El cautivo Salustiano Benjumea indaga con un dedo la luz mortecina que la tarde abandona por el ventanuco de su celda. Un foco pautado de finísimo polvo nervioso alumbra brevemente el traje uniformado, la manga de mugre, la mano alzada, el dedo en escorzo, indagando. El ventanuco es un milagro por el que la vida rinde su belleza. El dedo se ha hecho a acariciar la luz. La traspasa, da con su milagro secreto, con su centro imposible. El cautivo se ha hecho a mover con avara codicia el dedo. La luz se ha hecho a dejarse cortejar y a arquearse de gusto la acarician con esmero. El caudal de oro del aire es asombro en sus ojos precursores. El dedo, al batir el polvo, se deja invadir por su eco. El eco de la luz en el aire de la celda es polifónico y orgánico. Se pueden apreciar criaturas infinitesimales danzando en su vasto dominio invisible. El cautivo Salustiano Benjumea nota el cosquilleo piel adentro. Le habla de los altos miradores de la estancia eterna, del perfume de la palabra si se abre y expande su prodigio sin brida, su fulgor excelso. En los días de más gris apresto, cuando el ventanuco no invita a que se enseñoree luz alguna, el dedo se resiente, le duele, parece que pugna por escapar de su prisión de carne y mutar en ala y comparecer en vuelo en la cima del cielo, en la boca del tiempo.
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Breviario de vidas excéntricas / 12 / Salustiano Benjumea
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