Debería haber una cierta impunidad en algunos crímenes, hasta en los de más crueldad. Una del tipo que te permita más tarde proceder con entereza y fiable naturalidad frente a los demás y llevar una vida ordenada, en nada escandalosa, ajustada siempre al civismo y a las buenas formas, aunque al muerto, al sacrificado, lo devasten minuciosamente los pequeños gusanos de la muerte en algún bosque en las afueras o en la acera de una calle, pero esa pequeña algarabía fúnebre, ese salvoconducto moral, no te lo da nadie. Te educan para el remordimiento, te convencen para que no peques así que retiras una vida adrede, convencido de la idoneidad del crimen, y se te cae el mundo encima. No importa que el cadáver no sea recuperado. Ni que te sepas a salvo de la ley. En tu cabeza no prescribe el delito. El alma se atasca, se embota y ya no es posible besar a un hijo o estrechar manos cordialmente con la ufana naturalidad de antaño. No puedes lidiar con la rutina del trabajo sin considerar la miseria a la que has abocado tu vida. ¿Quién duerme ahora con la conciencia tranquila? En esa mansa vigilia que precede al sueño te invaden como lobos todos los muertos que has ido abandonando en las avenidas, en las afueras, en esos polígonos industriales. Como en una mala película de serie B, truculenta y casposa, la fechoría va urdiendo su trama secreta y todo conduce irremisiblemente a la detención del criminal. El cine forja sus héroes y sus villanos, pero la mano asesina carece de mitologías: no obedece a argumentos. El crimen paga, reza la leyenda. Hay un peaje, una admonición pública, tangible, hasta penitenciaria. Habría querido uno esa cierta impunidad. Yo, Acadio Azpilicueta, el asesino, rindo aquí mi tardía confesión. Y será la privada la sanción más dolorosa. No poder volver a los parques y ver la evolución de los juegos de los niños. No se podrá mirar al mundo de cara sin la tozuda certeza del miedo a ser descubierto en un gesto delator. Haber enterrado la culpa junto con el muerto. Y ando desde entonces las calles sin aplomo, ajusticiado, solo, entregado al vicio irrenunciable de los remordimientos. Y la hormiga muerta aparece en mis sueños, hecha un ovillito negro en la suela mortal de mis Nike de cien euros. La pobre, la inocente, la hormiga rota. Me duele toda esa conspiración de mis sentidos. Se confabulan para que prospere la culpa. Se empecinan en devolverme el cuerpecito inútil. Todas las hormigas soñarán esta noche que me tumban en el suelo. Ya las veo ocupar mi boca, se avisan entre ellas, se invitan a fatigar mis oídos, se cuelan por mis fosas nasales. Bajan a los pulmones. Trasiegan por el corazón. Las oigo dentro de mi cabeza ahora mismo. Es un murmullo insoportable. No sabré con qué disculparme. Me dejaré comer. Saciarán su odio. Pagaré mi deuda.
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