Contra la idea de saber de antemano está la de no hacerse cargo y no ser concernido. Estar así un poco afantasmado, precavido y con cautelas, por si la realidad se las ingenia para involucrarte en su trama. Porque a ti lo que te gusta cada vez más es no estar, dejarte abrazar por las sombras, huir de las convocatorias de la sociedad y elegir adrede un confinamiento sobre el que apartar cualquier circunstancia que te incumba. Has encontrado un lugar en el que guarecerte. Lo has decorado a tu entero gusto. Has amaestrado al caos. Ahora obedece tu criterio. Es una propiedad tuya. Están los días de una hostilidad que intimida. Se ha impuesto una soledad profiláctica. De ella no surge ningún atisbo de reinserción: te haces con sorprendente rapidez a su cálida sensación de seguridad. Cancelas el exterior, das cuento se precise para preservar ese esa intimidad confortable en la que no sucede nada que te dañe ni tampoco nada que te consuele. La religión es el perímetro. Adentro ideas una vida que difiere de cualquier otra a la que te hayas confiado. Suprimes la injerencia del azar o crees haberla suprimido. Porque todo es frágil y un veneno invisible impregna las palabras y los gestos. Te estas pudriendo en esa casa sobrevenida. No sabrás nada de afuera cuando se te conmine a salir o cuando la apetencia irrumpa y desees con toda el alma regresar a lo que fuiste. No será posible. Ha sido un aprendizaje largo y no tienes voluntad de aprender de nuevo. Estás confortablemente insensible. Nos han arrojado a un bienestar falso. Venden esa impostura. Qué pronto acatamos. Con qué ligereza nos adaptamos.
12.12.20
Los monstruos amables
A Pedro, a Antonio, por distintas razones
Es la edad en la que cualquier cosa adquiere rango de magia. La fe llega más tarde, los milagros ocurren cuando deseamos que sucedan, pero en esa edad, la de la infancia, los ojos están muy abiertos y la cabeza todavía no se ha dejado acariciar por la podredumbre de la realidad. La niña se hace las preguntas que a nosotros ni nos plantearíamos. Por supuesto que no alberga temor alguno hacia lo desconocido. No tiene de esa presencia en apariencia hostil noticia de que pueda dañarla o de que tenga entre sus atribuciones la del daño. No le intimida el tamaño y no le ocasiona trastorno contemplar esa imponencia de pronto izada enfrente suya. Cree que podrán entenderse. Lo que le dará verdadero pavor es pensar en qué hará el hombre de abajo con su reciente compañero de juegos. Si lo domina bajo la forma de algún encantamiento que ella puede deshacer o el monstruo está en realidad muerto y sólo ha cobrado una pequeña y repentina vida para que ella se plante ahí delante y lo observe como si no hubiese nada más en el mundo. Es esa misma edad, tornada en otra cosa, la que luego (con el vigor de los años, con su implacable capacidad de borrado y posterior olvido) nos arrebata la posibilidad de ver monstruos amables, terribles para otros, pero asequibles y sorprendentemente parecidos a nosotros mismos. Es la inocencia la que mira, son suyos los ojos y lo que los ojos atesoran una vez que han realizado su prodigioso trabajo. Fascina de ella su felicidad absoluta. Crecemos cuando desaparece. De ahí tal vez que también se desvanezca la ilusión de que alguna vez podremos ser enteramente felices. No podemos. Hemos visto la realidad tal y como es y ya no es posible verla como de verdad querríamos. Camus dijo de la inocencia que era la virtud o la cualidad que no precisa explicarse. El porqué del monstruo es irrelevante. Si está vivo o no. Si abrirá la boca y nos engullirá o si seremos nosotros los que nos lo zampemos. Todo está en la manera en que miramos. La realidad es una extensión de esa mirada. Algo parecido al Pennywise del It de Stephen King. La criatura se alimentaba del miedo de los niños. No había adulto que cayera en sus garras. Si tienes mucho miedo, te come.
10.12.20
Calendario
Los días precisan su obediencia, el acatamiento de su discurso, la anuencia de su herida.
9.12.20
Pandemia y Navidad
Tiene pinta la Navidad de echar por tierra lo poco que hayamos avanzado en la contención de esta pandemia. Lo de erradicarla corre a cuenta de la ciencia, pero no valdrá nada ese milagro si nos entregamos alegremente al devaneo y a la jarana. De eso tenemos apetencia siempre, hay deseo de sobra de diversión. Se nos requiere mesura y sentido de la responsabilidad con insistente frecuencia sin que esa llamada al orden sea escuchada con el rigor requerido y creamos que podremos saltarnos las sugerencias y hacer lo acostumbrado en estas señaladas fiestas. Se me ocurre que la picaresca, tan de aquí, gana adeptos en estos tiempos difíciles. Nos acogemos a ella con probada comodidad. Es antigua y tiene predicamento, pero basta leer con atención la estadística de las bajas o de los contagiados para echar freno y dar la porción de sacrificio que cada uno pueda. No es sólo la Navidad lo que está en juego, ojalá fuese eso únicamente. Por lo demás, seguimos a la espera. Ese es el oficio impuesto. Que vaya bien el día.
8.12.20
Bosquianadas XIV / El juicio final
Tríptico del juicio de Viena (1482). El juicio final: tabla central / Ilustración - Ramón Besonías
I
A todo se le impone tasa y beneficio. Hasta el mal, cuando acude, exhibe su frágil asiento en el mundo y permite que irrumpa la bondad como un arrimo de luz tras la ocupación de las sombras. Todo es un paradójico bucle. Se va y se viene sin que ninguna de esas dos estancias marque un territorio fiable y duradero. Estamos a expensas del prolijo azar. Hasta confinados tenemos el antiguo temor a nosotros mismos. Más si cabe. Es el peso de la filosofía, que nos hace líricos en la desgracia. Es la herida de la conciencia, que nos infelices en la dicha.
II
No hay dos días iguales y todos los días igual. Es de Rosendo, cuando Leño. Hay veces en que el cancionero más áspero, el del rock urbano más ochentero, da con una frase antológica y te la mete en una melodía tosca. Batería sin alardes. Guitarra operativa. Bajo respondón. Se puede hacer un evangelio profano con algunas de esas letras. El fondo es indiscutible. Lo firme Rosendo o Bergson: el tiempo es la sustancia de la que estamos hechos. Hay un temor ancestral del que no hemos sabido desembarazarnos. Ser nada más que tiempo, debe ser eso. Tal vez sea barata bisutería, como dejó escrito Machado. Darle vueltas a lo que no nos hace avanzar es costumbre y se le da empleo. Todo sigue igual, pero nada es lo mismo. Todo ha cambiado, pero sigue igual. A pesar de todo lo que se nos ha venido encima, seguimos haciendo las mismas cosas y seguimos tropezando en los mismos sitios. Quizá ahora no tan frívolamente. Parece que acucia cierta necesidad de que nos aclaremos y saquemos algo en claro de esta enfermo transcurrir.
6.12.20
Las monjitas
Fotografía: Evan Pucci
Recuerdo haber quedado fascinado (una mezcla entre fascinación e incredulidad, a decir verdad) al ver en alguna ocasión a un grupo de monjas. No una sola, yendo o viniendo como cualquiera, sin hacer aprecio a que vista como lo hace y se infiera de esa vestimenta a qué se dedica y con qué se gana (eso hacen los uniformes) el jornal cada día. Las masas me han aturdido siempre. No he sabido entenderlas, aunque a veces se comprendan cosas a las que no se accede en el detalle de contemplar a sus miembros de manera individual, sin estar congregados en la multitud, sin mezclarse en esa multitud y desaparecer en ella. No me llama la atención un soldado, pero sí un ejército de ellos. Hay amigos que están absolutamente hechizados por la imagen de las monjas en tumulto. Como si fuesen un lubricante mental o intelectual, qué sé yo. Seguro que estas beatas señoras no están al tanto de las pequeñas o grandes perturbaciones de quienes las observan. Uno va a lo suyo, incluso siendo monja. A mi abuela le parecían adorables. Siempre usaba el diminutivo. Las monjitas. Lo que te deja fuera de juego en esta fotografía que me acaba de mandar un amigo, a modo de provocación, supongo, es el entusiasmo que se advierte, esa especie de euforia colectiva, tan cercana al desquicio en el que entran algunas adolescentes (no todas, demos gracias al Señor) cuando ven a su ídolo en el escenario o en un video promocional en YouTube. Que estas animadas servidoras del Señor aplaudan a Trump y se alborocen ante su presencia (eso se colige con ese "Make America great again" de fondo) me produce un peculiar estado de zozobra. No porque estas buenas damas hayan leído mal el Evangelio y se hayan equivocado en el sesgo electoral y marren en su escrutinio político: cada uno puede votar a quien quiera, faltaría más. Es otra cosa. Algo mucho más desasosegante: creo que el desalmado Trump (quiere del adjetivo decir que no tiene alma, por si se pierde la etimología) es la antípoda al gremio seglar, si es que seguimos pensando que estas bondadosas (en apariencia) mujeres siguen el dictado de las Escrituras y sólo buscan el Bien (así con mayúsculas) y la armonía en el ancho y venturoso mundo. Trump fue (qué alegría usar el pasado) cualquier cosa menos un alma bondadosa, uno de esos ejemplos a los que acudir cuando necesitamos ejemplos en los que mirarnos, ustedes ya me entienden. Tal vez ven en él lo que los descreídos no vemos. Será un atributo de la fe: el de ver más allá de lo tangible. Lo que sí sabemos (ateos y cristianos) es que el todavía inquilino del Despacho Oval acumula más pecados que el acumulado por todo su electorado. Ha hecho el mal y lo ha hecho adrede. Ha sido un descerebrado y no se ha retraído en mostrar esa anomalía en un Jefe de Estado, aunque todos la tengan en mayor o menor medida. Aquí las monjitas no son tan descaradas, a lo poco que uno ha visto o de lo que se ha enterado. Van más a lo suyo, que no es cosa de todos, a Dios gracias. No tienen particular devoción pública por ningún político. Tendrán sus adhesiones, querrán que unos triunfen y otros fracasen. No se les puede exigir que en esos asuntos íntimos también se contengan. Es posible (ya concluyo) que yo sea el equivocado y que la monja rigurosa y vocacional, la que de verdad ejerce con estricta pulcritud su abnegada entrega al Señor, carezca de preocupaciones terrenales. Así que me alegra que las monjitas de los USA se explayen a sus anchas. Humanas, a pesar de todo. Con la contagiosa virtud de creer en la redención del ser humano o en la de ver sus virtudes, aun cuando se sepa (aquí con declarada rotundidad) que Trump, al menos él, no tiene ninguna reseñable.
5.12.20
Ultramarinos
Ultramarinos es palabra antigua de la que se tiene un recuerdo sensorial tan pleno que te conforta en momentos de privación y, más dolorosamente, de nostalgia. Echa uno en falta, más que el objeto tangible, la tienda en la que podías comprar casi cualquier vianda, en abigarradla exhibición, la propiedad fonética y semántica del vocablo, su adherencia sentimental. Nos devuelve a la infancia por el olfato, por la destreza en la mirada, que se compone para no dejar nada sin revisar y guardar ociosamente memoria durable de todo. Fascina de ultramarinos su ascendencia exótica, la posibilidad de penetrar en un reino ajeno y disfrutable, de inmediato arraigo. Se apresta en la hermosa sonancia de la palabra el rumor del mar, raíz suya. Viene la imagen de los barcos trayendo producto de ultramar y la ilusión contagiosa de que podemos llevar a casa lo que no es propio de donde se viva, aparte de lo sabido y probado del terruño. Cuente el conocedor que no únicamente podrá adquirir viandas (longanizas, chacinas, queso, encurtidos, surtido de latas, vino, licores, garbanzos, lentejas o habichuelas) sino también ferretería (martillos, clavos, cordelería, puntillas, menaje de cocina, llaves, pequeño electrodoméstico o material eléctrico). En desuso aún, pero vigente, está la entrada colmado o, de mayor olvido, badulaque. Quedan pocos ultramarinos: se ha impuesto el impersonal y globalizado centro comercial o gran supermercado. Es el precio de esta velocidad con la que vivimos. Se pierde el afecto de las cosas y el de las palabras.
4.12.20
Pandemia y semántica
A cuenta del uso reciente de la palabra allegado, traída para ajustar el parentesco entre los que compartan la cena de Nochebuena en esta Navidad pandémica, leo otra que me parece cercana y de inmediata predilección y que me ha acompañado buena parte de la tarde, sin que (por otra parte) haya podido incluirla en ninguna conversación (las dos o tres más o menos largas que he mantenido en su transcurso) ni (hasta ahora mismo) en ningún escrito en el que cuadrara su concurso. La palabra en cuestión es paniaguado. Da el diccionario dos acepciones que me resultan escasas, como si se aprovechara el tirón narrativo del vocablo. Una es la de persona que servía (es en pasado como se expresa) en una casa y recibía del dueño de ella habitación, alimento y salario. La otra, más despectiva, es la de persona allegada a otra y de la que se favorece. En el capítulo de sinónimos se entrega el de esbirro, el de servidor y el ya citado de asalariado. Comoquiera que esbirro sigue suscitando un apresto mercenario o sanguinario, me quedo con la de servidor, mucho más pedestre, de escaso afecto semántico, de estofa más vulgar. El acervo de la lengua contiene deliciosas posibilidades de devaneos semánticos. Entra uno en una palabra y acaba en otra y esa derivación no es concluyente, sino que se expande y entra en lo razonable que acabe la pesquisa en donde ni siquiera se tenía pensado acceder. El paniaguado de marras (allegado sencillo en una mesa de Nochebuena, si es que no se excede el número prescrito por la Autoridad Competente) puede ser el criado que cada familia puede tener a su servicio (Pragmática de 10 de febrero de 1624) y que en ocasiones puede considerarse integrado en ella y merecedor de cualquier beneficio consanguíneo. El hecho de que no abunde la circunstancia de que en casa se tenga el dispendio de un criado no elude otro hecho añadido: el de que hay gente que sí posee ese personal conviviente y anda en estos días de incertidumbre y zozobra pensando cómo justificar su presencia en la celebración de esa señalada noche. El paniaguado queda en persona sin oficio declarado y cuya ocupación, más que la de servir, es la de aparentar que lo hace y así dar una enjundia mayor a la familia que lo tiene a cargo. Veo con perplejidad que en el Diccionario de Autoridades se recoge la voz amo, usada para ajustar la propiedad del tal paniaguado. En tiempos, ah el veneno de los siglos, las palabras exhibían otro tiempo de pandemia: la de las personas sobre las personas cuando las infectan con otro virus desquiciante, de mayor carga tóxica. Es el mal. La posibilidad (luego materializada) de que cualquier cosa que pueda suceder en contra mía suceda y yo no pueda agenciarme arma alguna con la que derrotar esa adversidad. Pues estamos en tiempos malos. De derrota difícil. Los habrá habido peores, quién negará eso. Pero éstos se afianzan en una ventajosa posición. A veces uno se lamenta de ser allegado de algunos a quien ama o con quien querría departir a voluntad, cuando sobreviene el deseo, y con los que desearía correrse una fiesta de órdago (no hace falta que se aturda el tiento, no es una invitación al desmán, quede eso a escrutinio privado ) sin que la autoridad vigile si somos más de los prescritos y se nos sancione ejemplarmente. Pero es lo que toca. Así irrumpirá el bien que se anhela. Es un lamento ocioso: se guardan las ganas para mejores tiempos, podríamos resumir. Se mima la espera, se le da residencia estable, se la cuida con el esmero de las cosas importantes, las que se insinúan a lo lejos y poco a poco van arrimándose, dando una imagen cada vez más nítida. Sí, ya mismo estaremos juntos. Ser alguien sin oficio declarado, agregado a otros sin argumentos, conviviente fortuito suyo. Alguien que no sirva específicamente para nada cuantificable. Que no se le sume. Que no haya estadística con su presencia. Qué ganas de que esas matemáticas definitivamente se desvanezcan. El mal de los tiempos me ocupa en divertimentos léxicos y el paniaguado de pronto me parece adorable. Lo veo en la casa, yendo y viniendo, participando con discreto entusiasmo en lo que buenamente ocurra en ella. Qué belleza la de nuestro diccionario, por cierto. El gobierno, me temo, no está sabiendo elegir las adecuadas y se deja un poco todo a la elección del ciudadano. Apelar a eso (otro temor) es, cuánto menos, peligroso, visto lo visto hasta ahora
2.12.20
Pandemia e inocencia
El desconsuelo duele más que la tristeza, hace más daño, llega más adentro. Es el no tener con qué aliviarse lo que de verdad hiere. En su padecimiento, se tiene la sensación de que no podremos zafarnos de él o que no habrá voluntad con la que apartarlo. Así de ponzoñoso es. Son estos tiempos favorables a que se expanda y acomode o a que sea costumbre su presencia e incluso no sorprenda que abunde. Hay mucho desconsolado por ahí. Se ven andar por las calles, conducen su desvarío con la dignidad de la que disponen. Por encima de la mascarilla se percibe el desconsuelo en el vagar turbio de los ojos. El hecho de que se nos haya pedido que nos embocemos hace que todo parezca afantasmarse un poco, adquirir esa condición de fingimiento o de recelo o de anonimato, quizá las tres en obstinada comunión. No es que haya triunfado la tristeza (apropiándose de todo con mansedumbre y oficio) sino que nos hemos hecho a su presencia y ha enfermado el deseo de retirarla. Se percibe con claridad en los niños. Lo veo con diaria frecuencia. Siguen a lo suyo, hacen lo que saben y han practicado desde antiguo, pero el juego es más cauteloso y el entusiasmo ha decaído. Son mayores, han crecido de golpe, les hemos arrebatado una porción hasta ahora irrenunciable de su aprendizaje en la asignatura de la vida. Ese hurto, puesto que no hay violencia visible, es también dañino y llega adentro, quién sabe hasta dónde o hasta cuándo. Crecerán con una impronta indeleble que acabará cobrando su pequeña o gran tasa, según como se gestione su implante y su dominio. Habrá quien levante cabeza y salga robustecido y quien no logre sacar nada provechoso de esta pandemia cruel y ya demasiado larga. La paradoja consiste en que algunos de esos niños han desarrollado competencias que no les incumbían, a las que accederían más tarde y que ahora, a consecuencia de la debacle social y sanitaria, les ha pillado de golpe y los ha succionado como un agujero negro doméstico y cruel. En los juegos se crea una especie de tímido sucedáneo de lo observado afuera. Las restricciones sobrevenidas son en ellos asunto serio al que conceden el respeto del que en muchas ocasiones carecemos los adultos. Se cubren la cara con una normalidad que asombra. No exhiben quebranto, acatan sin aducir razones para contravenir lo que se les impone. La escuela es siempre una representación de la vida: más ahora. Ignoro qué pueden enseñarnos, cómo extraer una enseñanza útil e inmediata de esa obediencia ciega que a diario observamos los mayores. Tampoco sé en qué momento se malea esa observancia estricta de las normas, cuándo tiran al monte conocido de la rebeldía. Todo tiene su predicamento lúdico e inocente. Es eso: la inocencia. Ella será la que nos salve. El desconsuelo vendrá más tarde. La tristeza. El cobro de la factura que les estamos haciendo pagar.
30.11.20
La increíble historia de Xavi Swinger
El rock tiene la elocuencia de sus tiempos. Cada género adquiere la impronta de la época en que nació y progresa conforme a ella. La música es ese estado de las cosas al que uno se inclina con la intención de entender lo que le rodea y, si eso es posible, entenderse uno mismo. Hay discos que responden a ese criterio y hacen escrutinio de la realidad y la subliman. Quien los crea se sabe portador de un oficio, se respeta a sí mismo y, sobre todo, cuida que ese respeto pueda expandirse y aplicarse a quien se acerca y escucha. Hasta ahí mi escrutinio sentimental del rock como lenguaje universal. Sirva como convencido elogio del género y como prefacio de un buen ejemplo suyo.
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