa menos un soliloquio. Es el diálogo el que conduce sus ocurrencias. Pues son eso: pequeñas divagaciones, grandes a veces. Hay un destello inicial que prende una luz que el lector no puede contener y se extiende. Él mismo se arroga el papel de demiurgo, quién mejor, pero no es una visión unívoca, no hay un discurso planificado. Ni siquiera una suerte de desahogo visceral o poético. Diario de campaña es muchas cosas, pero sobre todo es un manifiesto de vida o un inventario de luces. Si las sombras se ciernen, hay que apartarlas con lo que se tiene más a mano. El hacedor de esta ambiciosa recreación del caos (no era otra cosa, a veces pienso que no es otra cosa aún) convino que sugerir con garabatos iba a ser la herramienta idónea. 

No se confundan: cada garabato tiene un mensaje. De cada uno de ellos podemos extraer un texto. Otro error podría ser que se creyese (a poco que se pasen las páginas) que es de educación de lo que se habla. Sí, el conflicto entre educación y confinamiento ocupa una considerable parte de la trama, pero bajo esa apariencia circula el mundo y su febril discurrir sin gobierno. No se arredren si no dominan la morralla léxica o no están al día con el Classroom, el Meet, el Zoom, el informe PISA, Gsuite, los indicadores, el aprobado general o el currículum. Sólo precisan que se avituallen de sentido común: él os guiará por los garabatos y os hará viajar por el tiempo (eso he tenido yo, una deliciosa y también a veces triste sensación de regreso al pasado) con la didáctica convicción (seguro que ese detalle está premeditado) de que algo se saque en claro de todo este sindiós que hemos vivido. El cronista tiene esa función: la de relatar sin que se descuide la pedagogía. 

La escuela es el paisaje de fondo, pero la escuela es la vida. La habilidad de Ramón consiste en que su libro exulte vida. Shakespeare (él nos lo recuerda) dejó escrito que el pasado es sólo un prólogo, de ahí que el diario no esté acabado: lo prosigue cada uno una vez que ha llegado a la última página. Tal vez ahí comience el verdadero libro, del que el autor sólo ha esbozado un gigantesco (heroico también) introito. En una página hay que parar, por supuesto. La docencia, quien la probó lo sabe, no tiene horarios, aunque afuera así se crea. Enseñar no termina nunca. Lo de que aprender tampoco no iba ni a ponerlo, pero quede escrito, por si acaso. Valdrá este diario para que el hipotético lector que llegue a él con inocencia (alguno habrá, ojalá) amarre unas cuantas ideas sobre la titánica labor de los maestros en lo más crudo del crudo invierno, permitidme que vuelva a Shakespeare. Hicimos que existiese escuela cuando no había confianza en ella. Hicimos que el caos de quienes nos legislan no hiciese sangre, con lo fácil que podría haber sido eso. El diario es un alegre (en el fondo es alegre) recordatorio de que no sólo hubo maestros envalentonados frente a aquella emergencia educativa, sino padres y alumnos y quienes, sin ejercer de una cosa o de otra, entendían que la vida tenía que continuar y que la escuela (cualquier escuela, cualquier lugar en donde se enseñe y se aprenda, ese camino de ida y vuelta) era el lugar más delicado de todos. 

Quien escribe esto no puede dejar de pensar en el amigo y en la felicidad que le rebosa cada vez que coge sus bártulos y dibuja. Debe procurarle el mismo alivio que otros obtienen escribiendo, pintando o haciendo tortitas, pero hay algo maravilloso en su método: es divertido. El diario de campaña es un libro divertido. No sé si también triste. No hay diversión que no tenga una tragedia en ciernes. O viceversa. En los días en que lo he leído (y visto, son dos verbos los que debo usar) he sentido una emoción que creía apartada, si no olvidada: la de lo duro que fue aquello. Fuimos náufragos. Éramos islas, pero ah, voluntad de las voluntades, vocación de las vocaciones: creemos en la Educación, en su mudanza continua, en su valor permanente. Debiera ser leído (o visto) este libro como una declaración hermosa de amor a la Educación. También un alegato contra los fanatismos o contra la ignorancia o contra la hipocresía o contra cualquier circunstancia que la mine o la doblegue o la convierta en un juguete de los políticos, que son (al cabo) los que la visten y la desnudan y la sacan de paseo o la confinan (perdonad el verbo) en unos de esos sótanos de los ministerios en donde se amontonan archivos enormes con millones de páginas en las que hay miles de leyes. Y algunas tan huecas y algunas absurdas. 

Animo a que el lector sensible (iba a escribir generoso) se haga con este libro. No porque lo publique un amigo, que también, sino porque hace más transitable (y más ameno y más limpio) el camino que va de la oscuridad hacia la luz. Sí, dejadme que os explique: hay libros que tienen mucha letra menuda y son grandilocuentes y hablan sobre la terrible pandemia que padecemos y cómo afectó (afecta todavía) a la escuela, permitid que me centre en ella. Libros bien escritos, hondos, con fuste. Bien. Hay lecturas que te pueden cambiar la vida, eso ya lo sabemos, pero esta humilde criatura tiene la misma ambición que esas proezas del intelecto literario y, a diferencia de muchas de ellas, llega adentro, se cuela. Su objetivo (escribe Ramón) es dejar constancia, no olvidar la incertidumbre y el desasosiego (a menudo agravados por la indecisión política), pero tampoco la resiliencia de docentes y estudiantes, condenados a seguir comunicándose pese a todo. Porque se trata de eso, qué se creían: seguir hablando, no dejar de conversar, promover la discusión (sana, por favor) y acabar con la certeza (a veces frágil) de que ha valido la pena cambiar de opinión o que otro, a fuerza de escuchar, renuncie a la suya y nos la dé. No porque sea nuestra, sino porque fue más elocuente o razonada que la propia. 

Adenda: Otro mérito añadido (ya acabo) es el dibujo en sí mismo. Qué bien dibuja mi amigo Ramón. 

Adenda 2: Y qué pertinentes sus cavilaciones. Algunas (muchas, la mayoría) parecen que uno las ha vivido en carnes (ay) propias. 




Dietario 63


Qué enorme incendio es la memoria.

3.3.21

Dietario 62

 El caballo se cuestiona el porqué del galope. Dios no instruye a todas sus criaturas en la mecánica de la metafísica, pero algunas se declaran insumisas y miran con estupor el cielo y lloran en silencio cuando la noche los deja solos con sus pensamientos.

Recordar es también una patria.

Subí a un risco alto, vi arriba declinar el día, la noche prosperando, el aire puro, el verbo limpio.

Una entrevista

 Una entrevista. No sé si soy el que hace las preguntas o quien responde.


             ¿Qué brebajes le tonifican?
Los vicios del pensamiento. Puede añadir los del amor.
             ¿Cuáles son los vicios del pensamiento?
Los que lo predisponen al asombro y a la fascinación sana.
             ¿Cuáles son los vicios del amor?
Los mismos.
              ¿Para qué sirve el asombro?
Para que el corazón lata con un sentido o para ser deslumbrado por la realidad, que a veces se entenebrece.
               ¿Hacia qué se debe sentir fascinación?
Hacia la belleza y hacia la inteligencia, da igual el orden, incluso justamente ambas. Escriba también hacia el amor.
                ¿Hay algo más importante que la belleza y la inteligencia?
No, no lo hay. Corrija: tal vez el amor.
                 ¿No cita a la fe?
Depende de a qué fe nos refiramos.
                 ¿Carece usted de fe?
No. Tengo fe en el asombro, en la belleza y en la inteligencia. Añada en el amor.
                 ¿Y fe en la palabra de Dios?
Soy pagano en asuntos del alma. Todo lo que concierne al alma debe prescindir de metafísica.
                 Eso es un contrasentido.
Uno maravilloso, por cierto.
                 ¿No hay más allá?
Siento que debo atender sólo a la evidencia. En lo evidente, el más allá es una metáfora, un desear quedarnos, un querer no irnos.
                 ¿No siente usted que para no creer en el más allá no deja de escribir sobre ello?
Absolutamente.
                  En otro orden de cosas, ¿la literatura es un instrumento o un fin?
Ambas cosas. Es herramienta y es objeto de esa herramienta. No sabría ahora hacer prevalecer uno sobre otro.
                  ¿Lee un escritor de modo distinto a quien lee y no escribe?
No he tenido nunca oportunidad de razonar esa pregunta.
                  ¿A qué no renunciaría?
Probablemente a la imaginación. Ella es la que lo acoge todo.
                  Diga un método infalible para ser feliz.
No aburrirse. No pensar en el logro de algo sino disfrutar del trayecto que lo anima.

2.3.21

Dietario 61

El escritor carece de pudor. El escritor arroja a sus personajes a las vías kareninas del tren.

La abeja industriosa navega el terrón de azúcar

El amor alisa con los años las turgencias. El amor demora con los años las urgencias.

El mar en Venecia es ateo: sumerge iglesias, oxida las caras de los santos en las avenidas de agua.

1.3.21

Dietario 60


Tener una virtud es una desavenencia con uno mismo. Por más que nos haga mejores personas no contribuye a que seamos más felices. Es atributo suyo cierta abundancia en el alma, pero no arrima festejos al cuerpo. 

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...