3.5.13

Kafka dentro de mi cabeza




Para lo que no se está preparado es para el dolor: el extremo te aturde, te avisa de la distancia que existe entre el la vida y lo que la acosa, y esa distancia es infinitesimal: el dolor es un festejo del mal y un tara inútil con la que certificamos nuestra naturaleza falible, ínfima, imperfecta, y tal vez sea mejor que nos gobierne toda esa fragilidad física porque el dolor carece de metafísica. Es un trallazo, una bomba de relojería alojada en los bucles del alma o en las blondas abismales del puñetero ADN. En la forma en la que uno afronta el dolor se muestra mucho de lo que somos. El dolor es un paisaje que el cuerpo inventa para desheredarnos del entusiasmo razonable de vivir. El dolor, contrariamente a lo que pueda pensarse, a pesar de tener vínculos científicamente probados, no tiene nada que ver con la muerte. Se puede morir uno dulce y mansamente sin que una sola brizna de dolor se acuartele en el cuerpo saliente. Y nos educan para temer a la muerte, pero no hay una pedagogía del dolor. Un amigo mío, al que ya no veo, decía que tenía a Kafka dentro de su cabeza cuando le dolía. Está bien como imagen, pero pensándolo, me duele más, Juan.

Las religiones incluso lo avalan como tratamiento contra los excesos mundanos. Ya sabemos que la fe es un potente afrodisíaco mental, una pastilla de gozo puro que espanta la bestia políglota que nos revienta por dentro. Hoy pensé en todo esto mientras que el dolor se hospedaba, soberbio, una pizca cabrón, en mi cabeza y me contaba historias antiguas, transmitidas cromosómicamente, desde la fiebre primera de los tiempos hasta la de ahora, la que me oscurece. Porque el dolor oscurece, achanta, torna a gris lo antaño alegre. Sabe uno, no obstante, los prodigios de la química. Se administra unas pastillas y regresa, eufórico, el color. Se va el gris. Se desaturde el cerebro y se contentan los músculos.



El otro dolor, el moral, ése está más al día, nos invade con más frecuencia, se instala sin estruendo en el chasis, en el alma, en ese desprevenido refugio en el que somos limpios y nobles y razonablemente buenos. Y ahí estoy, confiado en que el dolor se aburra y huya como sepa sin que el rencor o el peso de la costumbre le fuerce el regreso y me vuelva a desocupar de mis vicios, que son casi lo que yo más quiero en el mundo. Del otro dolor, del metafísico de verdad, no hablamos hoy. De ése, del que tenemos noticias y que con incómoda frecuencia, nos visita cuanto le place, no diremos nada. Al fin y al cabo, hoy es viernes. Y las calles lo celebran con el sol y su ajetreo habitual. Desde aquí, a poco de ir al trabajo, la oigo en su trajín feliz.

2.5.13

Seguir sombras, abrazar engaños




Mientras que en la ligera sombra prospera el frío y los árboles desalojan el rumor de los astros y convidan al paseante a meditar sobre la mudanza de las cosas, fatigo las horas en esta pieza postrera, inclino mi voz y cuento lo que he visto. Al poeta se le encomienda el registro de los prodigios y yo he sido un escriba poco fiable. Es verdad que no ha pasado un día en el que no me haya acostado con mis sátiros lascivos y haya paseado las montañas que circundan la villa a la búsqueda de ninfas bellas y de rudos pastores. A mi verso han acudido las cosechas de los años y el vértigo del mundo. Ni el enjambre enjundioso de los días ni la alquimia arcana de las noches me ha robado una brizna del ahínco con el que he cincelado el tallo agreste de la palabra.

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29.4.13

Ya no sabemos cuál es el peso del mundo



Igual las historias viven a salvo de los que las cuentan. Quizá el peso del mundo no sea el amor sino las historias. Las de amor. Las de sacrificio. También las historias en las que la muerte termine imponiendo su criterio bastardo. A cada novela que termino de leer (la última, Antigua luz, John Banville) pienso en qué sería del mundo sin que esa novela existiese. Si en el modo en que el mundo gira, hay una brizna de lo escrito por Banville. Si todo lo que somos, al morir, se pierde invariablemente. Cosas absurdas para estar cerrando un domingo. Mañana lunes, a poco que lo piense, lo razono a fondo, borro este post y cuelgo uno sobre el último disco de David Bowie. Lo tengo en el editor desde hace un mes y no encuentro el momento de darle salida.

24.4.13

El ojo atento y la plata lista




La cultura es un espejismo: creemos estar asistiendo a su florecimiento y a su distribución limpia y honesta, sin la injerencia de los lobbies, sin el concurso interesado de los patrocinios, pero es mentira. La cultura la venden embotellada o en una caja con un lazo rosa o azul o en una bolsa del Carrefour con un agujero en el fondo por donde se pueden ir cayendo los contenidos camino del coche. La cultura en España es un producto con un código de barras identificable o en todo caso la cultura en España son muchos productos con distintos códigos de barras identificables. La cultura es un lujo al alcance de unos pocos, no un valor confiado al pueblo, democratizado, convertido en un bien incuestionable. Porque la cultura, a día dehoy, salvo casos formidables, es una mercancía al modo en que lo es un Jaguar último modelo o un plato de gambas en una terraza en Punta Umbría. Y no sabe uno si habría que aflojar la mano, rebajar el precio de salida y darle el vuelo que hasta ahora no se le ha dado. Ese gravamen de los libros, esos precios del cine, esos aires aristocráticos en el escaparate, no pueden conducir a nada bueno. Ayer se celebró el Día del Libro, ah, y de los Derechos de Autor, qué olvido el mío. Bien, buen día, sin duda. Hoy es otro el asunto que nos ocupa. Hoy ya no hay libro del que hablar ni stand en el que grabar la riada de fieles buscando la firma de sus autores favoritos. Hoy ya no hay maratones (bueno, en mi colegio sigue el que arrancó ayer y en el que mis alumnos participaron con dos discretos poemas) ni hay slóganes en la red sobre la bondad de la lectura o sobre los efectos balsámicos y paliativos de la poesía de Antonio Carvajal, pongo por caso. Hoy es lo de siempre, es decir, el habitual ausente o escaso afecto por lo libresco, toda esa impresión de que leer, en el fondo, no hace mejores personas ni sirve verdaderamente para nada práctico. Los buenos lectores no nos van a sacar de esta crisis, pero quizá no nos metan en ninguna en el futuro. La cultura es cara. Los recortes, en la escuela, la van a hacer más cara todavía. No va a estar todo tan a mano: lo van a apartar un poco, lo van a aislar, envolver en papel regalo y adjudicar al mejor postor. Ganarán los postores, los que compren al precio más alto, los que tengan el ojo atento y la plata lista.

Podemos movernos de un modelo a otro hasta dar con uno que nos cuadre más cabalmente y permanecer en ése de por vida o podemos manejarnos con promiscuidad y revolotear de una cultura a otra, libando aquí y libando allá, a capricho del humor con el que el azar nos haya bendecido al poner el primer pie en el suelo cada mañana. En la blogocosa o blogosfera o burrovía la cultura es también un espejismo: creemos estar contemplando la sensible expresión del ciudadano anónimo y a lo que asistimos es a un escenario muy parecido al otro, al embotellado o al empaquetado y vendido con grandes campañas de promoción. Si la vida, como quería Artaud, es quemar preguntas, yo estoy ardiendo en la mía y me pregunto, en una combustión perfecta, si estaré preparado para comprender las respuestas. Quizá el signo de los tiempos sea ése: alumbrar incógnitas, bosquejar dudas, regalar la ecuación sublime. Ando en pesimismos recientemente: será la calina que en Córdoba está ya presentado sus habituales credenciales, será que la alergía (gramíneas, olivo, ácaros del polvo) me tiene bajo mínimos y me salen posts grises, embadurnados de caos, visiblemente decadentes, pero es que en la decadencia vive uno mejor. La realidad es tan boscosa y se abre tan procazmente que casi merece la pena no indagar en demasía en su textura, en su naturaleza, y brincar y celebrar con inargumentable júbilo los números y las palabras, las formas y los fondos, la luz y las sombras. 

Yo, el burro en cabeza, y mi Terbasmín Turbuhaler juntos por las avenidas festejando el espejismo de la cultura, la impostura del negocio en el que invariablemente nos manejamos. Y si mañana me levanto razonable, discúlpenme los diez lectores habituales, escribiré sobre el fin de ciclo del Barcelona, barrido en Múnich, o sobre la posbilidad de que el cine gane clientela si bajan el precio en taquilla, en lugar de pedir subvenciones. No sé yo si el cine precisa de mecenazgos o puede ir reclamar, solo, sin tutela del Estado, su cuota de negocio. Tampoco revierte en mí, como cliente, la pasta, gansa o no gansa, que ganan, cuando la ganan, habría que añadir, en fin... Todo es muy triste. . De hecho abrí el editor de Blogger con la feliz idea de escribir algo sobre eso, sobre el cine, sobre la tristeza,  y miren ustedes en dónde he terminado. En el limbo feliz de los post inútiles. Excusadme, ortodoxos, que diría otro. Voy a prepararme para el miércoles. A ver si a Mou, el indefendible, no le meten hoy cuatro, pero si los teutones los sacan del campo a base de goles, merecido estará. Buenos días..


posdata: no he encontrado, como quería, autor para el dibujo que ilustra el post.

19.4.13

Sobre viajes, libros y vicios


Vicio puro



Amo mi ocio, su molicie, la restitución cartesiana de los vicios que lo componen. Emboscado en ese deslumbramiento amoroso, prendido en la certidumbre de que todas esos juguetes de mi entretenimiento están ahí, a la espera de que yo los alcance y estruje, desempeño el resto de las cosas que ocupan el día. A menudo, en mitad de un tormentoso momento de stress, en la cresta de una actividad ineludible, irrelevante y gris, pienso en alguno de esos juguetes y en el modo en que voy a jugar con ellos. Imagino que los he convertido en una especie de alimento espiritual. No soy yo, al menos muy visiblemente, pieza rara . O lo soy al punto que lo son los otros, sin nada remarcable que me distancie de ellos. Cada lector de este blog allá donde esté, me conozca en persona o solo caiga por aquí y lea los voluntos un poco erráticos de mi oficio de escribir, tendrá los muy queridos suyos. Quizá uno de los males que tenemos como sociedad sea precisamente éste que apunto: que haya quien se aburra, quien no tenga ninguna afición particular o no encuentre placer en ninguna actividad fuera de las más elementales y previsibles, o incluso ni éstas mismamente. Es muy malo el aburrimiento. Malo al punto de que malogra una vida entera. Escuché ayer a alguien cercano a quien aprecio que no imagina una vida desocupada. No entraban en sus cálculos no hacer nada y fantaseaba con la posibilidad, a la que yo me arrimo gustosamente, de jubilarse y dedicarse a plena satisfacción a lo que le gusta; cosas como la fotografía o la lectura, decía. Sentí una punzada al escuchar aquéllo. De quien lo dijo me apropié de la idea como quien la escucha por primera vez. Me sentí cómodo y me sentí feliz pensando en todo lo que me aguarda y todavía no he hecho. Pensé en lo maravilloso que es vivir cuando no hay huecos que malogren la travesía de las horas. Hoy mismo, a punto de irme a mi centro de trabajo, y bendita cosa ésa en los tiempos en los que estamos y en cualesquiera otros, no me importaría pasar el resto de la mañana alargando esta entrada, maquinando otras, ingresando datos en una base a la que confío el listado de mis discos y de mis películas (me niego a inventariar los libros, no sé bien el porqué), escuchando jazz mientras leo un libro (ahora, frente a mí, Deshabitados, colección de poetas antologada por Juan Carlos Abril y publicada por la Diputación de Granada). Insisto en que otros harán otras cosas y les llenarán igual o les llenarán mejor. Las mías me parecen las mejores del mundo. Quizá porque las elijo yo y me tengo en muy alta consideración. Esa debe ser la razón sobre la que se izan las demás razones. Que uno se sienta en paz con uno mismo. Que no se mire mal en el espejo y no tenga nada que reprocharse al término feliz o infeliz del día. Porque hay días malos en los que el ocio es una puñetera mierda, por supuesto. Días de un gris tirando a muy gris en los que nada sale como se desea. Días que uno no maldice del todo porque se refugia (ahí vuelvo a donde empecé) en el ocio, en su molicie, en esa restitución metódica de los vicios que lo componen, deslumbrando en el amor o en la pasión o en la lúbrica representación de todas esas pequeñas contribuciones felices. Quien no esté de acuerdo conmigo, por favor, anótelo al márgen. Quien se maneje bien sin vicios que lo propulsen, que me informe. Por si mañana amanezco distinto y nada me contenta. Todo puede pasar.



Viajes


He viajado cuanto he podido y, no habiendo sido suficiente, a veces solo entretengo mi rutina enredado en la ficción de que me esperan grandes viajes y que, al regreso, planeo viajes nuevos. Como las finanzas no me asisten como quisiera, hay ocasiones en que desplazo los grandes viajes por viajes de más corto vuelo. Incluso a veces he tenido que anular alguno completamente y contentarme con especular sobre los que están por venir. El caso es no desfallecer nunca. Lo importante en estos asuntos es no apartarse de la idea que el viaje lo impregna absolutamente todo. Hasta podemos retirar el viaje en sí mismo y solo satisfacer el alma apetitiva con la prefiguración de que existe, de que anda ahí, cómplice, querencible, imperturbable y puro. En pocos días se celebra el Día Internacional del Libro, es decir, se festeja el modo más eficiente de viajar que existe: la lectura. Por eso amo las bibliotecas, que son otro vicio confesable. Las que están fuera de casa y la propia, modesta, por muchos volúmenes que tutele. No hay ninguna a la que no mire con delectación y en la que vea cumplidos los sueños posibles y los imposibles. Todas, a su secreta manera, preservan al mundo del caos que lo diezma. Una biblioteca es un santuario al modo en que lo es una iglesia. No hay libro que no contenga algo maravilloso. Ninguno que no sea maravilloso para alguien. Ninguno en donde no se describa un viaje. Creo que hay pocos asuntos de los que me agrade escribir más que éste. Por eso me repito. A sabiendas, me repito. Quizá no sepa escribir de otra cosa. En cuanto tenga ocasión, de verdad lo digo, dejo de leer en casa y leo en otro país. Eso sería fantástico.

17.4.13

Elvis Kafka Borges Thor Ramones Gallo


Kafka, de haber nacido en Las Vegas, habría paseado su tristeza por las mesas de juego. No es lo mismo ser un descarriado en Praga a principios del siglo XX que un descarriado frente al Caesar's Palace, en el año trece del siglo XXI. Kafka a día hoy sería un friki. Esa cara de funcionario gris no matrimonia con las lentejuelas del traje, pero Elvis, ya gordo y fondón, tampoco daba bien con el traje. Kafka pidió a Max Brod, su amigo y albacea, que todo lo escrito fuese pasto de las llamas. Elvis, antes de morir bien empastillado, tóxico y grosero, fofo y solo, dudo que le pidiera a su manager que borrara los viejos hits, los nuevos, su cara de niño feliz y sano en todas esas cintas cutres que alimentaron el mito. Lo que no hizo el rey del rock fue inventar un adjetivo, entregarlo a la historia. Elvis fue muchas cosas y algunas en modo superlativo, pero nunca fue un tipo kafkiano. Tampoco sé con certeza si Kafka lo fue. En fin, conjeturas. Modos de sobrevivir al martes. A los días se les sobrevive con Kafka, con Elvis, con toda esta corte de alucinados. Se vive bien en la alucinación. Lo malo, para Elvis, para Franz, fue salir. Darse de bruces con el mundo. Pasear las calles. Mirar a la gente. Dormir de noche y enfrentarse a los sueños.






A Borges no le hubiese escandalizado que lo travistiesen de Thor. Conocía de las sagas nórdicas la pureza de sus metáforas, la lírica de sus runas, el peso de la épica. Le fascinaba que ese pueblo hubiese vivido al margen del progreso demoníaco de los países de abajo, de las fraticidas guerras entre todos los países del sur. De haber existido un Thor borgiano (o un Borges thorizado) habría hechizado a más de un friki. No sé cómo matrimoniar a ambos. No sé qué saldría si ese híbrido (a Pablo Gallo, el autor de estos formidables dibujos) no fuese únicamente una invención, el personaje imposible que tiene en una mano un libro y en la otra, imponente, el martillo de los dioses. Ambos son, en el fondo, materias divinas. El libro es también un artefacto que arruina y funda imperios. No hay artefacto bélico de más probada eficacia que el libro. Se puede esgrimir un libro como quien blande una espada. Hay libros que han vertido más sangre que el hierro de muchas espadas. A Borges, como a Thor, no le importa que el mundo ande descarriado y que se precipite, alocado, un poco frívolamente también, al más oscuro de los abismos (esto del abismo es muy de viking, muy de épica nortúmbrica). Lo que ambos persiguen, ciegos los dos, es la vigencia de un modo de hacer las cosas. Se puede vivir en este mundo sin pertenecer a él. Borges no era del siglo en el que nació. A Thor, al dueño del Mjolnir, que nadie puede sostener salvo él mismo, el hijo de Odín, el dios, le satisfacía, más que otra cosa, el placer de entrar en batalla. A Borges, el bibliotecario, el constructor de laberintos, el que vigila los sueños y los espejos, le satisfacía, más que otra cosa, el placer de vivir en los libros, que son también una elegante forma de entablar una especie de batalla. Las guerras mueven el mundo. No han dejado de existir y no van a dejar de hacerlo. Da igual que observen un rito u otro. La sangre será derramada. El poeta elaborará su canto. Thor es el guerrero. Borges, el ciego, será el poeta.


This is rock and roll radio. Los Ramones en realidad son puros, a pesar de la impureza que irradian. A estos tres, a Gómez de la Serna, a Valle-Inclán y a Jiménez, les une tener tres ramones en sus nombres de pila. Quizá solo eso. En lo demás, fueron tres almas atormentadas por las letras, que siguieron caminos distintos y que solo reclamaron para España un modo menos previsible de entenderla. El primero sumó humor y metáfora. El segundo arrimó el esperpento. El tercero cristalizó la poesía como vehículo total para entender la realidad. A los Ramones verdaderos les interesaban almas como éstas. En el fondo, a pesar de las distancias, de los mensajes, incluso de las texturas con las que el producto, en apariencia, se muestra, el arte posee una brizna compartible. Una de la que es posible extraer una cierta posesión de la verdad. Y también de la belleza. A bailar, paisanos de las letras.

15.4.13

Quesito rosa


Poseo un sentido muy primario de las cosas que no entiendo. Me merecen respeto, pero no suelo practicar el esfuerzo que merecieron las que sí comprendo. En ésas me aplico y me obstino en extraer el más interno de sus zumos, aunque no siempre lo consigo. Procuro esconder en lo que puedo la evidencia de ambos extremos. No me expongo a que se descubra lo pobre que es mi cultura en asuntos científicos, pongo por caso, y tampoco me explayo en poner encima de la mesa mi bagaje libresco, los nombres del jazz o del cine. Al Trivial, ese juego que se practica entre amigos, contentos de copas y de risas, juego siempre a quesito rosa. Me sonrojo cuando debo dar cuenta del número de las alas de una mariposa o el nombre de la válvula que abre o cierra un órgano. Sin embargo, me recreo en cierta frivolidad erudita y pronuncio con absoluta claridad el director de fotografía favorito de Brian de Palma o el bajista de nombre impronunciable con el que Joe Pass firmó sus mejores discos. Va así uno, dándose y recogiéndose, presentando credenciales volubles, dando imágenes de uno mismo. De hecho, hacemos básicamente eso. A posta o sin el concurso de la voluntad, lo que hacemos a diario es exponer la sustancia que somos. Al correr de los años voy adquiriendo la experiencia que me permite disfrutar de la vida sin entrar de cabeza en la de los lepidópteros. Incluso acepto que no sirve absolutamente para nada saber qué disco de Al Stewart fue monitorizado por el excelso Alan Parsons, salvo que en una noche de invierno, cerca de la chimenea, con los amigos, se pida que uno tire de enciclopedismo. Acepto que la cultura, incluso la más alta, no procura la felicidad. Tan solo hace aproximaciones; algunas fantásticas, lo admito. Porque no es otra cosa. Ahora no se estila mucho que en las escuelas se fomente ese voluntarismo memorístico, pero no creo que sea malo, siempre que no afecte al desempeño de otras disciplinas de la cultura. Es malo (tal vez) que sea únicamente eso. Que ese apresto de nomenclaturas no contenga una ética, una manera de ver el mundo y de actuar en el mundo. Tengo amigos de una memoria asombrosa que ponen al servicio de la inteligencia a poco que las circunstancias se lo exigen. También otros que carecen de inventarios a mano dentro de la cabeza y que, sin embargo, brillan en lo dialéctico, en la urdimbre más íntima de las cosas. Algunos que disfrutan de un modo brillante de las cosas elementales. No hay un procedimiento que concite el aplauso mayoritario. Todos se desdibujan o se desmoronan. En noches como ésta, cerrando el domingo, satisfecho de jazz (escucho a Roy Haynes vía Spoti) y de actividades de fin de semana (viaje a ver a mi hija, salidas con los amigos, poco estar en casa y mucha ronda de calle) pienso en el poco tiempo del que disponemos en realidad. Pienso en la mortalidad de lo festivo y de lo que no lo es. Pienso en que nada (ni siquiera el placer, ni siquiera el dolor) duran eternamente. Nada que no supiera antes. Nada que no sepamos sin tener que venir yo a contarlo. Quesito rosa. Me acerco al triunfo. Buenas las noches.

12.4.13

¿Qué es más noble para el alma...?



Hay sitios de los que uno no puede salir, por más que lo desee. Incluso cabe la posibilidad de que no haya obstáculo que lo impida o que nadie se percate. Lo que hace irrealizable ese deseo es la propia voluntad. La cosa funciona más o menos así: el hombre que se está poniendo de pie en el público no ha ido a escuchar la obra. Le da lo mismo que el actor sea eminente o que la pifie garrafalmente.

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Robot



Tus padres se habían ido a no sé dónde y la casa quedó para nosotros. Creo que hay un poema de Luis Alberto de Cuenca que empieza así. Estaría bien vivir en un poema de Luis Alberto de Cuenca. Que te dé por cortejar hijas de padres cultos y mientras que planeas el modo de hacer que todo se maneje con docilidad y el amor no irrumpa con estrépito puedas observar anaqueles reventones de libros. La Iliada. Moby Dick. La biografía de Marco Polo. Las obras completas de Kafka. Una enciclopedia en alemán. Un tocho inabarcable sobre los barcos que cruzaban el Atlántico y traían tabaco y cuentos de ultramar. Pero la vida nunca te hace estos regalos y lees a Luis Alberto a primera hora de la mañana, antes de ponerte a funcionar como un impecable robot japonés al que le han extirpado todo sentido de la belleza. Queda la serena fragancia de la voz del poeta, recitando, inclinando el tono, auscultando el aire con la contundencia de quien se sabe dueño de un oficio antiguo.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...